Cuando David (David pero deivid, vamos, en yankilandia) salio ese día de su casa, no imaginaba que su vida iba a cambiar en solo un día. Y allí está él, un niño de unos 8 años caminando como un solitario por las calles del barrio residencial estadounidense. Vamos, aburriéndose y pensando en el siguiente plan para ganarse un castigo como Dios manda...¿qué castigo? Digamos algo más sobre Deivid.
Deivid no tenía ningún padre alcohólico ni ninguna madre depresiva. Su hermana mayor no era especialmente cruel.
Pero Daivid se aburría. Sus padres eran lo más corrientes que había hecho la sociedad americana en sus últimos años. Por eso Daivid se inventaba travesuras con las que recibir castigos adecuados. Pero no tenía suerte, sus padres eran... especiales para ser exageradamente pacientes.
Cuando rompió el televisor tirando del cable con saña, pese a los gritos de advertencia de sus padres, en medio de la cena y ante la presencia de "granpa"... bueno, pues su padre, después de emitir un suspiro estúpido, tan solo había dicho "Bueno, en el fondo tampoco nos hacía falta".
Y cuando metió en la lavadora los balines de su escopeta de juguete y así se atascó el filtro, se rompió el motor y cosas que hicieron al técnico mirar a su madre como si viera a un fantasma... y aún confesando su culpa, a su madre no se le ocurrió otra cosa que decir más que "pero te queremos, baby".
Y cuando publicó en internet el diario de su adorable hermanita, ésta no supo más que agradecérselo. "Eres el mejor, hermanito, ahora Robert ha sabido lo que me gustaba... ¡y hoy se me ha declarado!"
¿En qué familia de locos le había tocado vivir?
Sin embargo, la noche anterior había sucedido algo diferente. Cuando todos creían que él estaba dormido, se había levantado y había bajado al salón. Era extraño, pero no había nadie en la casa. Y entonces descubrió que la chimenea que siempre estaba rota ya no estaba en su lugar, se había movido. Y donde antes estuviera ahora había una puerta con unas escaleras que daban a un sótano oscuro. Se coló por las escaleras y las bajó con cuidado. Le parecía oír murmullos allí abajo, ¿qué podía ser? En el último recodo asomó la cabeza y lo que vio le llenó de asombro.
Sus padres y su hermanita estaban sentados en torno a un bolso negro. A veces hablaban entre sí en una lengua extraña y apenas murmurando. El bolso negro era viejo, estaba raído y desgastado.
viernes, 31 de enero de 2014
jueves, 30 de enero de 2014
la nieve en el garaje
Un día pasó algo inesperado. Estaba dentro del garaje, montando unas piezas para la televisión, jugando con el tubo catódico, los tornillos del espectrum y los frenos de la bicicleta, cuando de repente un escalofrío recorrió mi cuerpo. Y entonces miré por encima de las cajas que se amontonaban en la mesa. Esas cajas que van cogiendo cada vez más sitio en el garaje, antaño un lugar cómodo y espaciado, hoy apenas un mal trastero estrecho y oscuro. Las cajas no solo se habían hecho con el control de la mesa, sino también con el del armario. Allí antes había habido sacos de dormir, raquetas, mantas viejas, una tienda de campaña, maderamen para estanterías, cables sueltos y piezas de coche, llaves hexagonales y tetradimensionales... pero un día la cajas llegaron allí. Empezaron por la zona más alta del armario, aquella a la que hacía años que nadie metía mano. Y luego fueron bajando poco a poco, hasta hacerse con el control de toda la estructura. Había sido aquel su primer avance serio en el garaje y desde allí se habían expandido por otras partes. Pero aquel era su núcleo, de alguna forma, y no había quién se atreviera a meter mano allí.
- Niños, en esa parte ni se entra. Y, si es posible, ni se comenta -les decía a mis hijos.
Y cuando lo hacía me esforzaba por aparentar un tono despreocupado, casi bromista. Si sospecharan en mí cualquier cosa parecida al temor, enseguida querrían retarlo y hacer la trastada que más podía disgustarme. Pequeños diablillos.
En la parte alta del armario las cajas se habían ennegrecido. Un extraño hubiera dicho que era debido a la humedad, pero yo sabía que era porque allí se concentraba el control de aquel naciente imperio. Un día me echarían del garaje, y más adelante tocaría la casa. Y tal vez la calle, la ciudad, el país... ¿quién sabe hasta dónde puede llegar su ambición? Lo que no contaba era con el método que iban a utilizar.
Cuando levanté mi vista sobre las cajas de la mesa, me pareció que estas aguantaban la risa a duras penas. Y es que en la parte alta del armario, allí donde antes las cajas se amontonaban ennegrecidas, ahora había... una nube. Una nube ominosa, si alguna vez hubo alguna. Una nube cargada de mala idea y de mala leche, que son dos primos hermanos.
Poco a poco se extendieron por todo el garaje. Y al momento comenzó a nevar. La nieve caía copiosa sobre mis herramientas y mis gafas se empañaron por el frío. Pero no me di por vencido. No quería abandonar el lugar así que me tiré encima una de las mantas viejas que servía de almohadón y seguí trabajando, como si nada hubiera sucedido. Pero podía sentir que las cajas no se iban a dar por vencidas, podía sentir la tensión que reinaba entre ellas y la emoción ante la posibilidad de reducir a su primer enemigo: yo.
La visibilidad era escasa. En una ocasión me descubrí destornilleándome el dedo gordo. El frío lo había vuelto insensible y todo estaba perdido de sangre.
- ¡Volveré! -rugí con toda la cólera que fui capaz de acumular.
Y me marché corriendo a la cocina a curarme la herida. Pero cuando volví -apenas habían pasado cinco minutos- me encontré conque la puerta estaba cerrada. Habían conseguido echarme. Pegando el oído a la puerta, me pareció sentir que estaban de fiesta: su primera gran victoria en la casa.
Esa noche me acosté en silencio. Mi mujer debió de ver mi cara de pocos amigos porque tampoco me dijo nada. Pero yo tenía ganas de llorar. Sobre todo cuando descubrí que en el armario, debajo de mi pijama, había una caja.
Acechando. Era la vanguardia.
- Niños, en esa parte ni se entra. Y, si es posible, ni se comenta -les decía a mis hijos.
Y cuando lo hacía me esforzaba por aparentar un tono despreocupado, casi bromista. Si sospecharan en mí cualquier cosa parecida al temor, enseguida querrían retarlo y hacer la trastada que más podía disgustarme. Pequeños diablillos.
En la parte alta del armario las cajas se habían ennegrecido. Un extraño hubiera dicho que era debido a la humedad, pero yo sabía que era porque allí se concentraba el control de aquel naciente imperio. Un día me echarían del garaje, y más adelante tocaría la casa. Y tal vez la calle, la ciudad, el país... ¿quién sabe hasta dónde puede llegar su ambición? Lo que no contaba era con el método que iban a utilizar.
Cuando levanté mi vista sobre las cajas de la mesa, me pareció que estas aguantaban la risa a duras penas. Y es que en la parte alta del armario, allí donde antes las cajas se amontonaban ennegrecidas, ahora había... una nube. Una nube ominosa, si alguna vez hubo alguna. Una nube cargada de mala idea y de mala leche, que son dos primos hermanos.
Poco a poco se extendieron por todo el garaje. Y al momento comenzó a nevar. La nieve caía copiosa sobre mis herramientas y mis gafas se empañaron por el frío. Pero no me di por vencido. No quería abandonar el lugar así que me tiré encima una de las mantas viejas que servía de almohadón y seguí trabajando, como si nada hubiera sucedido. Pero podía sentir que las cajas no se iban a dar por vencidas, podía sentir la tensión que reinaba entre ellas y la emoción ante la posibilidad de reducir a su primer enemigo: yo.
La visibilidad era escasa. En una ocasión me descubrí destornilleándome el dedo gordo. El frío lo había vuelto insensible y todo estaba perdido de sangre.
- ¡Volveré! -rugí con toda la cólera que fui capaz de acumular.
Y me marché corriendo a la cocina a curarme la herida. Pero cuando volví -apenas habían pasado cinco minutos- me encontré conque la puerta estaba cerrada. Habían conseguido echarme. Pegando el oído a la puerta, me pareció sentir que estaban de fiesta: su primera gran victoria en la casa.
Esa noche me acosté en silencio. Mi mujer debió de ver mi cara de pocos amigos porque tampoco me dijo nada. Pero yo tenía ganas de llorar. Sobre todo cuando descubrí que en el armario, debajo de mi pijama, había una caja.
Acechando. Era la vanguardia.
martes, 28 de enero de 2014
el señor cronómetro
el señor cronómetro siempre tenía prisa.
- ¿Pero qué te pasa? Si todavía quedan quince minutos para que empiece el colegio -le decía su mamá, la señora minutejo.
- Me recuerda a mi abuelo cuenta atrás
- ¿También tenía prisa? -preguntó la señora minutejo
- Prisa... pero siempre llegaba tarde, no importaba lo pronto que saliera.
- ¡Por eso yo tengo que irme ya! -decía cronómetro.
Y se iba al colegio. Cuando entraba por los pasillos todos le miraban; tenía ese color negro plástico y dos grandes botones en la cabeza, además de una gran pantalla sobre la que relucían los números que no hacían más que correr.
- ¡Ahí está el cabezón del cronómetro! -decía su archienemigo el reloj de sol, que con aquella nariz tan larga se las daba de superior.
Lo peor era que a cronómetro le daba la impresión de que todos pensaban como él. Y le dolía. Pero el malestar se le fue al momento cuando pasó cerca de la más guapa de todo el edificio, la señorita reloj de arena. Había en ella algo muy sensual, una especie de espera calculada, un desgranarse lenta pero constantemente que hacía que los números del cronómetro tuvieran aún más prisa por llegar.
- ¿Cómo vamos? -le preguntó su único amigo, el reloj musical, cuando se encontró con él en la taquilla.
- Con prisa, con prisa -respondió el cronómetro. ¿Con quién tenemos clase? -preguntó
- Imagínate... lo peor -le respondió su amiguete con aire dramático.
Aquello solo podía significar clase de náutica interestelar con el peor de todos los profesores, el más duro e inflexible, aquel al que nadie había visto sonreír y del que se sospechaba que andaba a deshora, el peor de los pecados. Se trataba de su altísima majestad y reverencia el reloj de cuco, más conocido como Don Cucú.
Cronómetro se sentó antes que ningún otro en su mesa. Al rato llegaron sus compañeros y, por último, Don Cucú. Se hizo un silencio dramático con su entrada. Y aunque ya habían dado las horas, pasó lo más inésperado.
Mientras el maestro les miraba con desprecio, la puertecita de su frente se abrió y por allí salió su aliado, dispuesto a dar el Cucú con el que martirizaba a los alumnos. Pero no en aquella ocasión, pues cuando el pajarito salió al aire dispuesto a pregonar las verdades del control sobre el tiempo, abrió la boca y desplegó las alas pero... no pasó nada. De su garganta no salió ningún sonido. Estaba afónico.
Y entonces cronómetro se rió. No pudo reprimirse, ¿cómo hacerlo ante la cara de fastidio que había puesto don Cucú? Se rió, pero fue el único en hacerlo. Un gran silencio reinaba en toda la clase. Entonces el temido profesor se volvió hacia él y...
- ¡Pero vas a despertar de una vez! -era su padre, quien le zarandeaba en la mesa del desayuno. Se había quedado dormido mientras comía. Pero a su alrededor no había caras enfadadas, sino que su madre le miraba con felicidad y lágrimas en los ojos, mientras su padre sonreía tiernamente.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó él.
- Hoy, hijo mío, por fin vas a llegar tarde al colegio. Estoy orgulloso de ti.
- ¿Pero qué te pasa? Si todavía quedan quince minutos para que empiece el colegio -le decía su mamá, la señora minutejo.
- Me recuerda a mi abuelo cuenta atrás
- ¿También tenía prisa? -preguntó la señora minutejo
- Prisa... pero siempre llegaba tarde, no importaba lo pronto que saliera.
- ¡Por eso yo tengo que irme ya! -decía cronómetro.
Y se iba al colegio. Cuando entraba por los pasillos todos le miraban; tenía ese color negro plástico y dos grandes botones en la cabeza, además de una gran pantalla sobre la que relucían los números que no hacían más que correr.
- ¡Ahí está el cabezón del cronómetro! -decía su archienemigo el reloj de sol, que con aquella nariz tan larga se las daba de superior.
Lo peor era que a cronómetro le daba la impresión de que todos pensaban como él. Y le dolía. Pero el malestar se le fue al momento cuando pasó cerca de la más guapa de todo el edificio, la señorita reloj de arena. Había en ella algo muy sensual, una especie de espera calculada, un desgranarse lenta pero constantemente que hacía que los números del cronómetro tuvieran aún más prisa por llegar.
- ¿Cómo vamos? -le preguntó su único amigo, el reloj musical, cuando se encontró con él en la taquilla.
- Con prisa, con prisa -respondió el cronómetro. ¿Con quién tenemos clase? -preguntó
- Imagínate... lo peor -le respondió su amiguete con aire dramático.
Aquello solo podía significar clase de náutica interestelar con el peor de todos los profesores, el más duro e inflexible, aquel al que nadie había visto sonreír y del que se sospechaba que andaba a deshora, el peor de los pecados. Se trataba de su altísima majestad y reverencia el reloj de cuco, más conocido como Don Cucú.
Cronómetro se sentó antes que ningún otro en su mesa. Al rato llegaron sus compañeros y, por último, Don Cucú. Se hizo un silencio dramático con su entrada. Y aunque ya habían dado las horas, pasó lo más inésperado.
Mientras el maestro les miraba con desprecio, la puertecita de su frente se abrió y por allí salió su aliado, dispuesto a dar el Cucú con el que martirizaba a los alumnos. Pero no en aquella ocasión, pues cuando el pajarito salió al aire dispuesto a pregonar las verdades del control sobre el tiempo, abrió la boca y desplegó las alas pero... no pasó nada. De su garganta no salió ningún sonido. Estaba afónico.
Y entonces cronómetro se rió. No pudo reprimirse, ¿cómo hacerlo ante la cara de fastidio que había puesto don Cucú? Se rió, pero fue el único en hacerlo. Un gran silencio reinaba en toda la clase. Entonces el temido profesor se volvió hacia él y...
- ¡Pero vas a despertar de una vez! -era su padre, quien le zarandeaba en la mesa del desayuno. Se había quedado dormido mientras comía. Pero a su alrededor no había caras enfadadas, sino que su madre le miraba con felicidad y lágrimas en los ojos, mientras su padre sonreía tiernamente.
- ¿Qué ha pasado? -preguntó él.
- Hoy, hijo mío, por fin vas a llegar tarde al colegio. Estoy orgulloso de ti.
lunes, 27 de enero de 2014
la flor del espino II
Así que la mujer, desairada por la poca hombría que mostraba su marido, comenzó a traer cada vez más buenos amigos a casa. Lo que ella quería es que su hombre cogiera una escopeta y arreglara las cosas con valentía.
Pero el otro la dejaba hacer.
La mujer, harta, exigió un divorcio en la que ella era la parte afectada, psicológicamente afectada. El juez la compadeció y, aprovechando que su futuro ex-marido no quería dar ninguna guerra, el abogado consiguió que se quedara con el piso. El coche fue a parar al hombre, pero al volver de los juzgados descubrió que se lo habían robado.
El cúmulo de desgracias se cebaba en el hombrecito que un día había sido oficinista de pequeñas oficinas.
En el barrio lo conocían, porque aunque ya no vivía allí -ahora la que había sido su mujer vivía en el piso con el primo del abogado, que había sido un gay reconocido hasta que la encontró a ella y... pero esa es otra historia- ...decíamos que no vivía en la casa pero sí en el parque. Frente al árbol que tenía su planta querida nuestro protagonista se sentaba y dejaba pasar las horas.
Pronto su aspecto fue el de un mendigo; había olvidado ducharse, no se cambiaba de ropa y apenas hablaba con sus familiares y amigos que, desesperados, alguna vez lo habían obligado a comportarse de forma normal. Pero él siempre volvía a aquel lugar como un fantasma desvaído que viviera a los pies de aquel árbol.
Y así pasó el tiempo. La planta trepadora se secaba a ojos vista, pero esto no preocupaba a nuestro hombrecito. Las ramitas y las hojas que se caían de aquella las recolectaba con cuidado y se las metía en el bolsillo.
Una noche cayó una gran tormenta de verano sobre la ciudad. Los truenos se oían tan cercanos que hasta asustaban. Nadie quería estar afuera con aquel tiempo, nadie... menos el oficinista que seguía sentado en un banco del parque, indiferente al agua que surcaba su demacrado rostro.
Incluso su ex-mujer sintió algo parecido a la pena al verle desde la ventana del salón.
- Está loco -le susurró su actual marido por detrás.
Y ella se dio la vuelta. No quería ver más.
Aquella noche la tormenta continuó, pero poco antes de amanecer amainó y un espléndido sol comenzó a dibujarse sobre el cielo de la ciudad. Era Sábado y unos niños fueron al parque a jugar. Y entonces descubrieron dos cosas increíbles que habían sucedido: sobre el agujero del árbol, la planta trepadora, fea y con espinas, había dado una pequeña flor que se abría a la mañana. Y sobre el banco de enfrente había un hombre tumbado, el oficinista. Los niños descubrieron que estaba muerto.
- ¡Hay que avisar a la policía! -gritó uno
Y mientras todos corrían a buscar a un adulto, el más pequeño de ellos sintió más curiosidad que miedo. Miró el rostro del difunto: en él se dibujaba una amable sonrisa llena de esperanza.
Y él también sonrió.
Pero el otro la dejaba hacer.
La mujer, harta, exigió un divorcio en la que ella era la parte afectada, psicológicamente afectada. El juez la compadeció y, aprovechando que su futuro ex-marido no quería dar ninguna guerra, el abogado consiguió que se quedara con el piso. El coche fue a parar al hombre, pero al volver de los juzgados descubrió que se lo habían robado.
El cúmulo de desgracias se cebaba en el hombrecito que un día había sido oficinista de pequeñas oficinas.
En el barrio lo conocían, porque aunque ya no vivía allí -ahora la que había sido su mujer vivía en el piso con el primo del abogado, que había sido un gay reconocido hasta que la encontró a ella y... pero esa es otra historia- ...decíamos que no vivía en la casa pero sí en el parque. Frente al árbol que tenía su planta querida nuestro protagonista se sentaba y dejaba pasar las horas.
Pronto su aspecto fue el de un mendigo; había olvidado ducharse, no se cambiaba de ropa y apenas hablaba con sus familiares y amigos que, desesperados, alguna vez lo habían obligado a comportarse de forma normal. Pero él siempre volvía a aquel lugar como un fantasma desvaído que viviera a los pies de aquel árbol.
Y así pasó el tiempo. La planta trepadora se secaba a ojos vista, pero esto no preocupaba a nuestro hombrecito. Las ramitas y las hojas que se caían de aquella las recolectaba con cuidado y se las metía en el bolsillo.
Una noche cayó una gran tormenta de verano sobre la ciudad. Los truenos se oían tan cercanos que hasta asustaban. Nadie quería estar afuera con aquel tiempo, nadie... menos el oficinista que seguía sentado en un banco del parque, indiferente al agua que surcaba su demacrado rostro.
Incluso su ex-mujer sintió algo parecido a la pena al verle desde la ventana del salón.
- Está loco -le susurró su actual marido por detrás.
Y ella se dio la vuelta. No quería ver más.
Aquella noche la tormenta continuó, pero poco antes de amanecer amainó y un espléndido sol comenzó a dibujarse sobre el cielo de la ciudad. Era Sábado y unos niños fueron al parque a jugar. Y entonces descubrieron dos cosas increíbles que habían sucedido: sobre el agujero del árbol, la planta trepadora, fea y con espinas, había dado una pequeña flor que se abría a la mañana. Y sobre el banco de enfrente había un hombre tumbado, el oficinista. Los niños descubrieron que estaba muerto.
- ¡Hay que avisar a la policía! -gritó uno
Y mientras todos corrían a buscar a un adulto, el más pequeño de ellos sintió más curiosidad que miedo. Miró el rostro del difunto: en él se dibujaba una amable sonrisa llena de esperanza.
Y él también sonrió.
viernes, 24 de enero de 2014
la flor del espino
Había una vez... una joven pareja. Se habían conocido hacía solo unos meses, coincideron en un museo, se pusieron a hablar y, voila!, surgió algo que terminó en boda. Todo era como en un sueño: consiguieron una casita en la zona residencial de la ciudad. Era una casa adosada similar a todas las demás, pero a ellos les encantó. Los vecinos también eran muy simpáticos y de mente abierta, dispuestos a aceptar entre ellos a una famosa locutora de radio y a su marido, de profesión... oficinista.
Enfrente de la casa había un parque; en el parque, un árbol seco que el ayuntamiento aún no se decidía a quitar (en realidad, un importante concejal tenía mucho cariño a tal árbol y hacía lo posible y lo impositble para que no lo talaran ... pero eso es otra historia). Curiosamente, en uno de los agujeros del árbol -tenía bastantes y una corteza como un pergamino seco y antiguo- crecía una pequeña zarza. Un día el marido oficinista se fijó en ella; la planta no medía más que un palmo, pero se aferraba a su agujero y, dado que estaba más bien alta, escapaba de las travesuras de los niños que vivían en el barrio de casas adosadas.
Las cosas habían empezado a pedir de boca para la pareja, pero la suerte se les acabó. Un día, el oficinista perdió el trabajo. No fue que lo perdiera de vista y que luego no lo encontrara, sino que le hicieron llamar a la gran oficina -y no una pequeña, como la que él tenía- y allí, sin mirarle a los ojos y clavando la mirada en no sé qué papeles, números y crisis económica, le animaron a buscarse otro empleo.
En casa la mujer, lejos de compadecerle, le recriminó no haber plantado guerra y haber pedido una indemnización mayor. La actitud de su mujer le defraudó y, sin saber qué responderle, se sentó en una silla frente a la ventana. Desde allí se veía el parque, y en el parque se veía el árbol y, sobre todo, el pequeño espino que crecía en uno de sus agujeros. Algo inspiró en él la simpatía por aquella pequeña planta luchadora, y esbozó una sonrisa.
Cuando la mujer volvió al salón para proseguir la discusión, se encontró conque su marido no solo no respondía a sus argumentos, sino que además tenía la desfachatez de sonreir sosegadamente.
Las cosas fueron de mal en peor. Por lo menos para él. Porque ella consiguió un puesto más elevado en la radio, donde no hacía falta ni hablar sino mandar sobre los otros y cobrar su sueldo. Él visitaba muchas oficinas y se ofrecía como experto en oficinas pequeñas, pero nnadie le quería. Les parecía demasiado poco ambicioso. Y cuando volvía a casa después de patearse una buena parte de la ciudad, le gustaba sentarse frente a la ventana y mirar aquella pequeña planta.
La mujer volvía cansada del trabajo, pero no encontraba en su marido más que una vaga silueta de un hombre, un vaho que se sentaba en el salón y sonreía levemente mientras miraba algún punto de afuera. Cuando le preguntaba qué hacía o qué miraba, él le respondía con suavidad:
- Nada
La mujer no aguantaba más a su marido el oficinista de pequeñas oficinas. Y comenzó a invitar a muchos amigos a su casa, a tener grandes fiestas. En una ocasión estaba besando a uno de aquellos buenísimos amigos cuando distinguió una sombra en el sofá: era su marido. Antes de que ella pudiera decir nada, aquel le sonrió levemente y se marchó del cuarto.
Enfrente de la casa había un parque; en el parque, un árbol seco que el ayuntamiento aún no se decidía a quitar (en realidad, un importante concejal tenía mucho cariño a tal árbol y hacía lo posible y lo impositble para que no lo talaran ... pero eso es otra historia). Curiosamente, en uno de los agujeros del árbol -tenía bastantes y una corteza como un pergamino seco y antiguo- crecía una pequeña zarza. Un día el marido oficinista se fijó en ella; la planta no medía más que un palmo, pero se aferraba a su agujero y, dado que estaba más bien alta, escapaba de las travesuras de los niños que vivían en el barrio de casas adosadas.
Las cosas habían empezado a pedir de boca para la pareja, pero la suerte se les acabó. Un día, el oficinista perdió el trabajo. No fue que lo perdiera de vista y que luego no lo encontrara, sino que le hicieron llamar a la gran oficina -y no una pequeña, como la que él tenía- y allí, sin mirarle a los ojos y clavando la mirada en no sé qué papeles, números y crisis económica, le animaron a buscarse otro empleo.
En casa la mujer, lejos de compadecerle, le recriminó no haber plantado guerra y haber pedido una indemnización mayor. La actitud de su mujer le defraudó y, sin saber qué responderle, se sentó en una silla frente a la ventana. Desde allí se veía el parque, y en el parque se veía el árbol y, sobre todo, el pequeño espino que crecía en uno de sus agujeros. Algo inspiró en él la simpatía por aquella pequeña planta luchadora, y esbozó una sonrisa.
Cuando la mujer volvió al salón para proseguir la discusión, se encontró conque su marido no solo no respondía a sus argumentos, sino que además tenía la desfachatez de sonreir sosegadamente.
Las cosas fueron de mal en peor. Por lo menos para él. Porque ella consiguió un puesto más elevado en la radio, donde no hacía falta ni hablar sino mandar sobre los otros y cobrar su sueldo. Él visitaba muchas oficinas y se ofrecía como experto en oficinas pequeñas, pero nnadie le quería. Les parecía demasiado poco ambicioso. Y cuando volvía a casa después de patearse una buena parte de la ciudad, le gustaba sentarse frente a la ventana y mirar aquella pequeña planta.
La mujer volvía cansada del trabajo, pero no encontraba en su marido más que una vaga silueta de un hombre, un vaho que se sentaba en el salón y sonreía levemente mientras miraba algún punto de afuera. Cuando le preguntaba qué hacía o qué miraba, él le respondía con suavidad:
- Nada
La mujer no aguantaba más a su marido el oficinista de pequeñas oficinas. Y comenzó a invitar a muchos amigos a su casa, a tener grandes fiestas. En una ocasión estaba besando a uno de aquellos buenísimos amigos cuando distinguió una sombra en el sofá: era su marido. Antes de que ella pudiera decir nada, aquel le sonrió levemente y se marchó del cuarto.
miércoles, 22 de enero de 2014
toallas de colores
Tan pronto como dejaron las toallas en la mesa, estas se sintieron incómodas. Había toallas de todos los colores, pero todas tenían el mismo tamaño: azules, naranjas, violetas, verdes, rosas, amarillas... venían de una tienda muy seria y por eso ninguna tenía más motivo que el del propio color.
Entre las toallas había una que no tenía etiqueta. Era algo de lo que se avorganzaba mucho.
- ¿Qué tal está mi etiqueta? -preguntó una toalla rosa a otra amarilla -Anoche me colocaron mal y hoy creo que tiene un extraño doblado.
La otra toalla le respondió con tono dulce y luego se volvió hacia la toalla verde, que era la que no tenía etiqueta:
- ¿Y cómo va tu etiqueta hoy? -preguntó con hipócrito interés. En realidad, sospechaba que la verde no tenía etiqueta, pues nunca hablaba de ella y apenas intervenía en las conversaciones.
Sobre la mesa había también un pisapapeles con forma de calabaza. En realidad, se trataba de una piedra tallada y pintada para que pareciera una calabaza. El señor pisapapeles-calabaza ya se había fijado muchas veces en las toallas que colocaban sobre la mesa y, como estaba en edad de casarse y era un pisapapeles valeroso y honrado, decidió que alguna de aquellas podría ser su esposa.
- Me preguntaba ... -comenzó a decir.
Pero las toallas no le dejaron continuar. Con risitas tontas y murmullos comenzaron a azorarse. Las que estaban más abajo, sintieron sofoco. Y las de más arriba, escalofríos. Tan solo una toalla no participó del arrobo general: la toallita verde sin etiqueta.
El señor calabaza-pisapapeles, que era muy observador, se dio cuenta de su silencio y, dirigiéndose a ella, le preguntó:
- ¿Querría usted ver conmigo las estrellas esta noche?
Las otras toallas se quedaron pasmadas y se pusieron a gritar y protestar por la osadía del señor calabaza-pisapapeles.
Pero la toalla verde se sintió contenta, solo que le dio mucha vergüenza contestar y por eso dijo "sí" tan bajito que nadie la oyó, ni siquera el señor calabaza-pisapapeles. Pero de la vergüenza se le subió el color rojo, que junto con el verde suyo natural resultó en un gris malicento.
Cuando llegaron a recoger las toallas, vieron que allí había una gris donde todas eran de colores. Además, no tenía etiqueta:
- ¿Quién ha metido este trapo aquí? -preguntó la sirvienta.
Y con un gesto rápido separó la toalla de las demás y la tiró sobre la mesa. Así fue como cayó sobre el señor calabaza-pisapapeles.
Podeís imaginaros qué contento se puso.
Y esa noche, cuando ya todos dormían, la antigua toalla verde escuchó como el señor calabaza-pisapapeles le decía los nombres de las constelaciones que se veían por la ventana.
Y le gustó ser un trapo gris sin etiqueta.
Entre las toallas había una que no tenía etiqueta. Era algo de lo que se avorganzaba mucho.
- ¿Qué tal está mi etiqueta? -preguntó una toalla rosa a otra amarilla -Anoche me colocaron mal y hoy creo que tiene un extraño doblado.
La otra toalla le respondió con tono dulce y luego se volvió hacia la toalla verde, que era la que no tenía etiqueta:
- ¿Y cómo va tu etiqueta hoy? -preguntó con hipócrito interés. En realidad, sospechaba que la verde no tenía etiqueta, pues nunca hablaba de ella y apenas intervenía en las conversaciones.
Sobre la mesa había también un pisapapeles con forma de calabaza. En realidad, se trataba de una piedra tallada y pintada para que pareciera una calabaza. El señor pisapapeles-calabaza ya se había fijado muchas veces en las toallas que colocaban sobre la mesa y, como estaba en edad de casarse y era un pisapapeles valeroso y honrado, decidió que alguna de aquellas podría ser su esposa.
- Me preguntaba ... -comenzó a decir.
Pero las toallas no le dejaron continuar. Con risitas tontas y murmullos comenzaron a azorarse. Las que estaban más abajo, sintieron sofoco. Y las de más arriba, escalofríos. Tan solo una toalla no participó del arrobo general: la toallita verde sin etiqueta.
El señor calabaza-pisapapeles, que era muy observador, se dio cuenta de su silencio y, dirigiéndose a ella, le preguntó:
- ¿Querría usted ver conmigo las estrellas esta noche?
Las otras toallas se quedaron pasmadas y se pusieron a gritar y protestar por la osadía del señor calabaza-pisapapeles.
Pero la toalla verde se sintió contenta, solo que le dio mucha vergüenza contestar y por eso dijo "sí" tan bajito que nadie la oyó, ni siquera el señor calabaza-pisapapeles. Pero de la vergüenza se le subió el color rojo, que junto con el verde suyo natural resultó en un gris malicento.
Cuando llegaron a recoger las toallas, vieron que allí había una gris donde todas eran de colores. Además, no tenía etiqueta:
- ¿Quién ha metido este trapo aquí? -preguntó la sirvienta.
Y con un gesto rápido separó la toalla de las demás y la tiró sobre la mesa. Así fue como cayó sobre el señor calabaza-pisapapeles.
Podeís imaginaros qué contento se puso.
Y esa noche, cuando ya todos dormían, la antigua toalla verde escuchó como el señor calabaza-pisapapeles le decía los nombres de las constelaciones que se veían por la ventana.
Y le gustó ser un trapo gris sin etiqueta.
lunes, 20 de enero de 2014
kitty odia el rosa
En el mundo donde los cuentos se hacen realidad, vivía la gata kitty. Vivía en una casa separada de los demás. Una casa rosa, por supuesto. Un caminito rosa llegaba hasta la puerta. La puerta era rosa. Las plantas eran rosas. ¡Hasta el césped!
Un día llegó allí un nuevo juguete que acababan de inventar en europa. Como muchos otros, quería conocer a la famosa de "hello, kitty", así que fue hasta el lugar.
Un guardia de seguridad estaba a la puerta para evitar que los curiosos se colaran. El guardia era un muñeco manga de un cómic que se había vendido muy mal en su época. Pero aquel trabajo le gustaba porque tenía un motivo para empuñar su tacana.
- Me gustaría entrar a ver a la señorita.
El guardia solo le miró y empuñó su catana, dispuesto a rebanarle la garganta a Fred, que asi se llamaba nuestro héroe.
Así que Fred, que en el mundo real había sido construído para simular a un backpacker, uno de esos jóvenes con la mochila al hombro que recorren el mundo y después creen haber visto algo nuevo y sabroso... por eso Fred contaba con una encantadora sonrisa, una piel plástica bien morena, el torso flaco y musculado, una cuerda y una pequeña brújula, sin duda porque sus creadores no sabían qué más ponerle...
Decíamos que Fred se encontró desilusionado, pero eso no le hizo perder la sonrisa. Sin que lo viera el guardia, dio la vuelta al jardín. Una gran valla rosa rodeaba toda la parcela. Temiendo que, al otro lado de la valla, las flores de color rosa fueran rosas reales y que tuvieran espinas, Fred decidió esperar a la noche en el país de los juguetes plásticos, no fuera que cayera entre espinas, gritara y le descubrieran.
Inspeccionó un poco más el lugar y dio con un magnífico árbol con una de sus ramas entrando en el recinto prohibido. Se sentó en el tronco del árbol y allí se durmió esperando la noche.
Cuando despertó no se oía ningún ruído pues apenas hay animales en el país de los juguetes de plástico. Gracias a la rama del árbol pudo aterrizar sano y salvo al otro lado de la valla. Una rosa le pinchó en el culete, pero logró aguantarse las ganas de gritar.
Se arrastró hasta la casa por el césped rosa, abrió la puerta rosa de la cocina y caminó por el suelo rosa que daba hasta un parquet de color rosa. ¿Dónde estaría hello kitty? ¿Se habría puesto ya el camisón? No quería sorprenderla en un momento íntimo. Claro que había irrumpido en su casa, pero contaba con su encantadora sonrisa para solventar cualquier problema que eso pudiera causar.
Cuando llegó a la última habitación, su corazón le latía tan fuerte que temía que se le fuera a ir corriendo por la escalera roja hacia abajo. Abrió poco a poco la puerta y allí, leyendo en la cama tranquilamente, estaba la gran, la famosa, la rosísima "hello kitty". Sin embargo, había algo peculiar, algo inesperado... y es que todo el cuarto estaba embadurnado con barro, un barro oscuro, marrón y hediondo que brillaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Solo la cama daba atistbos de rosa en alguna que otra parte, pero donde quiera que no tocaba a la princesa, el barro dominaba. Tan sorprendido se quedó Fred que, sin querer, hizo un pequeño ruído con la puerta
- ¿Quién eres? -preguntó Hello kitty, aunque no parecía asustada. Tenía una cabeza mayor de la que Fred se había imaginado. Era muy guapa.
- Acabo de llegar al país. Quería verte. Pero...
- ¿Por qué está todo embadurnado de barro? Así estoy más cómoda, es la única forma de librarme un poco de ese maldito color.
- ¿Maldito color? -dijo él, incrédulo
- Odio el rosa - dijo Hello Kitty
Un día llegó allí un nuevo juguete que acababan de inventar en europa. Como muchos otros, quería conocer a la famosa de "hello, kitty", así que fue hasta el lugar.
Un guardia de seguridad estaba a la puerta para evitar que los curiosos se colaran. El guardia era un muñeco manga de un cómic que se había vendido muy mal en su época. Pero aquel trabajo le gustaba porque tenía un motivo para empuñar su tacana.
- Me gustaría entrar a ver a la señorita.
El guardia solo le miró y empuñó su catana, dispuesto a rebanarle la garganta a Fred, que asi se llamaba nuestro héroe.
Así que Fred, que en el mundo real había sido construído para simular a un backpacker, uno de esos jóvenes con la mochila al hombro que recorren el mundo y después creen haber visto algo nuevo y sabroso... por eso Fred contaba con una encantadora sonrisa, una piel plástica bien morena, el torso flaco y musculado, una cuerda y una pequeña brújula, sin duda porque sus creadores no sabían qué más ponerle...
Decíamos que Fred se encontró desilusionado, pero eso no le hizo perder la sonrisa. Sin que lo viera el guardia, dio la vuelta al jardín. Una gran valla rosa rodeaba toda la parcela. Temiendo que, al otro lado de la valla, las flores de color rosa fueran rosas reales y que tuvieran espinas, Fred decidió esperar a la noche en el país de los juguetes plásticos, no fuera que cayera entre espinas, gritara y le descubrieran.
Inspeccionó un poco más el lugar y dio con un magnífico árbol con una de sus ramas entrando en el recinto prohibido. Se sentó en el tronco del árbol y allí se durmió esperando la noche.
Cuando despertó no se oía ningún ruído pues apenas hay animales en el país de los juguetes de plástico. Gracias a la rama del árbol pudo aterrizar sano y salvo al otro lado de la valla. Una rosa le pinchó en el culete, pero logró aguantarse las ganas de gritar.
Se arrastró hasta la casa por el césped rosa, abrió la puerta rosa de la cocina y caminó por el suelo rosa que daba hasta un parquet de color rosa. ¿Dónde estaría hello kitty? ¿Se habría puesto ya el camisón? No quería sorprenderla en un momento íntimo. Claro que había irrumpido en su casa, pero contaba con su encantadora sonrisa para solventar cualquier problema que eso pudiera causar.
Cuando llegó a la última habitación, su corazón le latía tan fuerte que temía que se le fuera a ir corriendo por la escalera roja hacia abajo. Abrió poco a poco la puerta y allí, leyendo en la cama tranquilamente, estaba la gran, la famosa, la rosísima "hello kitty". Sin embargo, había algo peculiar, algo inesperado... y es que todo el cuarto estaba embadurnado con barro, un barro oscuro, marrón y hediondo que brillaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Solo la cama daba atistbos de rosa en alguna que otra parte, pero donde quiera que no tocaba a la princesa, el barro dominaba. Tan sorprendido se quedó Fred que, sin querer, hizo un pequeño ruído con la puerta
- ¿Quién eres? -preguntó Hello kitty, aunque no parecía asustada. Tenía una cabeza mayor de la que Fred se había imaginado. Era muy guapa.
- Acabo de llegar al país. Quería verte. Pero...
- ¿Por qué está todo embadurnado de barro? Así estoy más cómoda, es la única forma de librarme un poco de ese maldito color.
- ¿Maldito color? -dijo él, incrédulo
- Odio el rosa - dijo Hello Kitty
viernes, 17 de enero de 2014
Quince
Corren los segundos, ¿quién correrá más, el tiempo o los dedos? Las ideas se filtran
15... el soldado se llevó el gordo a la armada, por el camino el soldado iba por un ladito que no cabía, ¡no cabía!, y el gordo le contaba de sus penas, de aquel régimen que quería seguir. Se cayó a un pozo y ya no volvió, sino que llegó el
14... A los doce apóstoles les seguían siempre dos, dos enchufados con ganas de comerse el mundo, dos amigos de santiago y conocidos de Juan. Pero eran avariciosos. Uno gustaba de los negocios y se aprestaba a comerciar con más grano del que necesitaba.
13... rápido se fueron los simétricos. En el mundo de los simétricos nadie puede ser diferente, todos han de ser perfectos. El imperfecto no existe. Es un mundo aburrido para cualquiera que no sea simétrico. Tan ordenado como un reloj, tan previsible como él.
12... fueron las tortugas que se encontraron con once cangrejos rojos y uno anaranjado. El mar era azul, las tortugas verdes y musgosas. ¡Nademos un poco! Propusieron, pero los cangrejos dijeron no. Solo uno se lanzó: el anaranjado.
11... Los hermanos gemelos fueron separados a la fuerza, llevados cada uno al extremo del... pueblo. Todos sabían que eran hermanos gemelos, todos salvo ellos porque eran ciegos. Y se odiaban como solo se pueden odiar los que no se ven.
10... Juanito nunca conseguía buenas notas, las falseaba como podía. Pero ninguna le quedó mejor falseada que aquel estupendo diez con el que transformó la peor de sus notas. No era tonto ni perezoso, pero le gustaba tanto falsear sus exámenes que los hacía mal adrede.
9... La fuente solo funcionaba tres veces al año, y de cada vez salía el agua de un caño diferente, había tres caños. La vieja lo sabía y sentía en sus huesos cuándo había de ir a por agua. Era una especie e reuma. Hasta que un día murió y apareció el cazador por el lugar. En vez de su cuerpo encontró un charco....
8... Cuando Sebastián volvió del viaje, dijo que había estado en el infinito del mar, que se había caído del arcoiris y vivido una época en el complicado mundo de los dioses-culebra. Pero le habían querido casar con una que, decían, era una princesa
7.... Al coche negro un día decidieron pintarlo con siete colores. A los seis primeros, primarios y secundarios, con ellos no hubo problema. Pero, ¿habían de dejar el negro? Hasta que el más pequeño de la familia se propuso ir en busca del color inexisten....
6.... Corrió el balón de un lado a otro y al final lo enlazó en el gol el patán de la clase, aquel que nunca recibía balones porque era torpe, tonto y ciego. Pero estaba enamorado de Laurita, o doña Laura, como llamaban a la sesentona profesora.
5... Cuando se cayó en el pozo se encontró con un mundo increíble. El barro se transformó en miel, y el soldado se dedicó a apagar su sed con licor de mieles. Pero un día se le acabó la sed y supo que tenía que volver a salir.
4... Mirando al cielo en la cima de la montaña se encontraba el aguilucho. Mirando al cielo, en vez de a las presas que tenía que capturar y que correteaban por el suelo. Pero él quería morir, morir pronto, ¿cómo podría hacerlo? Y fue entonces que conoció al yeti.
3... Los tres hermanos se fueron cada uno a tierras distantes. Pero no volvieron a casa con ningún tesoro, sino con heridas que los mataban lentamente. Los tres se echaron a dormir, uno con la herida en la cabeza, otro en el brazo, otro en el vientre. Y el padre no sabía qué hacer.
2... El rico vivía en su palacio, así creían los demás, pero en realidad dormía sobre el suelo y apenas comía, su dinero personal era todo para obras de caridad. El pobre, en cambio, cuando llegaba a su casa se cambiaba de ropa, se perfumaba y llamaba a las prostitutas. Hasta que la misma niña creyó que ambos eran su padre.
1... Siempre era el último en llegar, hasta el día en que una cerilla prendió fuego a una rama, la rama al arbusto, el arbusto al bosque, y todo se quemó el día en el que él logró llegar a tiempo al cole, mientras el resto se quedaba en casa.
15... el soldado se llevó el gordo a la armada, por el camino el soldado iba por un ladito que no cabía, ¡no cabía!, y el gordo le contaba de sus penas, de aquel régimen que quería seguir. Se cayó a un pozo y ya no volvió, sino que llegó el
14... A los doce apóstoles les seguían siempre dos, dos enchufados con ganas de comerse el mundo, dos amigos de santiago y conocidos de Juan. Pero eran avariciosos. Uno gustaba de los negocios y se aprestaba a comerciar con más grano del que necesitaba.
13... rápido se fueron los simétricos. En el mundo de los simétricos nadie puede ser diferente, todos han de ser perfectos. El imperfecto no existe. Es un mundo aburrido para cualquiera que no sea simétrico. Tan ordenado como un reloj, tan previsible como él.
12... fueron las tortugas que se encontraron con once cangrejos rojos y uno anaranjado. El mar era azul, las tortugas verdes y musgosas. ¡Nademos un poco! Propusieron, pero los cangrejos dijeron no. Solo uno se lanzó: el anaranjado.
11... Los hermanos gemelos fueron separados a la fuerza, llevados cada uno al extremo del... pueblo. Todos sabían que eran hermanos gemelos, todos salvo ellos porque eran ciegos. Y se odiaban como solo se pueden odiar los que no se ven.
10... Juanito nunca conseguía buenas notas, las falseaba como podía. Pero ninguna le quedó mejor falseada que aquel estupendo diez con el que transformó la peor de sus notas. No era tonto ni perezoso, pero le gustaba tanto falsear sus exámenes que los hacía mal adrede.
9... La fuente solo funcionaba tres veces al año, y de cada vez salía el agua de un caño diferente, había tres caños. La vieja lo sabía y sentía en sus huesos cuándo había de ir a por agua. Era una especie e reuma. Hasta que un día murió y apareció el cazador por el lugar. En vez de su cuerpo encontró un charco....
8... Cuando Sebastián volvió del viaje, dijo que había estado en el infinito del mar, que se había caído del arcoiris y vivido una época en el complicado mundo de los dioses-culebra. Pero le habían querido casar con una que, decían, era una princesa
7.... Al coche negro un día decidieron pintarlo con siete colores. A los seis primeros, primarios y secundarios, con ellos no hubo problema. Pero, ¿habían de dejar el negro? Hasta que el más pequeño de la familia se propuso ir en busca del color inexisten....
6.... Corrió el balón de un lado a otro y al final lo enlazó en el gol el patán de la clase, aquel que nunca recibía balones porque era torpe, tonto y ciego. Pero estaba enamorado de Laurita, o doña Laura, como llamaban a la sesentona profesora.
5... Cuando se cayó en el pozo se encontró con un mundo increíble. El barro se transformó en miel, y el soldado se dedicó a apagar su sed con licor de mieles. Pero un día se le acabó la sed y supo que tenía que volver a salir.
4... Mirando al cielo en la cima de la montaña se encontraba el aguilucho. Mirando al cielo, en vez de a las presas que tenía que capturar y que correteaban por el suelo. Pero él quería morir, morir pronto, ¿cómo podría hacerlo? Y fue entonces que conoció al yeti.
3... Los tres hermanos se fueron cada uno a tierras distantes. Pero no volvieron a casa con ningún tesoro, sino con heridas que los mataban lentamente. Los tres se echaron a dormir, uno con la herida en la cabeza, otro en el brazo, otro en el vientre. Y el padre no sabía qué hacer.
2... El rico vivía en su palacio, así creían los demás, pero en realidad dormía sobre el suelo y apenas comía, su dinero personal era todo para obras de caridad. El pobre, en cambio, cuando llegaba a su casa se cambiaba de ropa, se perfumaba y llamaba a las prostitutas. Hasta que la misma niña creyó que ambos eran su padre.
1... Siempre era el último en llegar, hasta el día en que una cerilla prendió fuego a una rama, la rama al arbusto, el arbusto al bosque, y todo se quemó el día en el que él logró llegar a tiempo al cole, mientras el resto se quedaba en casa.
miércoles, 15 de enero de 2014
los zapatos del elefante VII (espero que final)
Parecía haber olvidado el enfado que antes tenía con el mono. Es más, empezaba a encontrar simpático al animalito.
- Mi familia siempre ha tenido un buen plumaje -dijo con orgullo
- ¿Y no cree que un collar podría combinar muy bien con él? No digo un collar cualquiera, claro. Para un color tan bonito como el que usted tiene, hace falta algo especial.
- ¿Usted cree? -preguntó el aguilucho con tono indeciso
- En cuanto terminemos con el sombrero del señor elefante, estaré con usted.
Pero el elefante se había quitado de mala gana el sombrero.
- Yo lo que quiero es cuero para que el señor topo... -comenzó a decir
- ¡Cuero! Pues claro que sí -le interrumpió el mono- aquí encontrará el mejor cuero del mundo. Si por algo somos conocidos los monos, es por la calidad de nuestro cuero. ¡No puede quedar defraudado! Por favor no se mueva de aquí. Y usted -dijo, dirigiéndose al aguilucho- haga el favor de acompañarme. Tengo algo que le puede gustar; o tal vez no a usted, pero le aseguro que los demás van a quedar EXTASIADOS cuando le vean.
Y así fue como el señor elefante se quedó solo en el bosquecito al lado del río. Le gustaba el frescor de aquellas sombras. Al lado del río crecían algunos helechos. Y en el agua nadaban pequeños pececillos de colores anaranjados. El cielo sin nubes presentaba un azul pálido que contrastaba con el oscuro pero intenso verde de la techumbre del bosquecillo.
El señor elefante se quitó los zapatos. Sus pies sintieron en todo su frescor la humedad de la tierra. Un escalofrío recorrió su enorme cuerpo. Después se puso a andar, siguiendo el rumbo de una suave brisa que, en aquel momento, recorría el bosquecillo.
Allí quedaron los zapatos, olvidados. Al rato volvió el mono con un gran sombrero de copa.
- ¡Señor elefante! -gritó, pero aquel ya estaba lejos.
Caminaba sin rumbo. Libre.
- Mi familia siempre ha tenido un buen plumaje -dijo con orgullo
- ¿Y no cree que un collar podría combinar muy bien con él? No digo un collar cualquiera, claro. Para un color tan bonito como el que usted tiene, hace falta algo especial.
- ¿Usted cree? -preguntó el aguilucho con tono indeciso
- En cuanto terminemos con el sombrero del señor elefante, estaré con usted.
Pero el elefante se había quitado de mala gana el sombrero.
- Yo lo que quiero es cuero para que el señor topo... -comenzó a decir
- ¡Cuero! Pues claro que sí -le interrumpió el mono- aquí encontrará el mejor cuero del mundo. Si por algo somos conocidos los monos, es por la calidad de nuestro cuero. ¡No puede quedar defraudado! Por favor no se mueva de aquí. Y usted -dijo, dirigiéndose al aguilucho- haga el favor de acompañarme. Tengo algo que le puede gustar; o tal vez no a usted, pero le aseguro que los demás van a quedar EXTASIADOS cuando le vean.
Y así fue como el señor elefante se quedó solo en el bosquecito al lado del río. Le gustaba el frescor de aquellas sombras. Al lado del río crecían algunos helechos. Y en el agua nadaban pequeños pececillos de colores anaranjados. El cielo sin nubes presentaba un azul pálido que contrastaba con el oscuro pero intenso verde de la techumbre del bosquecillo.
El señor elefante se quitó los zapatos. Sus pies sintieron en todo su frescor la humedad de la tierra. Un escalofrío recorrió su enorme cuerpo. Después se puso a andar, siguiendo el rumbo de una suave brisa que, en aquel momento, recorría el bosquecillo.
Allí quedaron los zapatos, olvidados. Al rato volvió el mono con un gran sombrero de copa.
- ¡Señor elefante! -gritó, pero aquel ya estaba lejos.
Caminaba sin rumbo. Libre.
martes, 14 de enero de 2014
los zapatos del elefante VI
... a la gran oreja del elefante y le susurró:
- Esos pajarracos siempre son iguales, no le haga caso.
El aguilucho se molestó de que el mono cuchicheara en la oreja del elefante. Lo que más incómodo le resultaba era no saber cómo obrar. "Si me voy ahora, pensarán que me molesto por chiquilladas. Y si me quedo, ese estúpido macaco va a seguir mostrándome su desprecio. ¿Qué puedo hacer?" Pero como estaba en la duda y no sabía qué decidir, al final se quedó pero con ganas de ahuecar el ala, lo cual era una situación más ridícula que cualquier decisión que tomara.
El mono condujo al elefante hasta el bosquecillo. Allí crecían arbustos a la sombra de los árboles. Cuando el señor elefante los pisó, sintió alivio en sus doloridos pies, pues el frescor y la suavidad de la hierba se colaba por el agujero de sus zapatos.
- Es verdad que necesito cuero. Lo necesita el topo para...
- ¿Quién es el topo? -le interrumpió el mono que lo guiaba
- El señor topo es el zapatero que el ratón me recomendó.
- Y ese ratón, ¿quién es?
El señor elefante tuvo por un momento la impresión de encontrarse en un mal sueño. Miró hacia el cielo y allí vio al aguilucho sobrevolando los árboles más altos. Cuando ya se disponía a responder al mono, este le interrumpió:
- Da igual para que lo quiera. Si usted necesita cuero, aquí encontrará el mejor. No importa la cantidad, solo tiene que pedirlo.
Así hablando llegaron a un pequeño claro donde un grupo de monos abría unas cajas.
- Esta es la última mercancía que nos ha llegado. ¿Qué le parece un bonito sombrero? -le preguntó el mono. Y sin esperar ninguna respuesta sacó un sombrero de una caja y se lo caló al elefante. Era una pamela rosa que difícilmente podía quedarle bien. Como no había espejos para verse, el mono lo condujo hasta un riachuelo.
- Yo no quiero un sombrero, sino cuero para mis zapatos -dijo el elefante, tras mirarse horrorizado en el reflejo del agua.
Sin embargo, como si no le hubiera ido, el mono le quitó la pamela y le puso un sombrero de hongo. Este le quedaba mucho mejor.
- Ahora lo que le falta es una pajarita. Un sombrero de hongo no puede estar sin pajarita.
En ese momento bajó el aguilucho a beber agua al riachuelo.
- ¿No le parece a usted, señor águila, que el sombrero le queda que ni pintado al buen elefante? -le preguntó el mono
El aguilucho, que un momento antes tenía cara de pocos amigos, se apresuró a responder:
- Le queda estupendamente bien.
- Es una pena que por los aires no se puedan llevar sombreros, claro que un águila como usted ya tiene adorno más que suficiente con sus plumas.
El pico del aguilucho se enrojeció de placer
lunes, 13 de enero de 2014
los zapatos del elefante V
- ... hacer como si lo viera, levantando la mirada hacia el pájaro.
- Yo le llevaré hasta allá -dijo el aguilucho, nervioso.
El elefante le miró con desconfianza. Una vez había visitado la tierra de los monos, y confiaba más en su memoria que en el pajarraco.
- Es muy buena idea, sin duda -dijo el ratoncito.
- Lo mejor es que salgan cuanto antes para allá -dijo la señora topo, impaciente por ir a ver cómo marchaba su pastel. Si se iban, no tendría que preocuparse más por las visitas.
Así que, finalmente, el elefante no dijo lo que pensaba y se dejó guiar por el aguilucho.
- Es por allá, yo muchas veces paso por encima. ¡A veces lo sobrevuelo rapidísimo! Pero no te preocupes que no me adelantaré demasiado e iré a tu paso -le dijo el elefante
Este no respondió nada. La tierra volvía a entrarle por los agujeros de los zapatos, y por un momento le llegó un pensamiento: "¿y si me acostumbrara a caminar sin zapatos?". Le hubiera gustado seguir con aquella idea, pero el parloteo del ave no le dejaba concentrarse.
- Claro que son unas criaturas bastas y escandalosas, de lo más bajo que uno puede encontrarse en la vida animal, si usted me entiende -decía en aquel momento el aguilucho, esforzándose por no alejarse demasiado del elefante. Por un momento se le ocurrió posarse en el lomo del inmenso animal, pero desechó la idea como poco digna.
"¿Quién ha visto a un águila cabalgando sobre un elefante?", se dijo.
El elefante también temía lo mismo y pensaba. "Como se me ponga encima, me pondré nervioso y le acabaré dando un trompazo. ¿Quién ha visto nunca un elefante llevando semejante adefesio encima? Y seguro que aún pierde plumas y me dejaría el lomo perdido de arañazos y plumas. ¡Espero que no se le ocurra!"
Los monos vivían en un bosquecillo cercano. Se trataba de macacos prontos a la broma y codiciosos para los negocios. El topo, en realidad, no quería acercarse al lugar para no ser víctima de sus estafas, pues enseguida liaban a los compradores y hacían que uno dijera "me llevaré siete" en vez de los tres que necesitaba. Cuando se acercaban, uno de los monos se llegó hasta ellos:
- ¡Pero qué agradable sorpresa! -exclamó moviendo la cola con placer -El señor elefante por estas tierras, ¡nunca tenemos el placer de verle! Y creáme que nos quedamos con ganas de su compañía.
- Tiene necesidad de cuero para un sombrero nuevo -dijo el aguilucho, que ya había olvidado bastante.
El señor elefante lo miró con enfado, pero el mono ni se volvió hacia el ave:
- Cualquier cosa que necesite, señor elefante, haremos lo posible por encontrársela.
- Yo no llevo sombrero -sentenció el señor elefante.
De un rápido salto el mono se encaramó...
- Yo le llevaré hasta allá -dijo el aguilucho, nervioso.
El elefante le miró con desconfianza. Una vez había visitado la tierra de los monos, y confiaba más en su memoria que en el pajarraco.
- Es muy buena idea, sin duda -dijo el ratoncito.
- Lo mejor es que salgan cuanto antes para allá -dijo la señora topo, impaciente por ir a ver cómo marchaba su pastel. Si se iban, no tendría que preocuparse más por las visitas.
Así que, finalmente, el elefante no dijo lo que pensaba y se dejó guiar por el aguilucho.
- Es por allá, yo muchas veces paso por encima. ¡A veces lo sobrevuelo rapidísimo! Pero no te preocupes que no me adelantaré demasiado e iré a tu paso -le dijo el elefante
Este no respondió nada. La tierra volvía a entrarle por los agujeros de los zapatos, y por un momento le llegó un pensamiento: "¿y si me acostumbrara a caminar sin zapatos?". Le hubiera gustado seguir con aquella idea, pero el parloteo del ave no le dejaba concentrarse.
- Claro que son unas criaturas bastas y escandalosas, de lo más bajo que uno puede encontrarse en la vida animal, si usted me entiende -decía en aquel momento el aguilucho, esforzándose por no alejarse demasiado del elefante. Por un momento se le ocurrió posarse en el lomo del inmenso animal, pero desechó la idea como poco digna.
"¿Quién ha visto a un águila cabalgando sobre un elefante?", se dijo.
El elefante también temía lo mismo y pensaba. "Como se me ponga encima, me pondré nervioso y le acabaré dando un trompazo. ¿Quién ha visto nunca un elefante llevando semejante adefesio encima? Y seguro que aún pierde plumas y me dejaría el lomo perdido de arañazos y plumas. ¡Espero que no se le ocurra!"
Los monos vivían en un bosquecillo cercano. Se trataba de macacos prontos a la broma y codiciosos para los negocios. El topo, en realidad, no quería acercarse al lugar para no ser víctima de sus estafas, pues enseguida liaban a los compradores y hacían que uno dijera "me llevaré siete" en vez de los tres que necesitaba. Cuando se acercaban, uno de los monos se llegó hasta ellos:
- ¡Pero qué agradable sorpresa! -exclamó moviendo la cola con placer -El señor elefante por estas tierras, ¡nunca tenemos el placer de verle! Y creáme que nos quedamos con ganas de su compañía.
- Tiene necesidad de cuero para un sombrero nuevo -dijo el aguilucho, que ya había olvidado bastante.
El señor elefante lo miró con enfado, pero el mono ni se volvió hacia el ave:
- Cualquier cosa que necesite, señor elefante, haremos lo posible por encontrársela.
- Yo no llevo sombrero -sentenció el señor elefante.
De un rápido salto el mono se encaramó...
domingo, 12 de enero de 2014
los zapatos del elefante iv
En ese momento, de entre las piernas del león, apareció el pequeño ratón.
- ¿Lograste que te arreglaran los zapatos, señor elefante? -preguntó
Los ratones siempre tienen prisa y quieren hacer todo corriendo.
El elefante negó con la cabeza.
- Cuero, nos hace falta cuero -dijo el señor topo. - Yo aquí no tengo el suficiente como para arreglarle los zapatos al señor elefante. Tendrá usted que buscarlo y traérmelo aquí.
- Pero no sé dónde conseguir cuero.
- Yo sí lo sé, pero no me atrevo a aparecer por ahí -dijo el ratón. Y es que a los ratones les encanta el cuero para mordisquearlo y afilarse las paletas. Por eso los que se dedicaban al negocio del cuero hacían lo posible por mantener alejados a los ratones de sus tiendas, poniendo trampas y haciendo todo tipo de diabluras a los pobres animalitos.
A todo esto, el león desapareció. Visto que ya no podía sacar ningún otro comentario sobre su cabellera, la compañia dejó de interesarle.
- Tendrá usted que visitar a los macacos -sentenció la señora topa, con un deje de disgusto en su tono.
- Yo tampoco le acompañaré, por mucho que me pese, señor elefante -dijo el topo- pero yo nunca voy a ellos, sino que ellos vienen a mí. Cuestión de principios, si usted me entiende.
El elefante no entendía bien, pero asintió con educación.
- Iré y le traeré el cuero, señor topo. ¿Me arreglará entonces los zapatos?
- Amigo mío, cuando tenga el cuero en mis manos, no solo le arreglaré los zapatos, sino que serán los zapatos más bonitos y resistentes que pueda tener un elefante.
- ¿Se me habrá quemado ya el pastel? -murmuró la señora topa, partida a medias entre el deseo de ver en qué paraba todo aquello y el persistente recuerdo del pastel de hierbas en el horno.
- Yo doy fe de ello: si hay un buen zapatero en la región, ese es el señor topo -corroboró el ratón.
En ese momento apareció por allí un aguilucho que apenas había comenzado a volar. Por eso tenía muchas ganas de conocer a otros animales y dejarse ver "en sociedad".
- ¿Y quién necesita zapatos con un buen par de alas?
El señor topo no supo quién hablaba, pues el aguilucho estaba entre las ramas. El ratón sí que lo supo y se escondió un poco en la habitación del señor topo y luego gritó:
- ¿Y quién necesita alas cuando se cuenta con una buena trompa?
El elefante, al oír hablar de una trompa, levantó la suya y bramó con ella. El sonido le relajó, pero el aguilucho se echó a volar y poco después volvió.
- ¿De qué trata esta fiesta?
- El señor elefante necesita cuero para que yo le arregle los zapatos -dijo el señor topo, todavía incapaz de ver a quién le estaba hablando. Pero, como era algo que le sucedía a menudo, optó por ...
- ¿Lograste que te arreglaran los zapatos, señor elefante? -preguntó
Los ratones siempre tienen prisa y quieren hacer todo corriendo.
El elefante negó con la cabeza.
- Cuero, nos hace falta cuero -dijo el señor topo. - Yo aquí no tengo el suficiente como para arreglarle los zapatos al señor elefante. Tendrá usted que buscarlo y traérmelo aquí.
- Pero no sé dónde conseguir cuero.
- Yo sí lo sé, pero no me atrevo a aparecer por ahí -dijo el ratón. Y es que a los ratones les encanta el cuero para mordisquearlo y afilarse las paletas. Por eso los que se dedicaban al negocio del cuero hacían lo posible por mantener alejados a los ratones de sus tiendas, poniendo trampas y haciendo todo tipo de diabluras a los pobres animalitos.
A todo esto, el león desapareció. Visto que ya no podía sacar ningún otro comentario sobre su cabellera, la compañia dejó de interesarle.
- Tendrá usted que visitar a los macacos -sentenció la señora topa, con un deje de disgusto en su tono.
- Yo tampoco le acompañaré, por mucho que me pese, señor elefante -dijo el topo- pero yo nunca voy a ellos, sino que ellos vienen a mí. Cuestión de principios, si usted me entiende.
El elefante no entendía bien, pero asintió con educación.
- Iré y le traeré el cuero, señor topo. ¿Me arreglará entonces los zapatos?
- Amigo mío, cuando tenga el cuero en mis manos, no solo le arreglaré los zapatos, sino que serán los zapatos más bonitos y resistentes que pueda tener un elefante.
- ¿Se me habrá quemado ya el pastel? -murmuró la señora topa, partida a medias entre el deseo de ver en qué paraba todo aquello y el persistente recuerdo del pastel de hierbas en el horno.
- Yo doy fe de ello: si hay un buen zapatero en la región, ese es el señor topo -corroboró el ratón.
En ese momento apareció por allí un aguilucho que apenas había comenzado a volar. Por eso tenía muchas ganas de conocer a otros animales y dejarse ver "en sociedad".
- ¿Y quién necesita zapatos con un buen par de alas?
El señor topo no supo quién hablaba, pues el aguilucho estaba entre las ramas. El ratón sí que lo supo y se escondió un poco en la habitación del señor topo y luego gritó:
- ¿Y quién necesita alas cuando se cuenta con una buena trompa?
El elefante, al oír hablar de una trompa, levantó la suya y bramó con ella. El sonido le relajó, pero el aguilucho se echó a volar y poco después volvió.
- ¿De qué trata esta fiesta?
- El señor elefante necesita cuero para que yo le arregle los zapatos -dijo el señor topo, todavía incapaz de ver a quién le estaba hablando. Pero, como era algo que le sucedía a menudo, optó por ...
sábado, 11 de enero de 2014
sábado nubloso
Llevo unos días traicionando este blog por el de los cuentos, y hoy tendría que haber caído en lo mismo si no fuera por mi estado de ánimo. Tras la charla semanal con Mateja, encuentro todo algo deprimente. Si alguna vez llego a alguna parte en el arte de escribir o de pintar, he de recordar que Mateja no me lo puso fácil. No diré que no me ha ayudado, aunque ciertamente no sé precisar muy bien cómo.
(demonios, hasta tuve que enseñarle que animar a alguien no significa hablar con él, o escucharle, sino primeramente darle unas palmaditas en el hombro y decir "todo va a ir bien". Es como si me hubiera casado con un robot).
Siento que hay mucha injusticia en las palabras que he escrito, pero no creo que deba borrarlas, si acaso soy injusto, así soy, así de desagradable.
Ahora no quiero ni siquiera ir a la cama ni pasar tiempo con ella. En mi desazón solo encuentro en ella un foco de negatividad, un vórtice que me lleva a las cosas de las que no quiero preocuparme porque, la verdad, son preocupaciones terrestres que no me toca llevar. Hoy le dije, y al decirlo me liberé, que el asunto de la casa, de renovar la casa o de tener un nido final, ya no me mueve. La acompañaré en todas sus decisiones, pero sus constantes cortapisas para cualquier idea han hecho mella en mí; al expresar esa realidad interior me sentí liberado. ¿Para qué quiero tener una casa diferente? Ahora tenemos un techo y sitio donde dormir, calefacción, electricidad, internet... un sitio donde vivir y esperar la muerte. En lo tanto toca trabajar. ¿Poseer una casa? ¿Qué significa poseer, a quién le interesa? Si no conseguimos ser felices en esta casa, no habrá felicidad en ninguna otra. Es más, el estrés de meternos en algo más grande de lo que somos capaces de abarcar acarreará más miserias que alegrías. ¿Para que comprometerse con un banco y pagarle unos miles que ...? Recuerda a la servidumbre medieval. Y aquella tampoco estaba mal, pero ¿para qué meterse en la boca del lobo?
Harto, bien harto, assez, dovol, enough... si alguna vez llego a algo, no sé a quién podré agradecérselo, sé que estoy en deuda con muchos pero no lo siento así. Incluso me he convertido en un desagradecido con el buen Dios; el enfado y la hartura por no tener hijos y por este matrimonio de alambradas... no, en realidad es mi falta de constancia, mi falta de oración que me llevan a ese estar lejos del buen Jesús. El es el único que lee estas letras.
Mírame, Señor.
El gran torpe.
A tus pies...
(demonios, hasta tuve que enseñarle que animar a alguien no significa hablar con él, o escucharle, sino primeramente darle unas palmaditas en el hombro y decir "todo va a ir bien". Es como si me hubiera casado con un robot).
Siento que hay mucha injusticia en las palabras que he escrito, pero no creo que deba borrarlas, si acaso soy injusto, así soy, así de desagradable.
Ahora no quiero ni siquiera ir a la cama ni pasar tiempo con ella. En mi desazón solo encuentro en ella un foco de negatividad, un vórtice que me lleva a las cosas de las que no quiero preocuparme porque, la verdad, son preocupaciones terrestres que no me toca llevar. Hoy le dije, y al decirlo me liberé, que el asunto de la casa, de renovar la casa o de tener un nido final, ya no me mueve. La acompañaré en todas sus decisiones, pero sus constantes cortapisas para cualquier idea han hecho mella en mí; al expresar esa realidad interior me sentí liberado. ¿Para qué quiero tener una casa diferente? Ahora tenemos un techo y sitio donde dormir, calefacción, electricidad, internet... un sitio donde vivir y esperar la muerte. En lo tanto toca trabajar. ¿Poseer una casa? ¿Qué significa poseer, a quién le interesa? Si no conseguimos ser felices en esta casa, no habrá felicidad en ninguna otra. Es más, el estrés de meternos en algo más grande de lo que somos capaces de abarcar acarreará más miserias que alegrías. ¿Para que comprometerse con un banco y pagarle unos miles que ...? Recuerda a la servidumbre medieval. Y aquella tampoco estaba mal, pero ¿para qué meterse en la boca del lobo?
Harto, bien harto, assez, dovol, enough... si alguna vez llego a algo, no sé a quién podré agradecérselo, sé que estoy en deuda con muchos pero no lo siento así. Incluso me he convertido en un desagradecido con el buen Dios; el enfado y la hartura por no tener hijos y por este matrimonio de alambradas... no, en realidad es mi falta de constancia, mi falta de oración que me llevan a ese estar lejos del buen Jesús. El es el único que lee estas letras.
Mírame, Señor.
El gran torpe.
A tus pies...
viernes, 10 de enero de 2014
los zapatos del elefante III
Pero, afortunadamente, la cosa no llegó a mayores. En aquel momento pasó por allí el señor león, con ganas de encontrar público; y es que el señor león se había peinado la melena con mucho cuidado aquella mañana y no había cosa que le gustara más que presumir de ella. El señor león no gustaba de hablar más que cuando los demás se referían a él y le admiraban.
Y era verdad que su melena era algo estupendo.
- ¿Qué hacéis, insensatos? -preguntó lleno de sorpresa al presenciar la escena.
Los topos comenzaron a explicarle todo a la vez y de una forma un poco embrollada, porque le tenían un poco de miedo.
- Y eso es lo que pasa, su majestad. Que necesita zapatos -concluyó el señor topo.
El elefante no había dicho ni mu pero, para no dejar en mala posición al topo, movió su pata para que el león pudiera apreciar las roturas del peor de sus zapatos.
- Pero, ¿no os dais cuenta de que es peligroso corretear debajo de las piernas de un elefante? -respondió el león.
Los topos se miraron entre sí y luego entendieron que la inmensa mole del señor elefante no dejaba de ser un peligro para criaturas tan pequeñas.
- Hemos corrido un gran peligro, su majestad. Gracias por avisarnos.
- Lo hubiera hecho antes -dijo el león- pero esta mañana he estado un poco ocupado -y al decir esto, movió un poco la cabeza, sacudiéndose la melena con suavidad.
Los topos apenas podían ver la melena, pero ya conocían al señor león.
- ¡Qué bonita tiene usted la melena! -exclamó el señor topo
- ¡Tiene un brillo único! -dijo la señora topa, y luego le susurró al señor topo: -tengo que volver, que se me quema el pastel de verduras.
El elefante era el único que podía ver la melena en todo su esplendor, pero no sintió la necesidad de decir nada. Había vuelto a bajar su pata y, notando la tierra que le entraba por el agujero del zapato, meditaba en su desgracia.
Y era verdad que su melena era algo estupendo.
- ¿Qué hacéis, insensatos? -preguntó lleno de sorpresa al presenciar la escena.
Los topos comenzaron a explicarle todo a la vez y de una forma un poco embrollada, porque le tenían un poco de miedo.
- Y eso es lo que pasa, su majestad. Que necesita zapatos -concluyó el señor topo.
El elefante no había dicho ni mu pero, para no dejar en mala posición al topo, movió su pata para que el león pudiera apreciar las roturas del peor de sus zapatos.
- Pero, ¿no os dais cuenta de que es peligroso corretear debajo de las piernas de un elefante? -respondió el león.
Los topos se miraron entre sí y luego entendieron que la inmensa mole del señor elefante no dejaba de ser un peligro para criaturas tan pequeñas.
- Hemos corrido un gran peligro, su majestad. Gracias por avisarnos.
- Lo hubiera hecho antes -dijo el león- pero esta mañana he estado un poco ocupado -y al decir esto, movió un poco la cabeza, sacudiéndose la melena con suavidad.
Los topos apenas podían ver la melena, pero ya conocían al señor león.
- ¡Qué bonita tiene usted la melena! -exclamó el señor topo
- ¡Tiene un brillo único! -dijo la señora topa, y luego le susurró al señor topo: -tengo que volver, que se me quema el pastel de verduras.
El elefante era el único que podía ver la melena en todo su esplendor, pero no sintió la necesidad de decir nada. Había vuelto a bajar su pata y, notando la tierra que le entraba por el agujero del zapato, meditaba en su desgracia.
jueves, 9 de enero de 2014
los zapatos del elefante II
Entonces el elefante hizo otra vez sonar su trompa. Quería hacerlo con suavidad y dar a entender a la señora topo que estaba allí.
- Y ya se oyen los truenos. ¿Y para eso me has llamado? -le preguntó la topa a su marido, ya que siempre estaba atareada y justo ahora estaba cocinando un estupendo pastel de hierbas.
- ¿No te decía yo que siempre estaba de un lado a otro, que un día lo pagaría?
- ¿A quién te refieres ahora? A veces no sé de qué me hablas -y luego murmuró para sí: se me va a quemar el pastel.
Entonces el elefante movió una pata. La señora topa, sintiendo los cambios en la gran sombra, por fin lo descubrió:
- ¡Pero si es el señor elefante! ¿Y qué le trae por aquí?
El elefante comenzaba a sentirse un poco desdichado, así que en vez de responder tan solo levantó una de sus patas, aquella donde el zapato estaba tan desgastado que daba pena verlo.
Los topos se apresuraron a palparlo, pues no podían fiarse de su vista. Pero solo el olor a cuero ya despertaba en ellos la actitud profesional. Con firmeza fueron palpando las partes del zapato que estaban rotas, mientras el elefante sostenía en alto su gran pata.
- Esta suela ya no se puede arreglar -sentenció el topo
Y ella no dijo nada, sino que se apartó un poco para que el elefante la viera (ella apenas le distinguía, tan alto y tan lejos), y le dijo:
- ¿Y cómo puede usted andar con semejantes zapatos? Tenía que haber venido antes, señor elefante. ¿Están todos los zapatos igual?
Y sin esperar respuesta se fue a otra de las patas que estaba firmemente plantada en el suelo.
- ¡Levante usted la pata, señor elefante, que si no no puedo comprobar el estado de la suela! -le gritó desde abajo la señora topo con voz chillona.
Pero el señor topo seguía debajo del otro pie palpando la suela y el zapato y el elefante, que además no podía verlo bien, no se atrevía a levantar otro pie más. Se hubiera desequilibrado y podía provocar un accidente. Era un elefante muy prudente, como la mayoría de los elefantes.
Y sin embargo tampoco podía contestar a la señora topo, porque las manitas de aquella y de su marido le hacían cosquillas. La piel de los elefantes es muy gruesa, pero también tienen cosquillas si uno sabe donde meter los dedos. Ciertamente, la pareja de topos tenía unos dedos muy ágiles y divertidos, suficientes como para provocar las cosquillas del elefante.
Así que no podía ni siquiera contestar a los requerimiento de la topa, porque se concentraba en no estallar de risa, sobre todo teniendo en cuenta que se encontraba más bien triste. Hubiera sido algo irrevente reir con una pata encima de un topo y, encima, sentirse desgraciado.
- Y ya se oyen los truenos. ¿Y para eso me has llamado? -le preguntó la topa a su marido, ya que siempre estaba atareada y justo ahora estaba cocinando un estupendo pastel de hierbas.
- ¿No te decía yo que siempre estaba de un lado a otro, que un día lo pagaría?
- ¿A quién te refieres ahora? A veces no sé de qué me hablas -y luego murmuró para sí: se me va a quemar el pastel.
Entonces el elefante movió una pata. La señora topa, sintiendo los cambios en la gran sombra, por fin lo descubrió:
- ¡Pero si es el señor elefante! ¿Y qué le trae por aquí?
El elefante comenzaba a sentirse un poco desdichado, así que en vez de responder tan solo levantó una de sus patas, aquella donde el zapato estaba tan desgastado que daba pena verlo.
Los topos se apresuraron a palparlo, pues no podían fiarse de su vista. Pero solo el olor a cuero ya despertaba en ellos la actitud profesional. Con firmeza fueron palpando las partes del zapato que estaban rotas, mientras el elefante sostenía en alto su gran pata.
- Esta suela ya no se puede arreglar -sentenció el topo
Y ella no dijo nada, sino que se apartó un poco para que el elefante la viera (ella apenas le distinguía, tan alto y tan lejos), y le dijo:
- ¿Y cómo puede usted andar con semejantes zapatos? Tenía que haber venido antes, señor elefante. ¿Están todos los zapatos igual?
Y sin esperar respuesta se fue a otra de las patas que estaba firmemente plantada en el suelo.
- ¡Levante usted la pata, señor elefante, que si no no puedo comprobar el estado de la suela! -le gritó desde abajo la señora topo con voz chillona.
Pero el señor topo seguía debajo del otro pie palpando la suela y el zapato y el elefante, que además no podía verlo bien, no se atrevía a levantar otro pie más. Se hubiera desequilibrado y podía provocar un accidente. Era un elefante muy prudente, como la mayoría de los elefantes.
Y sin embargo tampoco podía contestar a la señora topo, porque las manitas de aquella y de su marido le hacían cosquillas. La piel de los elefantes es muy gruesa, pero también tienen cosquillas si uno sabe donde meter los dedos. Ciertamente, la pareja de topos tenía unos dedos muy ágiles y divertidos, suficientes como para provocar las cosquillas del elefante.
Así que no podía ni siquiera contestar a los requerimiento de la topa, porque se concentraba en no estallar de risa, sobre todo teniendo en cuenta que se encontraba más bien triste. Hubiera sido algo irrevente reir con una pata encima de un topo y, encima, sentirse desgraciado.
miércoles, 8 de enero de 2014
los zapatos del elefante I
- Me aprietan los zapatos -le contó el elefante al ratón -Además, están muy viejos ya. Mira como tengo este roto.
- Es verdad -contestó el ratón, viendo un tremendo agujero en el gran zapato que el elefante le ponía delante.
El ratón tenía estima al elefante:
- Te voy a recomendar a mi zapatero. No queda lejos de aquí, y tú llegarás enseguida con esas patas tan grandotas que tienes.
- También me gustaría tener un adorno para mi cola. ¿No crees que le falta como vitalidad?
El ratón creía que le faltaba algo más que vitalidad, pero no contestó enseguida. Para los ratones la cola es una parte inseparable de su cuerpo, tan importante como pueda ser un diente para masticar o el pelo para abrigarse cuando hace frío. La cola de los elefantes, en cambio, les parece a los ratones algo impuesto, una especie de capricho de la naturaleza sin mucho sentido ni servicio, como no fuera para espantar moscas.
"Tu cola es una gran espanta-moscas", pensó el ratón, pero no dijo nada. En lugar de eso cambió de tema:
- Este zapatero te va a encantar. Es un negocio familiar y los ratones hace generaciones que lo conocemos.
El elefante no olvidó lo de la cola, pero entendió que su amiguito no quería profundizar en el tema y, como era un animal muy prudente, no insistió:
- Realmente me hacen falta zapatos nuevos -dijo
El ratón le indicó como llegar al zapatero. El elefante caminó hacia allá sin demasiada prisa, pero aún así llegó rapidísimo. ¡Tenía unas patas tan grandes!
El zapatero era un topo con unas gafas enormes. No vio al elefante, sino que de repente sintió una sombre inmensa sobre él.
- Parece que hoy va a llover -se dijo, calándose mejor las gafas en su hocico.
El elefante pensó en carraspear, pero no quería asustar al topo ni hacerle creer que se avecinaba una tormenta. Así que hizo sonar un poquito su trompa, suavemente, como si fuera una flautilla (o así se lo pareció a él).
- ¡Válgame Dios! -exclamó el topo - ¿Pero quién anda ahí?
El topo veía muy mal, como todos los topos. Pero era un gran zapatero.
- Hola, señor zapatero. Me ha recomendado mi amigo el ratón que venga para acá. Se trata de mis zapatos.
- Ajá, es usted, señor elefante. Muchas veces le he visto ir de un lado a otro y me he dicho, ¿pero dónde va siempre viajando? ¿qué prisa tiene?
El elefante le miró en silencio, esperando.
- Y el otro día justo se lo decía a mi señora. ¡Cariño! -gritó de repente, dirigiéndose al interior de la tienda- ¡Cariño mira quién ha venido a vernos!
La señora topo salió a toda prisa de la tienda, pero no veía mucho mejor que el topo así que, aunque el elefante estuviera pacientemente delante de ella, no lo veía.
- ¿Va a llover? -preguntó, a la sombra del elefante.
- Es verdad -contestó el ratón, viendo un tremendo agujero en el gran zapato que el elefante le ponía delante.
El ratón tenía estima al elefante:
- Te voy a recomendar a mi zapatero. No queda lejos de aquí, y tú llegarás enseguida con esas patas tan grandotas que tienes.
- También me gustaría tener un adorno para mi cola. ¿No crees que le falta como vitalidad?
El ratón creía que le faltaba algo más que vitalidad, pero no contestó enseguida. Para los ratones la cola es una parte inseparable de su cuerpo, tan importante como pueda ser un diente para masticar o el pelo para abrigarse cuando hace frío. La cola de los elefantes, en cambio, les parece a los ratones algo impuesto, una especie de capricho de la naturaleza sin mucho sentido ni servicio, como no fuera para espantar moscas.
"Tu cola es una gran espanta-moscas", pensó el ratón, pero no dijo nada. En lugar de eso cambió de tema:
- Este zapatero te va a encantar. Es un negocio familiar y los ratones hace generaciones que lo conocemos.
El elefante no olvidó lo de la cola, pero entendió que su amiguito no quería profundizar en el tema y, como era un animal muy prudente, no insistió:
- Realmente me hacen falta zapatos nuevos -dijo
El ratón le indicó como llegar al zapatero. El elefante caminó hacia allá sin demasiada prisa, pero aún así llegó rapidísimo. ¡Tenía unas patas tan grandes!
El zapatero era un topo con unas gafas enormes. No vio al elefante, sino que de repente sintió una sombre inmensa sobre él.
- Parece que hoy va a llover -se dijo, calándose mejor las gafas en su hocico.
El elefante pensó en carraspear, pero no quería asustar al topo ni hacerle creer que se avecinaba una tormenta. Así que hizo sonar un poquito su trompa, suavemente, como si fuera una flautilla (o así se lo pareció a él).
- ¡Válgame Dios! -exclamó el topo - ¿Pero quién anda ahí?
El topo veía muy mal, como todos los topos. Pero era un gran zapatero.
- Hola, señor zapatero. Me ha recomendado mi amigo el ratón que venga para acá. Se trata de mis zapatos.
- Ajá, es usted, señor elefante. Muchas veces le he visto ir de un lado a otro y me he dicho, ¿pero dónde va siempre viajando? ¿qué prisa tiene?
El elefante le miró en silencio, esperando.
- Y el otro día justo se lo decía a mi señora. ¡Cariño! -gritó de repente, dirigiéndose al interior de la tienda- ¡Cariño mira quién ha venido a vernos!
La señora topo salió a toda prisa de la tienda, pero no veía mucho mejor que el topo así que, aunque el elefante estuviera pacientemente delante de ella, no lo veía.
- ¿Va a llover? -preguntó, a la sombra del elefante.
viernes, 3 de enero de 2014
primerdía
Hoy es el primer día de trabajo tras las vacaciones de Navidad. ¡Y aún no han sido los Reyes Magos! Imagino que mi cumpleaños caerá en fin de semana, para blabla, blabla, blabla...
Animal, utilizas la dosis para blablaear, blableando en pensamientos, blableas sentimientos, blablefones sean mis ideas.
Ayer tuve el encontronazo con los jefes a propósito del horario. Pero lo que marca mi subconsciente no es tanto esto, sino la percepción que he tenido de los problemas de los otros. Y, en el fondo, ¿qué me importan? Menosprecio sus problemas cuando pienso en lo que me toca a mí cargar. Pero eso no es lo que muestro: "¿estás bien?", "¡ánimo!". Y creo en esa caridad forzada, pero me recuerdo con estas letras que eso, algo forzado, que mis sentimientos están lejos de ser tan cariñosos. La mayoría de las ocasiones actúo por reflejo, en una especie de respuesta automática a la imagen que doy. Pero por dentro estoy ardiendo. Y frío, congelado, en lo que se refiere a la problemática de otras vidas. Bastante tengo con la mía.
Felicitar el nuevo año es una costra más de esa herida que nunca cura: la de las convenciones sociales sin sentido, la de responder "comme il faut", tal y como describía Tolstoi en aquel capítulo de su infancia. "Comme il faut", así había que comportarse. ¡Qué forma tan exquisita de definir toda la ristra de estados de ánimo que acompañan a la exigencia "comme il faut"!.
...como me gusta exagerar y sentir que mi razón es más aguda de lo que en realidad ES, ahora me imaginaba que el genio de Tolstoi era el de ser un poeta de la prosa: sus situaciones, sus frases largas, sus personajes cotidianos, tienen un sentido profundo pero nada trascendental.
Pero no, esto no es más que la frase del Tomi intelectualoide, aquel que siempre se quedó con ganas de superar a la media y de entrar por pleno derecho en la clase intelectual.
¡Puah, asco! Escupe, ¡escúpelo! Clases, diferencias, rangos, perfume apestoso que, como un sudor afectado, extraño y alienígena, cubre la piel de la conciencia. ¡Guerra al perfume! ¡Muerte a las clases! O, al menos, asesinarla, diariamente y sin piedad por medio de esta dosis. Rebanarle el pescuezo. Violarla frente al altar de su boda. Escupir en su comida. Cagarse en sus zapatos de cristal.
"Sonríe para la foto", ese es un buen resumen de la vida diaria a la que esta dosis intenta sustraerme.
Corregimos.
Cheeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeese
Animal, utilizas la dosis para blablaear, blableando en pensamientos, blableas sentimientos, blablefones sean mis ideas.
Ayer tuve el encontronazo con los jefes a propósito del horario. Pero lo que marca mi subconsciente no es tanto esto, sino la percepción que he tenido de los problemas de los otros. Y, en el fondo, ¿qué me importan? Menosprecio sus problemas cuando pienso en lo que me toca a mí cargar. Pero eso no es lo que muestro: "¿estás bien?", "¡ánimo!". Y creo en esa caridad forzada, pero me recuerdo con estas letras que eso, algo forzado, que mis sentimientos están lejos de ser tan cariñosos. La mayoría de las ocasiones actúo por reflejo, en una especie de respuesta automática a la imagen que doy. Pero por dentro estoy ardiendo. Y frío, congelado, en lo que se refiere a la problemática de otras vidas. Bastante tengo con la mía.
Felicitar el nuevo año es una costra más de esa herida que nunca cura: la de las convenciones sociales sin sentido, la de responder "comme il faut", tal y como describía Tolstoi en aquel capítulo de su infancia. "Comme il faut", así había que comportarse. ¡Qué forma tan exquisita de definir toda la ristra de estados de ánimo que acompañan a la exigencia "comme il faut"!.
...como me gusta exagerar y sentir que mi razón es más aguda de lo que en realidad ES, ahora me imaginaba que el genio de Tolstoi era el de ser un poeta de la prosa: sus situaciones, sus frases largas, sus personajes cotidianos, tienen un sentido profundo pero nada trascendental.
Pero no, esto no es más que la frase del Tomi intelectualoide, aquel que siempre se quedó con ganas de superar a la media y de entrar por pleno derecho en la clase intelectual.
¡Puah, asco! Escupe, ¡escúpelo! Clases, diferencias, rangos, perfume apestoso que, como un sudor afectado, extraño y alienígena, cubre la piel de la conciencia. ¡Guerra al perfume! ¡Muerte a las clases! O, al menos, asesinarla, diariamente y sin piedad por medio de esta dosis. Rebanarle el pescuezo. Violarla frente al altar de su boda. Escupir en su comida. Cagarse en sus zapatos de cristal.
"Sonríe para la foto", ese es un buen resumen de la vida diaria a la que esta dosis intenta sustraerme.
Corregimos.
Cheeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeese
miércoles, 1 de enero de 2014
cronometros
Un clavo torcido se había colado entre las teclas; Klara María me lo puso allí ayer o antes-de-ayer. Es el mismo clavo con el que colgué en el cuarto el reloj de cenicienta, el mismo que tuve que bajar y quitar la pila cuando yo dormí en la cama de la pequeña, en un intento porque Mateja pudiera descansar.
Suena el concierto de Max Bruch para violín. Subo el volumen.
Relojes, cronómetros, ritmos exactos... son para mí auténticas ayudas para definir mi tiempo y saber en qué lo pierdo y en qué lo gano. Hoy estuve viendo en ebay para comprar un cronómetro con el que contar el tiempo que gasto dibujando. "Cuatro horas, más o menos", decía que dibujaba uno de los alumnos de Matt que tiene un cuaderno de bocetos increíble.
Pues a eso voy. Ya basta de vaguear y excusarme bajo el cartel de "artista trabajando". ¡Suda! Y para lograrlo me hace falta un cronómetro con el que ir midiéndome. ¿Cuál será la media a la que podré aspirar? ¿3 horas diarias? Creo que es posible.
Mateja se sorprendió en su día de que me tuviera tan a rajatabla con las horas, pero es que Tomi no conoce justo medio. Y, puestos a elegir, vale más pasarse de rígido y cabeza-cuadrada que de gandul y caótico.
Hoy estoy en uno de esos humores suaves que quisiera saber definir para evitarlos, porque me parece que no me ayudan demasiado. ¿Tomi el conformista? Mira qué contento estás contigo mismo, ¿eh, campeón?, que las cosas parece que salen poco a poco con solo un pelín de esfuerzo.
Idiota.
Klara María pensaba que la palabra "idiota" era la que definía "panetone", el mismo que nos hemos despachado hoy mientras Mateja continúa en Barka.
Con esta dosis me centraré otra vez en el trabajo que me queda por hacer. Estoy dibujando el Resucitado para sidarta. Creo que sus manos me darán problema, eso me asusta.
¿Tienes miedo, pequeñín?
Me encanta cómo está quedando el tronco del árbol de DTO, retorcido y con mucho carácter.
Al final no sé si me compraré el cronómetro. Lo importante es que vaya guardando un registro de cada día para sacar tiempo real de trabajo.
- ¿Qué vas a hacer?
Me pregunta Klara María, que ha pasado por aquí.
Quedan todavía unos minutos; iremos a buscar a Mateja a Barka, donde está sufriendo la rigidez militar de... no recuerdo el nombre... y tampoco sé si es exacto (iba a decir "justo", ¡qué idiota!)... bah, da igual.
La música está en su crescendo final. Los minutos avanzan sin prisa pero sin pausa, los segundos corren, los milisegundos vuelan...
13 minutos, correjimos.
Suena el concierto de Max Bruch para violín. Subo el volumen.
Relojes, cronómetros, ritmos exactos... son para mí auténticas ayudas para definir mi tiempo y saber en qué lo pierdo y en qué lo gano. Hoy estuve viendo en ebay para comprar un cronómetro con el que contar el tiempo que gasto dibujando. "Cuatro horas, más o menos", decía que dibujaba uno de los alumnos de Matt que tiene un cuaderno de bocetos increíble.
Pues a eso voy. Ya basta de vaguear y excusarme bajo el cartel de "artista trabajando". ¡Suda! Y para lograrlo me hace falta un cronómetro con el que ir midiéndome. ¿Cuál será la media a la que podré aspirar? ¿3 horas diarias? Creo que es posible.
Mateja se sorprendió en su día de que me tuviera tan a rajatabla con las horas, pero es que Tomi no conoce justo medio. Y, puestos a elegir, vale más pasarse de rígido y cabeza-cuadrada que de gandul y caótico.
Hoy estoy en uno de esos humores suaves que quisiera saber definir para evitarlos, porque me parece que no me ayudan demasiado. ¿Tomi el conformista? Mira qué contento estás contigo mismo, ¿eh, campeón?, que las cosas parece que salen poco a poco con solo un pelín de esfuerzo.
Idiota.
Klara María pensaba que la palabra "idiota" era la que definía "panetone", el mismo que nos hemos despachado hoy mientras Mateja continúa en Barka.
Con esta dosis me centraré otra vez en el trabajo que me queda por hacer. Estoy dibujando el Resucitado para sidarta. Creo que sus manos me darán problema, eso me asusta.
¿Tienes miedo, pequeñín?
Me encanta cómo está quedando el tronco del árbol de DTO, retorcido y con mucho carácter.
Al final no sé si me compraré el cronómetro. Lo importante es que vaya guardando un registro de cada día para sacar tiempo real de trabajo.
- ¿Qué vas a hacer?
Me pregunta Klara María, que ha pasado por aquí.
Quedan todavía unos minutos; iremos a buscar a Mateja a Barka, donde está sufriendo la rigidez militar de... no recuerdo el nombre... y tampoco sé si es exacto (iba a decir "justo", ¡qué idiota!)... bah, da igual.
La música está en su crescendo final. Los minutos avanzan sin prisa pero sin pausa, los segundos corren, los milisegundos vuelan...
13 minutos, correjimos.
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