Entonces el elefante hizo otra vez sonar su trompa. Quería hacerlo con suavidad y dar a entender a la señora topo que estaba allí.
- Y ya se oyen los truenos. ¿Y para eso me has llamado? -le preguntó la topa a su marido, ya que siempre estaba atareada y justo ahora estaba cocinando un estupendo pastel de hierbas.
- ¿No te decía yo que siempre estaba de un lado a otro, que un día lo pagaría?
- ¿A quién te refieres ahora? A veces no sé de qué me hablas -y luego murmuró para sí: se me va a quemar el pastel.
Entonces el elefante movió una pata. La señora topa, sintiendo los cambios en la gran sombra, por fin lo descubrió:
- ¡Pero si es el señor elefante! ¿Y qué le trae por aquí?
El elefante comenzaba a sentirse un poco desdichado, así que en vez de responder tan solo levantó una de sus patas, aquella donde el zapato estaba tan desgastado que daba pena verlo.
Los topos se apresuraron a palparlo, pues no podían fiarse de su vista. Pero solo el olor a cuero ya despertaba en ellos la actitud profesional. Con firmeza fueron palpando las partes del zapato que estaban rotas, mientras el elefante sostenía en alto su gran pata.
- Esta suela ya no se puede arreglar -sentenció el topo
Y ella no dijo nada, sino que se apartó un poco para que el elefante la viera (ella apenas le distinguía, tan alto y tan lejos), y le dijo:
- ¿Y cómo puede usted andar con semejantes zapatos? Tenía que haber venido antes, señor elefante. ¿Están todos los zapatos igual?
Y sin esperar respuesta se fue a otra de las patas que estaba firmemente plantada en el suelo.
- ¡Levante usted la pata, señor elefante, que si no no puedo comprobar el estado de la suela! -le gritó desde abajo la señora topo con voz chillona.
Pero el señor topo seguía debajo del otro pie palpando la suela y el zapato y el elefante, que además no podía verlo bien, no se atrevía a levantar otro pie más. Se hubiera desequilibrado y podía provocar un accidente. Era un elefante muy prudente, como la mayoría de los elefantes.
Y sin embargo tampoco podía contestar a la señora topo, porque las manitas de aquella y de su marido le hacían cosquillas. La piel de los elefantes es muy gruesa, pero también tienen cosquillas si uno sabe donde meter los dedos. Ciertamente, la pareja de topos tenía unos dedos muy ágiles y divertidos, suficientes como para provocar las cosquillas del elefante.
Así que no podía ni siquiera contestar a los requerimiento de la topa, porque se concentraba en no estallar de risa, sobre todo teniendo en cuenta que se encontraba más bien triste. Hubiera sido algo irrevente reir con una pata encima de un topo y, encima, sentirse desgraciado.
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