martes, 1 de abril de 2014

la planta trepadora

En los bordes de la selva nació un día una plantita. Como no estaba del todo en la parte soleada, pues le costaba un poco llegar a la luz. Había muchas otras plantas alrededor, muchas tan jóvenes como ella, y todas querían un poquito de sol para crecer. Los primeros días siempre eran los peores para las plantitas de la selva, pues entonces tenían que pegar un gran estirón y esperar que bastara para llegar al sol.
Nuestra plantita había pegado el estirón y sacado dos hojas. ¡Dos hojas! Con cuidado las había colocado de tal forma que les llegara la luz, casi directa, durante una hora al día.
El tallo de nuestra plantita era delicado y gentil, casi traslúcido al sol. La nervadura de sus hojas infantil, tierna, alegre.
Nuestra plantita creía que podría llegar, que sobreviviría y se convertiría en una gran planta. Y, quien sabe, tal vez en un árbol, un gran árbol de la selva donde los pájaros podrián anidar. Y tal vez, algún día, la copa del árbol que quería llegar a ser se alzaría sobre el resto de otros árboles y podría contemplar el sol cara a cara. Y, lo mejor de todo, por ella la selva avanzaría un poco más, ampliaría sus fronteras. Sería una pionera. ¡Cuántos sueños para la vida!
Cuando comenzó a surgir el capullo de la tercera hoja de la planta pasó algo inusual. Justo a sus pies aparecieron dos hojitas con una forma inusual. Bajo ellas se veían unos tallos nuevos que no eran ni tan esbeltos ni delicados como los de la plantita. ¿Qué podía ser aquel recién llegado? ¿Sobreviviría a los rigores de la selva?
Casi sintió compasión por ella. Pero al día siguiente la pequeña plantita que había salido a sus pies le agarró el tallo con sus ramas. ¡Era una trepadora! Hasta los grandes árboles las temían, pues una vez que comenzaban a trepar ya no había nada que las parara. ¿Qué posibilidades tenía nuestra plantita?
La trepadora hizo honor a su nombre. Poco a poco fue enrollándose alrededor de la plantita. Sus hojas pronto la cubrieron hasta que ni siquiera las hojitas de la plantita pudieron sentir la luz del sol.
La plantita comenzó a morir. La trepadora, dándose cuenta de la languidez que asaltaba a su huésped, se agarró a la primera planta cercana y comenzó a trepar por ella. Pero la nueva huésped no pudo soportar el peso de la crecida trepadora y cayó al suelo con ella. Murió la planta, pero la trepadora siguió buscando más vidas que someter para así poder vivir, aunque sin acordarse de la primera plantita que le había prestado primero el apoyo.
Aquella, sin embargo, también sobrevivió, pues la caída de la trepadora había liberado sus hojas. Y fue una planta que creció hasta llegar a ser un gran árbol en el que los pájaros anidaban. No pudo superar en altura a ninguno de sus congéneres, pero ya no le importó. El susto que se había llevado con la trepadura le quitó cualquier deseo de soñar. Lo único que decía a todo aquel que quisiera escucharla era: "Estoy viva".

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