En el desván de la vieja casa hacía mucho que no entraba nadie. Y tampoco es que en el resto del inmueble hubiera mucho movimiento: que ya la pareja hacía años que pertenecía al "club de la tercera edad". Sus dos hijos apenas iban a verlos porque, la verdad, los viejos ya no tenían nada que ofrecerles.
Al desván llegaron dos animales insospechados: un corderito y un escorpión. Nadie sabe cómo ni cuándo se habían hecho amigos, ni tampoco cómo habían hecho para entrar en el desván sin que nadie se diera cuenta. ¿De dónde se había escapado el cordero? ¿De qué desierto venía el escorpión?
El desván estaba en lo alto de la casa. Pero como esta se apoyaba sobre una colina, una de las ventanas del desván estaba tan solo un poco más alta que el suelo. Por allí se escapaba de vez en cuando el corderito para tener algo que comer. Pero por las noches volvía al desván y tenía largas conversaciones con el escorpión.
El escorpión se llamaba Rogelio y no era bicho de muchas palabras. Era un escorpión muy presumido y... pero digamos algo del sombrero.
Siempre que se sentaban a hablar había entre ellos un sombrero viejo y ajado, puntiagudo y gris. A los dos les gustaba la presencia del sombrero y sentían que dentro había algo de magia. Por eso mismo, se cuidaban mucho de moverlo o de hacer nada con él. Tan solo hablaban con él delante, sintiendo su presencia como se siente la presencia de un viejo amigo.
- Me pregunto cómo se verá el mundo cuando todo el mundo te tiene miedo -le confesó una noche el cordero Sebastián a su amigo Rogelio
- Es muy fácil: todos te odian y te matan en cuanto tienen oportunidad
- Al menos no te comen. Tres de mis hermanos acabaron en la mesa de un gran señor. ¿Puedes tú contarme otro tanto?
El escorpión no dijo nada sino que se acomodó un poco más en el calcetín sobre el que siempre se sentaba.
- ¿Y si me pusiera una cola como la tuya? La gente podría pensar que es venenosa y...
- Te matarían a la mejor de cambio. Ni siquiera esperarían a tener una excusa -le interrumpió Rogelio.
De repente comenzó a soplar el viento. Una ráfaga movió la cortina que cubría la ventana. Y la cortina se enredó con una escultura que había en lo alto de un estante. La escultura se cayó sobre una maceta llena de tierra, y la maceta con la tierra se cayó sobre el... sombrero.
Rápidamente el cordero lo recogió dispuesto a ponerlo otra vez en su sitio, pero no se fijó que el escorpión, con el susto, se había subido de un salto sobre el sombrero. Al inclinar la cabeza para colocar el sombrero bien, su amigo el escorpión Rogelio le cayó sobre el cuello. La presencia de un cuerpo tan caliente y la agitación que parecía haber hecho presa del desván durante unos instantes fueron más fuertes que todos sus instintos, y sin quererlo ni desearlo le clavó su cola al cordero, inyectándole el veneno.
El veneno actuó tan rápido que el cordero apenas tuvo tiempo de decir nada.
Y el escorpión se quedó allí, sintiéndose muy desdichado y velando el cadáver. Como no tenía lágrimas con las que llorar a su amigo, se murió de pura presión sentimental.
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