- no molestes a papá, que le duele la cabeza
La familia de osos se había refugiado en la cueva, donde hacía un poco más de fresco que en el exterior. El bochorno era insoportable; la tormenta acechaba, pero no acababa de descargar.
Papá oso se sentía de mal humor, embobado y con ganas de dormir. Además, le picaba la nariz.
- ¿Hoy vamos a visitar a los tíos? -preguntó osezno
Papá oso no respondió. Había cerrado los ojos y la voz de su hijo le llegó como un murmullo lejano. Tan solo gruñó.
- Va a llover. ¡Y yo estoy tan cansada!
Y ella también sintió que la fatiga le cerraba los ojos.
Así fue como acabaron los dos adultos durmiendo justo antes de la tormenta. Se diría que el aire contenía un hechizo especial que les obligaba a dormir.
Un trueno les hizo despertar a los dos a la vez.
- ¿Dónde está osito? -preguntó la madre casi al instante.
Papá oso se asomó hacia el exterior de la cueva. La lluvia caía torrencialmente, pero seguía haciendo tanto calor como antes.
- Habrá ido a dar una vuelta -le dijo a su señora
- Pero con esta lluvia, si se aceca a los ríos, puede ser peligroso -respondió ella, angustiada.
A él le hubiera gustado contradecirla pero, en el fondo, entendía que podía tener razón. Así que dijo:
- Voy a buscarlo
Y salió a la lluvia. El agua era refrescante pero los ojos le picaban. Y había mucho ruído por todas partes: toda una sinfonía de tormenta de verano.
Se dirigió hacia el río.
Pronto encontró a osito. Estaba encaramado a una rama y veía como la lluvia caía sobre el río. El sonido era allí más agudo y delicado que en el interior del bosque.
La rama en la que el pequeño estaba encaramado no parecía nada segura, y cada vez que el osezno cambiaba de posición se cimbreaba peligrosamente. El padre estuvo a punto de advertirle con un gruñido enfadado, pero se contuvo. No quería asustar al pequeño y que se cayera al agua. El río estaba crecido y las aguas se movían peligrosamente.
Se acercó poco a poco.
Su hijo contemplaba ensimismado las aguas que había debajo de él. Su padre imaginó que era su propio reflejo lo que contemplaba, martilleado por la intensa lluvia.
Y entonces se rompió la rama con un sonoro "clac" y el pequeño osezno se cayó al agua. El padre se abalanzó hacia el río, pero antes de que llegara ya su hijo estaba saliendo del agua.
- ¡Hola, papi! -exclamó
El padre le ayudó a alejarse del agua. La alegría del pequeño le había desarmado, aún sentía la resaca del susto que había pasado peor ya no sentía necesidad de enfadarse.
- ¿Qué mirabas en el agua? -le preguntó por fin
El hijo se tomó unos segundos antes de responder.
- Mi reflejo en el río. ¡Las gotas de lluvia no paraban de moverlo! Y, sin embargo, se parecía mucho mucho a mí. Pero...
- Pero no era tú -completó su padre la frase
El hijo asintió.
Aún se quedaron los dos un rato más allí en la lluvia. Hasta que por fin papá oso dijo:
- Será mejor que volvamos o tu madre se va a preocupar.
Ya no le dolía la cabeza ni sentía el peso de la tormenta.
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