Una vez una liebre que paseaba por el bosque encontró una gran calabaza. Era una calabaza silvestre que había crecido allí sin que nadie la viera. Y era grande, muy grande, con ese color entre amarillo y anaranjado que la hacía resaltar sobre todo lo que le rodeaba.
"He aquí una gran calabaza", pensó la liebre.
Así que cogió la calabaza con idea de llevársela a la señora liebre.
"Ella me hará una sopa con esta calabaza. Y quedaré fuertísimo después de comérmela. Tan fuerte, que podré ganar el campeonato. Tan fuerte como para ganar muchos campeonatos seguidos"
Y es que cada año las liebres del lugar organizaban un campeonato para ver quién era la más rápida. Nuestra liebre rara vez llegaba entre los diez primeros y se sentía avergonzada por ello. Su mujer lo trataba siempre de consolar:
- Unos son más rápidos, otros más altos, otros más listos... no se puede tener todo, cariño
Pero lo que de verdad molestaba a la liebre era no ser especial en nada: ni el más rápido, ni el más listo, ni el más imaginativo...
- Si hubiera un premio al más mediocre, seguro que lo ganaría -le decía a su mujer.
- ¿Así que me casé con un mediocre? -le solía responder la señora liebre, ofendida.
Sin embargo, la señora liebre no podia comprenderle bien, pues ella era la mejor de las liebres en lo que se refería a la cocina: cocinaba de maravilla.
- Me va a hacer una sopa estupenda -se decía nuestra liebre
Pero el camino era largo y al rato la calabaza le comenzó a resultar demasiado pesada.
- Solo llevarla a casa me va a cansar demasiado. -se dijo
Entonces vio algo negro junto al camino; era un saco oscuro con el que alguien había estado llevando las papas.
"Ahí podré meter la calabaza"Y, en efecto, la gran y naranja calabaza entraba a la perfección en el saco. La liebre cogió luego el saco y se lo echó al hombro.
"Lo extraño es que pesa lo mismo que antes. De alguna manera, creía que pesaría menos"
Pero, con todo, se puso a andar. Al rato ya no pudo más y se sentó a la vera del camino. Cuando le tocó ponerse en marcha otra vez, sintió que el saco con la calabaza pesaba mucho para ella.
"Llevar las dos cosas es una insensatez. Será mejor que me decida por una" Naturalmente, eligió el saco, que era mucho menos pesado.
Cuando llegó a su casa saludó a su mujer:
- ¡mira lo que he traído! -exclamó mostrándole el saco vacío con olor a papas.
- ¿y las papas que tenía dentro? -preguntó la mujer
- ¡Nada de papas! Dentro había una calabaza. Una gran calabaza capaz de alimentar a un regimiento de liebres y con la que me hubieras hecho una sopa estupenda. Y con esa sopa habría ganado el campeonato. ¡Pero no solo uno! Me habría hecho famoso ganando campeonatos con la sopa que hubieras hecho.
- ¿Y dónde está ahora esa famosa calabaza? Me gustaría echarle un vistazo
La liebre entonces miró al saco y se dio cuenta de que no había ninguna calabaza por la sencilla razón de que no había querido traerla.
- ¿Sabes qué? Es mejor no destacar demasiado. ¿Quién quiere ganar una carrera? Esta vida es buena y pacífica; cambiarla solo traería nuevos problemas.
Y, desde entonces, la liebre no volvió a hablar de los campeonatos. Pero a veces tenía la mirada perdida y su esposa, que le conocía bien, sabía que en aquel momento estaba rememorando el tubérculo que un día encontró en el campo.
"Con ella habría sido el más fuerte" decían sus ojos.
martes, 29 de abril de 2014
lunes, 28 de abril de 2014
El león sin barba
En la sabana africana, una vez había un león algo especial; al igual que sus compañeros, era fiero y peligroso. Le gustaba tener todo un harén de leonas alrededor suyo y sentarse al atardecer africano para jugar con los pequeños. Pero había algo que lo distinguía de todos su congéneres: no tenía barba.
Y no es que hubiera ocurrido ningún accidente. Simplemente no le gustaba:
- El pelo siempre se me metía en la boca para comer -decía
Y por eso iba regularmente al peluquero; era un lagarto de nombre Celestino que tenía una hermosa peluquería entre dos árboles de la sabana.
Las leonas no estaban del todo convencidas sobre el look de su macho. Pero era un león tan fiero y masculino que se habían acostumbrado su extraña presencia y, solo cuando estaban a solas cotilleando entre ellas, se atrevían a sacar el tema:
- Nunca sé muy bien si le estoy mirando a la cara o al culo -se reía una de ellas
- ¡Calla, que te va a oír! -decía la mayor del grupo- ya sabes lo susceptible que es con el tema de la barba.
La verdad es que el león no sabía nada sobre lo que opinaban los demás. Nadie se atrevía a decirle la verdad, ni siquiera los jóvenes que le retaban de vez en cuando para hacerse con su manada.
Un día que el león se paseaba solo se encontró con un árbol combado hasta que sus ramas casi tocaban el suelo.
- ¿y qué le pasará a este árbol? -se preguntó
Y fue hasta allí. La razón de que el árbol estuviera combado hasta casi romperse era un elefante que, apoyado sobre él, lloraba.
- Vas a romper el árbol, compañero -le dijo el león con condescendencia. El elefante podía ser más grande, pero él era el rey de la selva.
- ¡Buaaa! -lloró aún más fuerte el elefante.
El león entonces se marchó sin decir nada más. No quería perder el tiempo con un llorica. Al cabo llegó a un bosquecillo donde un grupo de monos estaban parloteando y riéndose.
- ¡Mira, un mono a cuatro patas! -se rieron de él
Los monos no tenían respeto por nada ni nadie, menos por un rey. Y no era la primera vez que el león escuchaba sus chanzas. Como siempre, no respondió, sino que hizo además de seguir su camino.
- ¡Dios da pan al que no tiene dientes! -se rió otro
Entonces el leon se paró. Y aunque odiaba la idea de hablar con los monos, su curiosidad fue más fuerte.
- ¿Por qué decís eso?
- ¿Y por qué va a ser, cara-de-culo? ¿Acaso no has visto al elefante que lloraba allí detrás?
- ¡Como siga llorando así, nos va a dejar sin árboles!
- ¡Y entonces podrías atraparnos! ¿No te gustaría eso? -se rió un tercero
- Sí, he visto el elefante. Parecía triste -concedió el león, haciendo como que no había oído el insulto (y, sin embargo, se le había clavado mejor que una cervatana con veneno)
- ¿Sabes por qué está triste, cara-de-culo? -se rió otro
El león no contestó pero puso cara de indiferencia.
- ¡Porque quiere lo que tú desprecias! Ese elefante tonto llora porque no puede tener melena. ¿Te imaginas a un elefante con la barba de un león?
- ¡No puede ser más ridículo que un león con la barba de un elefante! se rió otro
El león se alejó de allí. Se alejó también de la región y se fue a vivir a otra parte de la sabana, abandonando a todos los suyos detrás.
Eso sí: por el camino, se dejó crecer otra vez la melena
domingo, 27 de abril de 2014
la pluma errante
Había una vez una pluma que, cansada del escritorio donde había estado tantos años, decidió recorrer mundo. Aprovechando una urraca que gustaba de robar cosas brillantes, la pluma le hizo señas y se hizo ver. La urraca se dejó seducir y se llevó la pluma en su pico de ébano.
Tal y como la pluma contaba, la urraca se cansó rápido de llevarla; su pasión no podía ser más que pasajera, así que la pluma cayó sobre la caja de una pizza que en ese momento estaba entregando un motero de telepizza. Justo antes de entregar la pizza se dio cuenta de la presencia de la pluma y, rápidamente, se la metió en el bolsillo.
- Son quince con treinta -le dijo al joven estudiante que le abrió la puerta. De fondo se oían risas y voces femeninas.
"Qué fastidio. Me hubiera gustado quedarme en la fiesta", se dijo la pluma.
El interior del bolsillo del motero de telepizza no olía bien; aquella chaqueta la habían utilizado muchos y el que la llevaba ahora no tenía costumbre de lavarla. Una mancha de grasa traslucía la tela hasta el interior del bolsillo.
Cuando el joven volvió a la tienda, se quitó la chaqueta y se vistió con sus ropas. En el último momento se acordó de su pluma
- Casi me olvido de lo que encontré. ¡Mira, Juan! -le gritó a un compañero- Me la he encontrado sobre una caja de una pizza. Debe de habérsele caído a alguien del edificio.
Su compañero no dijo nada sino que le miró con gesto ausente.
El pizzero llegó a su casa casi al mismo tiempo que su madre.
- Mira lo que he encontrado, mamá -le dijo
- Parece una buena pluma. ¿No la habrás robado? -le preguntó la madre con suspicacia.
- ¿Por quién me tomas? -se quejó el hijo.
La madre suspiró y se fue a la cocina. Al rato llegó su hermano mayor.
- Mira, Pedro, lo que me he encontrado
- ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Vas a escribir una novela? -le preguntó sarcástico su hermano, que trabajaba como encargado en una ferretería.
- ¿Y por qué no? -se dijo el pizzero. Así que se fue a su mesa y, sacando un papel sucio de entre unos viejos apuntes, escribió arriba del todo: "novela". Pero luego no supo que más poner. Al rato abrió la pluma para ver cuánta tinta le quedaba y después se puso a observarla atentamente. ¡Era una hermosa pluma!
Oyó llegar a su padre. A los diez minutos, ya se estaba gritando con su hermano. "Cada vez tardan menos en enfadarse", se dijo. Y se levantó para cerrar la puerta. Luego se acostó en la cama y se quedó dormido.
Sobre la mesa la pluma miraba a la hoja sobre la que estaba escrita "novela". ¡Cuántas cosas podría escribir! Pero ella sola no podía, necesitaba que el motero la viera, la utilizara, la gastara.
"Podríamos crear mil mundos" se dijo con tristeza.
Y luego comenzó a mirar hacia la ventana, esperando atraer a alguna urraca soñadora con su brillo dorado.
Tal y como la pluma contaba, la urraca se cansó rápido de llevarla; su pasión no podía ser más que pasajera, así que la pluma cayó sobre la caja de una pizza que en ese momento estaba entregando un motero de telepizza. Justo antes de entregar la pizza se dio cuenta de la presencia de la pluma y, rápidamente, se la metió en el bolsillo.
- Son quince con treinta -le dijo al joven estudiante que le abrió la puerta. De fondo se oían risas y voces femeninas.
"Qué fastidio. Me hubiera gustado quedarme en la fiesta", se dijo la pluma.
El interior del bolsillo del motero de telepizza no olía bien; aquella chaqueta la habían utilizado muchos y el que la llevaba ahora no tenía costumbre de lavarla. Una mancha de grasa traslucía la tela hasta el interior del bolsillo.
Cuando el joven volvió a la tienda, se quitó la chaqueta y se vistió con sus ropas. En el último momento se acordó de su pluma
- Casi me olvido de lo que encontré. ¡Mira, Juan! -le gritó a un compañero- Me la he encontrado sobre una caja de una pizza. Debe de habérsele caído a alguien del edificio.
Su compañero no dijo nada sino que le miró con gesto ausente.
El pizzero llegó a su casa casi al mismo tiempo que su madre.
- Mira lo que he encontrado, mamá -le dijo
- Parece una buena pluma. ¿No la habrás robado? -le preguntó la madre con suspicacia.
- ¿Por quién me tomas? -se quejó el hijo.
La madre suspiró y se fue a la cocina. Al rato llegó su hermano mayor.
- Mira, Pedro, lo que me he encontrado
- ¿Qué piensas hacer con ella? ¿Vas a escribir una novela? -le preguntó sarcástico su hermano, que trabajaba como encargado en una ferretería.
- ¿Y por qué no? -se dijo el pizzero. Así que se fue a su mesa y, sacando un papel sucio de entre unos viejos apuntes, escribió arriba del todo: "novela". Pero luego no supo que más poner. Al rato abrió la pluma para ver cuánta tinta le quedaba y después se puso a observarla atentamente. ¡Era una hermosa pluma!
Oyó llegar a su padre. A los diez minutos, ya se estaba gritando con su hermano. "Cada vez tardan menos en enfadarse", se dijo. Y se levantó para cerrar la puerta. Luego se acostó en la cama y se quedó dormido.
Sobre la mesa la pluma miraba a la hoja sobre la que estaba escrita "novela". ¡Cuántas cosas podría escribir! Pero ella sola no podía, necesitaba que el motero la viera, la utilizara, la gastara.
"Podríamos crear mil mundos" se dijo con tristeza.
Y luego comenzó a mirar hacia la ventana, esperando atraer a alguna urraca soñadora con su brillo dorado.
viernes, 25 de abril de 2014
Ratoncito aprender a tocar el piano
- ¡hoy es mi primer día de clase! Estoy nervioso y emocionado. ¡Qué ganas!
- ¿Y no tienes miedo? -le preguntó su madre
- ¿Miedo? ¿De qué? -respondió el ratoncito
Mamá ratona no dijo nada más. Estaban ante la puerta del profesor de piano y aquel era su primer día. La mamá toco el timbre y, en lo que esperaban a que les abrieran la puerta, comenzó a decir:
- Si quieres ser un día tan bueno como tu tío Paco, lo más importante no es que tengas buen oído, ni que te guste mucho el piano, ni que haya gente que quiera escucharte. No, lo más importante es...
En aquel momento se abrió la puerta. Por allí salió la barba del viejo señor hurón, el profesor de piano de todos los niños del barrio.
- Constancia y trabajo, esa son las dos claves para tener éxito -completó el viejo la frase de mamá ratón, a quien había oído a través de la mosquitera que hacía de puerta.
A decir verdad, al ratoncito no le hacía mucha gracia que tuvieran que dar clase con aquel anciano. Pero no había otra: su mamá no había querido buscar otro profesor que aquel que le inspiraba más confianza. Pero mamá no entendía: cuando habían vuelto del concierto de piano de su tío Paco, ratoncito tuvo claro a qué quería dedicar el resto de su vida: sería pianista. ¡Cuánta pasión desbordaban los dedos de su tío! Toda la sala pareció quedarse pequeña ante la inmensidad de la música. hubo momentos en los que ratoncito sintió que las lágrimas se le amontonaban en los ojos. Pero, ¿qué podía saber de eso su madre o, aún peor, aquel viejo profesor de piano que tenía que apoyarse en un bastón para andar? ¿qué pasión podía inspirar un anciano?
- Lo primero es aprender a hacer escalas. Las escalas te enseñarán las dos mejores virtudes de un pianista, ¿sabes cuáles son? Te daré una pista: las has oído hace menos de un minuto -le dijo el profesor cuando el ratoncito se acomodó frente al piano.
- ¿Constancia y trabajo? -preguntó el ratoncito con duda
- ¡eso es! Me alegro de que lo recuerdes. Ahora vamos con esas escalas. Mira como has de poner los dedos.
En la casa todo olía a viejo: los muebles gastados, las paredes empapeladas con el estilo de moda cincuenta años atrás, el suelo de madera gastado, las alfombras desteñidas... y un olor a alcánfor viejo que impregnaba todo lo que entraba en la casa. El profesor parecía emanar aquel olor.
El ratoncito se sintió estafado. ¡Él, que quería volar por las alturas del arte, obligado a comenzar de una forma tan baja, tan ... mundana!
Entonces sonó el teléfono. el profesor descolgó en el pasillo.
- Sí, ¿eres tú? me alegro de que llames para acordate de tu viejo profesor. ¿Y sabes quién ha venido hoy? Sí, ¿y por eso llamas? Espera que te lo paso.
Le dio el inalámbrica al ratoncito, que no imaginaba quién podía querer hablar con él en aquel lugar.
- ¿Ratoncito? soy yo, tú tío Paco -sonó por el auricular. Solo quería animarte en tu primer día de clase con quien fue mi profesor y me dio el mejor consejo que nunca me han dado. ¿sabes cuál?
- Constancia y trabajo -dijo entonces el ratoncito, sintiendo que bajo aquellas palabras se escondía toda la magnificencia del arte.
Su vida cambió en aquel instante.
- ¿Y no tienes miedo? -le preguntó su madre
- ¿Miedo? ¿De qué? -respondió el ratoncito
Mamá ratona no dijo nada más. Estaban ante la puerta del profesor de piano y aquel era su primer día. La mamá toco el timbre y, en lo que esperaban a que les abrieran la puerta, comenzó a decir:
- Si quieres ser un día tan bueno como tu tío Paco, lo más importante no es que tengas buen oído, ni que te guste mucho el piano, ni que haya gente que quiera escucharte. No, lo más importante es...
En aquel momento se abrió la puerta. Por allí salió la barba del viejo señor hurón, el profesor de piano de todos los niños del barrio.
- Constancia y trabajo, esa son las dos claves para tener éxito -completó el viejo la frase de mamá ratón, a quien había oído a través de la mosquitera que hacía de puerta.
A decir verdad, al ratoncito no le hacía mucha gracia que tuvieran que dar clase con aquel anciano. Pero no había otra: su mamá no había querido buscar otro profesor que aquel que le inspiraba más confianza. Pero mamá no entendía: cuando habían vuelto del concierto de piano de su tío Paco, ratoncito tuvo claro a qué quería dedicar el resto de su vida: sería pianista. ¡Cuánta pasión desbordaban los dedos de su tío! Toda la sala pareció quedarse pequeña ante la inmensidad de la música. hubo momentos en los que ratoncito sintió que las lágrimas se le amontonaban en los ojos. Pero, ¿qué podía saber de eso su madre o, aún peor, aquel viejo profesor de piano que tenía que apoyarse en un bastón para andar? ¿qué pasión podía inspirar un anciano?
- Lo primero es aprender a hacer escalas. Las escalas te enseñarán las dos mejores virtudes de un pianista, ¿sabes cuáles son? Te daré una pista: las has oído hace menos de un minuto -le dijo el profesor cuando el ratoncito se acomodó frente al piano.
- ¿Constancia y trabajo? -preguntó el ratoncito con duda
- ¡eso es! Me alegro de que lo recuerdes. Ahora vamos con esas escalas. Mira como has de poner los dedos.
En la casa todo olía a viejo: los muebles gastados, las paredes empapeladas con el estilo de moda cincuenta años atrás, el suelo de madera gastado, las alfombras desteñidas... y un olor a alcánfor viejo que impregnaba todo lo que entraba en la casa. El profesor parecía emanar aquel olor.
El ratoncito se sintió estafado. ¡Él, que quería volar por las alturas del arte, obligado a comenzar de una forma tan baja, tan ... mundana!
Entonces sonó el teléfono. el profesor descolgó en el pasillo.
- Sí, ¿eres tú? me alegro de que llames para acordate de tu viejo profesor. ¿Y sabes quién ha venido hoy? Sí, ¿y por eso llamas? Espera que te lo paso.
Le dio el inalámbrica al ratoncito, que no imaginaba quién podía querer hablar con él en aquel lugar.
- ¿Ratoncito? soy yo, tú tío Paco -sonó por el auricular. Solo quería animarte en tu primer día de clase con quien fue mi profesor y me dio el mejor consejo que nunca me han dado. ¿sabes cuál?
- Constancia y trabajo -dijo entonces el ratoncito, sintiendo que bajo aquellas palabras se escondía toda la magnificencia del arte.
Su vida cambió en aquel instante.
miércoles, 23 de abril de 2014
el maquillaje de la señora rata
Había una vez una señora ratita que era muy presumida. Esto quiere decir que no paraba de mirarse en el espejo y de preguntarse cosas cómo "¿estoy así mejor? ¿o tal vez así?". Su marido era una rata mucho mayor, el médico del barrio, apreciada entre los vecinos. Se había casado con la ratita tras sentirse fuertemente enamorado hacia ella. Ella parecía contener todo lo que a él le había sido negado o ya le quedaba demasiado lejos: alegría con una alta dosis de frivolidad, despreocupamiento y juventud. El doctor era un médico muy serio que todo lo analizaba con los ojos de la ciencia.
- Pero vamos a ver, señora mofeta. Si a usted no le duele nada, ¿por qué ha venido hasta la consulta? No lo entiendo. Si no fuera usted tan mayor creería que se ha enamorado. Pero no, apenas se tiene usted en pie y me está dos horas en la sala de espera. Creáme que habría querido atenderla antes, pero todos los que estaban antes que usted tenían cita conmigo y, por tanto, prioridad.
Eso decía aquella mañana el doctor, mientras su señora ratita estaba en casa, frente al espejo, y se preguntaba "¿así estoy más guapa?".
- Es que no me queda nadie con quien hablar, doctor. Y usted siempre es tan atento conmigo ... -se excusaba la señora mofeta
El doctor se echaba a reír un poco.
- Lo que yo decía, ¡se enamorado usted y nada menos que de su doctor!
Entonces la señora mofeta también se rió.
- Pero mire que yo ya estoy casado. Tendrá que buscarse a otro joven para sus galanteos.
El doctor estaba lejos de ser joven o de sentirse como tal. A la vieja señora mofeta le gustaba estar con él, como a muchos de sus pacientes. Se sentía cómoda.
Mientras tanto, por la puerta trasera de la casa del doctor se escabulló la ratita presumida. La esperaba su galán, una joven rata que había conocido una semana antes en una fiesta nocturna.
- ¿Por qué me miras así? -le preguntó la ratita, al ver la cara espantada del galán- ¿Ya no te parezco bonita?
El galán no supo que responder. Tan solo sonrió tontamente.
- Ya sé que hoy no me he puesto maquillaje. Quería probar un look más natural. Como el tuyo. ¿No somos acaso ratas, todos nosotros? ¿para qué disimular? ¿Y no te parezco más bonita?
- Diferente -consiguió articular el otro
- Eso es porque ahora tengo personalidad. ¿Dónde vamos hoy?
Pero el galán se inventó una excusa de última hora y se largó de allí rápidamente, dejando a la ratita triste y apesadumbrada.
Por la tarde el doctor volvió a su casa. Siempre se apresuraba para entrar en su estudio antes que hablar con su señora, pues hacía mucho que la distancia que había entre los dos le pesaba, así como el silencio que poco a poco se había impuesto entre ellos.
Pero aquel día la ratita estaba llorando en el salón. El doctor se dejó llevar por la compasión y, yendo hasta ella, comenzó a acariciarle la cabeza suavemente.
- ¡Mírame! ¿No te parezco horrible? Hoy no me he puesto maquillaje -dijo la ratita entre lágrimas.
Pero el doctor respondió:
- Sin todas esas cremas y entre esas lágrimas brilla la ratita de la que me enamoré. ¿No crees que ya hemos estado lejos el tiempo suficiente?
Entonces ella se echó a sus brazos, llorando:
- Juntos... -le susurró en la vieja oreja del doctor.
y desde aquel día así estuvieron, juntos, y ya no hubo problema que los superara.
- Pero vamos a ver, señora mofeta. Si a usted no le duele nada, ¿por qué ha venido hasta la consulta? No lo entiendo. Si no fuera usted tan mayor creería que se ha enamorado. Pero no, apenas se tiene usted en pie y me está dos horas en la sala de espera. Creáme que habría querido atenderla antes, pero todos los que estaban antes que usted tenían cita conmigo y, por tanto, prioridad.
Eso decía aquella mañana el doctor, mientras su señora ratita estaba en casa, frente al espejo, y se preguntaba "¿así estoy más guapa?".
- Es que no me queda nadie con quien hablar, doctor. Y usted siempre es tan atento conmigo ... -se excusaba la señora mofeta
El doctor se echaba a reír un poco.
- Lo que yo decía, ¡se enamorado usted y nada menos que de su doctor!
Entonces la señora mofeta también se rió.
- Pero mire que yo ya estoy casado. Tendrá que buscarse a otro joven para sus galanteos.
El doctor estaba lejos de ser joven o de sentirse como tal. A la vieja señora mofeta le gustaba estar con él, como a muchos de sus pacientes. Se sentía cómoda.
Mientras tanto, por la puerta trasera de la casa del doctor se escabulló la ratita presumida. La esperaba su galán, una joven rata que había conocido una semana antes en una fiesta nocturna.
- ¿Por qué me miras así? -le preguntó la ratita, al ver la cara espantada del galán- ¿Ya no te parezco bonita?
El galán no supo que responder. Tan solo sonrió tontamente.
- Ya sé que hoy no me he puesto maquillaje. Quería probar un look más natural. Como el tuyo. ¿No somos acaso ratas, todos nosotros? ¿para qué disimular? ¿Y no te parezco más bonita?
- Diferente -consiguió articular el otro
- Eso es porque ahora tengo personalidad. ¿Dónde vamos hoy?
Pero el galán se inventó una excusa de última hora y se largó de allí rápidamente, dejando a la ratita triste y apesadumbrada.
Por la tarde el doctor volvió a su casa. Siempre se apresuraba para entrar en su estudio antes que hablar con su señora, pues hacía mucho que la distancia que había entre los dos le pesaba, así como el silencio que poco a poco se había impuesto entre ellos.
Pero aquel día la ratita estaba llorando en el salón. El doctor se dejó llevar por la compasión y, yendo hasta ella, comenzó a acariciarle la cabeza suavemente.
- ¡Mírame! ¿No te parezco horrible? Hoy no me he puesto maquillaje -dijo la ratita entre lágrimas.
Pero el doctor respondió:
- Sin todas esas cremas y entre esas lágrimas brilla la ratita de la que me enamoré. ¿No crees que ya hemos estado lejos el tiempo suficiente?
Entonces ella se echó a sus brazos, llorando:
- Juntos... -le susurró en la vieja oreja del doctor.
y desde aquel día así estuvieron, juntos, y ya no hubo problema que los superara.
el césped artificial
La hierba artificial
Sobre el cesped artificial estaban las dos herramientas, un pequeño rastrillo y una pequeña escoba. A un lado estaban algunos arbustos y pequeños árboles. En uno de ellos colgaba la comida para los pájaros.
Los niños dormían.
Más arriba, en la parte antigua del jardín, estaba el césped normal. Contaba con muchas calvas y los niños se divertían arrancando la hierba en grandes pedazos. Los niños sentían que la tiraban del pelo a su hermana mayor o pequeña. Las niñas sentían que una gran muñeca gigante les prestaba los cabellos para que se los arrancaran y, en un imposible futuro, se los peinaran.
- Mírame -susurró el césped artifical- Los niños me han dejado con algunas ramitas encima. ¡No hay derecho! ¿Cuándo esperan limpiarme?
El césped artifical tenía la costumbre de quejarse.
- Pero estás limpio. Y bonito -le respondió el otro césped
- Sí, eso es verdad. Vengo de una gran tienda. ¿Y tú de dónde vienes?
No era la primera vez que el césped artifical le planteaba esa pregunta al otro. Como siempre, el césped normal no supo qué responder. Nunca había sido un gran césped y los dueños de la guardería ya desesperaban de tenerlo limpio y homogéneo. Cuando comenzaba el invierno y caían frías lluvias sobre la ciudad, comenzaban a formarse hoyos y pequeños agujeros. El barro cubría el césped en muchas partes. Y los niños correteando o con las pequeñas bicicletas...
- ¡Ah, perdona! -le dijo entonces el césped artifical- olvidaba que tú no vienes de ninguna gran tienda. Claro que con solo mirarte ya podría haberlo adivinado.
El otro césped no dijo nada. Era verdad y, por lo tanto, no había nada que decir.
El verano se acercaba y muchas pequeñas florecillas surgían en los márgenes del césped. Y alguna también lograba sobrevivir un par de días en el propio césped, hasta que algún niño la descubría, la pisaba o la arrancaba.
Era un caluroso día de primavera. Y ocurrió lo que muchas veces pasa en primavera: de repente las nubes se amontonaron. Se avecinaba una tormenta. Se levantó el viento.
- Sopla el viento -dijo el césped artifical, seguro de sí mismo porque sus pequeñas hebras artificiales apenas notaban el paso de un vendabal. Pero al otro césped no podía pasarle lo mismo.
Entonces comenzó a llover. El agua llegó hasta la tierra y se filtraron los grandes goterones entre los verdes tallos del césped. Era un agua fresca y nueva que colmaba la sed del césped. De él se desprendió un suave aroma. Los insectos se refugiaron, las lombrices de tierra se regocijaron. Los pájaros se aprestaron a llenar el buche.
El césped se sintió feliz entre el agua, el viento y la tormenta.
Y el artificial, aunque no dijo nada, se sintió celoso. Él solo se estaba mojando.
martes, 22 de abril de 2014
autopista hacia el cielo
los encapuchados habían apresado a todos los animales y los habían puesto a trabajar en lo mismo: una gran carretera que se alargaba como una gran línea blanca sobre valles y colinas, sobre hierbas y desiertos, que se internaba en la selva, que se llenaba de arena en las costas, que cortaba ríos con pequeños puentes y estrechos de mar con grandes puentes colgantes.
- ¡No puedo más! -decía en aquel momento una pantera.
Apenas había acabado de hablar cuando surgió uno de los encapuchados, salió como salido de la nada y con un látigo pardo y rojo de sangre seca golpeó a la pantera en el hocico. El felino enseñó los dientes durante un instante, el momento justo para que el látigo le restallara en la lengua, salpicando sangre. Y luego el encapuchado se fue.
No es que fueran invisibles, sino que siempre se colocaban por detrás del rabillo del ojo, a un paso del ángulo muerto de la mirada. Tenían forma humanoíde pero no eran hombres, pues ellos eran quienes habían extinguido a la raza humana. Ni primates porque los monos no sufrían mejor destino que los demás.
Un elefante que hasta hacía poco había estado pensando en sublevarse y rebelarse contra el opresor, se lo pensó dos veces tras ver a la pantera sangrante que se esforzaba por tirar de un carro de piedras. Comenzó a trabajar más rápidamente.
- Lo que yo me pregunto es a dónde va esta carretera del infierno -le susurró un gato gris al cuervo que le habían encadenado al cuello.
Encadenaban pájaros a los animales para que ayudaran a levantarse a los que estaban demasiado exaustos. Si el animal moría, los encapuchados mataban a los pájaros que lo acompañaban. Por eso, cuando los pájaros eran encadenados al rinoceronte, lo tomaban como una sentencia de muerte.
- Eso es lo que todos nos preguntamos. Pero tú sigue llevando esas piedras, que ya se acerca el hipopótomo para aplastar esta parte de la carretera.
- Sí. Nuestra magnífica apisonadora animal -se burló el gato
Pero lo que habían tenido por el rinoceronte no era más que un carro tirado por dos burros. La novedad hizo que todos dejaran de trabajar. Los encapuchados no los castigaron por eso.
- Si quieren que miremos lo que hay en el carro, entonces es que es un castigo peor -comentó el gato
En el carro había un gran cartel de color amarillo. De allí lo sacaron unos monos encadenados y lo colocaron en el suelo, al lado de la carretera.
- ¡Mira, gato! -susurró el cuervo- por fin vamos a saber a dónde nos dirigimos, hacia dónde va esta carretera.
El gato también estaba excitado.
Entonces uno de los primates sacó del carro una pequeña jaula en la que había encerrado un ratón con una venda en los ojos. Tras mojar en tinta la cola del ratón, dejó que este buscara su camino sobre la superficie del cartel. El ratón deambuló de un lado a otro por el cartel hasta que dio con el borde y se bajó del cartel. Su cola había escrito unos jeroglíficos ininteligibles.
Después levantaron el cartel y siguieron trabajando. Ahora ya sabían a dónde se dirigía la carretera.
- ¡No puedo más! -decía en aquel momento una pantera.
Apenas había acabado de hablar cuando surgió uno de los encapuchados, salió como salido de la nada y con un látigo pardo y rojo de sangre seca golpeó a la pantera en el hocico. El felino enseñó los dientes durante un instante, el momento justo para que el látigo le restallara en la lengua, salpicando sangre. Y luego el encapuchado se fue.
No es que fueran invisibles, sino que siempre se colocaban por detrás del rabillo del ojo, a un paso del ángulo muerto de la mirada. Tenían forma humanoíde pero no eran hombres, pues ellos eran quienes habían extinguido a la raza humana. Ni primates porque los monos no sufrían mejor destino que los demás.
Un elefante que hasta hacía poco había estado pensando en sublevarse y rebelarse contra el opresor, se lo pensó dos veces tras ver a la pantera sangrante que se esforzaba por tirar de un carro de piedras. Comenzó a trabajar más rápidamente.
- Lo que yo me pregunto es a dónde va esta carretera del infierno -le susurró un gato gris al cuervo que le habían encadenado al cuello.
Encadenaban pájaros a los animales para que ayudaran a levantarse a los que estaban demasiado exaustos. Si el animal moría, los encapuchados mataban a los pájaros que lo acompañaban. Por eso, cuando los pájaros eran encadenados al rinoceronte, lo tomaban como una sentencia de muerte.
- Eso es lo que todos nos preguntamos. Pero tú sigue llevando esas piedras, que ya se acerca el hipopótomo para aplastar esta parte de la carretera.
- Sí. Nuestra magnífica apisonadora animal -se burló el gato
Pero lo que habían tenido por el rinoceronte no era más que un carro tirado por dos burros. La novedad hizo que todos dejaran de trabajar. Los encapuchados no los castigaron por eso.
- Si quieren que miremos lo que hay en el carro, entonces es que es un castigo peor -comentó el gato
En el carro había un gran cartel de color amarillo. De allí lo sacaron unos monos encadenados y lo colocaron en el suelo, al lado de la carretera.
- ¡Mira, gato! -susurró el cuervo- por fin vamos a saber a dónde nos dirigimos, hacia dónde va esta carretera.
El gato también estaba excitado.
Entonces uno de los primates sacó del carro una pequeña jaula en la que había encerrado un ratón con una venda en los ojos. Tras mojar en tinta la cola del ratón, dejó que este buscara su camino sobre la superficie del cartel. El ratón deambuló de un lado a otro por el cartel hasta que dio con el borde y se bajó del cartel. Su cola había escrito unos jeroglíficos ininteligibles.
Después levantaron el cartel y siguieron trabajando. Ahora ya sabían a dónde se dirigía la carretera.
viernes, 18 de abril de 2014
los ratones esclavos
En una gran caja en un desván, un gato mantenía presos a dos ratones a los que había capturado. Era un gato muy listo, y lo había dispuesto todo para que los ratones no tuvieran ni una rendija por la que escabullirse. El gato era el único que podía abrir las solapas de cartón duro que hacían de escotilla. Y antes de irse, se aseguraba de amontonar suficientes cosas sobre la caja para que nadie pudiera escapar.
Los ratones intentaron escapar al principio. Pero al cabo del tiempo comenzaron a faltarle las fuerzas y, por extensión, el deseo de fugarse y vivir otra vida. El gato apenas les daba de comer y se contentaba con aterrorizarlos de vez en cuando: entraba en la caja y se ponía a jugar con ellos, sintiendo un placer morboso ante la vista de sus cuerpos escuálidos y sus pequeños corazones latiendo contra la piel.
El gato estaba contento con sus dos ratones pues, a diferencia de otros que había tenido antes, no se morían.
Cuando llegaba la época de celo de las gatas, el gato las llevaba al desván para enseñarles sus prisioneros. A veces las invitaba a entrar para que ellas mismas jugaran con ellos:
- Pero no debemos morderlos, no sea que se me mueran. Luego puedes morderme a mí en su lugar -les advertía con aire socarrón.
Las gatas maullaban de placer y seguían el juego al gato en todo lo que este disponía.
En una ocasión el gato se ausentó más de lo normal.
- Debe de estar con alguna de sus gatas -le dijo un ratón al otro.
Pero el otro no respondió. Estaba mirando hacia arriba, hacia el techo de la caja. Era de noche y no podía estar seguro, pero le parecía que había una rendija en la caja de cartón, un lugar por el que podrían escaparse.
- ¡Mira! -señaló al otro- Esa puede ser nuestra oportunidad.
- ¿Y cómo piensas llegar hasta ahí arriba?
Otra vez no respondió palabra, sino que se llegó hasta la pared de cartón y hundió en ella sus pequeñas garras. Pero le costaba sostenerse y acababa cayendo.
- No lo conseguiremos nunca -le dijo el primero
Pero el otro ratón no dejaba de intentarlo, por mucho que cayera. Y finalmente consiguió quedarse clavado en la pared. Desde allí, poco a poco, fue creando nuevos huecos con su pequeña garra para apoyarse en ellos y seguir subiendo.
- Vamos, ven conmigo -consiguió farfullar al ratón que lo miraba desde abajo
- Sube tú arriba y yo luego te sigo -le dijo el otro
Así fue subiendo el primero poco a poco. Cuando llegó arriba, estuvo a punto de caerse al suelo justo en el pliegue de la tapa. Pero en el último momento hizo una acrobacia y logró salir por la pequeña rendija que daba al exterior. Por allí desapareció y volvió al cabo de un momento:
- ¡Vamos, he conseguido un palo! Cuando llegues arriba, podré ayudarte a salir -le dijo al otro. No podía verlo por lo oscuro que estaba el fondo de la caja, pero le oyó contestar:
- No, mejor vete tú. Yo aquí no estoy tan mal, ¿sabes?
El ratón que se había escapado hubiera querido discutir con él, pero justo en aquel momento oyó llegar al gato y se escabulló rápidamente.
El gato llegó y, abriendo la caja, se dio cuenta de que uno de los ratones se había escapado. El otro lo miraba con gesto asustado, arrinconado en la esquina. El gato saltó adentro y en aquel momento el ratoncito dejó de moverse.
Como tantos otros antes que él, un ataque al corazón había acabado con su miserable vida.
Los ratones intentaron escapar al principio. Pero al cabo del tiempo comenzaron a faltarle las fuerzas y, por extensión, el deseo de fugarse y vivir otra vida. El gato apenas les daba de comer y se contentaba con aterrorizarlos de vez en cuando: entraba en la caja y se ponía a jugar con ellos, sintiendo un placer morboso ante la vista de sus cuerpos escuálidos y sus pequeños corazones latiendo contra la piel.
El gato estaba contento con sus dos ratones pues, a diferencia de otros que había tenido antes, no se morían.
Cuando llegaba la época de celo de las gatas, el gato las llevaba al desván para enseñarles sus prisioneros. A veces las invitaba a entrar para que ellas mismas jugaran con ellos:
- Pero no debemos morderlos, no sea que se me mueran. Luego puedes morderme a mí en su lugar -les advertía con aire socarrón.
Las gatas maullaban de placer y seguían el juego al gato en todo lo que este disponía.
En una ocasión el gato se ausentó más de lo normal.
- Debe de estar con alguna de sus gatas -le dijo un ratón al otro.
Pero el otro no respondió. Estaba mirando hacia arriba, hacia el techo de la caja. Era de noche y no podía estar seguro, pero le parecía que había una rendija en la caja de cartón, un lugar por el que podrían escaparse.
- ¡Mira! -señaló al otro- Esa puede ser nuestra oportunidad.
- ¿Y cómo piensas llegar hasta ahí arriba?
Otra vez no respondió palabra, sino que se llegó hasta la pared de cartón y hundió en ella sus pequeñas garras. Pero le costaba sostenerse y acababa cayendo.
- No lo conseguiremos nunca -le dijo el primero
Pero el otro ratón no dejaba de intentarlo, por mucho que cayera. Y finalmente consiguió quedarse clavado en la pared. Desde allí, poco a poco, fue creando nuevos huecos con su pequeña garra para apoyarse en ellos y seguir subiendo.
- Vamos, ven conmigo -consiguió farfullar al ratón que lo miraba desde abajo
- Sube tú arriba y yo luego te sigo -le dijo el otro
Así fue subiendo el primero poco a poco. Cuando llegó arriba, estuvo a punto de caerse al suelo justo en el pliegue de la tapa. Pero en el último momento hizo una acrobacia y logró salir por la pequeña rendija que daba al exterior. Por allí desapareció y volvió al cabo de un momento:
- ¡Vamos, he conseguido un palo! Cuando llegues arriba, podré ayudarte a salir -le dijo al otro. No podía verlo por lo oscuro que estaba el fondo de la caja, pero le oyó contestar:
- No, mejor vete tú. Yo aquí no estoy tan mal, ¿sabes?
El ratón que se había escapado hubiera querido discutir con él, pero justo en aquel momento oyó llegar al gato y se escabulló rápidamente.
El gato llegó y, abriendo la caja, se dio cuenta de que uno de los ratones se había escapado. El otro lo miraba con gesto asustado, arrinconado en la esquina. El gato saltó adentro y en aquel momento el ratoncito dejó de moverse.
Como tantos otros antes que él, un ataque al corazón había acabado con su miserable vida.
jueves, 17 de abril de 2014
el sombrero de gandalf
En el desván de la vieja casa hacía mucho que no entraba nadie. Y tampoco es que en el resto del inmueble hubiera mucho movimiento: que ya la pareja hacía años que pertenecía al "club de la tercera edad". Sus dos hijos apenas iban a verlos porque, la verdad, los viejos ya no tenían nada que ofrecerles.
Al desván llegaron dos animales insospechados: un corderito y un escorpión. Nadie sabe cómo ni cuándo se habían hecho amigos, ni tampoco cómo habían hecho para entrar en el desván sin que nadie se diera cuenta. ¿De dónde se había escapado el cordero? ¿De qué desierto venía el escorpión?
El desván estaba en lo alto de la casa. Pero como esta se apoyaba sobre una colina, una de las ventanas del desván estaba tan solo un poco más alta que el suelo. Por allí se escapaba de vez en cuando el corderito para tener algo que comer. Pero por las noches volvía al desván y tenía largas conversaciones con el escorpión.
El escorpión se llamaba Rogelio y no era bicho de muchas palabras. Era un escorpión muy presumido y... pero digamos algo del sombrero.
Siempre que se sentaban a hablar había entre ellos un sombrero viejo y ajado, puntiagudo y gris. A los dos les gustaba la presencia del sombrero y sentían que dentro había algo de magia. Por eso mismo, se cuidaban mucho de moverlo o de hacer nada con él. Tan solo hablaban con él delante, sintiendo su presencia como se siente la presencia de un viejo amigo.
- Me pregunto cómo se verá el mundo cuando todo el mundo te tiene miedo -le confesó una noche el cordero Sebastián a su amigo Rogelio
- Es muy fácil: todos te odian y te matan en cuanto tienen oportunidad
- Al menos no te comen. Tres de mis hermanos acabaron en la mesa de un gran señor. ¿Puedes tú contarme otro tanto?
El escorpión no dijo nada sino que se acomodó un poco más en el calcetín sobre el que siempre se sentaba.
- ¿Y si me pusiera una cola como la tuya? La gente podría pensar que es venenosa y...
- Te matarían a la mejor de cambio. Ni siquiera esperarían a tener una excusa -le interrumpió Rogelio.
De repente comenzó a soplar el viento. Una ráfaga movió la cortina que cubría la ventana. Y la cortina se enredó con una escultura que había en lo alto de un estante. La escultura se cayó sobre una maceta llena de tierra, y la maceta con la tierra se cayó sobre el... sombrero.
Rápidamente el cordero lo recogió dispuesto a ponerlo otra vez en su sitio, pero no se fijó que el escorpión, con el susto, se había subido de un salto sobre el sombrero. Al inclinar la cabeza para colocar el sombrero bien, su amigo el escorpión Rogelio le cayó sobre el cuello. La presencia de un cuerpo tan caliente y la agitación que parecía haber hecho presa del desván durante unos instantes fueron más fuertes que todos sus instintos, y sin quererlo ni desearlo le clavó su cola al cordero, inyectándole el veneno.
El veneno actuó tan rápido que el cordero apenas tuvo tiempo de decir nada.
Y el escorpión se quedó allí, sintiéndose muy desdichado y velando el cadáver. Como no tenía lágrimas con las que llorar a su amigo, se murió de pura presión sentimental.
Al desván llegaron dos animales insospechados: un corderito y un escorpión. Nadie sabe cómo ni cuándo se habían hecho amigos, ni tampoco cómo habían hecho para entrar en el desván sin que nadie se diera cuenta. ¿De dónde se había escapado el cordero? ¿De qué desierto venía el escorpión?
El desván estaba en lo alto de la casa. Pero como esta se apoyaba sobre una colina, una de las ventanas del desván estaba tan solo un poco más alta que el suelo. Por allí se escapaba de vez en cuando el corderito para tener algo que comer. Pero por las noches volvía al desván y tenía largas conversaciones con el escorpión.
El escorpión se llamaba Rogelio y no era bicho de muchas palabras. Era un escorpión muy presumido y... pero digamos algo del sombrero.
Siempre que se sentaban a hablar había entre ellos un sombrero viejo y ajado, puntiagudo y gris. A los dos les gustaba la presencia del sombrero y sentían que dentro había algo de magia. Por eso mismo, se cuidaban mucho de moverlo o de hacer nada con él. Tan solo hablaban con él delante, sintiendo su presencia como se siente la presencia de un viejo amigo.
- Me pregunto cómo se verá el mundo cuando todo el mundo te tiene miedo -le confesó una noche el cordero Sebastián a su amigo Rogelio
- Es muy fácil: todos te odian y te matan en cuanto tienen oportunidad
- Al menos no te comen. Tres de mis hermanos acabaron en la mesa de un gran señor. ¿Puedes tú contarme otro tanto?
El escorpión no dijo nada sino que se acomodó un poco más en el calcetín sobre el que siempre se sentaba.
- ¿Y si me pusiera una cola como la tuya? La gente podría pensar que es venenosa y...
- Te matarían a la mejor de cambio. Ni siquiera esperarían a tener una excusa -le interrumpió Rogelio.
De repente comenzó a soplar el viento. Una ráfaga movió la cortina que cubría la ventana. Y la cortina se enredó con una escultura que había en lo alto de un estante. La escultura se cayó sobre una maceta llena de tierra, y la maceta con la tierra se cayó sobre el... sombrero.
Rápidamente el cordero lo recogió dispuesto a ponerlo otra vez en su sitio, pero no se fijó que el escorpión, con el susto, se había subido de un salto sobre el sombrero. Al inclinar la cabeza para colocar el sombrero bien, su amigo el escorpión Rogelio le cayó sobre el cuello. La presencia de un cuerpo tan caliente y la agitación que parecía haber hecho presa del desván durante unos instantes fueron más fuertes que todos sus instintos, y sin quererlo ni desearlo le clavó su cola al cordero, inyectándole el veneno.
El veneno actuó tan rápido que el cordero apenas tuvo tiempo de decir nada.
Y el escorpión se quedó allí, sintiéndose muy desdichado y velando el cadáver. Como no tenía lágrimas con las que llorar a su amigo, se murió de pura presión sentimental.
miércoles, 16 de abril de 2014
las escaleras de don gato
Una vez, en una casa vieja y medio caída, entró un gato de ciudad. Su dueño era una anciana señora que lo mimaba y le daba comidas ricas. Pero a veces el gato se cansaba de aquella vida regalada y entonces salía a pasear por el vecindario. Le gustaba saber que, a la vuelta de sus aventuras, la abuelita le esperaría con su comida caliente, sus mimos y su gran cama.
Pero un día un accidente de tráfico congregó a demasiada gente en el barrio, por lo que el gato optó por dirigirse en otra dirección. Aquel barrio terminaba en aquella oscura y desocupada casa.
El gato entró por ella, colándose por el hueco de una ventana. Tan pronto se encontró dentro, le llamó la atención una gran escalera de caracol que comenzaba en el salón. Mientras que el resto de la habitación estaba lleno de polvo y telearañas, aquella escalera se mantenía básicamente incólume; si acaso alguna pequeña mancha que, contrastando con la pobredumbre de alrededor, casi parecía brillar.
- ¿Y qué habrá en la planta de arriba? -se preguntó nuestro gato
Así que comenzó a subir las escaleras. Los escalones de esta eran grandes y desiguales, por lo que la subida estaba lejos de ser cómoda. Pero el gato ya estaba empeñado en subir.
- No parecía que fuera tan alta -se dijo al rato, pues a pesar de haber subido muchos escalones, no parecía estar más cerca que antes de llegar a alguna planta. Pero cuando miró hacia abajo, se dio cuenta de que había subido mucho pues el salón comenzaba a empequeñecerse bajo sus pies. Y sintió algo de vértigo. La sensación le gustó.
- Esto es algo que no se vive con la abuelita -se dijo. Y el recuerdo de la abuelita le tentó a darse la vuelta y a volver. Había tenido su ratito de aventura y ahora tocaba volver a su agradable vida cotidiana. Pero miró una vez más hacia arriba: el techo oscuro parecía estar a la misma distancia que antes.
- Subiré un poco más antes de bajar. Me gustaría llegar a la primera planta -se dijo
"Por lo menos a la primera planta. ¿Quién sabe cuántas más habrá? Esta casa engaña mucho a primera vista."
Así que siguió subiendo. Y sudando, pues aunque ya le costaba menos esfuerzo subir por las escaleras -se comenzaba a acostumbrar- estas seguían siendo tan difíciles como al principio.
- Si llego a saber que eran tan largas, no creo que hubiera comenzado a subirlas. Pero ahora me parece que sería una tontería bajar. Al menos debo llegar a la primera planta.
De repente, a un lado, había un pequeño saloncito con una puerta. La escalera seguía subiendo, pero había algo invitador en la puerta. Debajo de ella se veían luces moviéndose. y de dentro se oían maullidos y risas. El gato abrió un poco la puerta para ver qué había dentro.
¡Era una fiesta de gatos! y debía de ser una muy buena fiesta, porque todo el mundo parecía de un magnífico humor. Un gato negro que estaba cerca de la puerta se volvió hacia él y le dijo:
- ¡Un nuevo! Bienvenido. Entra y pásalo bien.
Y nuestro gato entró y bailó y conoció a gatos y gatas que tenían la misma historia que él. un día habían comenzado a subir por unas escaleras, o a recorrer pasillos de casas olvidadas, o a subir ramas de un gran árbol que nunca acababa... y entonces habían todos descubierto la fiesta y allí se habían quedado, compartiendo la experiencia que les había reunido y, en fin, pasándoselo en grande.
Pero nuestro gato no se sentía cómodo. Así que sin que nadie le viera dejó la fiesta y se fue a su escalera. Seguía allí, inmensa y solitaria.
ni se le ocurrió volver a su hogar. Pero siguió subiendo, cada vez más alto.
Y hay quien dice que, a día de hoy, aún sigue su ascensción. Solo que ya no es un gato doméstico.
Es un tigre hambriento.
Pero un día un accidente de tráfico congregó a demasiada gente en el barrio, por lo que el gato optó por dirigirse en otra dirección. Aquel barrio terminaba en aquella oscura y desocupada casa.
El gato entró por ella, colándose por el hueco de una ventana. Tan pronto se encontró dentro, le llamó la atención una gran escalera de caracol que comenzaba en el salón. Mientras que el resto de la habitación estaba lleno de polvo y telearañas, aquella escalera se mantenía básicamente incólume; si acaso alguna pequeña mancha que, contrastando con la pobredumbre de alrededor, casi parecía brillar.
- ¿Y qué habrá en la planta de arriba? -se preguntó nuestro gato
Así que comenzó a subir las escaleras. Los escalones de esta eran grandes y desiguales, por lo que la subida estaba lejos de ser cómoda. Pero el gato ya estaba empeñado en subir.
- No parecía que fuera tan alta -se dijo al rato, pues a pesar de haber subido muchos escalones, no parecía estar más cerca que antes de llegar a alguna planta. Pero cuando miró hacia abajo, se dio cuenta de que había subido mucho pues el salón comenzaba a empequeñecerse bajo sus pies. Y sintió algo de vértigo. La sensación le gustó.
- Esto es algo que no se vive con la abuelita -se dijo. Y el recuerdo de la abuelita le tentó a darse la vuelta y a volver. Había tenido su ratito de aventura y ahora tocaba volver a su agradable vida cotidiana. Pero miró una vez más hacia arriba: el techo oscuro parecía estar a la misma distancia que antes.
- Subiré un poco más antes de bajar. Me gustaría llegar a la primera planta -se dijo
"Por lo menos a la primera planta. ¿Quién sabe cuántas más habrá? Esta casa engaña mucho a primera vista."
Así que siguió subiendo. Y sudando, pues aunque ya le costaba menos esfuerzo subir por las escaleras -se comenzaba a acostumbrar- estas seguían siendo tan difíciles como al principio.
- Si llego a saber que eran tan largas, no creo que hubiera comenzado a subirlas. Pero ahora me parece que sería una tontería bajar. Al menos debo llegar a la primera planta.
De repente, a un lado, había un pequeño saloncito con una puerta. La escalera seguía subiendo, pero había algo invitador en la puerta. Debajo de ella se veían luces moviéndose. y de dentro se oían maullidos y risas. El gato abrió un poco la puerta para ver qué había dentro.
¡Era una fiesta de gatos! y debía de ser una muy buena fiesta, porque todo el mundo parecía de un magnífico humor. Un gato negro que estaba cerca de la puerta se volvió hacia él y le dijo:
- ¡Un nuevo! Bienvenido. Entra y pásalo bien.
Y nuestro gato entró y bailó y conoció a gatos y gatas que tenían la misma historia que él. un día habían comenzado a subir por unas escaleras, o a recorrer pasillos de casas olvidadas, o a subir ramas de un gran árbol que nunca acababa... y entonces habían todos descubierto la fiesta y allí se habían quedado, compartiendo la experiencia que les había reunido y, en fin, pasándoselo en grande.
Pero nuestro gato no se sentía cómodo. Así que sin que nadie le viera dejó la fiesta y se fue a su escalera. Seguía allí, inmensa y solitaria.
ni se le ocurrió volver a su hogar. Pero siguió subiendo, cada vez más alto.
Y hay quien dice que, a día de hoy, aún sigue su ascensción. Solo que ya no es un gato doméstico.
Es un tigre hambriento.
lunes, 14 de abril de 2014
el señor viento está cansado
Un día el señor viento se dijo: "esto no es vida, siempre estoy de acá para allá. Yo necesito unas vacaciones". Así que se fue a ver al sol y le contó su problema.
- Mmhh- murmuró el sol, pensando en alguna respuesta que sonara a inteligente
- Pero date prisa, que con este calor no puedo aguantar
- Si tienes calor, vete a donde está la señora mar. Ella siempre tiene un toque refrescante. Cada día, me gusta verme en ella.
El sol era muy presumido y le encantaba mirarse en el espejo del mar.
- Pero antes, ¿no podrías darme una respuesta? Realmente estoy cansado de correr de un lado a otro -insistió el viento, sintiendo que el calor del sol le abrasaba.
- A mí me gusta mucho la señora mar. Cada vez que podemos, estamos juntos. Ella me da agua y yo le doy calor. Somos una pareja perfecta -dijo el sol, que ya había tomado carrerilla.
- ¿Alguna idea para mi problema? -volvió a insistir el viento
- Claro que por las noches no sé qué hace. Creo que se pone de cotilleo con la señora luna. Y yo me pregunto, ¿de qué hablarán? ¿tú sabes de qué pueden hablar?
Pero el viento, cansado de esperar una respuesta, se marchó.
"Será el más viejo de todos, pero eso no lo convierte en el más sabio", pensó.
Cuando llegó al mar, esta le dijo:
- Hoy llegas más temprano de lo habitual, querido -le dijo con coquetería
- Tengo un problema y el sol me dijo que tú podrías ayudarme -respondió el viento
- ¿El sol? ¿Ese viejo papanatas? Bastante tengo con verlo cada día. Con él todo va a los extremos: o demasiado cerca y caluroso o demasiado nublado y frío. Aunque es verdad que a veces formamos bonitos colores, aún aguantando a las presuntuosas.
El viento no quiso preguntar a quién se refería con lo de las presuntuosas. Antes prefería exponer su problema.
- El caso es que estoy cansado de correr de un lado a otro. Y me gustaría tomarme unas vacacaciones. ¿Tú qué piensas?
- Bueno, querido. Todos hemos tenido ese pensamiento alguna vez, pero nadie ha podido ponerlo en práctica. Excepto las presuntuosas, claro, pero no creo que quieras hablar con ellas.
- ¿Quiénes son las presuntuosas? -preguntó el viento con resignación
- ¡Pues las nubes, quién si no! -exclamó la mar, sorprendida y salpicando agua y espuma.
Así que el viento se fue a ver a las presuntuosas. Pero por el camino pasó por encima de una pequeña isla donde antes solían congregarse unos pájaros muy bonitos. Pero la raza humana había extinguido aquella especie, y hoy solo había una hierba muy verde y un silencio sobrecogedor. La isla ya no estaba habitada por nadie.
No era la primera vez que el viento pasaba por allí. Pero la tranquilidad de la isla la cautivó en aquel día de tristeza. Así que se acercó más y más, hasta rozar las puntas de la hierba verde y salvaje que cubría toda la pequeña isla. Los guijarros más pequeños de las playas se dejaron mover un poco. Sintió cosquillas en la barriga por la hierba. Y la hierba sintió un tenue tiroń vertical, como una caricia fuerte e imprevista.
Y al viento le gustó tanto que se hizo amigo de la hierba verde y, cada vez que podía, pasaba por allí a dejarse acariciar y a sentir la soledad y la suave melancolía de un tiempo que se iba, volaba con él y se perdíia en el infinito del olvido.
Y olvidó tomar vacacines. Siguió corriendo, pero tenía donde respirar. Feliz.
- Mmhh- murmuró el sol, pensando en alguna respuesta que sonara a inteligente
- Pero date prisa, que con este calor no puedo aguantar
- Si tienes calor, vete a donde está la señora mar. Ella siempre tiene un toque refrescante. Cada día, me gusta verme en ella.
El sol era muy presumido y le encantaba mirarse en el espejo del mar.
- Pero antes, ¿no podrías darme una respuesta? Realmente estoy cansado de correr de un lado a otro -insistió el viento, sintiendo que el calor del sol le abrasaba.
- A mí me gusta mucho la señora mar. Cada vez que podemos, estamos juntos. Ella me da agua y yo le doy calor. Somos una pareja perfecta -dijo el sol, que ya había tomado carrerilla.
- ¿Alguna idea para mi problema? -volvió a insistir el viento
- Claro que por las noches no sé qué hace. Creo que se pone de cotilleo con la señora luna. Y yo me pregunto, ¿de qué hablarán? ¿tú sabes de qué pueden hablar?
Pero el viento, cansado de esperar una respuesta, se marchó.
"Será el más viejo de todos, pero eso no lo convierte en el más sabio", pensó.
Cuando llegó al mar, esta le dijo:
- Hoy llegas más temprano de lo habitual, querido -le dijo con coquetería
- Tengo un problema y el sol me dijo que tú podrías ayudarme -respondió el viento
- ¿El sol? ¿Ese viejo papanatas? Bastante tengo con verlo cada día. Con él todo va a los extremos: o demasiado cerca y caluroso o demasiado nublado y frío. Aunque es verdad que a veces formamos bonitos colores, aún aguantando a las presuntuosas.
El viento no quiso preguntar a quién se refería con lo de las presuntuosas. Antes prefería exponer su problema.
- El caso es que estoy cansado de correr de un lado a otro. Y me gustaría tomarme unas vacacaciones. ¿Tú qué piensas?
- Bueno, querido. Todos hemos tenido ese pensamiento alguna vez, pero nadie ha podido ponerlo en práctica. Excepto las presuntuosas, claro, pero no creo que quieras hablar con ellas.
- ¿Quiénes son las presuntuosas? -preguntó el viento con resignación
- ¡Pues las nubes, quién si no! -exclamó la mar, sorprendida y salpicando agua y espuma.
Así que el viento se fue a ver a las presuntuosas. Pero por el camino pasó por encima de una pequeña isla donde antes solían congregarse unos pájaros muy bonitos. Pero la raza humana había extinguido aquella especie, y hoy solo había una hierba muy verde y un silencio sobrecogedor. La isla ya no estaba habitada por nadie.
No era la primera vez que el viento pasaba por allí. Pero la tranquilidad de la isla la cautivó en aquel día de tristeza. Así que se acercó más y más, hasta rozar las puntas de la hierba verde y salvaje que cubría toda la pequeña isla. Los guijarros más pequeños de las playas se dejaron mover un poco. Sintió cosquillas en la barriga por la hierba. Y la hierba sintió un tenue tiroń vertical, como una caricia fuerte e imprevista.
Y al viento le gustó tanto que se hizo amigo de la hierba verde y, cada vez que podía, pasaba por allí a dejarse acariciar y a sentir la soledad y la suave melancolía de un tiempo que se iba, volaba con él y se perdíia en el infinito del olvido.
Y olvidó tomar vacacines. Siguió corriendo, pero tenía donde respirar. Feliz.
viernes, 11 de abril de 2014
haciéndose una cara
Al principio no tenía nariz. Pueden creer que bromeo, pero yo era un niño que no tenía nariz. No quiero ni detallarles los sufrimientos por los que tuve que pasar cuando era pequeño.
Un día me di un golpe de frente; de hecho, me caí al suelo. Entonces me surgió un chichón tremendo. Aproveché la ocasión y fui al doctor, quien supo hacer de aquel chichón una nariz tan bonita como la que ahora ven.
¿Las orejas? Está bien que lo pregunten. ¿Cómo llegar a tener unas orejas tan bonitas? Sí, lo sé. Son finas, delicadas y nobles. Pero lo mejor de todo, son "handmade", las hice yo mismo. Simplemente me puse a rascar a ambos lados del cráneo y poco a poco les fui dando forma. Para el agujero utilicé el dedo meñique.
Mis labios pueden parecerles sabrosos como una fruta, y lo cierto es que los hice con frutas. Quería el color rojo candente y, al mismo tiempo, los deseaba carnosos y sugerentes. Por eso mezclé una manzana madura y un melocotón.
Sí, el melocotón también estaba maduro.
Y luego este pelo que me cae en mechones tan graciosos. No van a creerse cuando les cuente su origen: ¡algas marinas! Sí, sí. Ya no huele tanto como antes, por fortuna. No les detallaré la fórmula, pero basta decir que utilicé las algas, ceniza volcánica y un rallador como los del queso parmesano.
Como siempre había querido casarme con un chico, moldeé mi cuerpo como el de una auténtica hija de Eva. Así me tienen ahora, que ni siquiera Barby tiene un cuerpo más atrayente que el mío. Para que mis caderas fueran finas, me paseé durante un año por los arrabales del puerto; allí me manosearon toda clase de marineros y rufianes; como me ponía un top que dejaba mi ombligo al aire, aquellos acababan pasando sus manos por mis finas caderas. Y es que el salitre y la suciedad que tenían en la palma de las manos es lo mejor para darle forma a la piel.
Para el trasero, en cambio, tuve que hacer constantes viajes al asilo de ancianos. Me vestía de enfermera a lo lolita; a los viejos les ponía el trasero cerca y bien dispuesto. Luego me agachaba y, ¡plaf!, me llegaba una magnífica bofetada en las nalgas. Las manos huesudas y la artritis en los nudillos son un auténtico revitalizante para las carnes bajas.
Como resulta evidente, no había hombre que se me resistiera. Sin embargo, me casé con el único que logró resistirse durante un tiempo. Era un hombre alto y misterioso, de frente despejada y faz cubierta de cicatrices. Su cuerpo es fuerte, aunque no atlético. Al andar tiene un no sé qué, como una cojera elegante, que siempre me volvió loca.
Al final, pese a su resistencia y sus esfuerzos por seguir siendo un lobo solitario, lo pesqué. Y le dejé viviendo con sus maneras, sí, menos en una cosa en la que le dije que no podía pasar. Y es que tenía, cuando le conocí, un gusto pésimo para vestirse, de tal suerte que a veces hasta se ponía una capa y unos harapos y con aquello andaba satisfecho.
- ¡Te vestirás como yo te diga, Franki! -le dije con tono autoritario.
Cuando utilizaba
Un día me di un golpe de frente; de hecho, me caí al suelo. Entonces me surgió un chichón tremendo. Aproveché la ocasión y fui al doctor, quien supo hacer de aquel chichón una nariz tan bonita como la que ahora ven.
¿Las orejas? Está bien que lo pregunten. ¿Cómo llegar a tener unas orejas tan bonitas? Sí, lo sé. Son finas, delicadas y nobles. Pero lo mejor de todo, son "handmade", las hice yo mismo. Simplemente me puse a rascar a ambos lados del cráneo y poco a poco les fui dando forma. Para el agujero utilicé el dedo meñique.
Mis labios pueden parecerles sabrosos como una fruta, y lo cierto es que los hice con frutas. Quería el color rojo candente y, al mismo tiempo, los deseaba carnosos y sugerentes. Por eso mezclé una manzana madura y un melocotón.
Sí, el melocotón también estaba maduro.
Y luego este pelo que me cae en mechones tan graciosos. No van a creerse cuando les cuente su origen: ¡algas marinas! Sí, sí. Ya no huele tanto como antes, por fortuna. No les detallaré la fórmula, pero basta decir que utilicé las algas, ceniza volcánica y un rallador como los del queso parmesano.
Como siempre había querido casarme con un chico, moldeé mi cuerpo como el de una auténtica hija de Eva. Así me tienen ahora, que ni siquiera Barby tiene un cuerpo más atrayente que el mío. Para que mis caderas fueran finas, me paseé durante un año por los arrabales del puerto; allí me manosearon toda clase de marineros y rufianes; como me ponía un top que dejaba mi ombligo al aire, aquellos acababan pasando sus manos por mis finas caderas. Y es que el salitre y la suciedad que tenían en la palma de las manos es lo mejor para darle forma a la piel.
Para el trasero, en cambio, tuve que hacer constantes viajes al asilo de ancianos. Me vestía de enfermera a lo lolita; a los viejos les ponía el trasero cerca y bien dispuesto. Luego me agachaba y, ¡plaf!, me llegaba una magnífica bofetada en las nalgas. Las manos huesudas y la artritis en los nudillos son un auténtico revitalizante para las carnes bajas.
Como resulta evidente, no había hombre que se me resistiera. Sin embargo, me casé con el único que logró resistirse durante un tiempo. Era un hombre alto y misterioso, de frente despejada y faz cubierta de cicatrices. Su cuerpo es fuerte, aunque no atlético. Al andar tiene un no sé qué, como una cojera elegante, que siempre me volvió loca.
Al final, pese a su resistencia y sus esfuerzos por seguir siendo un lobo solitario, lo pesqué. Y le dejé viviendo con sus maneras, sí, menos en una cosa en la que le dije que no podía pasar. Y es que tenía, cuando le conocí, un gusto pésimo para vestirse, de tal suerte que a veces hasta se ponía una capa y unos harapos y con aquello andaba satisfecho.
- ¡Te vestirás como yo te diga, Franki! -le dije con tono autoritario.
Cuando utilizaba
la costurera de Dios
Había una vez una viuda que vivía en el barrio más pobre de una gran ciudad. Y, entre los pobres, era difícil encontrar a alguien que fuera más pobre que ella. Los vecinos hacían lo que podían para sustentarla, pues muchos recordaban las bondades que la viuda había tenido con ellos cuando eran jóvenes, y querían devolverle el favor. Y, en verdad, la viuda siempre había sido una persona querida en el barrio. Cada vez que tenía un poco de dinero, lo gastaba en caramelos para los niños; eso, si era día festivo. Que si no compraba un libro y lo sorteaba entre ellos.
Pero los años no habían sido bondadosos con ella. La vejez llegaba en un poco a poco en el que le dolía todo el cuerpo, la artritis le hacía casi imposible andar y veía con dificultad.
En su juventud, la viuda había sido costurera; nunca hizo ninguna gran prenda, pero sabía manejar la aguja y el hilo. Sin embargo, en su vejez la falta de vista y sus manos temblorosas no le dejaban atinar con las prendas. Con todo, los vecinos a veces le encargaban que reparara algún cosido para hacerla sentir dentro de la comunidad.
En los barrios pobres se forman comunidades con mucha facilidad, al contrario que en los ricos. Y los niños, aunque estén privados de muchas cosas, suelen tener infancias muy ricas.
La viuda cosía con placer, y a veces regalaba jerseys por navidad. Los jerseys eran de colores indefinidos, casi siempre de un pardo-verduzco sucio, pues la viuda solo podía utilizar telas viejas. Como no veía bien, unas mangas eran siempre más largas que otras, el cuello distaba mucho de ser simétrico y.... en fin, hacía jerseys que nadie se ponía. Pero los vecinos le aceptaban el regalo, faltaba más.
A veces la viuda se extrañaba porque no veía que sus jerseys se utilizaran. Entonces preguntaba:
- ¿Y el jersey que te regalé? ¿Ya no te lo pones?
Y todos los interpelados respondían cosas similares a esta: "Pero si me lo puse ayer, ¿no se acuerda? Es uno de mis jerseys favoritos" o, los más osados, "¡Pero si lo llevo puesto ahora mismo, doña Margarita! Tiene que cuidarse esa vista"
Entonces la viuda callaba y sonreía torpemente mientras decía:
- No sé yo qué hacer con estos ojos, hijo mío, que apenas veo nada.
Un día la vieja tuvo un sueño extraño. En el sueño estaba rodeada de ángeles, pero todos estaban castañeando de frío. La viuda quería darles algo de ropa, pero no encontraba por ninguna parte. Los ángeles eran hermosos y delicados. Apenas podían hablar entre si por el fío polar que hacía. Entonces aparecía un señor en escena; tenía pelos largos, era moreno y su cara presentaba una pequeña barba rizada. Con él llevaba una caja. De allí empezó a sacar prendas para que los ángeles se vistieran. Pero, ¡oh, sorpresa! eran los jerseys de la viuda. Y en el sueño la viuda era capaz de ver todas las imperfecciones de las prendas, pero eso no parecía molestar a los serafines. Al contrario, sus caras se calentaban y estaban tan contentos que reían y cantaban sin parar.
Entonces el joven de la barba sacó un último jersey de la caja. De todos los jerseys aquel era el peor hecho; una manga era tan corta que parecía la de una camiseta. La otra era tan larga como la trompa de un elefante. El cuello se alargaba como un tirante. Y los colores de la prenda eran, por así decirlo, nauseabundos. Pero el joven se puso aquel jersey y, entonces, se le iluminó la cara, como si alguien le hubiera dado un abrazo muy grande.
Como un gran te quiero.
Entonces se volvió a ella y le dijo:
- Gracias, Margarita
Aquella noche la viuda murió. Los vecinos la querían y lloraron su pérdida, pero no demasiado. Porque la difunta sonreía en su última hora.
Pero los años no habían sido bondadosos con ella. La vejez llegaba en un poco a poco en el que le dolía todo el cuerpo, la artritis le hacía casi imposible andar y veía con dificultad.
En su juventud, la viuda había sido costurera; nunca hizo ninguna gran prenda, pero sabía manejar la aguja y el hilo. Sin embargo, en su vejez la falta de vista y sus manos temblorosas no le dejaban atinar con las prendas. Con todo, los vecinos a veces le encargaban que reparara algún cosido para hacerla sentir dentro de la comunidad.
En los barrios pobres se forman comunidades con mucha facilidad, al contrario que en los ricos. Y los niños, aunque estén privados de muchas cosas, suelen tener infancias muy ricas.
La viuda cosía con placer, y a veces regalaba jerseys por navidad. Los jerseys eran de colores indefinidos, casi siempre de un pardo-verduzco sucio, pues la viuda solo podía utilizar telas viejas. Como no veía bien, unas mangas eran siempre más largas que otras, el cuello distaba mucho de ser simétrico y.... en fin, hacía jerseys que nadie se ponía. Pero los vecinos le aceptaban el regalo, faltaba más.
A veces la viuda se extrañaba porque no veía que sus jerseys se utilizaran. Entonces preguntaba:
- ¿Y el jersey que te regalé? ¿Ya no te lo pones?
Y todos los interpelados respondían cosas similares a esta: "Pero si me lo puse ayer, ¿no se acuerda? Es uno de mis jerseys favoritos" o, los más osados, "¡Pero si lo llevo puesto ahora mismo, doña Margarita! Tiene que cuidarse esa vista"
Entonces la viuda callaba y sonreía torpemente mientras decía:
- No sé yo qué hacer con estos ojos, hijo mío, que apenas veo nada.
Un día la vieja tuvo un sueño extraño. En el sueño estaba rodeada de ángeles, pero todos estaban castañeando de frío. La viuda quería darles algo de ropa, pero no encontraba por ninguna parte. Los ángeles eran hermosos y delicados. Apenas podían hablar entre si por el fío polar que hacía. Entonces aparecía un señor en escena; tenía pelos largos, era moreno y su cara presentaba una pequeña barba rizada. Con él llevaba una caja. De allí empezó a sacar prendas para que los ángeles se vistieran. Pero, ¡oh, sorpresa! eran los jerseys de la viuda. Y en el sueño la viuda era capaz de ver todas las imperfecciones de las prendas, pero eso no parecía molestar a los serafines. Al contrario, sus caras se calentaban y estaban tan contentos que reían y cantaban sin parar.
Entonces el joven de la barba sacó un último jersey de la caja. De todos los jerseys aquel era el peor hecho; una manga era tan corta que parecía la de una camiseta. La otra era tan larga como la trompa de un elefante. El cuello se alargaba como un tirante. Y los colores de la prenda eran, por así decirlo, nauseabundos. Pero el joven se puso aquel jersey y, entonces, se le iluminó la cara, como si alguien le hubiera dado un abrazo muy grande.
Como un gran te quiero.
Entonces se volvió a ella y le dijo:
- Gracias, Margarita
Aquella noche la viuda murió. Los vecinos la querían y lloraron su pérdida, pero no demasiado. Porque la difunta sonreía en su última hora.
jueves, 10 de abril de 2014
el camello desfigurado
Había una vez un camello que era muy muy feo. Hasta su propia madre no encontraba nada que decir sobre su hijo.
Por otro lado, era un camello muy tranquilo y, como la gran mayoría de los camellos, con un gran sentido práctico. Viendo que su presencia molestaba tanto a otros y, por tanto, a él mismo le terminaba molestando, optó por irse a la parte más perdida del desierto. El desierto donde vivían los camellos era grande e inhóspito, pero en muchas partes se podía transitar y, con un poco de suerte, hallar algún oasis. Pero en el corazón del desierto no había ni agua, ni vegetación, ni animales ni personas. Hasta las rocas parecían sufrir bajo el inclemente sol y el frío polar que reinaba por las noches.
Y fue allí donde nuestro camello decidió hacerse un hogar. Entre unos grandes peñascos caídos se hizo su alcoba. Durante el día caminaba por los alrededores.
Para calmar la sed y el hambre le bastaba un pequeño charco que de tanto en tanto se humedecía y alrededor del cual crecían unas plantas raquíticas. El camello masticaba la arena húmeda y comía algunas plantas, pero siempre con cuidado para dejar alguna para el día o la semana siguiente.
Era una vida dura, pero el camello se adaptó a ella. Cada mañana veía amanecer y se extasiaba sintiendo toda la distancia que le separaba de cualquier otro ser vivo. Nadie vería su mandíbula torcida, su tercera giba, su pelo desmarañado, sus huesos hundidos en el cráneo. Tan solo el sol, el viento del desierto, la arena y... la soledad.
Así pasaron los años. Un día los hombres construyeron una carretera por aquel lugar. Pero apenas era transitada y no perturbó demasiado los hábitos del camello.
Con todo, un día le tocó morir. Sentía que en poco tiempo vería al Creador, el mismo que nunca podría sentir repugnancia por el rostro que Él mismo había hecho. Así que se acurrucó en su pequeña cueva y esperó con tranquilidad.
Cuando ya los ojos se le cerraban y sentía que aquella sería su última noche, un gran cuervo del desierto se posó en la entrada de su cueva.
Era un mensajero del Hacedor, pues su color era blanco. Atardecía y el sol bañaba de un sobrenatural color naranja al ave.
- Muero acompañado -dijo el camello, sintiéndose agradecido.
El cuervo blanco le respondió:
- Nunca estuviste solo. Has vivido la soledad de la creación y, como ella, te vas con muchos amigos.
Después de esto, el camello cerró los ojos y durmió para siempre.
El cuervo blanco levantó el vuelo. Hacia el sol.
Por otro lado, era un camello muy tranquilo y, como la gran mayoría de los camellos, con un gran sentido práctico. Viendo que su presencia molestaba tanto a otros y, por tanto, a él mismo le terminaba molestando, optó por irse a la parte más perdida del desierto. El desierto donde vivían los camellos era grande e inhóspito, pero en muchas partes se podía transitar y, con un poco de suerte, hallar algún oasis. Pero en el corazón del desierto no había ni agua, ni vegetación, ni animales ni personas. Hasta las rocas parecían sufrir bajo el inclemente sol y el frío polar que reinaba por las noches.
Y fue allí donde nuestro camello decidió hacerse un hogar. Entre unos grandes peñascos caídos se hizo su alcoba. Durante el día caminaba por los alrededores.
Para calmar la sed y el hambre le bastaba un pequeño charco que de tanto en tanto se humedecía y alrededor del cual crecían unas plantas raquíticas. El camello masticaba la arena húmeda y comía algunas plantas, pero siempre con cuidado para dejar alguna para el día o la semana siguiente.
Era una vida dura, pero el camello se adaptó a ella. Cada mañana veía amanecer y se extasiaba sintiendo toda la distancia que le separaba de cualquier otro ser vivo. Nadie vería su mandíbula torcida, su tercera giba, su pelo desmarañado, sus huesos hundidos en el cráneo. Tan solo el sol, el viento del desierto, la arena y... la soledad.
Así pasaron los años. Un día los hombres construyeron una carretera por aquel lugar. Pero apenas era transitada y no perturbó demasiado los hábitos del camello.
Con todo, un día le tocó morir. Sentía que en poco tiempo vería al Creador, el mismo que nunca podría sentir repugnancia por el rostro que Él mismo había hecho. Así que se acurrucó en su pequeña cueva y esperó con tranquilidad.
Cuando ya los ojos se le cerraban y sentía que aquella sería su última noche, un gran cuervo del desierto se posó en la entrada de su cueva.
Era un mensajero del Hacedor, pues su color era blanco. Atardecía y el sol bañaba de un sobrenatural color naranja al ave.
- Muero acompañado -dijo el camello, sintiéndose agradecido.
El cuervo blanco le respondió:
- Nunca estuviste solo. Has vivido la soledad de la creación y, como ella, te vas con muchos amigos.
Después de esto, el camello cerró los ojos y durmió para siempre.
El cuervo blanco levantó el vuelo. Hacia el sol.
lunes, 7 de abril de 2014
las cosas creciendo
En la primera ciudad que se fundó en el planeta furibundo ocurrieron cosas tan extrañas que pronto la Tierra mandó a mr. Potato a investigar.
Cuando mr. Potato bajó del avión miró la hora con orgullo. La señora zanahoria le había regalado el reloj, y era un aténtico Casio interestellar, con descuento por velocidad de la luz incluído en su mecanismo.
El chófer que había de recogerle llegó tarde, así que mr. Potato miró su reloj otra vez para cerciorarse de que su concepto temporal estaba en los márgenes de lo normal (o aceptado). La hora parecía correcta, pero indudablemente había algo extraño con el reloj: de repente había crecido.
- Es por eso que no dejan a los aviones entrar en contacto con la atmósfera de este lugar -le explicó una viejecita que había por ahí.
- Al entrar en el aeropuerto, está usted respirando por primera vez el aire de furibundo. Usted, y todas las cosas que le acompañen.
Mr. Potato no le respondió. No le gustaba hablar con extraños.
Cuando llegó el chófer, mr. potato no puro evitar un gesto de sorpresa. El coche que conducía aquel era más grande que una limusina, pero con la apariencia de un seiscientos estirado.
- No me diga nada sobre el coche, que ya lo sé. Esta mañana se me olvidó darle el complejo vitamínico y ha aprovechado para dar un estirón. Al menos así tendré espacio para meter la tienda de campaña cuando vaya a la playa, ¿no le parece? -bromeó el chófer, que era un chico negro como salido de una peli del bronx de nueva york.
Otra vez mr potato no dijo nada. No estaba acostumbrado a dialogar con chóferes que parecían salidos del bronx.
Se pararon a poner gasolina.
- Lo malo es que ahora gasta más que un camión -le explicó el chófer, a quien no parecía molestarle el silencio del enviado oficial de la Tierra.
Mr Potato salió a comprar tabaco. El dependiente también había salido parlanchín. Esta vez se trataba de un oriental que también parecía salido de Nueva York, aunque esta vez de chinatown.
- Tiene usted pinta de terrestre. ¿Me pelmite un consejo? -preguntó
Mr Potato no supo que responder.
- Será mejor que le de el complejo vitamínico a su reloj. Como siga así no podrá llevarlo.
En efecto, el reloj estaba creciendo a velocidades agigantadas y ahora más parecía una pelota de tenis cosida a su muñeca que un pequeño reloj de pulsera interestelar con descuento por la velocidad de la luz incluido en sus cálculos.
Mr Potato compró el complejo vitamínico. Este venía en ampollas, simples ampollas de cristal. Miró con aire confundido al dependiente, quien rompió la ampolla por él y dejó que los vahos se llegaran al reloj hinchado.
- Ahora ya no crecerá más. ¿Ese no era su coche? -le pregunto amablemente el dependiente.
Su limusina con aire de seiscientos estirado se alejaba por la calle. El chófer no había reparado en su ausencia.
- No importa -dijo mr potato- ya he visto suficiente como para mi informe a la tierra. Pero no sé cómo volver.
- Compre uno de estos. Déjelo crecer durante un mes pero ni un día más. Luego dele consistentemente el complejo vitamńico. Y buen viaje.
Y así fue como mr potato salió de la tienda de la gasolinera regido por un chino con aspecto de haber salido del mismísimo chinatown con un cohetes espacial de juguete, apenas más grande que su pulgar.
y mr potato sonreíai ilusiionado. Se sentía como un niño.
Cuando mr. Potato bajó del avión miró la hora con orgullo. La señora zanahoria le había regalado el reloj, y era un aténtico Casio interestellar, con descuento por velocidad de la luz incluído en su mecanismo.
El chófer que había de recogerle llegó tarde, así que mr. Potato miró su reloj otra vez para cerciorarse de que su concepto temporal estaba en los márgenes de lo normal (o aceptado). La hora parecía correcta, pero indudablemente había algo extraño con el reloj: de repente había crecido.
- Es por eso que no dejan a los aviones entrar en contacto con la atmósfera de este lugar -le explicó una viejecita que había por ahí.
- Al entrar en el aeropuerto, está usted respirando por primera vez el aire de furibundo. Usted, y todas las cosas que le acompañen.
Mr. Potato no le respondió. No le gustaba hablar con extraños.
Cuando llegó el chófer, mr. potato no puro evitar un gesto de sorpresa. El coche que conducía aquel era más grande que una limusina, pero con la apariencia de un seiscientos estirado.
- No me diga nada sobre el coche, que ya lo sé. Esta mañana se me olvidó darle el complejo vitamínico y ha aprovechado para dar un estirón. Al menos así tendré espacio para meter la tienda de campaña cuando vaya a la playa, ¿no le parece? -bromeó el chófer, que era un chico negro como salido de una peli del bronx de nueva york.
Otra vez mr potato no dijo nada. No estaba acostumbrado a dialogar con chóferes que parecían salidos del bronx.
Se pararon a poner gasolina.
- Lo malo es que ahora gasta más que un camión -le explicó el chófer, a quien no parecía molestarle el silencio del enviado oficial de la Tierra.
Mr Potato salió a comprar tabaco. El dependiente también había salido parlanchín. Esta vez se trataba de un oriental que también parecía salido de Nueva York, aunque esta vez de chinatown.
- Tiene usted pinta de terrestre. ¿Me pelmite un consejo? -preguntó
Mr Potato no supo que responder.
- Será mejor que le de el complejo vitamínico a su reloj. Como siga así no podrá llevarlo.
En efecto, el reloj estaba creciendo a velocidades agigantadas y ahora más parecía una pelota de tenis cosida a su muñeca que un pequeño reloj de pulsera interestelar con descuento por la velocidad de la luz incluido en sus cálculos.
Mr Potato compró el complejo vitamínico. Este venía en ampollas, simples ampollas de cristal. Miró con aire confundido al dependiente, quien rompió la ampolla por él y dejó que los vahos se llegaran al reloj hinchado.
- Ahora ya no crecerá más. ¿Ese no era su coche? -le pregunto amablemente el dependiente.
Su limusina con aire de seiscientos estirado se alejaba por la calle. El chófer no había reparado en su ausencia.
- No importa -dijo mr potato- ya he visto suficiente como para mi informe a la tierra. Pero no sé cómo volver.
- Compre uno de estos. Déjelo crecer durante un mes pero ni un día más. Luego dele consistentemente el complejo vitamńico. Y buen viaje.
Y así fue como mr potato salió de la tienda de la gasolinera regido por un chino con aspecto de haber salido del mismísimo chinatown con un cohetes espacial de juguete, apenas más grande que su pulgar.
y mr potato sonreíai ilusiionado. Se sentía como un niño.
domingo, 6 de abril de 2014
la fiesta del topo
El hijo del señor topo había invitado a todos sus amiguetes para una fiesta en la madriguera. Cuando el señor topo volvió con su esposa la señora topa de ver las estrellas y hablar de los viejos tiempos, los invitados aún seguían ahí. De hecho, la fiesta estaba en su máximo apogeo y aún llegaba gente cuando se esforzaban por entrar los dueños de la casa.
- Esos no han hecho cola, ¡oiga! -les gritó un conejo desde la puerta
Los pobres topos estaban horrorizados. Apenas distinguían nada en su propio hogar; habían traído luces con las que desalojar la oscuridad de los rincones más apreciados por la familia de topos. Y ahora todo brillaba y olía a orina, sudor y gente. Un grupo de ardillas cantaba en un pequeño hueco, y sus agudas voces se filtraban por todos los agujeros de la madriguera.
- Esto es una pesadilla, una pesadilla... -decía el señor topo.
Su señora no decía nada. Su vista era aún peor que la de su marido y solo se aferraba a su brazo. Se sentía desvanecer, pero nunca acababa de desmayarse.
- Una pesadilla ... -murmuraba el señor topo cuando su hijo se dio de bruces contra él.
- ¿Papá, eres tú? ¿Ya estáis de vuelta? -dijo, sintiendo la presencia y la ira de su padre, pues él tampoco podía orientarse bien con todas aquellas luces.
- Oye, ¿dónde puedo conseguir unas bebidas? -se interpuso de repente entre ellos un joven erizo
- Eh, tú, no pinches, erizo -le gritó un hurón
El padre agarró a su hijo por el brazo. Apenas le salían las palabras de la boca. Sentía que le daba una apoplejía.
- Termina esto. Ahora.
Su hijo comenzó a lloriquear.
- No sé que ha pasado, papá, de verdad. No conozco ni a la mitad de los que han venido.
- ¿Dónde decías que podía conseguir algo para beber? -insistió el erizo con un vaso vacío en la mano
- Ahora. Ter-mí-na-lo. - sentenció el padre al hijo
- Si quieres terminar la fiesta, yo sé cómo hacerlo -dijo el erizo, metiéndose en la conversación. Pero espero que después me deis algo de beber.
Antes de que el señor topo pudiera decir nada, su hijo suplicó al desconocido:
- ¡Sí, por favor, haz que todos se marchen y te daré toda la bebida que quieras! ¡Pero que se marchen ya!
Entonces el erizo, tras mirar con cierta compasión a la familia, comenzó a gritar:
- ¡¡Fuego!! ¡Fuego en la madriguera! ¡Socorro, me ahogo, me falta aire!
Dicho y hecho. Rápidamente se extendió la voz y ya eran muchos los que sentían que les faltaba aire. Todos corrieron hacia las salidas de la madriguera. Los conejos crearon rápidamente otra salida. Y a la señora topo la pisotearon cientos de pies desesperados por salir.
Aún confundidos por la avalancha de animales que les había pasado por encima, sintieron que el pequeño topo les ayudaba a ponerse en pie.
- Bueno, yo ya he cumplido mi parte. ¿Qué hay de esa bebida?
- Esto es una pesadilla, una pesadilla -volvió a murmurar el padre
Pero ya la señora topo se sentía mejor. Rápidamente comenzó a apagar todas las lámparas que habían dejado por el camino. Luego cerró los nuevos agujeros que habían creado y puso un montón de piedras en la entrada principal, de forma que solo un pequeño topo podía circular por allí.
El erizo recibió su bebida y luego se fue. Toda la familia de topos le mostró un agradecimiento profundo, que caso de haber sabido que el erizo era responsable de muchas de las invitaciones a la fiesta, su agradecimiento habría sido algo menor.
- ¿Estás enfadado conmigo, papá? -preguntó antes de acostarse el pequeño topo a su padre.
Y este, que un minuto antes hubiera gritado a su hijo y le hubiera expulsado de la madriguera para siempre, ahora lo pensó mejor.
- Tú tienes tu lección, nosotros la nuestra. Confiaré en que la has aprendido. Y tu cuidarás para que yo almacene la paciencia como un avaro almacena sus tesoros. Estamos enlazados en esta vida. Eso no cambiará nunca.
Y el pequeño se durmió con una sonrisa en sus labios. Y el padre también se fue a la cama en paz. Tan solo la señora topo no pudo pegar ojo:
- ¿Y si viene algún despistado buscando la fiesta? ¿Será la entrada lo suficientemente estrecha?
Y toda la noche se preguntó lo mismo
- Esos no han hecho cola, ¡oiga! -les gritó un conejo desde la puerta
Los pobres topos estaban horrorizados. Apenas distinguían nada en su propio hogar; habían traído luces con las que desalojar la oscuridad de los rincones más apreciados por la familia de topos. Y ahora todo brillaba y olía a orina, sudor y gente. Un grupo de ardillas cantaba en un pequeño hueco, y sus agudas voces se filtraban por todos los agujeros de la madriguera.
- Esto es una pesadilla, una pesadilla... -decía el señor topo.
Su señora no decía nada. Su vista era aún peor que la de su marido y solo se aferraba a su brazo. Se sentía desvanecer, pero nunca acababa de desmayarse.
- Una pesadilla ... -murmuraba el señor topo cuando su hijo se dio de bruces contra él.
- ¿Papá, eres tú? ¿Ya estáis de vuelta? -dijo, sintiendo la presencia y la ira de su padre, pues él tampoco podía orientarse bien con todas aquellas luces.
- Oye, ¿dónde puedo conseguir unas bebidas? -se interpuso de repente entre ellos un joven erizo
- Eh, tú, no pinches, erizo -le gritó un hurón
El padre agarró a su hijo por el brazo. Apenas le salían las palabras de la boca. Sentía que le daba una apoplejía.
- Termina esto. Ahora.
Su hijo comenzó a lloriquear.
- No sé que ha pasado, papá, de verdad. No conozco ni a la mitad de los que han venido.
- ¿Dónde decías que podía conseguir algo para beber? -insistió el erizo con un vaso vacío en la mano
- Ahora. Ter-mí-na-lo. - sentenció el padre al hijo
- Si quieres terminar la fiesta, yo sé cómo hacerlo -dijo el erizo, metiéndose en la conversación. Pero espero que después me deis algo de beber.
Antes de que el señor topo pudiera decir nada, su hijo suplicó al desconocido:
- ¡Sí, por favor, haz que todos se marchen y te daré toda la bebida que quieras! ¡Pero que se marchen ya!
Entonces el erizo, tras mirar con cierta compasión a la familia, comenzó a gritar:
- ¡¡Fuego!! ¡Fuego en la madriguera! ¡Socorro, me ahogo, me falta aire!
Dicho y hecho. Rápidamente se extendió la voz y ya eran muchos los que sentían que les faltaba aire. Todos corrieron hacia las salidas de la madriguera. Los conejos crearon rápidamente otra salida. Y a la señora topo la pisotearon cientos de pies desesperados por salir.
Aún confundidos por la avalancha de animales que les había pasado por encima, sintieron que el pequeño topo les ayudaba a ponerse en pie.
- Bueno, yo ya he cumplido mi parte. ¿Qué hay de esa bebida?
- Esto es una pesadilla, una pesadilla -volvió a murmurar el padre
Pero ya la señora topo se sentía mejor. Rápidamente comenzó a apagar todas las lámparas que habían dejado por el camino. Luego cerró los nuevos agujeros que habían creado y puso un montón de piedras en la entrada principal, de forma que solo un pequeño topo podía circular por allí.
El erizo recibió su bebida y luego se fue. Toda la familia de topos le mostró un agradecimiento profundo, que caso de haber sabido que el erizo era responsable de muchas de las invitaciones a la fiesta, su agradecimiento habría sido algo menor.
- ¿Estás enfadado conmigo, papá? -preguntó antes de acostarse el pequeño topo a su padre.
Y este, que un minuto antes hubiera gritado a su hijo y le hubiera expulsado de la madriguera para siempre, ahora lo pensó mejor.
- Tú tienes tu lección, nosotros la nuestra. Confiaré en que la has aprendido. Y tu cuidarás para que yo almacene la paciencia como un avaro almacena sus tesoros. Estamos enlazados en esta vida. Eso no cambiará nunca.
Y el pequeño se durmió con una sonrisa en sus labios. Y el padre también se fue a la cama en paz. Tan solo la señora topo no pudo pegar ojo:
- ¿Y si viene algún despistado buscando la fiesta? ¿Será la entrada lo suficientemente estrecha?
Y toda la noche se preguntó lo mismo
sábado, 5 de abril de 2014
la reunion de los malos
- Todos sabéis por qué nos hemos reunido - dijo el lobo gris
- ¡Sí, ya estamos hartos! -chillaron las hienas
Los enanos se asustaron. Ellos hacían las veces de anfitriones y eran los que habían conseguido un lugar apartado y accesible para todas las bestias que allí estaban reunidas.
Se trataba de una península perdida en Escocia. Cuando había marea alta, se transformaba en una isla. No había hombres que la visitaran y eso la convertía en el mejor lugar. Desde el mar se oyeron las voces de los tiburones:
- ¡Y solo porque comemos carne! Ellos también lo hacen
- Y mucho más que nosotros, me gustaría añadir -dijo un buitre que había venido volando desde muy lejos.
Un enano se levantó y repitió las reglas:
- Os recuerdo que para hablar hay que pedir la banderita roja -y al decir esto agitó un trapito de color que tenía en la mano.
Hasta el momento nadie había solicitado la bandera, pero todos tenían prisa por hablar.
- Para los que han llegado tarde, les recordaré el motivo de la reunión -añadió, mirando en especial a un grupo de cuervos negros y ruidosos que tenían ojos enrojecidos.
Iba a continuar hablando cuando su vista se quedó perdida en un pequeño insecto que le arrebató el trapo rojo.
- ¡No, no, señor escorpión, así no se hace! -le reprendió, recuperando la prenda -cuando yo acabe de hablar, será su turno. Pero no antes.
El escorpión se apartó con aspecto malhumorado. Los que le conocían, reconocieron el tintineo de su peligrosa cola como señal de su enfado.
- Sssssí, yo también quiero hablarssss -dijo una de las serpientes cobra que había venido
- Todos estáis aquí porque no aguantáis más el papel de malos que los humanos os han dado. -continuó el enano. Mi propia especie se ha visto en esa situación, pero por mucho que lo hemos intentado no hemos podido convencerles de lo contrario.
- ¿Acaso es un crimen que nos guste la carne? -clamó un lobo
El resto comenzó a aullar
- ¿Y por qué no hay aquí ninguno de los felinos? -preguntó un murciélago vampiro
- A los humanos les gusta la belleza de los felinos -dijo el enano
- ¿Significa eso que nos toman por feos? -preguntó entonces una piraña, sacando la cabeza del agua
Aquella pregunta alteró a todos, que se pusieron a gritar.
El enano jefe pidió silencio una vez más. El trapo rojo lo tenía uno al que pocos esperaban allí. Era una gran orca. Y dijo lo siguiente:
- Hermanos, yo hasta hace poco era visto como una agradable curiosidad. No inspiraba tanta simpatía como los delfines, pero me respetaban.
Luego añadió con voz triste:
- Eso acabó. Ahora creen que soy grande y peligroso. Pero yo no he cambiado. Son ellos los que cambian, hermanos. El hombre le da a cada uno de sus monstruos interiores el rostro de un animal. Y cada vez tiene más monstruos que afrontar, por eso cada vez somos más los animales criminalizados por él.
- ¿Y qué solución nos queda? -dijo un gran tiburón blanco.
- ¿Solución? La vida no contiene soluciones. Solo tiempo y muerte. Y en ese mundo los humanos también son nuestros hermanos.
Y ya nadie dijo nada más. Cada uno se volvió a su cueva, mar, madriguera, cielo, nido o río.
- ¡Sí, ya estamos hartos! -chillaron las hienas
Los enanos se asustaron. Ellos hacían las veces de anfitriones y eran los que habían conseguido un lugar apartado y accesible para todas las bestias que allí estaban reunidas.
Se trataba de una península perdida en Escocia. Cuando había marea alta, se transformaba en una isla. No había hombres que la visitaran y eso la convertía en el mejor lugar. Desde el mar se oyeron las voces de los tiburones:
- ¡Y solo porque comemos carne! Ellos también lo hacen
- Y mucho más que nosotros, me gustaría añadir -dijo un buitre que había venido volando desde muy lejos.
Un enano se levantó y repitió las reglas:
- Os recuerdo que para hablar hay que pedir la banderita roja -y al decir esto agitó un trapito de color que tenía en la mano.
Hasta el momento nadie había solicitado la bandera, pero todos tenían prisa por hablar.
- Para los que han llegado tarde, les recordaré el motivo de la reunión -añadió, mirando en especial a un grupo de cuervos negros y ruidosos que tenían ojos enrojecidos.
Iba a continuar hablando cuando su vista se quedó perdida en un pequeño insecto que le arrebató el trapo rojo.
- ¡No, no, señor escorpión, así no se hace! -le reprendió, recuperando la prenda -cuando yo acabe de hablar, será su turno. Pero no antes.
El escorpión se apartó con aspecto malhumorado. Los que le conocían, reconocieron el tintineo de su peligrosa cola como señal de su enfado.
- Sssssí, yo también quiero hablarssss -dijo una de las serpientes cobra que había venido
- Todos estáis aquí porque no aguantáis más el papel de malos que los humanos os han dado. -continuó el enano. Mi propia especie se ha visto en esa situación, pero por mucho que lo hemos intentado no hemos podido convencerles de lo contrario.
- ¿Acaso es un crimen que nos guste la carne? -clamó un lobo
El resto comenzó a aullar
- ¿Y por qué no hay aquí ninguno de los felinos? -preguntó un murciélago vampiro
- A los humanos les gusta la belleza de los felinos -dijo el enano
- ¿Significa eso que nos toman por feos? -preguntó entonces una piraña, sacando la cabeza del agua
Aquella pregunta alteró a todos, que se pusieron a gritar.
El enano jefe pidió silencio una vez más. El trapo rojo lo tenía uno al que pocos esperaban allí. Era una gran orca. Y dijo lo siguiente:
- Hermanos, yo hasta hace poco era visto como una agradable curiosidad. No inspiraba tanta simpatía como los delfines, pero me respetaban.
Luego añadió con voz triste:
- Eso acabó. Ahora creen que soy grande y peligroso. Pero yo no he cambiado. Son ellos los que cambian, hermanos. El hombre le da a cada uno de sus monstruos interiores el rostro de un animal. Y cada vez tiene más monstruos que afrontar, por eso cada vez somos más los animales criminalizados por él.
- ¿Y qué solución nos queda? -dijo un gran tiburón blanco.
- ¿Solución? La vida no contiene soluciones. Solo tiempo y muerte. Y en ese mundo los humanos también son nuestros hermanos.
Y ya nadie dijo nada más. Cada uno se volvió a su cueva, mar, madriguera, cielo, nido o río.
viernes, 4 de abril de 2014
el cisne negro
Érase una vez una familia de cisnes. Ocurrió que tras la primavera la mamá cisne se sintió un día un poco más pesada y dijo:
- Cariño, creo que estoy embarazada
Papá cisne se alegró y se preocupó. Se alegró porque no había cosa que más le gustara que jugar con los pequeños cisnes. Ya habían tenido antes muchos hijos y no había ninguno con el que no se divirtiera.
Pero también se preocupó, porque los patos habían proliferado mucho en el lago y la comida podía escasear, sobre todo con unas cuantas bocas más a las que alimentar.
Papá cisne decidió no pensar en cosas negativas y en preocuparse solo por lo que trajera el día. Era uno de los consejos más antiguos de la naturaleza, pero con mucha facilidad lo olvidaba.
- Es estupendo, mamá cisne -dijo, recalcando la palabra "mamá".
Y mamá cisne se sintió feliz.
Cuando llego el tiempo, dio a luz cinco maravillosos huevos. Cinco era uno más de los cuatro que solía tener.
- Debe de ser por parte de mi bisabuela, que dicen que siempre tuvo las mayores anidadas del pantano -le explicó a su marido a la mañana siguiente.
- ¿Te has fijado en lo distinto que es uno de ellos? -preguntó él preocupado
Y en verdad uno de los huevos tenía unas extrañas líneas cruzándolo.
- Ese será un artista -sentenció la madre
Cuando se acercó el tiempo de la ruptura de los huevos, el padre estaba muy ansioso. No había día que no interrogara a su mujer sobre el estado de los pequeños:
- ¿Hoy?
Y ella sonreía y le decía:
- Todavía no. No seas impaciente. Pero los siento moverse cuando hablas.
- Papá está aquí... -canturreó el padre
Pero la madre no le dijo que había un huevo donde no había movimiento. Justamente en aquel huevo extraño, en el del "artista". No quería preocupar a su marido. Ella, por su parte, se temía lo peor. Pero lo guardaba para sí.
- Soy la mamá de cinco pequeños -se repetía incesantemente.
Una mañana soleada los huevos comenzaron a romperse. De ellos salieron pequeños cisnes con plumas feas, torpes y gritones. Eran tan pequeños y delicados que su padre temía que una ráfaga de viento los tumbara.
Sin embargo, hubo un huevo que no rompió aquel día. Era el del artista. Su padre lo miró preocupado.
- ¿Por qué crees que no ha roto ya? ¿Estará bien?
Lo cogió con el pico y lo hizo rodar un poquito por la colina.
- Lo que necesita es un pequeño empujón -le explicó a la madre, que lo miraba angustiada.
Por su parte, los pequeños cisnes, cuando vieron como su padre hacía rodar el huevo de su hermano, se pusieron todos a graznar alarmados y corrieron hacia donde estaba el huevo, rodeándolo con sus cuerpecitos.
- ¡Que yo no voy a hacerle nada! -se defendió el padre
El día se nubló de repente. Se acercaba una tormenta. Y fue aquel el momento que el último huevo escogió para romperse. En realidad, solo se rompió un poquito. El ser que había dentro apenas tenía fuerza para quitar toda la cáscara que lo rodeaba.
En seguida su madre lo ayudó. Los hermanitos miraban atentos al último en llegar.
Del huevo salió un pequeño cisne pero... de color negro. Una parte de su cara parecía diferente y un ojo no se le abría. Además, una de sus patas parecía torcida en un extraño ángulo.
La madre comenzó a acariciarle con el pico y los hermanos corrieron hacia él. Pero el padre se quedó durante un instante mirándole, asustado, com incapaz de comprender lo que veían sus ojos.
Entonces el cisne negro, con su ojito tuerto y su cojera, se escapó del abrazo de su madre y fue hasta su padre. Luego se subió sobre uno de sus pies.
El padre ya no dudó más.
- ¡Hijo mío! -exclamó.
Y comenzó a jugar con él.
De todos sus hijos, aquel cisne negro, feo y débil, fue siempre su preferido. Y ya nunca tuvo que preocuparse más por el futuro. El día a día le traía suficiente trabajo... y felicidad.
- Cariño, creo que estoy embarazada
Papá cisne se alegró y se preocupó. Se alegró porque no había cosa que más le gustara que jugar con los pequeños cisnes. Ya habían tenido antes muchos hijos y no había ninguno con el que no se divirtiera.
Pero también se preocupó, porque los patos habían proliferado mucho en el lago y la comida podía escasear, sobre todo con unas cuantas bocas más a las que alimentar.
Papá cisne decidió no pensar en cosas negativas y en preocuparse solo por lo que trajera el día. Era uno de los consejos más antiguos de la naturaleza, pero con mucha facilidad lo olvidaba.
- Es estupendo, mamá cisne -dijo, recalcando la palabra "mamá".
Y mamá cisne se sintió feliz.
Cuando llego el tiempo, dio a luz cinco maravillosos huevos. Cinco era uno más de los cuatro que solía tener.
- Debe de ser por parte de mi bisabuela, que dicen que siempre tuvo las mayores anidadas del pantano -le explicó a su marido a la mañana siguiente.
- ¿Te has fijado en lo distinto que es uno de ellos? -preguntó él preocupado
Y en verdad uno de los huevos tenía unas extrañas líneas cruzándolo.
- Ese será un artista -sentenció la madre
Cuando se acercó el tiempo de la ruptura de los huevos, el padre estaba muy ansioso. No había día que no interrogara a su mujer sobre el estado de los pequeños:
- ¿Hoy?
Y ella sonreía y le decía:
- Todavía no. No seas impaciente. Pero los siento moverse cuando hablas.
- Papá está aquí... -canturreó el padre
Pero la madre no le dijo que había un huevo donde no había movimiento. Justamente en aquel huevo extraño, en el del "artista". No quería preocupar a su marido. Ella, por su parte, se temía lo peor. Pero lo guardaba para sí.
- Soy la mamá de cinco pequeños -se repetía incesantemente.
Una mañana soleada los huevos comenzaron a romperse. De ellos salieron pequeños cisnes con plumas feas, torpes y gritones. Eran tan pequeños y delicados que su padre temía que una ráfaga de viento los tumbara.
Sin embargo, hubo un huevo que no rompió aquel día. Era el del artista. Su padre lo miró preocupado.
- ¿Por qué crees que no ha roto ya? ¿Estará bien?
Lo cogió con el pico y lo hizo rodar un poquito por la colina.
- Lo que necesita es un pequeño empujón -le explicó a la madre, que lo miraba angustiada.
Por su parte, los pequeños cisnes, cuando vieron como su padre hacía rodar el huevo de su hermano, se pusieron todos a graznar alarmados y corrieron hacia donde estaba el huevo, rodeándolo con sus cuerpecitos.
- ¡Que yo no voy a hacerle nada! -se defendió el padre
El día se nubló de repente. Se acercaba una tormenta. Y fue aquel el momento que el último huevo escogió para romperse. En realidad, solo se rompió un poquito. El ser que había dentro apenas tenía fuerza para quitar toda la cáscara que lo rodeaba.
En seguida su madre lo ayudó. Los hermanitos miraban atentos al último en llegar.
Del huevo salió un pequeño cisne pero... de color negro. Una parte de su cara parecía diferente y un ojo no se le abría. Además, una de sus patas parecía torcida en un extraño ángulo.
La madre comenzó a acariciarle con el pico y los hermanos corrieron hacia él. Pero el padre se quedó durante un instante mirándole, asustado, com incapaz de comprender lo que veían sus ojos.
Entonces el cisne negro, con su ojito tuerto y su cojera, se escapó del abrazo de su madre y fue hasta su padre. Luego se subió sobre uno de sus pies.
El padre ya no dudó más.
- ¡Hijo mío! -exclamó.
Y comenzó a jugar con él.
De todos sus hijos, aquel cisne negro, feo y débil, fue siempre su preferido. Y ya nunca tuvo que preocuparse más por el futuro. El día a día le traía suficiente trabajo... y felicidad.
jueves, 3 de abril de 2014
pildoras para el cansancio
La mofeta estaba cansada. Siempre estaba cansada y lo normal era verla echada bajo el árbol. Por allí solía pasar la ardilla, atareada llevando comida a su madriguera.
- Solo verte me cansa -le decía la mofeta en ocasiones.
La ardilla no respondía nada, pues sentía que no tenía tiempo ni para charlas ociosas. Las ardillas son muy laboriosas.
- ¿No podrías sentarte un poco conmigo? Me mareas. ¿Cuántas veces has pasado ya por aquí?
La ardilla se molestó con el comentario y dió una patada a una ramita. La ramita voló por los aires y fue a golpear una gran rama de un árbol. El arbol era un pino y una de sus piñas ya estaba a punto de caer. El temblor que provocó la ramita que había tirado la ardilla fue suficiente: la piña se cayó en el suelo, asustando a un pájarito que andaba por allí buscando gusanillos. El pajarito alzó a volar sin apenas ver a dónde iba y en su vuelo agitado casi golpeó al señor búo, que dormía mansamente en una rama. Y el señor búo se despertó, sobresaltado, como todo aquel que se despierta de repente.
El señor búo era muy sabio y rápidamente entendió lo que estaba pasando. Voló hasta posarse enfrente de la mofeta, pero no muy cerca por si acaso la mofeta decidía aromatizarle.
- Deberías ir a ver al doctor -le dijo el búo con severidad
- ¿Para qué? -preguntó la mofeta con desgana
- No es normal ese cansancio que tienes -por un momento temió que su tono hubiera sido demasiado agresivo.
- Deberías ver al doctor, te lo digo por tu bien -le dijo con más dulzura
No quería ofender a la mofeta, a la que nadie quiere por enemigo.
- ¿Qué doctor hay en este bosque? -preguntó la otra.
- Ahora tenemos a uno de los hijos del oso dedicado a la medicina. Se pasa la mayor parte durmiendo o comiendo miel, pero tiene buenas ideas. Yo fui por un problema de olfato y enseguida me curó
- ¿Te falla el olfato, señor búo? Tal vez deberías probar con algo fuerte
El búo levantó vuelo enseguida. La mofeta se rió y luego se levantó. Iría a ver al doctor.
El oso estaba vestido con una bata blanca bastante sucia y apenas la miró cuando llegó. Dormitaba bajo el árbol. A su lado había un bote de miel vacía.
- Tengo un problema, doctor -le dijo la mofeta
- Mmmhh -murmuró el oso
- Siempre estoy cansada. ¿Qué puedo hacer?
El oso abrió un ojo y la miró. Una mofeta siempre es algo peligroso. Tendría que quitársela de encima cuanto antes. Recorrió la vista por el claro donde se encontraban y hasta dar con lo que buscaba.
- ¿Ves esas bayas violetas de ahí? -le preguntó a la mofeta
- Sí, pero ... -comenzó a replicar esta
- Si quieres que se te pase el cansancio para siempre, tendrás que tomarte una en cada comida.
Y tras decir eso, se echó a dormir.
La mofeta exclamó:
- ¡Pero es que están muy altas para mí!¿Cómo las voy a coger?
Y el oso, medio dormido, respondió:
- Pues tendrás que trabajar
Y, sin que le oyera la mofeta, farfulló:
- No hay nada como el trabajo para curar el cansancio, querida.
El doctor sabía mucho.
- Solo verte me cansa -le decía la mofeta en ocasiones.
La ardilla no respondía nada, pues sentía que no tenía tiempo ni para charlas ociosas. Las ardillas son muy laboriosas.
- ¿No podrías sentarte un poco conmigo? Me mareas. ¿Cuántas veces has pasado ya por aquí?
La ardilla se molestó con el comentario y dió una patada a una ramita. La ramita voló por los aires y fue a golpear una gran rama de un árbol. El arbol era un pino y una de sus piñas ya estaba a punto de caer. El temblor que provocó la ramita que había tirado la ardilla fue suficiente: la piña se cayó en el suelo, asustando a un pájarito que andaba por allí buscando gusanillos. El pajarito alzó a volar sin apenas ver a dónde iba y en su vuelo agitado casi golpeó al señor búo, que dormía mansamente en una rama. Y el señor búo se despertó, sobresaltado, como todo aquel que se despierta de repente.
El señor búo era muy sabio y rápidamente entendió lo que estaba pasando. Voló hasta posarse enfrente de la mofeta, pero no muy cerca por si acaso la mofeta decidía aromatizarle.
- Deberías ir a ver al doctor -le dijo el búo con severidad
- ¿Para qué? -preguntó la mofeta con desgana
- No es normal ese cansancio que tienes -por un momento temió que su tono hubiera sido demasiado agresivo.
- Deberías ver al doctor, te lo digo por tu bien -le dijo con más dulzura
No quería ofender a la mofeta, a la que nadie quiere por enemigo.
- ¿Qué doctor hay en este bosque? -preguntó la otra.
- Ahora tenemos a uno de los hijos del oso dedicado a la medicina. Se pasa la mayor parte durmiendo o comiendo miel, pero tiene buenas ideas. Yo fui por un problema de olfato y enseguida me curó
- ¿Te falla el olfato, señor búo? Tal vez deberías probar con algo fuerte
El búo levantó vuelo enseguida. La mofeta se rió y luego se levantó. Iría a ver al doctor.
El oso estaba vestido con una bata blanca bastante sucia y apenas la miró cuando llegó. Dormitaba bajo el árbol. A su lado había un bote de miel vacía.
- Tengo un problema, doctor -le dijo la mofeta
- Mmmhh -murmuró el oso
- Siempre estoy cansada. ¿Qué puedo hacer?
El oso abrió un ojo y la miró. Una mofeta siempre es algo peligroso. Tendría que quitársela de encima cuanto antes. Recorrió la vista por el claro donde se encontraban y hasta dar con lo que buscaba.
- ¿Ves esas bayas violetas de ahí? -le preguntó a la mofeta
- Sí, pero ... -comenzó a replicar esta
- Si quieres que se te pase el cansancio para siempre, tendrás que tomarte una en cada comida.
Y tras decir eso, se echó a dormir.
La mofeta exclamó:
- ¡Pero es que están muy altas para mí!¿Cómo las voy a coger?
Y el oso, medio dormido, respondió:
- Pues tendrás que trabajar
Y, sin que le oyera la mofeta, farfulló:
- No hay nada como el trabajo para curar el cansancio, querida.
El doctor sabía mucho.
miércoles, 2 de abril de 2014
Amaba a una zorra
Y literalmente. Ella tenía una cola peluda y una mirada traviesa. Nos encontramos cuando los dos andábamos detrás de la misma presa. Era una de mis primeras cazerías, pero no de las suyas.
Enseguida nos comprendimos mutuamente. Dicen que era por la primavera. No lo sé. Solo sé que de repente caí bajo sus encantos. Y que ya no veía más que con sus ojos.
Aquella fue la primera de muchas noches que para mí serían inolvidables. ¡Ella sabía tantas cosas! Era mucho mayor que yo y aquella no era ni con mucho la primera de sus aventuras amorosas. Pero para mí sí lo era.
Primer amor.
Primavera.
Noches largas por la intensidad, cortas para todo lo que hacíamos. Buscábamos lugares apartados. Ella a veces decía no poder más, pero solo era para instigarme a perseguirla, para cobrar nuevas fuerzas.
Y la naturaleza siguió su curso. Quedó embarazada. Los machos de mi raza no suelen preocuparse mucho del embarazo, pero aquello no iba conmigo. Veía como su vientre se abultaba cada vez más. Me preocupaba y a la vez me llenaba de alegría. ¿Iría bien el parto? Ella ya había sido madre en anteriores ocasiones (ya he comentado que tenía mucha más experiencia que yo) pero siempre había riesgos. El señor búo la fue a visitar en una ocasión siguiendo mis ruegos. Le prometí que no le mordería ni intentaría comérmelo, mientras que negarse a visitarla le supondría mi odio eterno.
Y, quien me ha visto, sabe que puedo odiar de una forma sutil, perseverante e imprevista. No conviene tenerme de enemigo.
El búo me dijo que todo iba bien, que cejara de preocuparme.
Con todo, cazaba para ella para que no tuviera que moverse mucho de la madriguera. El tiempo se acercaba. Tenía miedo por ella y por los pequeños. ¿Iría todo bien?
Por las noches hacía guardia frente a la madriguera y estaba atento a cualquier pequeño deseo que pudiera tener la futura madre.
- Tengo sed -me decía a veces
Yo entonces le traía agua del río en un viejo cubo que había encontrado.
Una noche me quedé dormido durante la guardia. ¡Estaba tan cansado!
A la mañana siguiente, me despertó ella.
- Buenos días, papá -me dijo dulcemente
¡Allí estaban mis hijos! Era una camada de pequeños seres medio ciegos que no hacía más que buscar las ubres de su madre.
Pero ella y no ya nunca volvimos a estar como antes. Aquel saludo "buenos días, papá" fue la última cosa dulce que me dijo. Su carácter se agrió conmigo y, a medida que los pequeños crecían, se dejaba ver más y más con otros zorros que pasaban por allí alguna vez. Yo me quedaba cuidando de los pequeños.
- Tienen hambre. ¿Dónde has estado? -le pregunté cuando volvió tardísimo una noche.
Pero ella no se dignó ni a contestarme. En realidad, no hacía falta porque yo ya sabía la respuesta.
Que a quien amaba era a una zorra.
Y que me había hecho padre de seis maravillosas criaturas.
¡Padre! ¡yo!
Enseguida nos comprendimos mutuamente. Dicen que era por la primavera. No lo sé. Solo sé que de repente caí bajo sus encantos. Y que ya no veía más que con sus ojos.
Aquella fue la primera de muchas noches que para mí serían inolvidables. ¡Ella sabía tantas cosas! Era mucho mayor que yo y aquella no era ni con mucho la primera de sus aventuras amorosas. Pero para mí sí lo era.
Primer amor.
Primavera.
Noches largas por la intensidad, cortas para todo lo que hacíamos. Buscábamos lugares apartados. Ella a veces decía no poder más, pero solo era para instigarme a perseguirla, para cobrar nuevas fuerzas.
Y la naturaleza siguió su curso. Quedó embarazada. Los machos de mi raza no suelen preocuparse mucho del embarazo, pero aquello no iba conmigo. Veía como su vientre se abultaba cada vez más. Me preocupaba y a la vez me llenaba de alegría. ¿Iría bien el parto? Ella ya había sido madre en anteriores ocasiones (ya he comentado que tenía mucha más experiencia que yo) pero siempre había riesgos. El señor búo la fue a visitar en una ocasión siguiendo mis ruegos. Le prometí que no le mordería ni intentaría comérmelo, mientras que negarse a visitarla le supondría mi odio eterno.
Y, quien me ha visto, sabe que puedo odiar de una forma sutil, perseverante e imprevista. No conviene tenerme de enemigo.
El búo me dijo que todo iba bien, que cejara de preocuparme.
Con todo, cazaba para ella para que no tuviera que moverse mucho de la madriguera. El tiempo se acercaba. Tenía miedo por ella y por los pequeños. ¿Iría todo bien?
Por las noches hacía guardia frente a la madriguera y estaba atento a cualquier pequeño deseo que pudiera tener la futura madre.
- Tengo sed -me decía a veces
Yo entonces le traía agua del río en un viejo cubo que había encontrado.
Una noche me quedé dormido durante la guardia. ¡Estaba tan cansado!
A la mañana siguiente, me despertó ella.
- Buenos días, papá -me dijo dulcemente
¡Allí estaban mis hijos! Era una camada de pequeños seres medio ciegos que no hacía más que buscar las ubres de su madre.
Pero ella y no ya nunca volvimos a estar como antes. Aquel saludo "buenos días, papá" fue la última cosa dulce que me dijo. Su carácter se agrió conmigo y, a medida que los pequeños crecían, se dejaba ver más y más con otros zorros que pasaban por allí alguna vez. Yo me quedaba cuidando de los pequeños.
- Tienen hambre. ¿Dónde has estado? -le pregunté cuando volvió tardísimo una noche.
Pero ella no se dignó ni a contestarme. En realidad, no hacía falta porque yo ya sabía la respuesta.
Que a quien amaba era a una zorra.
Y que me había hecho padre de seis maravillosas criaturas.
¡Padre! ¡yo!
martes, 1 de abril de 2014
la planta trepadora
En los bordes de la selva nació un día una plantita. Como no estaba del todo en la parte soleada, pues le costaba un poco llegar a la luz. Había muchas otras plantas alrededor, muchas tan jóvenes como ella, y todas querían un poquito de sol para crecer. Los primeros días siempre eran los peores para las plantitas de la selva, pues entonces tenían que pegar un gran estirón y esperar que bastara para llegar al sol.
Nuestra plantita había pegado el estirón y sacado dos hojas. ¡Dos hojas! Con cuidado las había colocado de tal forma que les llegara la luz, casi directa, durante una hora al día.
El tallo de nuestra plantita era delicado y gentil, casi traslúcido al sol. La nervadura de sus hojas infantil, tierna, alegre.
Nuestra plantita creía que podría llegar, que sobreviviría y se convertiría en una gran planta. Y, quien sabe, tal vez en un árbol, un gran árbol de la selva donde los pájaros podrián anidar. Y tal vez, algún día, la copa del árbol que quería llegar a ser se alzaría sobre el resto de otros árboles y podría contemplar el sol cara a cara. Y, lo mejor de todo, por ella la selva avanzaría un poco más, ampliaría sus fronteras. Sería una pionera. ¡Cuántos sueños para la vida!
Cuando comenzó a surgir el capullo de la tercera hoja de la planta pasó algo inusual. Justo a sus pies aparecieron dos hojitas con una forma inusual. Bajo ellas se veían unos tallos nuevos que no eran ni tan esbeltos ni delicados como los de la plantita. ¿Qué podía ser aquel recién llegado? ¿Sobreviviría a los rigores de la selva?
Casi sintió compasión por ella. Pero al día siguiente la pequeña plantita que había salido a sus pies le agarró el tallo con sus ramas. ¡Era una trepadora! Hasta los grandes árboles las temían, pues una vez que comenzaban a trepar ya no había nada que las parara. ¿Qué posibilidades tenía nuestra plantita?
La trepadora hizo honor a su nombre. Poco a poco fue enrollándose alrededor de la plantita. Sus hojas pronto la cubrieron hasta que ni siquiera las hojitas de la plantita pudieron sentir la luz del sol.
La plantita comenzó a morir. La trepadora, dándose cuenta de la languidez que asaltaba a su huésped, se agarró a la primera planta cercana y comenzó a trepar por ella. Pero la nueva huésped no pudo soportar el peso de la crecida trepadora y cayó al suelo con ella. Murió la planta, pero la trepadora siguió buscando más vidas que someter para así poder vivir, aunque sin acordarse de la primera plantita que le había prestado primero el apoyo.
Aquella, sin embargo, también sobrevivió, pues la caída de la trepadora había liberado sus hojas. Y fue una planta que creció hasta llegar a ser un gran árbol en el que los pájaros anidaban. No pudo superar en altura a ninguno de sus congéneres, pero ya no le importó. El susto que se había llevado con la trepadura le quitó cualquier deseo de soñar. Lo único que decía a todo aquel que quisiera escucharla era: "Estoy viva".
Nuestra plantita había pegado el estirón y sacado dos hojas. ¡Dos hojas! Con cuidado las había colocado de tal forma que les llegara la luz, casi directa, durante una hora al día.
El tallo de nuestra plantita era delicado y gentil, casi traslúcido al sol. La nervadura de sus hojas infantil, tierna, alegre.
Nuestra plantita creía que podría llegar, que sobreviviría y se convertiría en una gran planta. Y, quien sabe, tal vez en un árbol, un gran árbol de la selva donde los pájaros podrián anidar. Y tal vez, algún día, la copa del árbol que quería llegar a ser se alzaría sobre el resto de otros árboles y podría contemplar el sol cara a cara. Y, lo mejor de todo, por ella la selva avanzaría un poco más, ampliaría sus fronteras. Sería una pionera. ¡Cuántos sueños para la vida!
Cuando comenzó a surgir el capullo de la tercera hoja de la planta pasó algo inusual. Justo a sus pies aparecieron dos hojitas con una forma inusual. Bajo ellas se veían unos tallos nuevos que no eran ni tan esbeltos ni delicados como los de la plantita. ¿Qué podía ser aquel recién llegado? ¿Sobreviviría a los rigores de la selva?
Casi sintió compasión por ella. Pero al día siguiente la pequeña plantita que había salido a sus pies le agarró el tallo con sus ramas. ¡Era una trepadora! Hasta los grandes árboles las temían, pues una vez que comenzaban a trepar ya no había nada que las parara. ¿Qué posibilidades tenía nuestra plantita?
La trepadora hizo honor a su nombre. Poco a poco fue enrollándose alrededor de la plantita. Sus hojas pronto la cubrieron hasta que ni siquiera las hojitas de la plantita pudieron sentir la luz del sol.
La plantita comenzó a morir. La trepadora, dándose cuenta de la languidez que asaltaba a su huésped, se agarró a la primera planta cercana y comenzó a trepar por ella. Pero la nueva huésped no pudo soportar el peso de la crecida trepadora y cayó al suelo con ella. Murió la planta, pero la trepadora siguió buscando más vidas que someter para así poder vivir, aunque sin acordarse de la primera plantita que le había prestado primero el apoyo.
Aquella, sin embargo, también sobrevivió, pues la caída de la trepadora había liberado sus hojas. Y fue una planta que creció hasta llegar a ser un gran árbol en el que los pájaros anidaban. No pudo superar en altura a ninguno de sus congéneres, pero ya no le importó. El susto que se había llevado con la trepadura le quitó cualquier deseo de soñar. Lo único que decía a todo aquel que quisiera escucharla era: "Estoy viva".
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