lunes, 14 de abril de 2014

el señor viento está cansado

Un día el señor viento se dijo: "esto no es vida, siempre estoy de acá para allá. Yo necesito unas vacaciones". Así que se fue a ver al sol y le contó su problema.
- Mmhh- murmuró el sol, pensando en alguna respuesta que sonara a inteligente
- Pero date prisa, que con este calor no puedo aguantar
- Si tienes calor, vete a donde está la señora mar. Ella siempre tiene un toque refrescante. Cada día, me gusta verme en ella.
El sol era muy presumido y le encantaba mirarse en el espejo del mar.
- Pero antes, ¿no podrías darme una respuesta? Realmente estoy cansado de correr de un lado a otro -insistió el viento, sintiendo que el calor del sol le abrasaba.
- A mí me gusta mucho la señora mar. Cada vez que podemos, estamos juntos. Ella me da agua y yo le doy calor. Somos una pareja perfecta -dijo el sol, que ya había tomado carrerilla.
- ¿Alguna idea para mi problema? -volvió a insistir el viento
- Claro que por las noches no sé qué hace. Creo que se pone de cotilleo con la señora luna. Y yo me pregunto, ¿de qué hablarán? ¿tú sabes de qué pueden hablar?
Pero el viento, cansado de esperar una respuesta, se marchó.
"Será el más viejo de todos, pero eso no lo convierte en el más sabio", pensó.
Cuando llegó al mar, esta le dijo:
- Hoy llegas más temprano de lo habitual, querido -le dijo con coquetería
- Tengo un problema y el sol me dijo que tú podrías ayudarme -respondió el viento
- ¿El sol? ¿Ese viejo papanatas? Bastante tengo con verlo cada día. Con él todo va a los extremos: o demasiado cerca y caluroso o demasiado nublado y frío. Aunque es verdad que a veces formamos bonitos colores, aún aguantando a las presuntuosas.
El viento no quiso preguntar a quién se refería con lo de las presuntuosas. Antes prefería exponer su problema.
- El caso es que estoy cansado de correr de un lado a otro. Y me gustaría tomarme unas vacacaciones. ¿Tú qué piensas?
- Bueno, querido. Todos hemos tenido ese pensamiento alguna vez, pero nadie ha podido ponerlo en práctica. Excepto las presuntuosas, claro, pero no creo que quieras hablar con ellas.
- ¿Quiénes son las presuntuosas? -preguntó el viento con resignación
- ¡Pues las nubes, quién si no! -exclamó la mar, sorprendida y salpicando agua y espuma.
Así que el viento se fue a ver a las presuntuosas. Pero por el camino pasó por encima de una pequeña isla donde antes solían congregarse unos pájaros muy bonitos. Pero la raza humana había extinguido aquella especie, y hoy solo había una hierba muy verde y un silencio sobrecogedor. La isla ya no estaba habitada por nadie.
No era la primera vez que el viento pasaba por allí. Pero la tranquilidad de la isla la cautivó en aquel día de tristeza. Así que se acercó más y más, hasta rozar las puntas de la hierba verde y salvaje que cubría toda la pequeña isla. Los guijarros más pequeños de las playas se dejaron mover un poco. Sintió cosquillas en la barriga por la hierba. Y la hierba sintió un tenue tiroń vertical, como una caricia fuerte e imprevista.
Y al viento le gustó tanto que se hizo amigo de la hierba verde y, cada vez que podía, pasaba por allí a dejarse acariciar y a sentir la soledad y la suave melancolía de un tiempo que se iba, volaba con él y se perdíia en el infinito del olvido.
Y olvidó tomar vacacines. Siguió corriendo, pero tenía donde respirar. Feliz.

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