domingo, 12 de enero de 2014

los zapatos del elefante iv

En ese momento, de entre las piernas del león, apareció el pequeño ratón.
- ¿Lograste que te arreglaran los zapatos, señor elefante? -preguntó
Los ratones siempre tienen prisa y quieren hacer todo corriendo.
El elefante negó con la cabeza.
- Cuero, nos hace falta cuero -dijo el señor topo. - Yo aquí no tengo el suficiente como para arreglarle los zapatos al señor elefante. Tendrá usted que buscarlo y traérmelo aquí.
- Pero no sé dónde conseguir cuero.
- Yo sí lo sé, pero no me atrevo a aparecer por ahí -dijo el ratón. Y es que a los ratones les encanta el cuero para mordisquearlo y afilarse las paletas. Por eso los que se dedicaban al negocio del cuero hacían lo posible por mantener alejados a los ratones de sus tiendas, poniendo trampas y haciendo todo tipo de diabluras a los pobres animalitos.
A todo esto, el león desapareció. Visto que ya no podía sacar ningún otro comentario sobre su cabellera, la compañia dejó de interesarle.
- Tendrá usted que visitar a los macacos -sentenció la señora topa, con un deje de disgusto en su tono.
- Yo tampoco le acompañaré, por mucho que me pese, señor elefante -dijo el topo- pero yo nunca voy a ellos, sino que ellos vienen a mí. Cuestión de principios, si usted me entiende.
El elefante no entendía bien, pero asintió con educación.
- Iré y le traeré el cuero, señor topo. ¿Me arreglará entonces los zapatos?
- Amigo mío, cuando tenga el cuero en mis manos, no solo le arreglaré los zapatos, sino que serán los zapatos más bonitos y resistentes que pueda tener un elefante.
- ¿Se me habrá quemado ya el pastel? -murmuró la señora topa, partida a medias entre el deseo de ver en qué paraba todo aquello y el persistente recuerdo del pastel de hierbas en el horno.
- Yo doy fe de ello: si hay un buen zapatero en la región, ese es el señor topo -corroboró el ratón.
En ese momento apareció por allí un aguilucho que apenas había comenzado a volar. Por eso tenía muchas ganas de conocer a otros animales y dejarse ver "en sociedad".
- ¿Y quién necesita zapatos con un buen par de alas?
El señor topo no supo quién hablaba, pues el aguilucho estaba entre las ramas. El ratón sí que lo supo y se escondió un poco en la habitación del señor topo y luego gritó:
- ¿Y quién necesita alas cuando se cuenta con una buena trompa?
El elefante, al oír hablar de una trompa, levantó la suya y bramó con ella. El sonido le relajó, pero el aguilucho se echó a volar y poco después volvió.
- ¿De qué trata esta fiesta?
- El señor elefante necesita cuero para que yo le arregle los zapatos -dijo el señor topo, todavía incapaz de ver a quién le estaba hablando. Pero, como era algo que le sucedía a menudo, optó por ...

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