Cuando David (David pero deivid, vamos, en yankilandia) salio ese día de su casa, no imaginaba que su vida iba a cambiar en solo un día. Y allí está él, un niño de unos 8 años caminando como un solitario por las calles del barrio residencial estadounidense. Vamos, aburriéndose y pensando en el siguiente plan para ganarse un castigo como Dios manda...¿qué castigo? Digamos algo más sobre Deivid.
Deivid no tenía ningún padre alcohólico ni ninguna madre depresiva. Su hermana mayor no era especialmente cruel.
Pero Daivid se aburría. Sus padres eran lo más corrientes que había hecho la sociedad americana en sus últimos años. Por eso Daivid se inventaba travesuras con las que recibir castigos adecuados. Pero no tenía suerte, sus padres eran... especiales para ser exageradamente pacientes.
Cuando rompió el televisor tirando del cable con saña, pese a los gritos de advertencia de sus padres, en medio de la cena y ante la presencia de "granpa"... bueno, pues su padre, después de emitir un suspiro estúpido, tan solo había dicho "Bueno, en el fondo tampoco nos hacía falta".
Y cuando metió en la lavadora los balines de su escopeta de juguete y así se atascó el filtro, se rompió el motor y cosas que hicieron al técnico mirar a su madre como si viera a un fantasma... y aún confesando su culpa, a su madre no se le ocurrió otra cosa que decir más que "pero te queremos, baby".
Y cuando publicó en internet el diario de su adorable hermanita, ésta no supo más que agradecérselo. "Eres el mejor, hermanito, ahora Robert ha sabido lo que me gustaba... ¡y hoy se me ha declarado!"
¿En qué familia de locos le había tocado vivir?
Sin embargo, la noche anterior había sucedido algo diferente. Cuando todos creían que él estaba dormido, se había levantado y había bajado al salón. Era extraño, pero no había nadie en la casa. Y entonces descubrió que la chimenea que siempre estaba rota ya no estaba en su lugar, se había movido. Y donde antes estuviera ahora había una puerta con unas escaleras que daban a un sótano oscuro. Se coló por las escaleras y las bajó con cuidado. Le parecía oír murmullos allí abajo, ¿qué podía ser? En el último recodo asomó la cabeza y lo que vio le llenó de asombro.
Sus padres y su hermanita estaban sentados en torno a un bolso negro. A veces hablaban entre sí en una lengua extraña y apenas murmurando. El bolso negro era viejo, estaba raído y desgastado.
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