martes, 30 de diciembre de 2014

el conejo viajero

Érase un conejo que viajaba por el mundo. A su lado siempre se encontraba un pequeño ratón. El conejos se llamaba don Raimundo; el ratón, Esteban. Eran inseparables.
En una ocasión fueron a visitar a la tía de don Raimundo. Se encontraba esta en sus últimos momentos. Cerca de ella vivía el mayor de los hermanos de Esteban el ratón.
La tía murió a los pocos días cuando aún se hospedaban los dos amigos en la casa. Y, con esas casualidades que la naturaleza brinda de vez en cuando, el hermano mayor de Esteban sufrió un accidente en el trabajo; de resultas enfermó del tétanos, contra el que no estaba vacunado. Y en apenas unas semanas ya lo estaban enterrando.
Don Raimundo, que apenas se había recuperado tras la muerte de su tía, se desveló por su amigo para acompañarle en el dolor.
A los dos meses de estos sucesos, el cuerpo abuhado de policías recibió una llamada muy extraña: se trataba de don Raimundo, a quien habían encontrado por la calle deambulando como un sonámbulo. La policía lo llevó a su casa y allí descubrieron el cadáver aún caliente de Esteban.
- ¡Yo lo maté, yo lo maté! -confesó don Raimundo -fui yo quien le pedí que preparara una taza de té.
A primera vista, parecía que al ratón se le había caído el té y que luego se había derramado sobre el charco. Vamos, un accidente de lo más tonto y una muerte estúpida. El golpe en la nuca había acabado con el joven.
La policía intento consolar a don Raimundo. Y es que a nadie le cabía en la cabeza que quisiera matar a su amigo o que lo hubiera hecho intencionadamente. Al contrario, el psicólogo del cuerpo, un pájaro carpintero muy viejo y muy sabio, intentó quitarle cualquier sentimiento de culpa.
- Es un accidente. Fue un accidente. Repítelo cada día. Debes repetirlo.
Y toda esta información le llegó, más o menos adulterada, a la joven ardilla Sherlica, que se encontró con don Raimundo en un barco que atravesaba el canal de la mancha. Como era un ardilla metomentodo, siguió a don Raimundo en sus travesías parisinas, y así descubrió que llevaba el cuadro de un famoso pintor que quería vender.
Entonces Sherlica se puso a investigar, y descubrió que Esteban no había sufrido ningún accidente, sino que don Raimundo lo había asesinado a sangre fría y luego se había dado a aquella actuación. Y el motivo no era otro que el de apoderarse de aquel cuadro, que a Esteban le había legado su hermano moribundo hacía unos meses.
Sherlica quiso denunciar todo esto a al cuerpo abuhado, pero estos no quisieron hacerle caso. "Caso cerrado, caso cerrado"
Por eso fue que Sherlica se voló los sesos con una magnum.
Para llamar la atención.

viernes, 26 de diciembre de 2014

el rico

- Lo que no sé es para qué queremos tanto dinero si no podemos utilizarlo.
No le escuchó sino que siguió contando las ganancias sobre la mesa.
- ¿Me has oído? -preguntó su sobrino
- Todo llegará, llegará... llegará -murmuró su tío, avaricioso, contando los billetes mientras murmuraba la última palabra.
El joven tragó saliva y dijo aquello para lo que llevaba todo el día armándose de valor:
- Esta tirde queiro ir la cine -dijo, trabucándose con las palabras
- Llegará, llegará... llegará -respondió su tío, repescando la última palabra que otra vez fue a perderse en las profundidades del silencio.
- Al cine -repitió su sobrino.
Su tío levantó la mirada. El joven tragó saliva.
- ¿Para que te sirve la conciencia?
El joven no supo qué responder. No entendía.
- Para modelarla. Y lo mismo el dinero, jovencito. La pobreza es el reino de la mayoría y nosotros nos mantenemos aparte con el dinero acumulado. ¿Quieres ir al cine? Adelante. Tienes dinero para gastarlo, ¡gástalo! Pero no dejes de trabajar para obtenerlo.
- ¿Te parece bien que vaya? ¡Guau eso es genial! No me lo esperaba. ¡Gracias, tío! Además de que no iré solo.
Pero ya el tío se había vuelto a enfrascar en sus cuentas.
La puerta se abrió de repente y entraron los tres renacuajos:
- ¡Hola, tío Donald! -gritaron al unísono.
Su tío se los llevó rápidamente de allí. No quería que pusieran de mal humor al viejo.
- ¿Para qué habéis venido? -preguntó afuera
- Íbamos por la calle, patinando...  -comenzó uno
- Y nos encontramos a Daisy -siguió otro
- Y nos dijo que, si tenías suficiente valor para preguntárselo al viejo, iríais al cine.
Entonces los tres, al únisono, exclamaron:
- ¿Es verdad?
Donald sonrió con suficiencia.
- ¿Que si yo tengo valor para preguntarle algo así al viejo? Ni se lo pregunté. Simplemente le informé para que luego no se estuviera preguntando dónde andaba.
- ¿Y qué hace ahora el viejo?
- Está ahí adentro, contabilizando su conciencia, como siempre.
Al rato se fueron todos. Donald les prometió a sus sobrinos comprarles unas golosinas. En cuanto cerraron la puerta, Gilito abrió la suya y, viendo que no había moros en la costa, corrió hacia el teléfono.
- ¿Telepizza? Quiero una cuatro quesos, bien grande. Hoy espero a una invitada.
Luego colgó. Aquel día esperaba a la viejecita que se había encontrado recientemente en el banco. Se habían citado en la oficina y, cuando ya desesperaba para quitarse de encima a su sobrino, este había salido con el plan del cine. Menos mal.
Desde que había conocido a la señora todo su dinero le sabía a poco. Menos que a poco: a nada.

martes, 23 de diciembre de 2014

la libretita de hello kitty

- Dígame cuándo se produjo el... robo- eligió la palabra con cuidado.
- Ya se lo he contado a su compañero. Iba bajando por la calle cuando vi, en la esquina de enfrente, a un chulo pegando a su puta. Entonces me paré aquí, en la esquina, para gritarles que pararan. Maldita sea, quería ser un buen ciudadano. Como esos que salen en las películas, ¿sabe usted?
- Me hago a la idea -contestó el policía. Iba de paisano, así que el denunciante supuso que sería alguien con un cargo más alto que el común de los picoletos. De un bolsillo comenzó a sacar algo.
"Cigarrillos, imagino", pensó el buen ciudadano en medio de su declaración. Pero en su lugar apareció una libretita para tomar notas de color rosa. En la pequeña portada estaba pintada una hello kitty y debajo, en letras fosforecentes, "Hello Kitty". Por un momento perdió el hilo de sus pensamientos.
- ¿Qué decía? -acertó a preguntar al fin
- Le animo a que prosiga, caballero. Se ha quedado usted en la esquina, vociferando a una pareja que había visto en la esquina de enfrente.
El otro siguió, aunque no podía apartar la mirada de la libretita.
- Sí... entonces surgieron como de la nada el grupo de latinos...
- Estarían a la vuelta de la esquina y le verían a usted gritar -intervino el policía
- ¿Cómo dice? -preguntó el joven mirando la libretita
- Prosiga, se lo ruego
- Sí, bueno, pasaría como usted dice. Para el caso, cuando me quise dar cuenta estaban alrededor mío empujándome y riéndose de mí. ¿Quiere usted saber lo que decían?
- Dígamelo
- "¡Qué pasa superman! ¿Dónde te has dejado la capa?" y cosas así.
- Entiendo
- Yo entonces... me asusté. Me ordenaron bajarme los pantalones y ponerme a cagar allí...
Se produjo un incómodo silencio. No hacía falta preguntarle si había obedecido, pues un excremento humano aún estaba allí, a unos metros de ellos.
- Y entonces me dieron esa piedra y me obligaron a que la lanzara contra el escaparate. Ya sabe usted el resto.
Sí, lo sabía, habían entrado en la tienda y se habían llevado lo que habían podido. Y no solo eso, al irse se habían llevado también los pantalones del agredido.
- Tendrá que acompañarme a comisaría para firmar la declaración.
El otro asintió. Le habían prestado unos pantalones que le quedaban demasiado grandes y su figura era patética.
"Y encima se sorprende porque llevo una libretita de "hello kitty"" Pensó el inspector.
"Será idiota"

lunes, 22 de diciembre de 2014

A medio camino

- ¿No te cansas nunca de estar volando así, de arriba abajo? -le preguntó el diablillo que hacía de portero
- Uno se acostumbra -respondió Altazov, el búho mensajero.
Y después de esto emprendió vuelo. Sus grandes ojos vieron alejarse las puertas del infierno y a aquel desgraciado que tenía que estar en la puerta para bienvenir a los incautos.
"Hace falta ser idiota para lanzarse al infierno. Son infelices en vida y solo les queda seguir cobrando lo que han cosechado"
En el pico llevaba una brizna sacada de unas de las hierbas que crecían allí, en la puerta del inframundo. Y su misión era llevarla lo más cerca posible del estrado de San Pedro, frente a las puertas celestiales. Claro que no podía atravesarlas.
Los ángeles recogían aquella brizna y con ella fabricaban flores picantes con las que se alfombraban las carreteras del purgatorio. O así se se lo habían contado a Altazov, él nunca lo había visto.
- ¿No te cansas de estar volando así, de abajo arriba? -le preguntó un angelito que suplía a San Pedro cuando este se iba a interceder por alguien. Pero no por muchos, no era santo de gran devoción, pese a lo mucho de lo que se hablaba de él.
- Uno se acostumbra -repitió Altazov
Como muchos otros días, se preguntó por su misión. "¿Por qué yo?" Y hoy imaginó que eran por sus ojos. "Con mis grandes ojos he visto demasiadas cosas como para entrar en el cielo, pero no he cometido ninguna de ellas y no puedo condenarme al infierno"
Al infierno llevaba una piedra pequeñitas, de las muchas que había enfrente de las puertas celestiales. Con ellas construían las arcadas y los soportales de los edificios del infierno. Pero nadie podía habitar allí y, sin embargo, el lugar tenía su belleza.
Claro que él no lo había visto nunca, pero se lo habían contado.
De camino al infierno se sintió cansado y, vislumbrando un árbol que colgaba en un risco, se posó allí un instante. No había pasado ni un segundo cuando sintió nuevamente la urgencia de volar.
- Al fin y al cabo me encanta volar -se dijo
Y siguió bajando hasta las puertas del infierno. Allí estaba hoy el mismísimo Lucifer, pasando revista al portero. En cuanto le vio, se volvió a él:
- ¿Cuándo te vas a quedar aquí, Altazov?
- Lo mío no es entrar en ningún lado. ya lo sabe usted -le respondió el búho con dignidad.
- Tal vez ese ir volando de un lado a otro sea tu castigo, Altazov, tu infierno. ¿No se te ha ocurrido?
Y el búho sintió miedo. Cogió la primera brizna que encontró y se marchó volando.
- Pero a mí me encanta volar -se dijo, mientras ascendía- Tal vez esto sea mi cielo.
Y luego se afirmó en el pensamiento
- ¡Sí! -exclamó- ¡Esto es mi cielo!
Y siguió volando hacia las puertas de la eternidad.

viernes, 19 de diciembre de 2014

la bombilla fundida

- ¡¡Ay!!
Exclamó el pequeño mirlo.
- Tu hijo se ha golpeado otra vez. ¿Cuándo vas a arreglar esa bombilla?
Tontomás, el papá, miró a su señora un poco ofendido.
- ¿No ves que estoy arreglando este nido?
Ella suspiró y luego se echó a volar.
- Sí, vuela lejos -suspiró Tontomás mientras colocaba mejor una rama.
Su hijo salió del agujero del árbol.
- No hay forma de encontrar nada en la despensa, papá.
- ¿Qué querías de la despensa? -preguntó Tontomás
- Nueces del valle, aquellas que recolecté cuando fui a visitar a los abuelos. Mamá me ha dicho que las había almacenado ahí abajo. ¿Cuándo vas a arre...? -pero su padre le interrumpió
- Espera aquí. Te conseguiré las nueces. ¿Cuántas quieres?
- Dos nueces estará bien, pa.
Tontomás se marchó y al rato se oyó una exclamación:
- ¡Ay! ¡Maldita bombilla!
Y luego un ruído como de cristales rotos. El hijo imaginó a su padre golpeando la bombilla fundida en un acceso de rabia.
"Por lo menos que no se corte", pensó
Al poco salió el padre con cara de mal humor. Pero no había sangre por ningún lado.
- Aquí tienes. Y ahora, si no te importa, me gustaría trabajar un poco tranquilamente en el nido.
- Como tú quieras, pa -respondió el joven. Y, abriendo las alas, se marchó.
Tontomás colocaba las ramas en su nido de primavera. Este era el nido que, un poco más expuesto, servía para calentarse al sol cuando el tiempo mejoraba. Y, aunque ya hacía una semana de la llegada del buen tiempo, Tontomás no había tenido tiempo para arreglarlo hasta aquel día.
- En esta casa no hay forma de trabajar tranquilo.
Estaba colocando la ramita más importante de todas, aquella que servía para fijar bien el nido en la rama del árbol. Era la parte más delicada del trabajo. Lentamente la fue insertando cuando un ruído le sobresaltó.
- ¡Hola, vecino!
Era el gorrión que vivía en un árbol vecino. Tenía una voz estridente. El susto le había salido caro a Tontomás, pues se le cayó la rama de las manos y con él todo el nido que fue a parar al suelo con un golpe sordo.
- ¡Mil demonios! -exclamó
Y luego comenzó a despotricar contra el vecino, quien se fue de allí rápidamente.
- Paciencia, ten paciencia Tontomás. Si no, no vas a terminar nunca -se dijo
Bajó hasta el suelo y recogió el nido. Lentamente, fue volando con él de una rama a otra hasta que llegó a aquella en donde vivían. Lo colocó.
- Podía haber sido peor, podía haber sido peor -se repitía como un Mantra
Lo que no había podido subir era la rama de sostén. Pero recordó que en el almacén tenía una ramita muy buena, ligera y resistente y con forma de "y". Fue hasta allí pero pronto se encontró a oscuras. La bombilla estaba fundida y se golpeó en la cabeza. Además, por el suelo había casquillos de la bombilla de cuando la golpeara antes y se cortó en un pie.
Maltrecho, salió afuera. Se vendó la herida y, antes de que pasara una hora, ya había cambiado la bombilla. Luego miró al nido.
Aún faltaba mucho para terminarlo, pero colocó su mejor palo en la base, aquel que había ido a buscar al almacén.
- Mañana seguiré.

Cuando su esposa volvió, se encontró con su marido esperándola con una flor en la boca. Tenía un pie vendado y unos ojos contritos.
- Perdona -le dijo, tras alcanzarle la flor
- Yo también te quiero -contestó ella.











jueves, 18 de diciembre de 2014

Hambre

La hormiga llevaba toda una pluma a cuestas.
- ¿Dónde quiere ir esta hormiguita? -preguntó el pequeño Tim
La hormiguita en cuestión, muy decidida, cargaba con la pluma que a Tim le habían regalado por su cumpleaños el año pasado. Pero solo hacía un mes que le permitían utilizarla.
- No es un rotulador ni un lápìz. Si aprietas, la romperás- le conminaba su madre
Tim pensaba que tampoco podía apretar los rotuladores, pero no dijo nada. ¡Si sus padres supieran lo que le costaba escribir! No era ni fácil ni divertido. No apretaba por decisión, sino por desesperación de ver que las letras, poco a poco, surgían de su lápiz.
- ¿Queda mucho para la comida?
- Lo mismo que antes... menos un minuto. Sigue mirando a la hormiga -le recomendó su padre, asomando la cabeza sobre el periódico.
Era Sábado y cocinaba mamá. Pero muchas veces se retrasaba porque quería hacer demasiadas cosas a la vez. O al menos así le decía su padre. A él, le decía, también le ponía de mal humor retrasos en la comida. Y para sobrellevarlo mejor tenía un secreto, el mismo que había compartido con su pequeño Tim:
- Me entretengo con otra cosa y me concentro tanto que olvido que tengo hambre.
Tim había decidido fijarse en la hormiga. Pero la barriga le hacía ruídos.
- Mi barriga también tiene hambre -dijo
Su madre se volvió entonces hacia él con gesto enfadado. Tenía una cuchara de madera en la mano con la que había estado removiendo la sopa. Pero antes de que estallara, su padre se levantó:
- Es posible que haya muchas barrigas con hambre en el mundo, Tim, y todas están pidiendo comida. Nosotros solo tenemos que esperar unos minutos más para que se callen. ¿No es así, cariño?
Ella sonrió irónicamente y se volvió a su puchero.
- ¿Cómo le va a esa hormiga? -le preguntó, agachándose. Y luego, por lo bajo, le dijo:
- No logro concentrarme en mi periódico. Tal vez la hormiga sea mejor para los dos.
- Se quiere llevar mi pluma estilográfica a su nido. Me pregunto para que la querrán.
- Pues esa pregunta es muy fácil. ¿Para qué crees que querrán una pluma? La pregunta debería ser, ¿y de dónde sacan el papel?
Tim le miró con gesto enfadado, pero luego decidió seguir el juego. Le encantaban las historias:
- ¿Las hormigas escriben?
- ¡Y tanto! -dijo su padre. Fíjate que ellas se organizan muy bien, y tienen una reina para mandar, hormigas soldado para pelear, obreras para buscar comida y todo lo que se les mande... ¡y escribanas! Que son las hormigas que están todo el día escribiendo. En general usan unas pajitas así, pequeñitas, que nosotros apenas podríamos ver. Pero a veces la reina quiere escribir algo importante y le llevan una pluma de los humanos. Como esta.
- Pero hasta para la reina esta pluma es demasiado grande.
- ¿Y qué has creído que hace una reina? No hace nada, Tim, más que mandar. Esta pluma ella nunca la tocará, sino que la montarán sobre un armario y 24 hormigas obreras la empujarán para que...
- ¡A comer! -les interrumpió mamá.

(y así se fueron, porque el que escribe, otra vez, ha contado mal el tiempo y aún quedarían 4 min para terminar...)

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La prisa de don Pepito

- Pero vámonos, ¡vámonos! ¿Se puede saber a qué estás esperando ahora?
Don Pepito miró a su señora con atención y rabia contenidas. Muchos habrían pensado que una historia que había comenzado de forma tan romántica como la suya había de mantenerse así durante todos los días de sus cortas vidas. Porque las hormigas no viven mucho tiempo.
Pero a doña Pepa, que había cogido el nombre por su marido, las cosas no le habían resultado fáciles tras el primer año de enamoramiento. No podía dejar de echar de menos todas las cosas, lujos y compañía, que la habían rodeado cuando era reina. Y, aunque ninguno de los dos se atrevía a decirlo, compartían la misma duda: ¿habrían elegido lo mismo en el pasado de saber lo que les deparaba el futuro?
- No hace falta que te pongas nerviosa
- No estoy nerviosa -espetó doña Pepa
Pero sí lo estaba. Y la actitud de don Pepito lo único que lograba era enervarla más.
(hoy el cuento será de diez minutos, que he de irme a trabajar y he contado mal el tiempo)
Él lo sabía, y mientras que ella se había ido convirtiendo en un ser cada vez más alterado, él se había ido calmando. Lo que podría ser un antídoto para su señora se convertía en un arma afilada con la que le hacía ver lo poco que la tomaba en serio.
- Cuando eras una joven soldado te dabas más prisa bajo mis órdenes.
- Cuando eras una joven reina estabas acostumbrada a que todos te obedecieran al instante. ¿Es eso lo que quieres?
Ella se calló y se mordió una antena. Sentía ganas de llorar.
- Es verdad -confesó por fin
- ¿Qué es verdad? -preguntó él con aire indiferente. Se había terminado de poner su quinta bota y ya estaba listo para salir. Hacía poco que había llovido y el terreno estaba enfanganado. Iban a visitar a unas moscas verdes que, aunque de olor desagradable, invitaban a mucha gente a sus fiestas y la joven pareja -apartada de la sociedad en los comienzos- ya se había acostumbrado a ir allí.
- Que de reina estaba acostumbrada a muchas cosas. Tonterías, imagino.
Algo se conmovió dentro de él. Fue hasta ella y la mordió con cariño una antena.
- Para mí siempre serás mi reina -le susurró
- No quiero reinar en ningún otro sitio -le dijo ella, repitiendo el talismán que en tantas noches de placer y entrega le había susurrado.
Y volvieron a entrar en casa, olvidando a las moscas verdes y su fiesta.

martes, 16 de diciembre de 2014

Primeras Lluvias


El ratoncito se asomó una vez más a la boca de su madriguera.
- No salgas solo -le recordó su madre desde atrás
El ratoncito se sentía curioso. Durante 20 días habían esperado la llegada de las primeras lluvias, de las lluvias frías con las que se anticipaba el invierno. Y aunque todo lo demás estaba allí, preparado (las nubes grises, el frío penetrante, las mañanas con los miembros entumecidos) faltaban las lluvias. Y la familia Pérez -parientes de un famoso ratón- aprovechaba la inesperada prórroga para recolectar más comida para lo más crudo del invierno. Una vez que comenzara a llover, tendrían que quedarse acurrucados en su nido y esperar que el invierno no se cobrara sus vidas. El frío hacía que estas pendieran de un hilo. Una décima menos de temperatura en la cueva (por un agujero mal tapado) podía suponer una muerte. Y la muerte de uno de ellos, aunque ahorrara una boca que alimentar, significaba una unidad menos de calor. Poco más podían hacer para generar más calor, pero sí podían recolectar toda la comida que pudieran. Cuanto más, mejor.

Ricardo Pérez era el menor de toda la familia. Y todos lo trataban con rabia y miedo contenidos: miedo de que pudiera morir aquel invierno, siendo el más pequeño y débil. Rabia, por no poder hacer nada para evitarlo, por encariñarse con él cuando ya la madre naturaleza se disponía a llevárselo.
Es como una carrera contrareloj” había pensado su madre la noche anterior. Y su marido la había entendido, como si le leyera los pensamientos que, habitualmente, distaba tanto de comprender. Pero no cuando se trataba de Ricardito.

El pequeño, por su parte, ajeno a tantas preocupaciones, se divertía. Y le divertían aquellas salidas furtivas al pueblo, rebuscando agujeros que les comunicaran con las despensas.
- Pero tened cuidado de no dejar rastro. Si saben que hemos estado aquí, tendremos problemas -les advertía el tío Bartolo, el ratón más viejo de entre todos los Pérez y a quien todos obedecían.

Hasta el pequeño Ricardo entendía que no les quedaba mucho tiempo. Que el retraso de las lluvias haría que rompieran de repente, como un cielo embarazado de inviernos.

Y así fue aquel día. Todo estaba saliendo mal y la tormenta que de repente se desató solo se sumó al resto de pequeñas desgracias cotidianas. No habían encontrado nada de comida, los agujeros estaban tapados y un gato con hambre los había perseguido. Y entonces llegó la lluvia, como un castigo divino que conviertiera un día miserable en un fin del mundo.

Todos corrieron hacia la madriguera. Las gotas eran tan gruesas y seguidas que cada uno sentía que le estaban golpeando mientras corrían. Cuando por fin llegaron a la madriguera, se recontaron y el corazón de la madre de Ricardito se paró del susto:

- ¿Dónde hemos dejado a ricardo?

Volver a buscarlo era inviable. Y ya su marido consolaba a su esposa por la pérdida del benjamín cuando, allá entre la lluvia, vieron al pequeño Ricardo, apenas una sombra apenada bajo la lluvia... y, agarrado a su cola, el tío Bartolo que, con las prisas había perdido las gafas.


- Habría muerto si no es por Ricardito -dijo nada más llegar.

lunes, 15 de diciembre de 2014

el árbol caído

Una tormenta de invierno terminó con el joven árbol. Este apenas contaba 20 primaveras y su tronco aún se cimbreaba con el viento, sus hojas humedecían el aire, jóvenes familias de pájaros se instalaban allí y la sabia fresca alimentaba a un nuevo hormiguero.
Pero el invierno había congelado su interior y lo que antes era ventaja, ese poder arquearse según soplara el viento, era ahora debilidad que, al tiempo, acabó con él.
Un árbol sin raíces puede alargar su vida durante mucho tiempo. La amputación no es repentina, sino pausada. De repente el árbol siente que todo está al revés, que la vida ya no se mira hacia arriba sino hacia un lado. Y cada día sus hojas pierden más verdor, pues la sabia no se renueva. El sol deja de
ser una fuente de alimentación y pasa a ser un testigo inmóvil del lento morir del vegetal.
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y no entiende del todo por qué ha tenido que tocarle a él. ¿Acaso no congeló el invierno a tantos otros de sus compañeros? ¿A aquel, que es aún más joven que él? ¿O aquel  otro que, cuando hace viento, siempre parece a punto de romperse? ¿Y por qué no a uno de los viejos, a esos que ya han sufrido amputaciones de una y otra rama pero que se resisten a morir y, malformados, siguen chupando vida y tiempo?
Un árbol joven, con apenas 20 primaveras, es un árbol que no quiere morir. Y en su lenta agonía siente que, junto a las ramas que su propio peso ha aplastado, también se encuentran los nidos abandonados de los pájaros que anidaron en  primavera. Y le parece catastrófico: que ni siquiera se puedan salvar aquellos nidos es la señal del fin de su mundo. Porque ya antes había sentido la ausencia de las aves, pero se había obligado a consolarse pensando que ya volverían, como cada año, cuando llegara la primavera.
Pero su temprana muerte cercenaba las esperanzas que había construido sobre el dolor. Y esas son las esperanzas que más duele perder porque, tras ellas, parece que no queda nada.
Solo desesperación.
Vacío. Locura.
Cuando notaba que ya no le quedaban más que unas horas de conciencia (porque la muerte le había golpeado muchos días ha) sucedió algo inesperado. Durante unos días el clima varió, subiendo las temperaturas. Y durante dos días llovió tanto como para disolver buena parte de la nieve. Y entonces dos conejos se arriesgaron a salir de su madriguera para buscar algo para comer. Y lo encontraron allí, a la sombra del árbol caído, pues los últimos brotes verdes de sus hojas eran el alimento de aquellas pequeñas criaturas. Los ojos de los conejos eran indiferentes y asustadizos. Sus hocicos no paraban de moverse, sus orejas estaban atentas a cualquier ruído.
Y el árbol caído, cuyas horas se acortaban ante el apetito de los conejos, se sintió aliviado.
"Por eso valía la pena vivir. Y morir" Se dijo

viernes, 12 de diciembre de 2014

la flojera

El doctor canguro lo miró y remiró.
- Ahora abra la boca -dijo con seriedad
- Extienda el brazo, lea estas letras, agáchese, túmbese en el suelo, de puntillas e intente tocar el techo...
Las órdenes se sucedían una tras otra. Inspeccionaba a los pacientes y también se inspeccionaba a sí mismo. Porque en su cabeza anticipaba todos los movimientos que el paciente iba a hacer.
- Este doctor necesita unas vacaciones, pero no unas cualquiera -le dijo Tioro, el mandril, a su señora cuando salieron de la consulta.
- ¿A qué te refieres?
- Necesita vacaciones dentro de sí mismo. Tiene que trabajar más.
- No te entiendo cuando te das aires de pensador. ¿Por qué no vamos a comprar unos plátanos y nos vamos al cine? -le propuso ella.
Y así hicieron.

Pero el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, hubiera estado de acuerdo con él. Algo estaba fallanda en su mecanismo. Las órdenes con las que le obedecían los pacientes estaban haciendo presa de él; al principio solo sentía leves impulsos por seguir las órdenes que seguían.
"Abra la boca", y algo dentro de él le impulsaba a abrirla también él.
Pero había ido domeñando aquellos desequilibrios psicológicos a base de disciplina. Una disciplina extraña, ajena en muchos casos al mal que le aquejaba, pero disciplina al fin y al cabo. El doctor había sido lo suficientemente lúcido para darse cuenta de que hay males que no se pueden atacar de frente y conscientemente, sino para los que no hay más puerta que la lateral.
Su primera disciplina fue la de dejar de mascar chicle. Le encantaban los chicles y los colores rosas y salivados tras estar un buen rato en la boca. Pero se había prohibido tomarlos.
Y lo mismo el sombrero: pese a que tenía frío en la cabeza, se obligaba a NO utilizarlo. Iba a la consulta caminando.
Con aquellas y otras medidas disciplinarias había vencido los impulsos patológicos que le obligaban a hacer todo aquello que surgía de su boca como un comando.
Pero desde hacía unas semanas se había vuelto descuidado. Había aceptado un chicle de un amigo... y por la noche antes de acostarse se probaba algunos de los sombreros que NO utilizaba. Aún seguía caminando al trabajo, pero sentía tentaciones cada vez más fuertes por tomar un transporte público, aunque fuera una guagua.
Y el descuido le estaba pasando factura. Aquella misma mañana, mientras inspeccionaba a Tioro, se había descubierto extendiendo el brazo a la par que él. El mono le había mirado sorprendido, no sabiendo si el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, se estaba burlando de él. Muy pocos se atreven a burlarse de mandril; todos saben que pueden volverse locos y que, llevados por la pasión, arrasan con todo lo que está a su alcance. El doctor se había dado cuenta, pero no atinó a decir más que:
- Disculpe
Retiró su brazo y enrojeció. Tioro decidió dejar pasar el suceso y ya lo había olvidado, mientras se deleitaba con unos buenos plátanos y la compañía de su esposa.

- ¡Esto no puede ser!
E hizo el propósito de recomenzar. Porque, se dijo, "lo más fácil sería caer en el desaliento. O soy perfecto o soy un miserable. Lo que mi cerebro es incapaz de razonar es que solo soy un intento que, a veces, crea un hábito que facilita las cosas. Pero hay que llegar ahí, y eso significa levantarse muchas veces".
Y, aunque a veces caía y se equivocaba, su resolución le estaba llevando más lejos de lo que nunca hubiera soñado.
Solo que no podía verlo. Y eso es la vida.

jueves, 11 de diciembre de 2014

recuperando

- Nunca lograré superar esta semana. Ahora me llevan demasiada ventaja.
Así hablaba la joven liebre Amapapir; durante todo el año se había estado preparando para las olimpiadas escolares, pero un simple catarro la había tenido postrada en cama durante una semana. Y aún no estaba del todo recuperada.
- ¿Y usted qué piensa, entrenador?
Pero este, una vieja liebre que tenía en su palmarés premios que ya nadie recordaba, miró a su joven pupilo con algo de pena. Luego se dio media vuelta y se marchó.
- ¿Por qué no ha dicho nada, mamá? -preguntó el joven a su madre, que estaba a su lado velándole.
- Tal vez no se le ocurre nada que decir, cariño
Cuando vio que los ojos de su hijo se humedecían, se apresuró a añadir:
- Pero no te preocupes. Dentro de poco vas a estar como nuevo y vas a correr más que nadie.
- ¿Pero por qué se ha ido el entrenador sin decir una palabra?
- Será mejor que esperes aquí -dijo la madre con decisión
Y se marchó rápidamente del cuarto. El hijo sabía a dónde se dirigía: sería su portavoz ante el viejo entrenador.
Y no es equivocaba.
- ¿Cree usted que está bien marcharse así del cuarto? -preguntó indignada la madre.
El entrenador estaba, en esos momentos, tomándose un vaso de vino con el padre. Fue este quien primero intervino:
- Tiene buenas razones, cariño. Por favor cálmate.
- ¡Ahora tú estás con él! Por lo visto os habéis aliado contra Amapapir. ¿Es que no se da cuenta usted de lo que le está haciendo? Conque le hubiera dicho una palabra, le habría levantado el ánimo.
El entrenador la miró y luego contempló su vaso de vino. Tomó un poquito. Carraspeó como si fuera hablar. Durante unos instantes no dijo nada. Y cuando por fin habló, fue de un tema totalmente diferente:
- Es difícil llegar a viejo. Todo tiene un sabor diferente.
La madre, incapaz de soportar los chocheos del entrenador, se disponía a marcharse. Su marido se lo impidió:
- Escucha lo que tiene que decir, te lo ruego.
El viejo siguió hablando, dirigiéndose al vaso de vino que tenía entre sus patas.
- A mí me entrenaron para ganar cada carrera. Y gané muchos, otras las perdí. Y cada uno que perdía era un grito del cielo, ¡fracasado!, me decían los ángeles. Pero me tragaba las lágrimas y prometía sacar lo mejor de mí en la siguiente carrera. Y la fortuna ha querido que llegara a viejo; desde esta altura, señora, los gritos de "fracasado" se quedan allá abajo, en el valle, y son solo juegos del viento. No son sonidos reales. Desde esta altura, señora, me gusta beber vino tranquilamente y no dejarme angustiar por las lágrimas de un adolescente. Porque la verdadera victoria no fue ganar ninguna carrera. ¡Quía! ¿Qué hacen ahora mis trofeos sino almacenar polvo? No, la verdadera victoria fue el camino de sacrificio y meta. Eso me hizo, me cambió, me definió.
- ¿Y por qué no quiere decirle todo esto a mi hijo?
- Por lo mismo que no tiene sentido describir el sabor del buen vino. Uno tiene que experimentarlo solo. Y para competir en esta vida, uno ha de ser el que eliga hacerlo. Yo no se lo he dicho a su hijo porque no me toca hacerlo. Espero que lo haga otra persona.
- ¿Quién? -preguntó la madre, desesperada.
- Usted, señora. Usted y sus lágrimas se lo van a decir.