- Y, sobre todo, no hables con extraños -fueron las últimas palabras de mamá gato antes de irse de parranda con papá gato
- No se te ocurra abrir la puerta a nadie -dijo papá gato
Y después cerró la puerta. El gatito se quedó solo en la casa. Les había asegurado que estaría bien. De hecho, una parte de él había deseado quedarse solo, ¡por fin! Tal vez podría ver alguna película interesante, tal vez cocinarse algo rico... sí, había muchas cosas deseables que podía hacer. Pero, al mismo tiempo, sentía un temor antiguo a la soledad, una continuación de la niñez, un alargamiento de su dependencia hacia sus padres. ¡Pero ya estaba bien! Podía no ser un gato adulto, pero en todo caso era un gato preparado para quedarse solo en casa, ¡la primera vez en su vida! Había que celebrarlo.
Se dirigió a la cocina. Allí sacó el queso que más le gustaba de la alacena y se sirvió un vaso de leche. Y entonces sonó el teléfono.
"Debe de ser mamá, que quiere asegurarse de que todo está bien", se dijo el joven gato. Fue hasta el teléfono y lo descolgó
- Todo va bien, mamá -respondió automáticamente, sin esperar oír ninguna voz. Pero al otro lado del interlocutor no se oía nada; si acaso, había como una respiración tenue.
- ¿Quién está ahí? -preguntó el gato. Creía que era mi madre quien llamaba, tendrá usted que disculparme, estoy solo en casa -continuó
Entonces cortaron la comunicación.
Pii-pii-piiiiii, se oyó
El joven gato colgó, extrañado. Y sintió que le subía por la espalda un pequeño calambrazo. Era el miedo de algo desconocido, estaba llegando.
"No tenía que haber dicho que estaba solo en casa. Soy un idiota", se dijo. Y tuvo ganas de insultarse más veces a sí mismo. Pero, en lugar de eso, intentó concentrarse en la cocina, en el queso que había sacado de la alacena y en el vaso de blanca leche que le esperaba sobre la mesa.
- Leche, ¡me encanta la leche! -dijo en voz alta. Quería ahuyentar sus temores.
A la media hora, ya había olvidado por completo la llamada de teléfono. Estaba viendo un programa estúpido en la televisión, pero se sentía bien porque sus padres, normalmente, le hubieran enviado ya a la cama.
Sonó el teléfono una segunda vez.
El gatito se levantó, sintiendo que se revivía el recuerdo del temor que antes había sufrido.
"No hay por lo que asustarse" -se dijo
Descolgó el teléfono:
- ¿Diga?
Y pasó lo que más temía: otra vez no le contestaba nadie. Tan solo se oía una respiración tenue. Pero si esta antes había sido casi inaudible, ahora no había forma de no escucharla. De hecho, parecía contener en sí un ronco rugido de rabia oculta, como un monstruo que le acechara en las sombras de sus sentidos. El gato colgó rápidamente. Volvió a la tele, pero ahora ésta estaba apagada y de ella también surgía un murmullo como de una respiración que esperara a que él se diera la vuelta para atacar...
- Mira, se ha quedado dormido frente a la tele -le dijo mamá gato a su marido
- Tenías que habérle dicho antes que se fuera a la cama -le reprochó papá gato
- ¿No te dije que no funcionó bien la llamada? Podía oírle a él, pero no él a mí. Y el muy tontito dijo así, a ciegas, que estaba solo en casa. Por lo menos no le ha pasado nada malo.
- Salvo tener unas pesadillas horrorosas -le corrigió el marido, que estaba mirando a su hijo
- ¿Cómo lo sabes?
- Mira -le indicó el marido
Las garras del pequeño habían destrozado el reposabrazos del sillón y una radio estaba tirada en el suelo. La cara del joven gato denotaba un gran sufrimiento. Y de la radio surgía un sonido entrecortado, chirriante, como la tenue respiración de un monstruo.
domingo, 22 de junio de 2014
viernes, 20 de junio de 2014
la rata en la cloaca
Una ratita una vez salió por la alcantarilla y miró lo que le rodeaba. Era una calle de la ciudad, atardecía y había muchos peatones. Y uno de ellos la vio. Fue corriendo hasta ella y, antes de que la rata pudiera reaccionar, le soltó una tremenda patada con la que la rata fue volando por los aires.
- ¡¡una rata!! -gritó una señora que estaba a un par de metros pero que se asustó tanto como si la rata le hubiera caído entre diente y diente y le estuviera arrancando la lengua.
La rata comenzó a correr, asustada. El que le había propinado el patadón fue corriendo hasta ella, pero la rata logró escabullirse bajo un coche y, debajo de él, se metió otra vez por una alcantarilla.
- ¿Cómo te fue ahí afuera? -le preguntó otra rata unos días más tarde.
La ratita expedicionaria tenía un recuerdo muy malo de su salida. Aún le dolían algunas vértebras que -sospechaba- se le habían roto durante el encontronazo con el peatón. Pero no sabía cómo contarle sus experiencias a la curiosa. Así que tan solo se atusó el bigote y, haciendo como que veía a alguien conocido a sus espaldas, se excusó y se largó de inmediato.
- ¿Qué te ha contado? -preguntó otra rata que había presenciado la entrevista de lejos.
- Por lo visto hay muchas cosas que ver ahí afuera. Hay tantas que no sabía ni por dónde empezar a contarme.
- ¿Y también comida? -preguntó la recién llegada
Y ahora fue el turno de la interpelada de atusarse el bigote y de, tras mirar por encima del hombro de la otra como a un conocido de lejos, se fue sin decir nada más.
A la semana, la gran mayoría de las ratas que nunca había pisado el exterior creía firmemente que se trataba de un lugar maravilloso donde los humanos adoraban a las ratas y las alimentaban con buenas carnes y comidas maravillosas. Muchas querían salir, pero ahora era la época de lluvias y no podían acercarse mucho a las alcantarillas sin riesgo de ahogarse.
Por fin terminó la estación de lluvias y todas, como si se hubieran puesto de acuerdo, intentaron salir a la vez por las alcantarillas.
Fue así como la ciudad se hizo famosa; por televisión podían verse estremecedoras imágenes de auténticas muchedumbres de ratas ocupando calles, casas y, sobre todo, restaurantes y carnicerías. Los habitantes de la ciudad habían huido, pues no sabían como enfrentarse a un ejército tal de ratas, como no fuera con medios que acabarían con su propia ciudad.
En el campamento de refugiados que se había colocado en las afueras, en un parque rodeado de un foso de agua, un día un niño comenzó a tocar la flauta. Se encontraba al margen del foso y, justo en aquel momento, unas ratas se habían acercado a inspeccionar la otra orilla. Pero al oir la música se quedaron como pasmadas escuchando. El niño nunca había tenido ningún público que le escuchara, pues antes de venir al campamento de refugiados su vida era aún más miserable y vivía entre las basuras en el callejón trasero de un restaurante.
Le encantó que alguien escuchara sus melodías con tanta atención.
Y fue así que cada día se ponía a tocar melodías con su flautita a la orilla del foso, mientras al otro lado más y más ratas venían a escucharle.
La gente del campamento, en cambio, aborrecían la música que traía las ratas a tal cercanía del campamento.
Un día, decidieron democráticamente echar al niño fuera del campamento. Lo hicieron y ya no supieron más de él.
- Habrá muerto entre las ratas -se decían algunos que, dándoselas de compasivos, querían limpiar su conciencia.
Pero ellos también le olvidaron.
Y, sin embargo, a la semana las ratas ya se habían ido de la ciudad. Algunos decían que las habían visto siguiendo a un niño que tocaba la flauta por los caminos y montes, mientras las ratas le procuraban comida y compañía y le instaban a que nunca parara.
Un nuevo cielo visitaba a una nueva tierra...
- ¡¡una rata!! -gritó una señora que estaba a un par de metros pero que se asustó tanto como si la rata le hubiera caído entre diente y diente y le estuviera arrancando la lengua.
La rata comenzó a correr, asustada. El que le había propinado el patadón fue corriendo hasta ella, pero la rata logró escabullirse bajo un coche y, debajo de él, se metió otra vez por una alcantarilla.
- ¿Cómo te fue ahí afuera? -le preguntó otra rata unos días más tarde.
La ratita expedicionaria tenía un recuerdo muy malo de su salida. Aún le dolían algunas vértebras que -sospechaba- se le habían roto durante el encontronazo con el peatón. Pero no sabía cómo contarle sus experiencias a la curiosa. Así que tan solo se atusó el bigote y, haciendo como que veía a alguien conocido a sus espaldas, se excusó y se largó de inmediato.
- ¿Qué te ha contado? -preguntó otra rata que había presenciado la entrevista de lejos.
- Por lo visto hay muchas cosas que ver ahí afuera. Hay tantas que no sabía ni por dónde empezar a contarme.
- ¿Y también comida? -preguntó la recién llegada
Y ahora fue el turno de la interpelada de atusarse el bigote y de, tras mirar por encima del hombro de la otra como a un conocido de lejos, se fue sin decir nada más.
A la semana, la gran mayoría de las ratas que nunca había pisado el exterior creía firmemente que se trataba de un lugar maravilloso donde los humanos adoraban a las ratas y las alimentaban con buenas carnes y comidas maravillosas. Muchas querían salir, pero ahora era la época de lluvias y no podían acercarse mucho a las alcantarillas sin riesgo de ahogarse.
Por fin terminó la estación de lluvias y todas, como si se hubieran puesto de acuerdo, intentaron salir a la vez por las alcantarillas.
Fue así como la ciudad se hizo famosa; por televisión podían verse estremecedoras imágenes de auténticas muchedumbres de ratas ocupando calles, casas y, sobre todo, restaurantes y carnicerías. Los habitantes de la ciudad habían huido, pues no sabían como enfrentarse a un ejército tal de ratas, como no fuera con medios que acabarían con su propia ciudad.
En el campamento de refugiados que se había colocado en las afueras, en un parque rodeado de un foso de agua, un día un niño comenzó a tocar la flauta. Se encontraba al margen del foso y, justo en aquel momento, unas ratas se habían acercado a inspeccionar la otra orilla. Pero al oir la música se quedaron como pasmadas escuchando. El niño nunca había tenido ningún público que le escuchara, pues antes de venir al campamento de refugiados su vida era aún más miserable y vivía entre las basuras en el callejón trasero de un restaurante.
Le encantó que alguien escuchara sus melodías con tanta atención.
Y fue así que cada día se ponía a tocar melodías con su flautita a la orilla del foso, mientras al otro lado más y más ratas venían a escucharle.
La gente del campamento, en cambio, aborrecían la música que traía las ratas a tal cercanía del campamento.
Un día, decidieron democráticamente echar al niño fuera del campamento. Lo hicieron y ya no supieron más de él.
- Habrá muerto entre las ratas -se decían algunos que, dándoselas de compasivos, querían limpiar su conciencia.
Pero ellos también le olvidaron.
Y, sin embargo, a la semana las ratas ya se habían ido de la ciudad. Algunos decían que las habían visto siguiendo a un niño que tocaba la flauta por los caminos y montes, mientras las ratas le procuraban comida y compañía y le instaban a que nunca parara.
Un nuevo cielo visitaba a una nueva tierra...
domingo, 15 de junio de 2014
el gran edificio
Sobre el planeta kamisón solo había una gran construcción. Era un gran edificio construido en medio de la nada. Y era tan grande como para albergar a todos los habitantes del planeta.
Un edificio inmenso.
Alrededor del edificio estaban los campos de labor. Las tierras de cultivo ocupaban grandes hectáreas a lo largo y ancho del planeta. Allí se trasladaban casi instantáneamente gracias a los trasmutadores de materia instalados por todo el mundo.
El edificio eran alto, altísimo. Cuanto más se subía en el edificio, mejor se vivía. Abajo se hacinaban la mayoría de los habitantes de kamisón y malvivían como podían en cuartuchos a donde apenas llegaba luz. Además, los vecinos de arriba tenían la costumbre -muy desagradable- de tirar todos sus vertidos por la ventana. La suciedad se iba acumulando y en algunos lugares había logrado bloquear las ventanas.
- No podéis seguir tirando vuestra porquería en nuestros patios -les recriminaban los vecinos de abajo a los de arriba.
Pero los de arriba sabían como tratar a los representantes de vecinos. Les regalaban juguetitos y les prometían buscar soluciones. Los juguetes duraban menos que las promesas, pues estas se alargaban de un año a otro.
Los que habitaban las partes medias del edificio no sabían muy bien qué partido tomar; a veces apoyaban a los de arriba, a veces a los de abajo.
Un día a un niño de arriba se le cayó la pelota hacia uno de los patios inferiores. En vez de comprarse otra, que era lo más lógico en aquellos lugares, el niño decidió ir a buscarla. Esto era algo así como buscar una piedra pequeñita en el fondo del mar.
Pero los niños son idealistas, sentimentales y no demasiado inteligentes.
Sin consultar a sus padres, se escapó. Construyó una cuerda y descendió hacia los niveles inferiores. A medida que bajaba, se encontraba con nuevas gentes y nuevos modos, pero todos le parecían similares a los que había conocido allá arriba.
- Estoy buscando mi pelotita -les explicaba a los niños que encontraba, los únicos con los que podía comunicarse a gusto.
Pero la pelota no aparecía y el niño seguía buscándola. Sus padres también se preocuparon, pero no por la pelota sino por el niño. Hacía semanas que no aparecía y la policía no parecía tener ninguna pista.
- ¿No se habrá caído por una ventana? -preguntaba un policía al comisario.
Pero nadie había reportado ninguna caída, además de que era difícil caerse del edificio por los campos antigravitatorios que se activaban en cuanto un objeto pesado caía con gran velocidad.
Pasaron los años. El niño que buscaba la pelotita se convirtió en un joven curioso y poco hablador que no dejaba de bajar a niveles inferiores del edificio, si bien ya no sabía muy bien por qué. Pero un día tuvo morriña y ganas de volver. Y sacó de su bolsillo el receptor que podría llevarle a casa. Con él llamó a su padre.
- ¡Soy yo, papá! -le dijo- ¡Quiero volver a casa!
Pero el padre, que había perdido un niño, no reconoció a aquel joven que indudablemente le llamaba de los niveles inferiores.
- ¿Quién te llama, cariño? -le preguntó su esposa desde la otra habitación
- Nadie -respondió él, apagando su aparato.
Un edificio inmenso.
Alrededor del edificio estaban los campos de labor. Las tierras de cultivo ocupaban grandes hectáreas a lo largo y ancho del planeta. Allí se trasladaban casi instantáneamente gracias a los trasmutadores de materia instalados por todo el mundo.
El edificio eran alto, altísimo. Cuanto más se subía en el edificio, mejor se vivía. Abajo se hacinaban la mayoría de los habitantes de kamisón y malvivían como podían en cuartuchos a donde apenas llegaba luz. Además, los vecinos de arriba tenían la costumbre -muy desagradable- de tirar todos sus vertidos por la ventana. La suciedad se iba acumulando y en algunos lugares había logrado bloquear las ventanas.
- No podéis seguir tirando vuestra porquería en nuestros patios -les recriminaban los vecinos de abajo a los de arriba.
Pero los de arriba sabían como tratar a los representantes de vecinos. Les regalaban juguetitos y les prometían buscar soluciones. Los juguetes duraban menos que las promesas, pues estas se alargaban de un año a otro.
Los que habitaban las partes medias del edificio no sabían muy bien qué partido tomar; a veces apoyaban a los de arriba, a veces a los de abajo.
Un día a un niño de arriba se le cayó la pelota hacia uno de los patios inferiores. En vez de comprarse otra, que era lo más lógico en aquellos lugares, el niño decidió ir a buscarla. Esto era algo así como buscar una piedra pequeñita en el fondo del mar.
Pero los niños son idealistas, sentimentales y no demasiado inteligentes.
Sin consultar a sus padres, se escapó. Construyó una cuerda y descendió hacia los niveles inferiores. A medida que bajaba, se encontraba con nuevas gentes y nuevos modos, pero todos le parecían similares a los que había conocido allá arriba.
- Estoy buscando mi pelotita -les explicaba a los niños que encontraba, los únicos con los que podía comunicarse a gusto.
Pero la pelota no aparecía y el niño seguía buscándola. Sus padres también se preocuparon, pero no por la pelota sino por el niño. Hacía semanas que no aparecía y la policía no parecía tener ninguna pista.
- ¿No se habrá caído por una ventana? -preguntaba un policía al comisario.
Pero nadie había reportado ninguna caída, además de que era difícil caerse del edificio por los campos antigravitatorios que se activaban en cuanto un objeto pesado caía con gran velocidad.
Pasaron los años. El niño que buscaba la pelotita se convirtió en un joven curioso y poco hablador que no dejaba de bajar a niveles inferiores del edificio, si bien ya no sabía muy bien por qué. Pero un día tuvo morriña y ganas de volver. Y sacó de su bolsillo el receptor que podría llevarle a casa. Con él llamó a su padre.
- ¡Soy yo, papá! -le dijo- ¡Quiero volver a casa!
Pero el padre, que había perdido un niño, no reconoció a aquel joven que indudablemente le llamaba de los niveles inferiores.
- ¿Quién te llama, cariño? -le preguntó su esposa desde la otra habitación
- Nadie -respondió él, apagando su aparato.
jueves, 12 de junio de 2014
la tormenta
- no molestes a papá, que le duele la cabeza
La familia de osos se había refugiado en la cueva, donde hacía un poco más de fresco que en el exterior. El bochorno era insoportable; la tormenta acechaba, pero no acababa de descargar.
Papá oso se sentía de mal humor, embobado y con ganas de dormir. Además, le picaba la nariz.
- ¿Hoy vamos a visitar a los tíos? -preguntó osezno
Papá oso no respondió. Había cerrado los ojos y la voz de su hijo le llegó como un murmullo lejano. Tan solo gruñó.
- Va a llover. ¡Y yo estoy tan cansada!
Y ella también sintió que la fatiga le cerraba los ojos.
Así fue como acabaron los dos adultos durmiendo justo antes de la tormenta. Se diría que el aire contenía un hechizo especial que les obligaba a dormir.
Un trueno les hizo despertar a los dos a la vez.
- ¿Dónde está osito? -preguntó la madre casi al instante.
Papá oso se asomó hacia el exterior de la cueva. La lluvia caía torrencialmente, pero seguía haciendo tanto calor como antes.
- Habrá ido a dar una vuelta -le dijo a su señora
- Pero con esta lluvia, si se aceca a los ríos, puede ser peligroso -respondió ella, angustiada.
A él le hubiera gustado contradecirla pero, en el fondo, entendía que podía tener razón. Así que dijo:
- Voy a buscarlo
Y salió a la lluvia. El agua era refrescante pero los ojos le picaban. Y había mucho ruído por todas partes: toda una sinfonía de tormenta de verano.
Se dirigió hacia el río.
Pronto encontró a osito. Estaba encaramado a una rama y veía como la lluvia caía sobre el río. El sonido era allí más agudo y delicado que en el interior del bosque.
La rama en la que el pequeño estaba encaramado no parecía nada segura, y cada vez que el osezno cambiaba de posición se cimbreaba peligrosamente. El padre estuvo a punto de advertirle con un gruñido enfadado, pero se contuvo. No quería asustar al pequeño y que se cayera al agua. El río estaba crecido y las aguas se movían peligrosamente.
Se acercó poco a poco.
Su hijo contemplaba ensimismado las aguas que había debajo de él. Su padre imaginó que era su propio reflejo lo que contemplaba, martilleado por la intensa lluvia.
Y entonces se rompió la rama con un sonoro "clac" y el pequeño osezno se cayó al agua. El padre se abalanzó hacia el río, pero antes de que llegara ya su hijo estaba saliendo del agua.
- ¡Hola, papi! -exclamó
El padre le ayudó a alejarse del agua. La alegría del pequeño le había desarmado, aún sentía la resaca del susto que había pasado peor ya no sentía necesidad de enfadarse.
- ¿Qué mirabas en el agua? -le preguntó por fin
El hijo se tomó unos segundos antes de responder.
- Mi reflejo en el río. ¡Las gotas de lluvia no paraban de moverlo! Y, sin embargo, se parecía mucho mucho a mí. Pero...
- Pero no era tú -completó su padre la frase
El hijo asintió.
Aún se quedaron los dos un rato más allí en la lluvia. Hasta que por fin papá oso dijo:
- Será mejor que volvamos o tu madre se va a preocupar.
Ya no le dolía la cabeza ni sentía el peso de la tormenta.
La familia de osos se había refugiado en la cueva, donde hacía un poco más de fresco que en el exterior. El bochorno era insoportable; la tormenta acechaba, pero no acababa de descargar.
Papá oso se sentía de mal humor, embobado y con ganas de dormir. Además, le picaba la nariz.
- ¿Hoy vamos a visitar a los tíos? -preguntó osezno
Papá oso no respondió. Había cerrado los ojos y la voz de su hijo le llegó como un murmullo lejano. Tan solo gruñó.
- Va a llover. ¡Y yo estoy tan cansada!
Y ella también sintió que la fatiga le cerraba los ojos.
Así fue como acabaron los dos adultos durmiendo justo antes de la tormenta. Se diría que el aire contenía un hechizo especial que les obligaba a dormir.
Un trueno les hizo despertar a los dos a la vez.
- ¿Dónde está osito? -preguntó la madre casi al instante.
Papá oso se asomó hacia el exterior de la cueva. La lluvia caía torrencialmente, pero seguía haciendo tanto calor como antes.
- Habrá ido a dar una vuelta -le dijo a su señora
- Pero con esta lluvia, si se aceca a los ríos, puede ser peligroso -respondió ella, angustiada.
A él le hubiera gustado contradecirla pero, en el fondo, entendía que podía tener razón. Así que dijo:
- Voy a buscarlo
Y salió a la lluvia. El agua era refrescante pero los ojos le picaban. Y había mucho ruído por todas partes: toda una sinfonía de tormenta de verano.
Se dirigió hacia el río.
Pronto encontró a osito. Estaba encaramado a una rama y veía como la lluvia caía sobre el río. El sonido era allí más agudo y delicado que en el interior del bosque.
La rama en la que el pequeño estaba encaramado no parecía nada segura, y cada vez que el osezno cambiaba de posición se cimbreaba peligrosamente. El padre estuvo a punto de advertirle con un gruñido enfadado, pero se contuvo. No quería asustar al pequeño y que se cayera al agua. El río estaba crecido y las aguas se movían peligrosamente.
Se acercó poco a poco.
Su hijo contemplaba ensimismado las aguas que había debajo de él. Su padre imaginó que era su propio reflejo lo que contemplaba, martilleado por la intensa lluvia.
Y entonces se rompió la rama con un sonoro "clac" y el pequeño osezno se cayó al agua. El padre se abalanzó hacia el río, pero antes de que llegara ya su hijo estaba saliendo del agua.
- ¡Hola, papi! -exclamó
El padre le ayudó a alejarse del agua. La alegría del pequeño le había desarmado, aún sentía la resaca del susto que había pasado peor ya no sentía necesidad de enfadarse.
- ¿Qué mirabas en el agua? -le preguntó por fin
El hijo se tomó unos segundos antes de responder.
- Mi reflejo en el río. ¡Las gotas de lluvia no paraban de moverlo! Y, sin embargo, se parecía mucho mucho a mí. Pero...
- Pero no era tú -completó su padre la frase
El hijo asintió.
Aún se quedaron los dos un rato más allí en la lluvia. Hasta que por fin papá oso dijo:
- Será mejor que volvamos o tu madre se va a preocupar.
Ya no le dolía la cabeza ni sentía el peso de la tormenta.
martes, 10 de junio de 2014
el señor de las pinzas
- Mamá, ¿me das un par de pinzas? Ya se me han acabado las otras - ¡Juan, ya basta de jugar con las pinzas! ¿No ves que no me queda ninguna? Busca otra cosa con la que jugar. - ¿Algo como un ordenador? El papá de Juan, que en aquel momento perdía el tiempo en internet, refunfuñó. - No molestes a tu padre, que está trabajando -regañó la madre a Juan. Luego le arrebató a su hijo el cesto de las pinzas, que este ya había cogido ilusionado. - ¡Ni una más! -repitió - ¡Pero, mami...! -suplicó el pequeño Le gustaban las pinzas. Sobre todo desde que su tío le enseñara a fabricar con ellas pequeñas pistolas. Para eso hacía falta que las pinzas fueran de madera, pero justamente en su casa TODAS las pinzas eran de madera. - Con este cesto de pinzas tu padre y yo hubiéramos batido a todos los vecinos del barrio -le había dicho su tío la semana anterior, mientras con ojos brillantes miraba al cesto de pinzas. Luego se volvió hacia la mamá de Juan: - Lola, ¿cómo es posible que en esta casa haya pinzas de madera? Creí que ya no las fabricaban, que ahora todo es de plástico en este mundo. Su tío Ernesto era un fanático ecologista. A veces había aparecido en el telediario nacional, subido a una barca que pretendía expulsar a gigantescas plataformas de acero de los mares. - Aparecieron en la casa cuando nos mudamos aquí. Se ve que mi abuela las compró pero después se olvidó de ellas, como de tantas otras cosas y cuando nosotros llegamos había tres paquetes de pinzas como nuevos. Son paquetes grandes y solo hemos abierto uno de ellos. -había respondido su cuñada. El recuerdo de que aún había dos paquetes por explorar se adueñó del ánimo de Juan. Dejó de rechistar y pensó: “esta noche, cuando todos duerman, iré a buscarlas” Y, en efecto, aquella noche cuando todos dormían Juan abrió los ojos. La luna llena iluminaba su cuarto, ¡qué luna más grande! Todas las sombras del cuarto parecían vivas y hechizadas. Fue hasta el trastero donde se almacenaban las pinzas. Extrañamente, estaba iluminado. Y es que un ratoncito estaba allí, al lado de una pequeña vela, llorando. - ¿qué te sucede? -le preguntó Juan - Alguien me ha robado mis tesoro. Era una herencia para mí muy querida, pues fue algo que me regaló la reina del queso. Cuando vio la cara de incomprensión de juan, explicó: - Así llamamos los ratones a la señora que vivía aquí. Porque has de saber que, en su tiempo, ella fue una niñoa que nos salvó a los ratones de un gran mal. Y en pago de su ayuda le dimos unas pinzas mágicas que, ay, ahora han desaparecido. En ese momento Juan se despertó y decidió, con esa vehemencia infantil tan pura, que desde aquel momento sería... el señor de las pinzas. y eso que no entendía del todo bien qué significaba semejante título. Pero era un comienzo.
el presidente
Un hombre está mirando un cartel. Y no es el único, porque hay mucha gente alrededor. Pero ellos, más que mirar, admiran el cartel; él, en cambio, observa cómo ha quedado el contraste del cartel en aquel lugar. De fondo hay unos edificios grises y el cartel, siendo en blanco y negro, ofrece poco contraste. Pero cuando diseñó el cartel ya pensaba en eso, y hay una amable armonía en todo el conjunto. Además, cuenta con ese ramalazo de color en medio del anuncio que da un vuelco a todo el contenido.
Es un gran cartel. Uno de los mejores. Y lo ha hecho él.
Lo que nadie sabe es que la ausencia de colores en el cartel, aparte de aquel acento casi impuesto a ciegas, no son tan intencionados como él querría. Para decirlo sin rodeos, se trata de un hombre que no puede ver los colores. Para él la vida es una gran película antigua con un sonido estridente.
Es un artista. Haciendo de la necesidad virtud había conseguido hacerse un nombre. Diseñaba carteles fantásticos.
Se estaba haciendo rico.
Pero hubo en mes en el que comenzaron a disminuir las llamadas a su oficina. Al mes siguiente la disminución de encargos pasó de ser "una ligera crisis acorde con el momento económico" a "este barco empieza a hacer aguas"
Llamó a consejo a sus analistas, y estos le dieron cuenta de una horrible verdad: tenía un competidor. Se trataba de un artista joven que se había formado en la calle, literalmente, pintando grafitis en los túneles del centro, en los trenes de las afueras y en lo alto de los monumentos. Pero ahora le iba muy bien.
- Tiene un estilo muy colorido -le dijo uno de los analistas, incapaz de ver el dolor que aquel simple comentario inflingía a su jefe.
Pero nuestro protagonista no había llegado a donde estaba con solo cruzarse de brazos, sino a base de trabajo. Se dio cuenta de que tenía que aprovechar la influencia que aún poseía para cambiar de actividad. Y decidió presentarse a las elecciones.
Él mismo diseñó sus carteles y su campaña. Sabía conectar con la sensibilidad de las masas, y pronto se convirtió en uno de los favoritos para la alcaldía. Después de la alcaldía, llegó a ser ministro. Y después alcanzó su sueño más profundo: ser el presidente de la República.
Durante toda su carrera hasta la presidencia, su estrategia siempre había sido la de convertirse en el paladín de las tradiciones y de la vida falta de colores: sus carteles eran en blanco y negro y sus discursos recordaban a las películas clásicas del cine americano.
- She s looking at you, baby -decían sus seguidores a modo de contraseña entre ellos, parafraseando a Humpry Bogart en Casablanca.
Pero en cuanto llegó a la presidencia, decidió que quería ser más colorido. Y por eso se rodeó de un equipo de asesores que hacían lo posible por transformar su imagen en algo pop, joven, nuevo.
Como le gustó lo de ser presidente, dio un golpe de estado y se convirtió en dictador.
Un día le contaron que unos jóvenes estaban creando un nuevo partido político en la sombra. Por de pronto ya habían diseñado unos panfletos donde estaba la proclama que quería distinguirlos, impresa en primera página:
- ¡Por una vida en blanco y negro!
El dictador no supo si había colores en aquel panfleto, igual que no sabía si existían alrededor suyo. Pero el mensaje del texto estaba claro. Miró a sus capitanes del ejército y les dio la siguiente orden:
- Encuéntren a estos fascinerosos y córtenles la cabeza.
Es un gran cartel. Uno de los mejores. Y lo ha hecho él.
Lo que nadie sabe es que la ausencia de colores en el cartel, aparte de aquel acento casi impuesto a ciegas, no son tan intencionados como él querría. Para decirlo sin rodeos, se trata de un hombre que no puede ver los colores. Para él la vida es una gran película antigua con un sonido estridente.
Es un artista. Haciendo de la necesidad virtud había conseguido hacerse un nombre. Diseñaba carteles fantásticos.
Se estaba haciendo rico.
Pero hubo en mes en el que comenzaron a disminuir las llamadas a su oficina. Al mes siguiente la disminución de encargos pasó de ser "una ligera crisis acorde con el momento económico" a "este barco empieza a hacer aguas"
Llamó a consejo a sus analistas, y estos le dieron cuenta de una horrible verdad: tenía un competidor. Se trataba de un artista joven que se había formado en la calle, literalmente, pintando grafitis en los túneles del centro, en los trenes de las afueras y en lo alto de los monumentos. Pero ahora le iba muy bien.
- Tiene un estilo muy colorido -le dijo uno de los analistas, incapaz de ver el dolor que aquel simple comentario inflingía a su jefe.
Pero nuestro protagonista no había llegado a donde estaba con solo cruzarse de brazos, sino a base de trabajo. Se dio cuenta de que tenía que aprovechar la influencia que aún poseía para cambiar de actividad. Y decidió presentarse a las elecciones.
Él mismo diseñó sus carteles y su campaña. Sabía conectar con la sensibilidad de las masas, y pronto se convirtió en uno de los favoritos para la alcaldía. Después de la alcaldía, llegó a ser ministro. Y después alcanzó su sueño más profundo: ser el presidente de la República.
Durante toda su carrera hasta la presidencia, su estrategia siempre había sido la de convertirse en el paladín de las tradiciones y de la vida falta de colores: sus carteles eran en blanco y negro y sus discursos recordaban a las películas clásicas del cine americano.
- She s looking at you, baby -decían sus seguidores a modo de contraseña entre ellos, parafraseando a Humpry Bogart en Casablanca.
Pero en cuanto llegó a la presidencia, decidió que quería ser más colorido. Y por eso se rodeó de un equipo de asesores que hacían lo posible por transformar su imagen en algo pop, joven, nuevo.
Como le gustó lo de ser presidente, dio un golpe de estado y se convirtió en dictador.
Un día le contaron que unos jóvenes estaban creando un nuevo partido político en la sombra. Por de pronto ya habían diseñado unos panfletos donde estaba la proclama que quería distinguirlos, impresa en primera página:
- ¡Por una vida en blanco y negro!
El dictador no supo si había colores en aquel panfleto, igual que no sabía si existían alrededor suyo. Pero el mensaje del texto estaba claro. Miró a sus capitanes del ejército y les dio la siguiente orden:
- Encuéntren a estos fascinerosos y córtenles la cabeza.
domingo, 8 de junio de 2014
la función
Le habían invitado-obligado a ir a la función de su hermana. Ella todavía era una niña; él, un adolescente rebelde. El auditorio estaba lleno de padres deseosos de reír la menor carantoña de sus hijos. El arte se escondía bajo los pliegues de la sencillez de los pequeños, y lo más importante no era el baile -lleno de torpezas, olvidos y despistes- como el esfuerzo que las pequeñas almitas ponían en hacerlo.
A su pesar, él también se quedó mirando a las figuritas que bailaban. Y no pudo evitar reírse cuando una pequeñuela se puso a saludar a sus papás en medio del escenario, o cuando dos se hicieron tal lío con las manos que un profesor hubo de subir al tablado para atenderlas.
Su hermanita lo hizo muy bien. Estaba seria, concentrada, pero con todo no dejaba de equivocarse y de llamar la atención. Le gustó, le encantó.
Y entonces se le ocurrió que él también quería actuar.
- Debe de haber un "algo" en el ambiente -se dijo
Su cuerpo le pedía ponerse a bailar. Se levantó de golpe.
- ¿Dónde vas? -le preguntó su madre
Pero él no escuchaba, sino que se dirigió al escenario justo cuando habían salido los últimos bailarines. Subió las escaleras y allí se quedó, observando al público que le miraba esperando un desenlace. El foco le enfocó, pensando que estaba dentro del espectáculo. Caminó al centro del tablado y la luz le siguió.
- Música -pidió
Pero no hubo reacción. El encargado de sonido no entendía de dónde había salido aquel ni por qué estaba plantado en medio del escenario sin que nadie se lo llevara. Pero los profesores no querían llamar la atención con tanto niño.
Finalmente salió la dueña de la academia, sonriendo. Le tocó la espalda y le señaló las escaleras por las que podía salir.
A estas alturas, hasta el público se daba cuenta de que algo raro ocurría. Y entonces él, aprovechando que le había aparecido una compañía inesperada, comenzó a bailar con ella.
- ¿Pero qué estás haciendo?!! -exclamó ella a la vez que se deshacía de él.
Muchos padres se levantaron entonces de sus asientos. Pero el primero que llegó a los pies del escenario era su propio padre, quien le dijo
- Vamos, baja de allí -se daba cuenta de que algo raro le pasaba a su hijo y no quería forzarle.
- Solo quiero bailar -dijo este con voz triste
No parecía agresivo. La dueña de la academia, oyéndolo, se acercó y le dijo:
- Pues bailemos -y gesticuló la palabra "música" al encargado de sonido.
Comenzó a sonar un vals y el joven bailó con la profesora. Todos se calmaron, aunque todos se quedaron con la idea de que aquel joven estaba mal de la cabeza.
Cuando volvían a casa, su padre le preguntó:
- ¿A qué ha venido eso?
- Tenía ganas de hacer lo que quería y de forzarme a hacerlo... sin tener en cuenta las opiniones de los otros.
El padre guardó silencio uno momento reflexionando su respuesta. La madre y su hermana también estaban calladas. Por fin respondió, pero le costaba poner en palabras todo lo que tenía en mente:
- Hacer lo que uno quiere, tan a contracorriente de todo a lo que otros están acostumbrados, tiene un precio, hijo mío. Necesitamos de los otros y cuando nos aislamos del mundo nos quedamos en deuda. No digo que no haya que hacerlo de vez en cuando, aunque solo sea por no dejarse llevar demasiado por la marea, pero ten cuidado, porque actos así llevan a la amargura y la locura.
- ¿Y qué puedo hacer, entonces?
El padre le miró y le guiñó el ojo:
- No te tomes tan en serio. Riéte de ti mismo y todo volverá a estar bien.
A su pesar, él también se quedó mirando a las figuritas que bailaban. Y no pudo evitar reírse cuando una pequeñuela se puso a saludar a sus papás en medio del escenario, o cuando dos se hicieron tal lío con las manos que un profesor hubo de subir al tablado para atenderlas.
Su hermanita lo hizo muy bien. Estaba seria, concentrada, pero con todo no dejaba de equivocarse y de llamar la atención. Le gustó, le encantó.
Y entonces se le ocurrió que él también quería actuar.
- Debe de haber un "algo" en el ambiente -se dijo
Su cuerpo le pedía ponerse a bailar. Se levantó de golpe.
- ¿Dónde vas? -le preguntó su madre
Pero él no escuchaba, sino que se dirigió al escenario justo cuando habían salido los últimos bailarines. Subió las escaleras y allí se quedó, observando al público que le miraba esperando un desenlace. El foco le enfocó, pensando que estaba dentro del espectáculo. Caminó al centro del tablado y la luz le siguió.
- Música -pidió
Pero no hubo reacción. El encargado de sonido no entendía de dónde había salido aquel ni por qué estaba plantado en medio del escenario sin que nadie se lo llevara. Pero los profesores no querían llamar la atención con tanto niño.
Finalmente salió la dueña de la academia, sonriendo. Le tocó la espalda y le señaló las escaleras por las que podía salir.
A estas alturas, hasta el público se daba cuenta de que algo raro ocurría. Y entonces él, aprovechando que le había aparecido una compañía inesperada, comenzó a bailar con ella.
- ¿Pero qué estás haciendo?!! -exclamó ella a la vez que se deshacía de él.
Muchos padres se levantaron entonces de sus asientos. Pero el primero que llegó a los pies del escenario era su propio padre, quien le dijo
- Vamos, baja de allí -se daba cuenta de que algo raro le pasaba a su hijo y no quería forzarle.
- Solo quiero bailar -dijo este con voz triste
No parecía agresivo. La dueña de la academia, oyéndolo, se acercó y le dijo:
- Pues bailemos -y gesticuló la palabra "música" al encargado de sonido.
Comenzó a sonar un vals y el joven bailó con la profesora. Todos se calmaron, aunque todos se quedaron con la idea de que aquel joven estaba mal de la cabeza.
Cuando volvían a casa, su padre le preguntó:
- ¿A qué ha venido eso?
- Tenía ganas de hacer lo que quería y de forzarme a hacerlo... sin tener en cuenta las opiniones de los otros.
El padre guardó silencio uno momento reflexionando su respuesta. La madre y su hermana también estaban calladas. Por fin respondió, pero le costaba poner en palabras todo lo que tenía en mente:
- Hacer lo que uno quiere, tan a contracorriente de todo a lo que otros están acostumbrados, tiene un precio, hijo mío. Necesitamos de los otros y cuando nos aislamos del mundo nos quedamos en deuda. No digo que no haya que hacerlo de vez en cuando, aunque solo sea por no dejarse llevar demasiado por la marea, pero ten cuidado, porque actos así llevan a la amargura y la locura.
- ¿Y qué puedo hacer, entonces?
El padre le miró y le guiñó el ojo:
- No te tomes tan en serio. Riéte de ti mismo y todo volverá a estar bien.
jueves, 5 de junio de 2014
el faro
Una vez, una familia se hartó de vivir en la ciudad. Es algo que le pasa a mucha gente, pero pocos pueden poner remedio a su hartura. Pero no esta familia, porque el papá tenía un trabajo que podía hacer a distancia
- Basta conque funcione el teléfono y me podré conectar.
El pequeño no sabía muy bien qué significaba eso de "conectar", pero entendía que tenía algo que ver con el ordenador ante el que su padre se sentaba cada día a trabajar. Su madre se ocupaba de cocinar y de tener la casa recogida. Y a él se le pedía, sobre todo... que no molestara.
Así que se esforzaba por no molestar. En la casa apenas había ruídos; su papá no quería que hablaran alto ni que se escuchara mucha música.
- Luego me duele la cabeza -les decía
Su mamá nunca rechistaba. De hecho, parecía que a ella también le gustaba aquella vida silenciosa. Y fue con su connivencia (u obediencia) que acabaron mudándose a aquel lugar tan apartado de todo.
El pueblo más cercano estaba a una hora. Y los teléfonos no siempre funcionaban, pero el papá pareció sentirse satisfecho. Allí no había más que viento, pastos, rocas y acantilados y el mar de fondo.
Era verano y aún no había que preocuparse por el colegio, así que el niño se dedicaba a pasear. Le parecía que sus paseos estaban llenos de ruidos crujientes, mientras que en su casa reinaba un silencio arenoso. Afuera estaba la gravilla del camino, los árboles movidos por el viento, pájaros, grillos despistados, rocas que ahullaban en la noche. Y en su pequeña casita estaba papá sentado frente al ordenador, trabajando en silencio, tecleando como un testigo mudo de su propia existencia. Mamá cocinaba o leía una novela en su sofá favorito, bajo la antigua lámpara.
- No vuelvas tarde -le solía decir al principio. Pero solo al principio, porque ahora ya ni eso; se conformaba con levantar un instante la vista de su libro mientras él salía por la puerta.
Un día el niño se perdió por un camino antiguo lleno de matojos y arbustos. Pero discurría por lo alto de los acantilados hasta llegar a... el faro.
El faro era una casita antigua con un torreón. No tenía puerta y muchos de los escalones que subían al torreón estaban rotos, pero el niño se atrevió a subir y, una vez arriba, se asomó con cuidado al exterior, teniendo cuidado de no cortarse con los cristales rotos de la antiguas ventanas.
La vista que tenía ante sí era la misma que había contemplado durante todo el camino, la del mar, el viento y el horizonte. Pero ahora tenía algo diferente; aquella era una atalaya humana, un puerto, un enlace entre el embate de la muerte y la desesperación, una piedra fija, un destino, una referencia.
Y él estaba allí.
Desde aquel día comenzó a visitar cada día el faro. Mejor dicho, cada noche. Llevaba consigo una linterna y, durante unos minutos, alumbraba el mar con ella. El mar inmenso, negro, misterioso. Luego volvía a casa sabiendo que había cumplido con su deber.
Ya no le resultaba pesado ni opresivo el silencio de su casa, sino acogedor. Allí descansaba de su labor, la de alumbrar lo desconocido. La de decirle al mar durante un breve instante:
"Aquí estoy. Soy un niño"
Sin esperar a que nadie le respondiera. Pero llenando el universo de sonidos.
- Basta conque funcione el teléfono y me podré conectar.
El pequeño no sabía muy bien qué significaba eso de "conectar", pero entendía que tenía algo que ver con el ordenador ante el que su padre se sentaba cada día a trabajar. Su madre se ocupaba de cocinar y de tener la casa recogida. Y a él se le pedía, sobre todo... que no molestara.
Así que se esforzaba por no molestar. En la casa apenas había ruídos; su papá no quería que hablaran alto ni que se escuchara mucha música.
- Luego me duele la cabeza -les decía
Su mamá nunca rechistaba. De hecho, parecía que a ella también le gustaba aquella vida silenciosa. Y fue con su connivencia (u obediencia) que acabaron mudándose a aquel lugar tan apartado de todo.
El pueblo más cercano estaba a una hora. Y los teléfonos no siempre funcionaban, pero el papá pareció sentirse satisfecho. Allí no había más que viento, pastos, rocas y acantilados y el mar de fondo.
Era verano y aún no había que preocuparse por el colegio, así que el niño se dedicaba a pasear. Le parecía que sus paseos estaban llenos de ruidos crujientes, mientras que en su casa reinaba un silencio arenoso. Afuera estaba la gravilla del camino, los árboles movidos por el viento, pájaros, grillos despistados, rocas que ahullaban en la noche. Y en su pequeña casita estaba papá sentado frente al ordenador, trabajando en silencio, tecleando como un testigo mudo de su propia existencia. Mamá cocinaba o leía una novela en su sofá favorito, bajo la antigua lámpara.
- No vuelvas tarde -le solía decir al principio. Pero solo al principio, porque ahora ya ni eso; se conformaba con levantar un instante la vista de su libro mientras él salía por la puerta.
Un día el niño se perdió por un camino antiguo lleno de matojos y arbustos. Pero discurría por lo alto de los acantilados hasta llegar a... el faro.
El faro era una casita antigua con un torreón. No tenía puerta y muchos de los escalones que subían al torreón estaban rotos, pero el niño se atrevió a subir y, una vez arriba, se asomó con cuidado al exterior, teniendo cuidado de no cortarse con los cristales rotos de la antiguas ventanas.
La vista que tenía ante sí era la misma que había contemplado durante todo el camino, la del mar, el viento y el horizonte. Pero ahora tenía algo diferente; aquella era una atalaya humana, un puerto, un enlace entre el embate de la muerte y la desesperación, una piedra fija, un destino, una referencia.
Y él estaba allí.
Desde aquel día comenzó a visitar cada día el faro. Mejor dicho, cada noche. Llevaba consigo una linterna y, durante unos minutos, alumbraba el mar con ella. El mar inmenso, negro, misterioso. Luego volvía a casa sabiendo que había cumplido con su deber.
Ya no le resultaba pesado ni opresivo el silencio de su casa, sino acogedor. Allí descansaba de su labor, la de alumbrar lo desconocido. La de decirle al mar durante un breve instante:
"Aquí estoy. Soy un niño"
Sin esperar a que nadie le respondiera. Pero llenando el universo de sonidos.
miércoles, 4 de junio de 2014
El constructor de casas
Érase una vez un castor al que le gustaba mucho construir presas. En eso era igual a muchos, si no a todos, de sus congéneres. Pero es que el castor se sentía bien con su trabajo. - Esto es algo que los demás van a saber apreciar -decía Y a veces le llamaban de otros ríos para que allí construyera sus presas. No es que fuera uno de los grandes castores que, pues eran tan buenos, siempre estaban solicitados de aquí para allá. Pero a veces ocurría y eso es algo que nuestro castor le gsutaba mucho. Los vecinos le querían, pero no porque construyera nada especial, sino porque tenía buena voz para cantar. Tenía una voz muy personal. Así que el castor se sentía bien, le gustaba su trabajo y era querido por sus vecinos. ¿Qué más podía pedirle a la vida? Un día quiso expresar su alegría cantando. Y comenzó a cantar un tonadilla de la que, como a veces pasa, se acabó enamorando y ya no quiso cantar otra cosa. Entonces vio que se le acercaba un búho con gesto serio. Los búhos son especialmente conocidos en el bosque porque, a menudo, se encargan de curar a los demás animales. Vienen a ser los médicos de la comunidad forestal. - Vendrá a pedirme que cante más -se dijo el castor por lo bajito, y ya esbozaba una sonrisa entre sus peludos bigotes. Pero eso no era a lo que venía el búho. - ¿No ha encontrado usted un sitio mejor para cantar? -le espetó de repente. El castor le miró confundido, sin entender. - ¿Es que es usted el único castor de este bosque que no sabe que en detrás de ese árbol tenemos nuestro hospital siquiátrico? Muchos llegan en busca de paz y su canto los ha alterado a todos. La señora rana, que llegó anoche presa de un ataque de nervios, se ha derramado la sopa caliente por encima. ¿Sabe usted lo que eso duele? El castor conocía y apreciaba a la señora rana, quien sabía preparar guisos deliciosos para la comunidad. - Lo siento, lo siento muchísimo -dijo, sintiéndose muy avergonzado. El búho se fue y le dejó solo y miserable, así que el castor volvió a su río para ver algo que le levantara el ánimo. Por ejemplo, la última presa que había construído. En aquel momento la estaba observando la cigüeña: - ¿Le gusta mi presa? -le preguntó el castor con falsa humildad. la cigüeña se volvió a él, y aunque intentó disimular su gesto, era evidente que la presa estaba lejos de gustarle. - hay cosas que no me gustan muchoj -confesó - Por favor, dígamelas -le rogó el castor, aunque se sentía muy desgraciado. Y la cigüeña se las dijo. No eran muchas cosas, pero sí las suficientes para que el castor se sintiera aún más desgraciado. - Este día va a ser muy largo. Creáme que le agradezco sus comentarios, aunque una parte de mí quisiera no escucharle. Pero hoy va a ser un día muy largo. La cigüeña dudó un momento antes de responder: - Haberle recordado todo lo que le queda a usted por aprender no debe ser motivo de tristeza, sino de alegría, señor castor. Que el buen Dios se alegra con los humildes, pero no soporta a los profesionales consumados. Y el castor, saboreando la verdad de aquellas palabras, se dejó inundar por la humildad que, como resaca antes de la ola, deja lugar a la irrupción de la gracia del Salvador. Y se supo feliz. y se sintió tranquilo. - Gracias -le dijo a la cigüeña. y aquel agradecimiento fue lo mejor que había cantado en todo el día.
la música a cuestas
El día que le regalaron el mp3 le cambió la vida. Hasta entonces se había hecho el sordo. Pero, a partir de aquel día, simplemente desconectó de todo lo que pasaba a su alrededor.
En casa, sus padres discutían por nimiedades. En una ocasión en la que había hecho migas con su padre (¿cuántos años hacía ya de eso? parecía una eternidad, como en otra vida...) este le había dicho, casi con tono jocoso:
- Los adultos no sabemos discutir por cosas serias. Siempre nos complicamos la vida con la estupideces más grandes que puedas imaginar, con las tonterías más tontas.
Y era verdad. Las discusiones entre los dos se sucedían cada vez con más facilidad, como si fuera el estado normal en el que se encontraban, como si saberse en calma les hubiera supuesto algo peor. Y todo había sido así, y cada vez peor, desde el accidente que se llevó a su hermana por delante.
Pero ahora ya no les oía. Cuando tenía que estar en casa, se encerraba en su habitación o se quedaba sentado en el salón. Con los auriculares puestos, hasta las enérgicos gestos de su padre y la boca abierta de su madre parecían ir al ritmo.
En cada rincón de su casa oía los gritos de su hermanita pequeña, justo antes de la operación. ¡Dios mío, cómo le dolía a la pequeña! Y él se había visto deseando que muriera, aunque solo fuera para verse libre de sus gritos. Y se cumplió su deseo, pero ahora los gritos se habían trasladado a cada rincón de su casa. Pero con los auriculares y la música a todo volumen, podía acallarlos, ya que no silenciarlo del todo.
En la clase los compañeros gritaban y convertían la explicación en una hazaña imposible para el profesor. Pero él ya no se esforzaba en escuchar. Simplemente copiaba lo que estaba escrito en la pizarra y leía las notas del libro. Nadie le preguntaba nada, él tampoco lo hacía. Iba salvando los exámenes con notas mediocres, pero los iba salvando y en casa nadie quería enfrentarse a un nuevo problema. En lo tanto, él oía música en clase. Entonces tenía preferencia por la música clásica, aunque no fuera más que por el contraste que suponía frente a sus compañeros roqueros, hippies, regetoneros y toda la calaña que pupuluba las discotecas los viernes por la noche, bebía alcohol hasta vomitarlo y presumía de habérselo pasado en grande y de, por fin, se mayor.
Él no salía, no bebía, no tenía prisa por crecer. Le bastaba con su música, sus auriculares.
Un día su madre le tocó en el hombro. Quería hablar con él y le hizo señas para que se quitara los cascos. Él lo hizo mostrando el malestar que ello le causaba.
- Tu padre y yo ya no aguantamoso más juntos. ¿Con quién quieres irte a vivir? -su madre tenía los ojos llorosos.
Él se encogió de hombros. ¿No podía haber una tercera opción, en la que no se fuera a vivir con ninguno de los dos? Pues entonces, que decidieran ellos.
Se fue de la casa en silencio, sintiendo que detrás de su música sus padres se habían puesto a discutir otra vez. En vez de coger el ascensor, bajó las escaleras. Paladeaba la distancia que lo separaba de cada escalón. Salió lentamente del portal. Tenía los auriculares puestos y la mirada ausente, y por eso los demás dirían que no vio al camión, que se plantó delante de él porque no sabía que venía embalado por la calle.
Después de enterrar a su segundo hijo, la policía le hizo llegar a los doloridos padres las pertenencias personales del joven. Y sí, allí estaban sus famosos auriculares. Pero cuando su padre quiso ver qué música había dentro, comprobó con horror que no había nada metido en él; desde el día en el que le compraron el mp3, su hijo no había escuchado música con ellos ni una sola vez.
En casa, sus padres discutían por nimiedades. En una ocasión en la que había hecho migas con su padre (¿cuántos años hacía ya de eso? parecía una eternidad, como en otra vida...) este le había dicho, casi con tono jocoso:
- Los adultos no sabemos discutir por cosas serias. Siempre nos complicamos la vida con la estupideces más grandes que puedas imaginar, con las tonterías más tontas.
Y era verdad. Las discusiones entre los dos se sucedían cada vez con más facilidad, como si fuera el estado normal en el que se encontraban, como si saberse en calma les hubiera supuesto algo peor. Y todo había sido así, y cada vez peor, desde el accidente que se llevó a su hermana por delante.
Pero ahora ya no les oía. Cuando tenía que estar en casa, se encerraba en su habitación o se quedaba sentado en el salón. Con los auriculares puestos, hasta las enérgicos gestos de su padre y la boca abierta de su madre parecían ir al ritmo.
En cada rincón de su casa oía los gritos de su hermanita pequeña, justo antes de la operación. ¡Dios mío, cómo le dolía a la pequeña! Y él se había visto deseando que muriera, aunque solo fuera para verse libre de sus gritos. Y se cumplió su deseo, pero ahora los gritos se habían trasladado a cada rincón de su casa. Pero con los auriculares y la música a todo volumen, podía acallarlos, ya que no silenciarlo del todo.
En la clase los compañeros gritaban y convertían la explicación en una hazaña imposible para el profesor. Pero él ya no se esforzaba en escuchar. Simplemente copiaba lo que estaba escrito en la pizarra y leía las notas del libro. Nadie le preguntaba nada, él tampoco lo hacía. Iba salvando los exámenes con notas mediocres, pero los iba salvando y en casa nadie quería enfrentarse a un nuevo problema. En lo tanto, él oía música en clase. Entonces tenía preferencia por la música clásica, aunque no fuera más que por el contraste que suponía frente a sus compañeros roqueros, hippies, regetoneros y toda la calaña que pupuluba las discotecas los viernes por la noche, bebía alcohol hasta vomitarlo y presumía de habérselo pasado en grande y de, por fin, se mayor.
Él no salía, no bebía, no tenía prisa por crecer. Le bastaba con su música, sus auriculares.
Un día su madre le tocó en el hombro. Quería hablar con él y le hizo señas para que se quitara los cascos. Él lo hizo mostrando el malestar que ello le causaba.
- Tu padre y yo ya no aguantamoso más juntos. ¿Con quién quieres irte a vivir? -su madre tenía los ojos llorosos.
Él se encogió de hombros. ¿No podía haber una tercera opción, en la que no se fuera a vivir con ninguno de los dos? Pues entonces, que decidieran ellos.
Se fue de la casa en silencio, sintiendo que detrás de su música sus padres se habían puesto a discutir otra vez. En vez de coger el ascensor, bajó las escaleras. Paladeaba la distancia que lo separaba de cada escalón. Salió lentamente del portal. Tenía los auriculares puestos y la mirada ausente, y por eso los demás dirían que no vio al camión, que se plantó delante de él porque no sabía que venía embalado por la calle.
Después de enterrar a su segundo hijo, la policía le hizo llegar a los doloridos padres las pertenencias personales del joven. Y sí, allí estaban sus famosos auriculares. Pero cuando su padre quiso ver qué música había dentro, comprobó con horror que no había nada metido en él; desde el día en el que le compraron el mp3, su hijo no había escuchado música con ellos ni una sola vez.
martes, 3 de junio de 2014
todo es empezar
De repente se encontraba allí, entre multitud de otros presos. A muchos les habría pasado algo similar a lo que le había sucedido a él: que de repente le habían capturado sin ninguna buena excusa, solo para encerrarle a trabajar. Tan solo la semana anterior una periodista había hablado en la tele de "nuestra economía se sujeta en hombros de los esclavos de hoy en día, de los presos". Le había parecido retórica, sí... hasta el día de ayer.
- ¿Y qué se supone que he de hacer con esto? -le preguntó a otro preso que no tenía un gesto muy agresivo. Y no se equivocó. Cuando le enseñó la tarjeta que le habían dado junto a sus ropas, el otro se mostró muy comunicativo:
- Será mejor que vengas conmigo. Te ha tocado en telecomunicaciones, que es donde yo estoy. Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como todo.
Comenzaron a andar
- ¿Qué cosas malas? -preguntó él. Un día le habían dicho que siempre buscaba solo las cosas placenteras, y desde ese día se había propuesto forzar su mirada hacia lo que podía asustarle.
- Estás todo el día sentado frente a un ordenador y tienes que leer códigos y buscar palabras clave en el correo de la gente. Podría ser divertido, pero en cada hora tienes que haber cumplido con unos mínimos que son casi imposibles de alcanzar. Y cuando no llegas a donde hay que llegar... no comes.
- Eso es malo -corroboró el recién llegado
El otro asintió. Siguieron caminando por un pasillo vigilado por dos policías, uno a cada extremo.
- ¿Y las buenas?
- Que yo trabajo ahí -le contestó el otro con una simpática mueca.
Llegaron a la sala de ordenadores, ya estaban casi todos los sitios cogidos pero un guardia les condujo hasta dos viejos ordenadores contiguos. A un lado de cada ordenador, había un bolígrafo y unos formularios. Se sentaron y, en cuanto se sentaron, su compañero comenzó a trabajar. Pero él se encontraba perdido.
- Nunca he tocado un ordenador en mi vida. Resulta extraño que vaya a comenzar a hacerlo en la cárcel.
El otro paró un segundo y le miró:
- Tienes un manual en ese cajón. Pero hoy no cenarás y, si te lees el manual entero, no comerás en una semana.
Su cara mostró su decepción. Su nuevo compañero se rió.
- No desesperes. Por lo menos te darán agua para que no te mueras.
- Temo que incluso leyéndome el manual no sabría hacer nada.
- En eso tienes razón. Si quieres un consejo, comienza a toquetear la máquina. Imagínate que es una mujer espía a la que tienes que sonsacar la información que te piden. ¡No puedes preguntársela directamente! Tendrás que aprender a hablar con ella. Y para eso, solo hay que hablar.
- Esta es la razón por la que siempre me he quedado soltero.
Su compañero volvió a reír.
- Tienes razón. Pero, ¿sabes qué? Todo es empezar
Y así empezó todo.
Al año ya había logrado salir de la prisión y denunciar el sistema que lo había condenado. Su compañero, aquel que tanto le había ayudado, había muerto en una encerrona que le hicieron otros presos. Pero tenía razón. En esta vida, todo es empezar.
- ¿Y qué se supone que he de hacer con esto? -le preguntó a otro preso que no tenía un gesto muy agresivo. Y no se equivocó. Cuando le enseñó la tarjeta que le habían dado junto a sus ropas, el otro se mostró muy comunicativo:
- Será mejor que vengas conmigo. Te ha tocado en telecomunicaciones, que es donde yo estoy. Tiene sus cosas buenas y sus cosas malas, como todo.
Comenzaron a andar
- ¿Qué cosas malas? -preguntó él. Un día le habían dicho que siempre buscaba solo las cosas placenteras, y desde ese día se había propuesto forzar su mirada hacia lo que podía asustarle.
- Estás todo el día sentado frente a un ordenador y tienes que leer códigos y buscar palabras clave en el correo de la gente. Podría ser divertido, pero en cada hora tienes que haber cumplido con unos mínimos que son casi imposibles de alcanzar. Y cuando no llegas a donde hay que llegar... no comes.
- Eso es malo -corroboró el recién llegado
El otro asintió. Siguieron caminando por un pasillo vigilado por dos policías, uno a cada extremo.
- ¿Y las buenas?
- Que yo trabajo ahí -le contestó el otro con una simpática mueca.
Llegaron a la sala de ordenadores, ya estaban casi todos los sitios cogidos pero un guardia les condujo hasta dos viejos ordenadores contiguos. A un lado de cada ordenador, había un bolígrafo y unos formularios. Se sentaron y, en cuanto se sentaron, su compañero comenzó a trabajar. Pero él se encontraba perdido.
- Nunca he tocado un ordenador en mi vida. Resulta extraño que vaya a comenzar a hacerlo en la cárcel.
El otro paró un segundo y le miró:
- Tienes un manual en ese cajón. Pero hoy no cenarás y, si te lees el manual entero, no comerás en una semana.
Su cara mostró su decepción. Su nuevo compañero se rió.
- No desesperes. Por lo menos te darán agua para que no te mueras.
- Temo que incluso leyéndome el manual no sabría hacer nada.
- En eso tienes razón. Si quieres un consejo, comienza a toquetear la máquina. Imagínate que es una mujer espía a la que tienes que sonsacar la información que te piden. ¡No puedes preguntársela directamente! Tendrás que aprender a hablar con ella. Y para eso, solo hay que hablar.
- Esta es la razón por la que siempre me he quedado soltero.
Su compañero volvió a reír.
- Tienes razón. Pero, ¿sabes qué? Todo es empezar
Y así empezó todo.
Al año ya había logrado salir de la prisión y denunciar el sistema que lo había condenado. Su compañero, aquel que tanto le había ayudado, había muerto en una encerrona que le hicieron otros presos. Pero tenía razón. En esta vida, todo es empezar.
lunes, 2 de junio de 2014
el inventor de mundos
- Me sentaré y comenzaré un cuento
Dijo el conde, encerrado en una pequeña isla enfrente de la costa francesa. No tenía con quién hablar, así que él mismo se hacía todos los personajes.
- Lo primero es la introducción -dijo con voz autoritaria
- ¿Sobre qué vas a escribir? -se preguntó a sí mismo con voz falsete, como si fuera un pueblerino acatarrado recién llegado a la ciudad.
- La introducción, la introducción -insistió
- ¿Y cómo se desarrolla la historia? -dijo una mujer dentro de él
- ¿Cuál es el problema? -preguntó un viejo
- La introducción, primero la introducción -volvió a insistir
Su sombra jugaba a ser una persona más, tal vez la más ajena de todas, la única que se atrevía a vivir fuera de su cabeza. Y la sombra, sin pronunciar palabra, le señaló lo que más temía, lo que se escondía detrás de cada historia como la sombra se escondía detrás de cada ser:
"El final, no puedes olvidar que todo tiene un final"
- Eso suena demasiado trágico -señaló la mujer que pedía el desarrollo de la historia.
La mujer vivía en su cabeza, sí, pero respondía al nombre de Sofía-un-solo-pecho, una prostituta de Marsella que siempre le había intimidado con su presencia. Su torso solo dejaba adivinar un pecho que llevaba groseramente escotado. De lo que fuera del otro, si acaso un accidente, una enfermedad o desde nacimiento había estado ausente, era algo que Edmundo nunca se atrevió a preguntar. Y ahora se arrepentía por ello.
- Un inventor de mundos es un creador de drama -le recordó a la mujer
- ¿y qué es la introducción? -preguntó el pueblerino. Este era un joven llamado Pierre que Eduardo había conocido en el mercado, donde el joven le había asaltado para preguntarle por una dirección. Su boca apestaba a ajos.
- La introducción es lo que a ti nunca te hará falta -le dijo Edmundo
- ¿Y por qué no me hará falta?
- Porque te huele el aliento, paleto -dijo el viejo, Don Jacinto, un acomodado catalán que vivía en Marsella...
Pero en realidad ninguno de ellos era real, o si lo eran, a Edmundo no le constaba. Pero allí, entre aquellas cuatro paredes oscuras, tan familiares como odiadas, eran su única compañía.
De repente se oyeron pasos acercándose. Era el carcelero, que venía con la única comida del día: un plato de sopa y un mendrugo de pan. La llave chirrió en la cerradura y la puerta se abrió.
- Estoy hambriento, carcelero -le dijo Edmundo. Pero el otro, como de costumbre, no le dijo nada. Era un carcelero flaco y escuchimizado, pero con una mirada cargada de desprecio hacia su prisionero. Su sombra se movió por el muro cuando dejó la comida en el suelo. Edmundo sabía que no había de moverse si no quería recibir un latigazo o algo peor.
Pero cuando el otro se marchó, se abalanzó sobre la comida y, mientras despedazaba el pan a bocados, le preguntó a su sombra:
- ¿Qué, conseguiste hablar con su sombra?
Y ella le miró con aquella profunda tristeza que siempre llevaba encima.
- También a ti te han condenado al silencio -la consoló Edmundo- Pero no te preocupes, siempre podremos crear un nuevo mundo.
Dijo el conde, encerrado en una pequeña isla enfrente de la costa francesa. No tenía con quién hablar, así que él mismo se hacía todos los personajes.
- Lo primero es la introducción -dijo con voz autoritaria
- ¿Sobre qué vas a escribir? -se preguntó a sí mismo con voz falsete, como si fuera un pueblerino acatarrado recién llegado a la ciudad.
- La introducción, la introducción -insistió
- ¿Y cómo se desarrolla la historia? -dijo una mujer dentro de él
- ¿Cuál es el problema? -preguntó un viejo
- La introducción, primero la introducción -volvió a insistir
Su sombra jugaba a ser una persona más, tal vez la más ajena de todas, la única que se atrevía a vivir fuera de su cabeza. Y la sombra, sin pronunciar palabra, le señaló lo que más temía, lo que se escondía detrás de cada historia como la sombra se escondía detrás de cada ser:
"El final, no puedes olvidar que todo tiene un final"
- Eso suena demasiado trágico -señaló la mujer que pedía el desarrollo de la historia.
La mujer vivía en su cabeza, sí, pero respondía al nombre de Sofía-un-solo-pecho, una prostituta de Marsella que siempre le había intimidado con su presencia. Su torso solo dejaba adivinar un pecho que llevaba groseramente escotado. De lo que fuera del otro, si acaso un accidente, una enfermedad o desde nacimiento había estado ausente, era algo que Edmundo nunca se atrevió a preguntar. Y ahora se arrepentía por ello.
- Un inventor de mundos es un creador de drama -le recordó a la mujer
- ¿y qué es la introducción? -preguntó el pueblerino. Este era un joven llamado Pierre que Eduardo había conocido en el mercado, donde el joven le había asaltado para preguntarle por una dirección. Su boca apestaba a ajos.
- La introducción es lo que a ti nunca te hará falta -le dijo Edmundo
- ¿Y por qué no me hará falta?
- Porque te huele el aliento, paleto -dijo el viejo, Don Jacinto, un acomodado catalán que vivía en Marsella...
Pero en realidad ninguno de ellos era real, o si lo eran, a Edmundo no le constaba. Pero allí, entre aquellas cuatro paredes oscuras, tan familiares como odiadas, eran su única compañía.
De repente se oyeron pasos acercándose. Era el carcelero, que venía con la única comida del día: un plato de sopa y un mendrugo de pan. La llave chirrió en la cerradura y la puerta se abrió.
- Estoy hambriento, carcelero -le dijo Edmundo. Pero el otro, como de costumbre, no le dijo nada. Era un carcelero flaco y escuchimizado, pero con una mirada cargada de desprecio hacia su prisionero. Su sombra se movió por el muro cuando dejó la comida en el suelo. Edmundo sabía que no había de moverse si no quería recibir un latigazo o algo peor.
Pero cuando el otro se marchó, se abalanzó sobre la comida y, mientras despedazaba el pan a bocados, le preguntó a su sombra:
- ¿Qué, conseguiste hablar con su sombra?
Y ella le miró con aquella profunda tristeza que siempre llevaba encima.
- También a ti te han condenado al silencio -la consoló Edmundo- Pero no te preocupes, siempre podremos crear un nuevo mundo.
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