Había una vez un camello que era muy muy feo. Hasta su propia madre no encontraba nada que decir sobre su hijo.
Por otro lado, era un camello muy tranquilo y, como la gran mayoría de los camellos, con un gran sentido práctico. Viendo que su presencia molestaba tanto a otros y, por tanto, a él mismo le terminaba molestando, optó por irse a la parte más perdida del desierto. El desierto donde vivían los camellos era grande e inhóspito, pero en muchas partes se podía transitar y, con un poco de suerte, hallar algún oasis. Pero en el corazón del desierto no había ni agua, ni vegetación, ni animales ni personas. Hasta las rocas parecían sufrir bajo el inclemente sol y el frío polar que reinaba por las noches.
Y fue allí donde nuestro camello decidió hacerse un hogar. Entre unos grandes peñascos caídos se hizo su alcoba. Durante el día caminaba por los alrededores.
Para calmar la sed y el hambre le bastaba un pequeño charco que de tanto en tanto se humedecía y alrededor del cual crecían unas plantas raquíticas. El camello masticaba la arena húmeda y comía algunas plantas, pero siempre con cuidado para dejar alguna para el día o la semana siguiente.
Era una vida dura, pero el camello se adaptó a ella. Cada mañana veía amanecer y se extasiaba sintiendo toda la distancia que le separaba de cualquier otro ser vivo. Nadie vería su mandíbula torcida, su tercera giba, su pelo desmarañado, sus huesos hundidos en el cráneo. Tan solo el sol, el viento del desierto, la arena y... la soledad.
Así pasaron los años. Un día los hombres construyeron una carretera por aquel lugar. Pero apenas era transitada y no perturbó demasiado los hábitos del camello.
Con todo, un día le tocó morir. Sentía que en poco tiempo vería al Creador, el mismo que nunca podría sentir repugnancia por el rostro que Él mismo había hecho. Así que se acurrucó en su pequeña cueva y esperó con tranquilidad.
Cuando ya los ojos se le cerraban y sentía que aquella sería su última noche, un gran cuervo del desierto se posó en la entrada de su cueva.
Era un mensajero del Hacedor, pues su color era blanco. Atardecía y el sol bañaba de un sobrenatural color naranja al ave.
- Muero acompañado -dijo el camello, sintiéndose agradecido.
El cuervo blanco le respondió:
- Nunca estuviste solo. Has vivido la soledad de la creación y, como ella, te vas con muchos amigos.
Después de esto, el camello cerró los ojos y durmió para siempre.
El cuervo blanco levantó el vuelo. Hacia el sol.
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