Había una vez una señora ratita que era muy presumida. Esto quiere decir que no paraba de mirarse en el espejo y de preguntarse cosas cómo "¿estoy así mejor? ¿o tal vez así?". Su marido era una rata mucho mayor, el médico del barrio, apreciada entre los vecinos. Se había casado con la ratita tras sentirse fuertemente enamorado hacia ella. Ella parecía contener todo lo que a él le había sido negado o ya le quedaba demasiado lejos: alegría con una alta dosis de frivolidad, despreocupamiento y juventud. El doctor era un médico muy serio que todo lo analizaba con los ojos de la ciencia.
- Pero vamos a ver, señora mofeta. Si a usted no le duele nada, ¿por qué ha venido hasta la consulta? No lo entiendo. Si no fuera usted tan mayor creería que se ha enamorado. Pero no, apenas se tiene usted en pie y me está dos horas en la sala de espera. Creáme que habría querido atenderla antes, pero todos los que estaban antes que usted tenían cita conmigo y, por tanto, prioridad.
Eso decía aquella mañana el doctor, mientras su señora ratita estaba en casa, frente al espejo, y se preguntaba "¿así estoy más guapa?".
- Es que no me queda nadie con quien hablar, doctor. Y usted siempre es tan atento conmigo ... -se excusaba la señora mofeta
El doctor se echaba a reír un poco.
- Lo que yo decía, ¡se enamorado usted y nada menos que de su doctor!
Entonces la señora mofeta también se rió.
- Pero mire que yo ya estoy casado. Tendrá que buscarse a otro joven para sus galanteos.
El doctor estaba lejos de ser joven o de sentirse como tal. A la vieja señora mofeta le gustaba estar con él, como a muchos de sus pacientes. Se sentía cómoda.
Mientras tanto, por la puerta trasera de la casa del doctor se escabulló la ratita presumida. La esperaba su galán, una joven rata que había conocido una semana antes en una fiesta nocturna.
- ¿Por qué me miras así? -le preguntó la ratita, al ver la cara espantada del galán- ¿Ya no te parezco bonita?
El galán no supo que responder. Tan solo sonrió tontamente.
- Ya sé que hoy no me he puesto maquillaje. Quería probar un look más natural. Como el tuyo. ¿No somos acaso ratas, todos nosotros? ¿para qué disimular? ¿Y no te parezco más bonita?
- Diferente -consiguió articular el otro
- Eso es porque ahora tengo personalidad. ¿Dónde vamos hoy?
Pero el galán se inventó una excusa de última hora y se largó de allí rápidamente, dejando a la ratita triste y apesadumbrada.
Por la tarde el doctor volvió a su casa. Siempre se apresuraba para entrar en su estudio antes que hablar con su señora, pues hacía mucho que la distancia que había entre los dos le pesaba, así como el silencio que poco a poco se había impuesto entre ellos.
Pero aquel día la ratita estaba llorando en el salón. El doctor se dejó llevar por la compasión y, yendo hasta ella, comenzó a acariciarle la cabeza suavemente.
- ¡Mírame! ¿No te parezco horrible? Hoy no me he puesto maquillaje -dijo la ratita entre lágrimas.
Pero el doctor respondió:
- Sin todas esas cremas y entre esas lágrimas brilla la ratita de la que me enamoré. ¿No crees que ya hemos estado lejos el tiempo suficiente?
Entonces ella se echó a sus brazos, llorando:
- Juntos... -le susurró en la vieja oreja del doctor.
y desde aquel día así estuvieron, juntos, y ya no hubo problema que los superara.
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