viernes, 12 de diciembre de 2014

la flojera

El doctor canguro lo miró y remiró.
- Ahora abra la boca -dijo con seriedad
- Extienda el brazo, lea estas letras, agáchese, túmbese en el suelo, de puntillas e intente tocar el techo...
Las órdenes se sucedían una tras otra. Inspeccionaba a los pacientes y también se inspeccionaba a sí mismo. Porque en su cabeza anticipaba todos los movimientos que el paciente iba a hacer.
- Este doctor necesita unas vacaciones, pero no unas cualquiera -le dijo Tioro, el mandril, a su señora cuando salieron de la consulta.
- ¿A qué te refieres?
- Necesita vacaciones dentro de sí mismo. Tiene que trabajar más.
- No te entiendo cuando te das aires de pensador. ¿Por qué no vamos a comprar unos plátanos y nos vamos al cine? -le propuso ella.
Y así hicieron.

Pero el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, hubiera estado de acuerdo con él. Algo estaba fallanda en su mecanismo. Las órdenes con las que le obedecían los pacientes estaban haciendo presa de él; al principio solo sentía leves impulsos por seguir las órdenes que seguían.
"Abra la boca", y algo dentro de él le impulsaba a abrirla también él.
Pero había ido domeñando aquellos desequilibrios psicológicos a base de disciplina. Una disciplina extraña, ajena en muchos casos al mal que le aquejaba, pero disciplina al fin y al cabo. El doctor había sido lo suficientemente lúcido para darse cuenta de que hay males que no se pueden atacar de frente y conscientemente, sino para los que no hay más puerta que la lateral.
Su primera disciplina fue la de dejar de mascar chicle. Le encantaban los chicles y los colores rosas y salivados tras estar un buen rato en la boca. Pero se había prohibido tomarlos.
Y lo mismo el sombrero: pese a que tenía frío en la cabeza, se obligaba a NO utilizarlo. Iba a la consulta caminando.
Con aquellas y otras medidas disciplinarias había vencido los impulsos patológicos que le obligaban a hacer todo aquello que surgía de su boca como un comando.
Pero desde hacía unas semanas se había vuelto descuidado. Había aceptado un chicle de un amigo... y por la noche antes de acostarse se probaba algunos de los sombreros que NO utilizaba. Aún seguía caminando al trabajo, pero sentía tentaciones cada vez más fuertes por tomar un transporte público, aunque fuera una guagua.
Y el descuido le estaba pasando factura. Aquella misma mañana, mientras inspeccionaba a Tioro, se había descubierto extendiendo el brazo a la par que él. El mono le había mirado sorprendido, no sabiendo si el doctor Guacanudo, canguro en la gran ciudad, se estaba burlando de él. Muy pocos se atreven a burlarse de mandril; todos saben que pueden volverse locos y que, llevados por la pasión, arrasan con todo lo que está a su alcance. El doctor se había dado cuenta, pero no atinó a decir más que:
- Disculpe
Retiró su brazo y enrojeció. Tioro decidió dejar pasar el suceso y ya lo había olvidado, mientras se deleitaba con unos buenos plátanos y la compañía de su esposa.

- ¡Esto no puede ser!
E hizo el propósito de recomenzar. Porque, se dijo, "lo más fácil sería caer en el desaliento. O soy perfecto o soy un miserable. Lo que mi cerebro es incapaz de razonar es que solo soy un intento que, a veces, crea un hábito que facilita las cosas. Pero hay que llegar ahí, y eso significa levantarse muchas veces".
Y, aunque a veces caía y se equivocaba, su resolución le estaba llevando más lejos de lo que nunca hubiera soñado.
Solo que no podía verlo. Y eso es la vida.

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