Érase una vez una familia de cisnes. Ocurrió que tras la primavera la mamá cisne se sintió un día un poco más pesada y dijo:
- Cariño, creo que estoy embarazada
Papá cisne se alegró y se preocupó. Se alegró porque no había cosa que más le gustara que jugar con los pequeños cisnes. Ya habían tenido antes muchos hijos y no había ninguno con el que no se divirtiera.
Pero también se preocupó, porque los patos habían proliferado mucho en el lago y la comida podía escasear, sobre todo con unas cuantas bocas más a las que alimentar.
Papá cisne decidió no pensar en cosas negativas y en preocuparse solo por lo que trajera el día. Era uno de los consejos más antiguos de la naturaleza, pero con mucha facilidad lo olvidaba.
- Es estupendo, mamá cisne -dijo, recalcando la palabra "mamá".
Y mamá cisne se sintió feliz.
Cuando llego el tiempo, dio a luz cinco maravillosos huevos. Cinco era uno más de los cuatro que solía tener.
- Debe de ser por parte de mi bisabuela, que dicen que siempre tuvo las mayores anidadas del pantano -le explicó a su marido a la mañana siguiente.
- ¿Te has fijado en lo distinto que es uno de ellos? -preguntó él preocupado
Y en verdad uno de los huevos tenía unas extrañas líneas cruzándolo.
- Ese será un artista -sentenció la madre
Cuando se acercó el tiempo de la ruptura de los huevos, el padre estaba muy ansioso. No había día que no interrogara a su mujer sobre el estado de los pequeños:
- ¿Hoy?
Y ella sonreía y le decía:
- Todavía no. No seas impaciente. Pero los siento moverse cuando hablas.
- Papá está aquí... -canturreó el padre
Pero la madre no le dijo que había un huevo donde no había movimiento. Justamente en aquel huevo extraño, en el del "artista". No quería preocupar a su marido. Ella, por su parte, se temía lo peor. Pero lo guardaba para sí.
- Soy la mamá de cinco pequeños -se repetía incesantemente.
Una mañana soleada los huevos comenzaron a romperse. De ellos salieron pequeños cisnes con plumas feas, torpes y gritones. Eran tan pequeños y delicados que su padre temía que una ráfaga de viento los tumbara.
Sin embargo, hubo un huevo que no rompió aquel día. Era el del artista. Su padre lo miró preocupado.
- ¿Por qué crees que no ha roto ya? ¿Estará bien?
Lo cogió con el pico y lo hizo rodar un poquito por la colina.
- Lo que necesita es un pequeño empujón -le explicó a la madre, que lo miraba angustiada.
Por su parte, los pequeños cisnes, cuando vieron como su padre hacía rodar el huevo de su hermano, se pusieron todos a graznar alarmados y corrieron hacia donde estaba el huevo, rodeándolo con sus cuerpecitos.
- ¡Que yo no voy a hacerle nada! -se defendió el padre
El día se nubló de repente. Se acercaba una tormenta. Y fue aquel el momento que el último huevo escogió para romperse. En realidad, solo se rompió un poquito. El ser que había dentro apenas tenía fuerza para quitar toda la cáscara que lo rodeaba.
En seguida su madre lo ayudó. Los hermanitos miraban atentos al último en llegar.
Del huevo salió un pequeño cisne pero... de color negro. Una parte de su cara parecía diferente y un ojo no se le abría. Además, una de sus patas parecía torcida en un extraño ángulo.
La madre comenzó a acariciarle con el pico y los hermanos corrieron hacia él. Pero el padre se quedó durante un instante mirándole, asustado, com incapaz de comprender lo que veían sus ojos.
Entonces el cisne negro, con su ojito tuerto y su cojera, se escapó del abrazo de su madre y fue hasta su padre. Luego se subió sobre uno de sus pies.
El padre ya no dudó más.
- ¡Hijo mío! -exclamó.
Y comenzó a jugar con él.
De todos sus hijos, aquel cisne negro, feo y débil, fue siempre su preferido. Y ya nunca tuvo que preocuparse más por el futuro. El día a día le traía suficiente trabajo... y felicidad.
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