viernes, 11 de abril de 2014

la costurera de Dios

Había una vez una viuda que vivía en el barrio más pobre de una gran ciudad. Y, entre los pobres, era difícil encontrar a alguien que fuera más pobre que ella. Los vecinos hacían lo que podían para sustentarla, pues muchos recordaban las bondades que la viuda había tenido con ellos cuando eran jóvenes, y querían devolverle el favor. Y, en verdad, la viuda siempre había sido una persona querida en el barrio. Cada vez que tenía un poco de dinero, lo gastaba en caramelos para los niños; eso, si era día festivo. Que si no compraba un libro y lo sorteaba entre ellos.
Pero los años no habían sido bondadosos con ella. La vejez llegaba en un poco a poco en el que le dolía todo el cuerpo, la artritis le hacía casi imposible andar y veía con dificultad.
En su juventud, la viuda había sido costurera; nunca hizo ninguna gran prenda, pero sabía manejar la aguja y el hilo. Sin embargo, en su vejez la falta de vista y sus manos temblorosas no le dejaban atinar con las prendas. Con todo, los vecinos a veces le encargaban que reparara algún cosido para hacerla sentir dentro de la comunidad.
En  los barrios pobres se forman comunidades con mucha facilidad, al contrario que en los ricos. Y los niños, aunque estén privados de muchas cosas, suelen tener infancias muy ricas.
La viuda cosía con placer, y a veces regalaba jerseys por navidad. Los jerseys eran de colores indefinidos, casi siempre de un pardo-verduzco sucio, pues la viuda solo podía utilizar telas viejas. Como no veía bien, unas mangas eran siempre más largas que otras, el cuello distaba mucho de ser simétrico y.... en fin, hacía jerseys que nadie se ponía. Pero los vecinos le aceptaban el regalo, faltaba más.
A veces la viuda se extrañaba porque no veía que sus jerseys se utilizaran. Entonces preguntaba:
- ¿Y el jersey que te regalé? ¿Ya no te lo pones?
Y todos los interpelados respondían cosas similares a esta: "Pero si me lo puse ayer, ¿no se acuerda? Es uno de mis jerseys favoritos" o, los más osados, "¡Pero si lo llevo puesto ahora mismo, doña Margarita! Tiene que cuidarse esa vista"
Entonces la viuda callaba y sonreía torpemente mientras decía:
- No sé yo qué hacer con estos ojos, hijo mío, que apenas veo nada.
Un día la vieja tuvo un sueño extraño. En el sueño estaba rodeada de ángeles, pero todos estaban castañeando de frío. La viuda quería darles algo de ropa, pero no encontraba por ninguna parte. Los ángeles eran hermosos y delicados. Apenas podían hablar entre si por el fío polar que hacía. Entonces aparecía un señor en escena; tenía pelos largos, era moreno y su cara presentaba una pequeña barba rizada. Con él llevaba una caja. De allí empezó a sacar prendas para que los ángeles se vistieran. Pero, ¡oh, sorpresa! eran los jerseys de la viuda. Y en el sueño la viuda era capaz de ver todas las imperfecciones de las prendas, pero eso no parecía molestar a los serafines. Al contrario, sus caras se calentaban y estaban tan contentos que reían y cantaban sin parar.
Entonces el joven de la barba sacó un último jersey de la caja. De todos los jerseys aquel era el peor hecho; una manga era tan corta que parecía la de una camiseta. La otra era tan larga como la trompa de un elefante. El cuello se alargaba como un tirante. Y los colores de la prenda eran, por así decirlo, nauseabundos. Pero el joven se puso aquel jersey y, entonces, se le iluminó la cara, como si alguien le hubiera dado un abrazo muy grande.
Como un gran te quiero.
Entonces se volvió a ella y le dijo:
- Gracias, Margarita

Aquella noche la viuda murió. Los vecinos la querían y lloraron su pérdida, pero no demasiado. Porque la difunta sonreía en su última hora.

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