En el mundo donde los cuentos se hacen realidad, vivía la gata kitty. Vivía en una casa separada de los demás. Una casa rosa, por supuesto. Un caminito rosa llegaba hasta la puerta. La puerta era rosa. Las plantas eran rosas. ¡Hasta el césped!
Un día llegó allí un nuevo juguete que acababan de inventar en europa. Como muchos otros, quería conocer a la famosa de "hello, kitty", así que fue hasta el lugar.
Un guardia de seguridad estaba a la puerta para evitar que los curiosos se colaran. El guardia era un muñeco manga de un cómic que se había vendido muy mal en su época. Pero aquel trabajo le gustaba porque tenía un motivo para empuñar su tacana.
- Me gustaría entrar a ver a la señorita.
El guardia solo le miró y empuñó su catana, dispuesto a rebanarle la garganta a Fred, que asi se llamaba nuestro héroe.
Así que Fred, que en el mundo real había sido construído para simular a un backpacker, uno de esos jóvenes con la mochila al hombro que recorren el mundo y después creen haber visto algo nuevo y sabroso... por eso Fred contaba con una encantadora sonrisa, una piel plástica bien morena, el torso flaco y musculado, una cuerda y una pequeña brújula, sin duda porque sus creadores no sabían qué más ponerle...
Decíamos que Fred se encontró desilusionado, pero eso no le hizo perder la sonrisa. Sin que lo viera el guardia, dio la vuelta al jardín. Una gran valla rosa rodeaba toda la parcela. Temiendo que, al otro lado de la valla, las flores de color rosa fueran rosas reales y que tuvieran espinas, Fred decidió esperar a la noche en el país de los juguetes plásticos, no fuera que cayera entre espinas, gritara y le descubrieran.
Inspeccionó un poco más el lugar y dio con un magnífico árbol con una de sus ramas entrando en el recinto prohibido. Se sentó en el tronco del árbol y allí se durmió esperando la noche.
Cuando despertó no se oía ningún ruído pues apenas hay animales en el país de los juguetes de plástico. Gracias a la rama del árbol pudo aterrizar sano y salvo al otro lado de la valla. Una rosa le pinchó en el culete, pero logró aguantarse las ganas de gritar.
Se arrastró hasta la casa por el césped rosa, abrió la puerta rosa de la cocina y caminó por el suelo rosa que daba hasta un parquet de color rosa. ¿Dónde estaría hello kitty? ¿Se habría puesto ya el camisón? No quería sorprenderla en un momento íntimo. Claro que había irrumpido en su casa, pero contaba con su encantadora sonrisa para solventar cualquier problema que eso pudiera causar.
Cuando llegó a la última habitación, su corazón le latía tan fuerte que temía que se le fuera a ir corriendo por la escalera roja hacia abajo. Abrió poco a poco la puerta y allí, leyendo en la cama tranquilamente, estaba la gran, la famosa, la rosísima "hello kitty". Sin embargo, había algo peculiar, algo inesperado... y es que todo el cuarto estaba embadurnado con barro, un barro oscuro, marrón y hediondo que brillaba a la luz de la lámpara de la mesilla de noche. Solo la cama daba atistbos de rosa en alguna que otra parte, pero donde quiera que no tocaba a la princesa, el barro dominaba. Tan sorprendido se quedó Fred que, sin querer, hizo un pequeño ruído con la puerta
- ¿Quién eres? -preguntó Hello kitty, aunque no parecía asustada. Tenía una cabeza mayor de la que Fred se había imaginado. Era muy guapa.
- Acabo de llegar al país. Quería verte. Pero...
- ¿Por qué está todo embadurnado de barro? Así estoy más cómoda, es la única forma de librarme un poco de ese maldito color.
- ¿Maldito color? -dijo él, incrédulo
- Odio el rosa - dijo Hello Kitty
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