jueves, 28 de noviembre de 2013

idiota, esta mañana ya te habías tomado tu dosis, hela aquí


21,49

El título podrían ser grados. Como una temperatura, un punto de ebullición en el planeta escorpio, la temperatura a partir de la cual las formas no gaseosas estallan, un punto de no retorno.
- No puedo seguir hablando contigo. Tengo la impresión de que voy a estallar. -le decía uno de los habitantes del planeta a otro. También allí se hartan entre sí.

El dibujo de san nicolás, corregido. Mateja ya está en la cama y yo estoy ansiando por irme también al sobre. Al lado mío, el cómic de la cizaña, referencia para el dibujo de un árbol.
Este cómic fue un regalo de cumpleaños. ¿qué edad tendría yo? Ya estaba en La Laguna, aunque recuerdo no haber entendido apenas nada del cómic. Y luego, conforme pasaron los años, me quedé encariñado con él. Pero siempre confesaba en mi interior que aquel tenía un sabor agrio, desazonado. El personaje rezuma maldad y, aunque entibiado con el estilo humorístico, es algo demasiado cercano.
Sembrar la cizaña, romper amistades... ¿no va de eso buena parte de la vida? Uno intenta reconstruir pasados que nunca volverán, establecer puentes para fosos imaginarios.
Abraracurcix grita sobre el escudo, bajo él también se gritan los porteadores. Julio César con Bruto, Panorámix con Edadepiedrix, los romanos que custodiaban al sembrador de cizaña... curiosamente el nombre de este nunca se me quedó. El personaje eran tan asqueroso... como un pescado muerto, aceitoso, que no sé si inconscientemente me desprendo de cualquier recuerdo que tenga que tocarle a él, especialmente el nombre.
En aquel cumpleaños recuerdo el presente y la terraza de arriba y nuestro cuarto. ¿Tenía un nombre la terraza de arriba? Pienso que sí, así lo siento, pero no logro recordarlo. ¿Me lo regaló Enrique Amigó? ¿Fue el primer regalo que nos hizo, la primera entrada a la casa? Eso me pondría en torno a los diez años.
Cuando tenía nueve, estábamos en el cuarto... el cuarto marinero, nuestro cuarto. Era un sábado por la mañana, recién nos estábamos levantando. Papá y Mamá llegaron. „Queremos hablar con vosotros sobre algo“, dijeron. Yo, cuando noté el rostro de mamá o los dos rostros, comencé a llorar. Y todavía no habían dicho nada. ¿lloré o quise llorar? „Vuestra madre y yo no vamos a seguir viviendo juntos. Tenéis que decidir con quién queréis quedaros“. Esa fue la idea.
Y más adelante, llegando a la casa y abriendo la puerta de la entrada, aquella conversación que tuvimos los hermanos:
- ¿y tú a quién quieres más? ¿y con quién vamos a ir?

Hermanos.

Revisando las escenas de la derrota

Como es un pdf, no puedo corregirlo directamente sobre él. Eso es lo que le diré a Migdalia. Ya creé un blog sobre el libro, aún me queda hacer las páginas. Hoy ha sido un día más bien tranquilo; suena ghost riders in the sky. También he conseguido música de the pixies y the breeders. A edu le llamé esta mañana y he retomado algo de contacto con Ana Laca. De sus palabras entiendo que están esperando un niño. Hay una parte de mí, una parte extraña que parece vivir por aquí dentro, que sonríe ante la imagen. Moncho será padre. Pero la parte más sensible es la de dolor: y nosotros...
yipi ai ei -canta j cash
Y estuve releyendo "escenas de la derrota", me gustaba. Me siento identificado con Fray Cristóbal. Supongo que eso era la idea.

Hay días en los que el coche interior va más lento. Como si el frío le impidiera avanzar a más velocidad; me he atascado con el rato en el que ayer estuve leyendo y hoy con youtube. Es una especie de quitafuerzas sutil: basta la tele o cualquier entretenimiento para que elija no trabajar, para que elija quedarme sentado en el sillón de la comodidad. Es una gasolina rebajada con agua.

Where s my mind? suena ahora.
Estira los dedos.... ¡abrup! como si fuera abriendo el tapón de una botella, ¡¡ABRUP!!

Recuerdos: Panci era el que siempre traía música a casa, música buena pero que, en aquel entonces, a mí no me gustaba. Panci tenía ese don desde pequeño: veía las cosas oscuras y aprendió rápido a deleitarse con ellas. Yo, en cambio, creo que patinaba sobre la resbaladiza superficie de los sentimientos. Y sigue siendo así, solo que tengo el recuerdo de algunas oscuridades. Entre mi mente y aquellas hay una barrera tal que no puedo concentrarme en ninguna de ellas. Sin embargo, siento sus presencias. No las oigo, pero las imagino. No las huelo, pero sé de su aroma. Esta es poesía pobre, pero con la única que puedo descubrir y describir esos traumas que, como monstruos hediondos escondidos en el armario, me vigilan. Hediondos, he dicho, pero secos, sin nada de agua. Con algo parecido a momias antiguas.

En el museo antropológico de Madrid dicen que hay una magnífica estatua guanche. Murió antes de ver en lo que las islas se convertirían: un sumidero de turistas.
Corrijo.
Y ahora me sobra un minuto. Suena Beethoven, iré a buscar a km en su último año de guarderia. ¡Ñep!, grita el ordenador cuando me equivoco con una tecla.
Ahora sí.

martes, 26 de noviembre de 2013

martes, ni te cases ni...

Son las cuatro de la tarde. Bueno, casi. Terminaré de escribir estas tonterías a las... 4 y seis minutos. El contaje me cuesta horrores.
Estoy de un humor extraño: he trabajado todo el día y ahora me "recompenso" con un concierto de violín interpretado por david oistriach, de quien he leído un poco la biografía en itnernet. Tengo los ojos cerrados, la música suena. ¿Por qué no será posible transcribir la música en letras? Genera sentimientos que corren como un río, saltando entre pequeñas piedras, formando remolinos escondidos de la luz del sol. Pero, ¿qué digo? Yo, que tuve una infancia sin ríos... debería decir que esta música es como el alisio.

Estoy en una cueva en el sabinar, en Anaga. El viento baja hacia el barranco tras haberse enredado con la montaña. Las briznas de hierba parda se tumban con su empuje. Y en el ímpetu de la música caen pequeñas piedras que para las hormigas son gigantescos bloques, auténticos despeñamientos. Y ya no soy hombre-en-la-cueva ni brizna-azotada-por-el-viento. Ahora soy una hormiga que tras trabajar todo el día contempla la cascada de piedras cayendo por el barranco. Y hay una que está a punto de aplastarme. Se trata de un gran peño que está en el borde, sobre mí, indeciso si caer o no. el viento la hace tambalear. Soy la hormiga que ante ese bloque indeciso deja que transcurra toda su vida, el viento silva en mis oídos y me siento lejos, ¡tan lejos!, de todo el resto del hormiguero. Allá se afanen ellas, yo... yo estoy sola y voy a morir de placer porque ese bloque, cuando caiga, me llevará al paraíso de las hormigas.
Y cae.
Como en cámara lenta viene hacia mí y su caída me anuncia la entrada al paraíso. Allí soy la única hormiga, pero no el único habitante. Hay pequeños tarros de miel alrededor mío. Tarros minúsculos para un hombre, pero yo soy una hormiga-hormiguita. Mis articuladas patas abren uno de ellos y el aroma inunda mi paraíso. Ahora quiero saltar al pasado y transformarme en... ola.

Llevamos tanto tiempo cabalgando en este mar... Mis hermanas me apretujan pero yo no las siento. Allá a lo lejos vislumbro mi sueño, mi destino; ahora apenas soy un germen de lo que llegaré a ser, pero justo antes de que estalle en mi muerte creceré y saludaré al viento, me elevaré sobre el resto de las aguas y podré ver unos metros tierra adentro. Si pudiera, correría más para encontrarme con el amado.
A medida que nos acercamos siento que me acelero. ¿Es real? Tal vez solo sea una impresión, pero allí están muchas hermanas sacudiéndose la existencia y volviendo al viento, acabando en nada pero en una despedia pletórica. La espuma es la eyaculación de mis sueños.
Llego.
...

lunes, 25 de noviembre de 2013

telescopia y fin de semana

Este fin de semana no tuve mi receta diaria; durante un par de días me he sentido como un humano más, disfrutando de películas-libros-soledad, mateja en un curso casi todo el día. Y hace frío, llueve, tiempo nublado. Hoy la pequeña todavía no está de vuelta y aún tengo unas horas por la mañana.
Lo que escribí por aquí se me apareció como algo claro y evidente en mi subconsciente: que no soy de este planeta. Es algo que no debo olvidar, porque le da mucho más sentido a todo. Y no es una figura de hablar: realmente no lo soy. Posiblemente nadie lo sea, es mi razonamiento lógico (dado que todos nos sentimos de una forma parecida, o así lo imagino). Pero no puedo asegurarlo. Solo sé que yo no lo soy.
Mi planeta orbita por aquí cerca y se siente extrañamente atraído por la gravedad terrestre. La luz que nos llega allí es como la luna: solo nos llega la que refleja el planeta azul. Tal vez por eso haya una magia especial en contemplar la luna; es un reflejo dentro de un reflejo.
Este planeta no tiene un nombre especial; esas cosas solo ocurren en la Tierra. Pero sí que tiene muchos habitantes; menos que en otros, pero bastantes. ¿Quiénes? Todas las personas que habitan en mí.
¿Cómo continuar con esta locura? Una parte de mí me dice: "para el carro con la parábola. ¿Cómo vas a ser de otro planeta?". Pero no es tan solo una parábola. Claro que físicamente no lo veo tan claro, pero es lo más cercano que tengo a describir mi personalidad arrojada en este mundo.
Arrojada, dije, pero también mimada por Dios.

En mi planeta tenemos un templo dedicado a Dios; está torpemente construido con  las manos de un niño, con las de un adolescente y con las de un loco que encontró la cordura. (fin de corrección)
El niño puso cimientos de juguetes, de palabras mediodichas, de historia inventadas entre machangos, de mentiras y mezquinos egoísmos... y de sueños para un futuro mejor; entre todo aquello debía de estar Dios pero... ¡tan escondido! El adolescente no lo hizo mucho mejor, pero tuvo quien le ayudara a poner un poco de orden, a rehacer algunas partes del edificio que estaban a punto de derrumbarse. Pero la construcción final vino con el loco.
El loco sintió la asfixia de sentirse diferente y extraterrestre sobre una colina del país llamado argentina. Pero entre vaivenes de sentimiento y sufrimiento, acabó encontrando un hueso, un hueso que Dios le había dejado en el camino, escondido tras los harapos de una vieja que, en una esquina de París, vivía rodeada por bolsas de basura.
El loco lo hubiera dejado todo por ese hueso, el mismo que hoy enterró en la base del altar del templo.
Estas letras lo desentierran y lo vuelven a enterrar.
Un templo para Dios en un mundo diferente, construído por tantas manos. Algunas de ellas ya han muerto, otras todavía no han llegado. Detrás del templo hay un cementerio: el cementerio de los olvidos.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Viernes, entro en el trabajo media hora antes

Porque Julia sigue con la niña enferma.
Yo soy el niño satisfecho que se ha prohibido perder el tiempo con tonterías y que ahora escucha U2 "summer rain" sabiendo que aún tiene el hueso.
Hay que tocar hueso.
Y si pierdes el contacto, tocas aire y carne sensual y laberintos egoístas: esos en los que no te das cuenta de que estás "in a maze" y paseas como si nada, dando vueltas y más vueltas, perdiendo la orientación hasta el punto de que ya no sabes ni qué buscabas ni por qué.
¿Y qué buscabas?
El hueso.
El hueso es una cosa informe de color paliducho enfermo enterrado entre arena y basura, manchado de archilla. En él hay pegadas algunas trazas de moscovita que, a la luz de la luna, brillan. En el hueso una vez hubo carne y vida, pero ahora ya no hay nada.
Sin embargo, está duro. Es duro. Y es tuyo. El hueso no se amolda a tus sentimientos, no puede cambiar su forma para satisfacer movimientos. Lo más que puedes hacer es golpearte con él para despertar.
Pero cuando tienes el hueso en la mano, ya no hay laberinto, sino un magnífico desierto. Ese desierto ideal en el que el calor no es excesivo y la soledad el bien más deseado, el de las puestas de sol y los amaneceres cargados de significado.
¡Tienes el hueso en la mano!
Y es como una brújula. ¿A dónde irás con el hueso?
To kost.
A caminar por el desierto, tal vez hacia el sol, tal vez con la idea de salir de él. Pero estás con el hueso, y todas las inseguridades cobran un nuevo significado mientras lo sostengas. Porque ya no son las vidas de los otros, de los terrestres, las que te importan.

La sociedad con los terrestres transmite una enfermedad, un virus desconocido: de repente vives como si te importaran las mil tonterías de lo cotidiano. De repente piensas que tú también eres un humano.
Pero con el hueso todas las inseguridades y los miedos se convierten en propios. No es un egoísmo estúpido. Es lo propio.

Terminó la música pero no puedo parar de escribir para dedicarme a buscar algo mejor. Total habré de irme en breve.
Quería confesarme de una debilidad que tuve ayer, como si estas letras tuvieran que darme la absolución por mis tonterías. ¡Pues no! ¿Hiciste algo estúpido? Pues fue algo tuyo, estúpido. No te lamas las heridas porque perderás el hueso. Sigue andando, sostenlo en alto y siente con tu tacto la dureza y suciedad que recubren a lo que antes fue vértebra de la vida y del movimiento.
El laberinto se despeja. La receta diaria me prepara para un día lluvioso, para la compañía de otros terrestres. Sonreíremos.
Como si fuéramos normales.

jueves, 21 de noviembre de 2013

insomnio y novela barata

-Mamá, estoy cansado cansadito.
-¿Qué te pasa cariño?
Que me he despertado a las 2,30 de la mañana y no me he vuelto a dormir. Una hora después, mamacita, me he levantado y he leído una novela estúpida hasta bien tarde.
- Las novelas estúpidas, bebecito, que se la queden los estúpidos.

Hay que ser cretino, perdiendo el tiempo.
¿Por qué me creo el señor de mi tiempo? Soy el derrochador de un bien ajeno, a saber, el tiempo que se le asignó a este cuerpo y a esta mente para que produjera algo... algo fuera de sí, no mejor, no peor, pero fuera de sí. Y las novelas estúpidas, y la tele estúpida, y el ombligo estúpido... no hacen más que dar vueltas sobre mi mismo.
¿Pesadillas? Bienvenidas, mientras sean productivas.
La vida puede ser una espiral hacia el ombligo o ... algo diferente. Acostarse en la terraza de la casa de La Laguna, la terraza alta, al lado de la chimenea, caminar por las tejas para sentir el peligro, vértigo, conversar con los mirlos a base de silbidos que, sí, que responden, y tumbarme, tumbarme una vez con ... santiago piñero?... y otras solo, allí el cielo azul, tal vez una nube esporádica cruzando la retina de lado a lado, pero azul azul, azul, tomi, y en medio una nada llena de silencios y de un viento silencioso y de trinos de pájaros que no hacen más que resaltar eso, el silencio... y entonces levantas el brazo y lo bajas otra vez y sientes la distancia que te separa, el azul está tan lejos como el fondo oscuro del mar, el que nunca tocas con el pie pero sobre el que nadas con una mezcla de vértigo, pánico y admiración. En el mar un alga o una bolsa de plástico roza tu piel y ya piensas en todos los monstruos marinos que pueblan lo desconocido. Pero en la terraza el gran espacio, el gran vacío, es el monstruo que es más grande que cualquier pesadilla. Y más ligero. Por ello, sutil como el alma.
Levanta la cabeza, mira. Sal, sal de ti.
...
Los animales han de morir. A veces emiten ruiditos ahogados, gargantas ratoniles, sonidos agudos, a veces las vidas que llevan se les cuelgan de la piel. Los gatos presumen su vida con la parsimonia y armonía de sus movimientos. Los perros la tienen en sus ojos y colgando de la lengua, babeando. Los elefantes creen que la han perdido y se pasan su existencia buscándola por el desierto. Los caballos huyen de ella, los asnos ... asnan, como Platero. Rebuznan su vida, por eso me gustan tanto.
En Australia tuve miedo de las cucarachas... no, de las ratas, digo. Me tocaba bajar la basura, pero cuando llegué abajo, a aquella salida trasera del edificio, las oí. No soy tan valiente como el cascanueces. Se me heló la sangre. Estaban teniendo una fiesta entre la basura, como vampiros sedientos en medio de una fiesta de adolescentes, las puertas están cerradas y solo les queda gritar. Así eran aquellas ratas que nunca vi: vampiros sedientos.
Corregir.

martes, 19 de noviembre de 2013

20:57

Otro día en la cama. Esta mañana Pavel tuvo el buen detalle de solicitar mis servicios a las siete de lamañana; así que currando en la guardería y ahora con pocas ganas de escriir nada, Apunto la hora y ya quisiera estar todo el tiempo escribiendo una sola palabra: joder
¿cómo quedaría?
joder, joder, joder, joder, demonios (por cambiar un poco), mil demonios, demonstriacos (por inventar)...
La verdad es que va a ser mejor escribir hasta llegar a las 21:10, aprox. Vamos, sin el aprox., directamente vamos a las 21.10.
Debería estar contento por haber tenido en casa a Andrej Praznik, pero solo estoy cansado y de mal humor. Si este blog fuera testigo de mis pataletas y mis devaneos sentimentales, podríamos comprar unas pastas y sentarnos todos en torno al llorón, al Tomi llorón, y con la boca llena de polvorones y un café humeante en la otra, preguntar "cuéntanos, Tomi, cómo estás. Descansa un poco, hombre, estás entre amigos" La escena la saco de mis memorias de Astérix.
Me gusta el piano-órgano que he comprado, aniticipando lo que espero sea el aguinaldo navideño de papá y mamá.
Mente en blanco. Lascatremus un poquito de carriocoche barabuntando el fomur.
La gente que escribe blogs dice cosas interesantes. Yo peco de tonto porque quiero pecar de tonto, ir de listo es un coñazo.
Tuve que tragarme un té para tener bien la entrevista. Tuve que entregarme... iba a decir tragarme pero se me trabucaron las palabras, pero esa no está del todo mal: decía que hube de entregarme a la sonrisa tonta y los pensamientos profundos pero superficiales con los compañeros de trabajo. Como si yo fuera uno de ellos. Como si viviera en este planeta. O, si lo hago, como si fuera un humano, un hombre como los demás.
Todavía no me han descubierto.
Tal vez el planeta esté lleno de gente como yo, extraterrestres haciéndose pasar por humanos.
O de humanos que se hacen pasar por extraterrestres.
Estas dos frases parecen las típicas del listillo capaz de analizar con una frase certera el destino del mundo.
21.09, queda un minuto.
Minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto, minuto... ¡ya! (y sin copiar y pegar, ¡eh!)

lunes, 18 de noviembre de 2013

en la cama

ahora en la cama, porque ya es tarde. Estoy rendido. Tio, estoy rendido, cansado, satisfecho, contento. El diablo me puso la capa roja, el diablo o mi pereza o mi falta de voluntad. Y era entretenerme con la tele, el mentalista, ¿qué habrá pasado? Tío, estoy buenamente rendido, todo el día currando en una cosa u otra. Y mira que las malditas ideas no salían esta mañana, estaba atorado, extreñido mentalmente.
Me da por recordar aquellos huevos duros que la chacha era capaz de meterse enteros en la boca. ¿Se trataba de Dulce? No recuerdo bien... junto a la escena siempre está el baño del pasillo con los antiguos colores verdosos, un verde que quería ser brillante y oscuro, pero que en cambio era húmedo y antiguo. Mala contraposición, poesía barata.
Nadie sabe que estoy escribiendo estas locas entradas. Fue el fin de semana y, rindámonos a la evidencia, va a ser difícil mantener el ritmo durante el fin de semana, habrá veces que escriba y veces que... ya está aquí el tomi conciliador, vago y decadente, mala sea su sangre que nos sacrifica a todos los demás en aras de un conformismo opaco. ¿Y quiénes somos nosotros? El resto de personas que se debate en este cuerpo de pacotilla.
Eyacular, ahora me viene esa palabra a la cabeza. Escribir no es como eyacular ideas, pero la imagen tiene su aquel. Se parece más, en cambio, a apretar ese botón naranja que hay ahí arriba, donde pone "Publicar". Sí, por ahí debe de andar el asunto este: escribir es publicar, tal vez publicarse uno a sí mismo porque tiene esa mala necesidad o porque, simplemente, quiere hacerlo.
Querer como un encuentro espontáneo entre los polos opuestos, entre el negro y el blanco, el esclavo y el amo que ni piensa en él: ¿tú por aquí?, le pregunta uno al otro. El esclavo fugado que vuelve a casa pensando en que pronto intentará escaparse otra vez. La fuga no no no es un hecho aislado en su vida, sino su horizonte vital y su pan de cada día.
¿Tú por aquí?
Comienzas a espiar el reloj por detrás de la espalda de Mateja. Ella está viendo las noticias en el ordenador y tú ya estás deseando llegar al minuto 13 para decir, "hasta aquí hemos llegado, ahora toca corregir".
Bueno, pues aún te faltan tres.
Tienes ganas, maldito bribón de poca monta, de volver a tu jaula, que te den unos cuantos azotes y sentirte libre porque piensas "mañana me fugaré".
¿Tú por aquí, esclavo?
El pan se cuece en el horno, Klara María duerme. Hoy hizo sol. Y frío. El cable del ordenador está enrollado sobre sí mismo.
¿Y tú por aquí, negrito?
Quedan tres minutos. Corrijamos.



viernes, 15 de noviembre de 2013

Quince minutos menos


Eso fue lo que tuve ayer, quince minutos menos para escribir. Mil demonios, fui a la guardería y luego, por la tarde, terminé los dibujos para druzina del año de la fe. Y no se me ocurrió buscar los quince minutos con los que proseguir este despropósito de blog. Incluso, en alguna parte de mi inconsciente, un inconsciente muy inconsciente, una vocecita me decía, “daj, tomi -esto en esloveno- al menos cinco minutos siéntate a escribir”.
Vocecitas, sentimientos, alitas de ángeles... estúpida culpabilidad. Quince minutos al arroyo y ya está, al desagüe de la existencia.
Mi “yo social” trata de justificarme, de llegar a tibios y mediocres acuerdos con esa otra parte de mí que es un terremoto de incompetencias. Paños calientes para un negado.
“La parte positiva es... “, ¿a quién le importa la parte positiva? No se trata de escribir propósitos y enmiendas para el futuro, ni de reescribir el pasado, sino de atenerte a lo que hay, a lo que te rodea, a ser baconiano durante, al menos, quince minutos.
Sufro como una mariposa con un ala descosida. No paro de mirar el reloj ahí abajo del ordenador y de decirme “ya queda menos”. ¿Tanto te cuesta tener el culo caliente un lado y escribir sin propósito? A ti lo que te pasa es que eres un vago, de pequeño te acostumbraste a no trabajar... no, señor, no reescribas la historia. Eres un vago porque sí,por debilidad, no importa el pasado que tuviste. Ahora es el presente, tu comienzo, tu oportunidad. ¿Sufres mirando qué hora es, cuánto te queda para terminar? Bien, sufre con gusto, estos son tus mejores quince minutos de auténtico sufrimiento. Entre los dedos se intentará colar un afeminado suspiro, un “ay, no puedo más”. Que se cuele, violencia, papel en blanco, esquizofrenia, reencarnación de los sueños antiguos, reestructuración de los futuros, un padre abraza a su hijo, un bebé mira con ojos demasiado inteligentes para su edad,un chulo tiene rallas en la mejilla, una cara neutra, bocetos todos pintados en el papel que tienes ante ti, tu papel de trabajo donde ya apenas queda sitio para dibujar, que tendrás que sacar otro. El ratón, negro, negro como la tableta bamboo, negro como el teclado, el monitor de bordes negros y, en la pantalla, la mala claridad de estas letras. Dos minutos, corregir.

martes, 12 de noviembre de 2013

El estrés de un orificio

Creo que está temática la voy repetir bastantes veces. Ayer no cumplí con la dosis, así que imagino que se acumuló un resto de socialidad enfermiza, justamente de lo que trato de escapar con esta receta diaria, estos quince minutos de vinagre de manzana a base de letras que, al final, habré de corregir con el tiempo que me sobre.
Por eso hoy me siento a la vuelta de la guardería, he llevado a la pequeña, y antes de ir al baño me propongo cumplir con este desagradable deber. ¿Por qué me obligo a pensar en el oficio del escritor como algo placentero? Más me valiera darme cuenta de la realidad: que estar a la altura me pesa y que lo más que puedo hacer es liberar las palabras. En este blog no caben sueños ni deseos incumplidos. ¡Que se desvelen los traumas! Que canten las debilidades, que canten como sirenas y que, esta vez, ulises no esté amarrado al palo mayor (r: ¿por qué me subraya la palabra ulises y no me da la opción de ponerla en mayúscula? uno de los dos tiene una gran laguna en ciencias homéricas, o yo o el ordenador). Diría que podrían sus compañeros darle un poco de cuerda para que se acercara a las ninfas de pecho desnudo y movimientos de cadera seductores (aunque las escamas de pescado tienen poco que hacer en este oficio). Así que ulises se lanzaría al agua e intentaría llegar a los sueños, pero la cuerda no más le permitiría acercarse un poco. Luego chapotearía, soltaría un par de palabrotas y se quedaría a merced del barco. Y el barco a merced de las velas, el rumbo a merced de la historia, las sirenas a merced del mismo viento que empuja al barco... ¡qué metáfora, campeón!
Mejor vayamos a la otra posibilidad, Ulises (r: y ahora con mayúscula, pero lo mismo me la señala como errónea, ¿y Aquiles? otro tanto) se tira al mar y se acaba ahogando entre insultos a sus compañeros e insultos a las ninfas. A sus compañeros por liarle con una cuerda de la que, en su afán por soltarse, acaba entrampándole y llevándole al ahogo, por así decir. Y de las ninfas porque bien podrían haber sido los peores adefesios del mundo, que la voz no es más que eso, una voz, algo desligado del cuerpo que lo pronuncia. Y él entonces, en el pánico a la muerte, se da cuenta de eso. Y también se insulta a sí mismos: ¡imbécil!
r: se acabó el tiempo
Soy el niño que nunco supo hablar bien. Y en mi pataleta, digo "sí, hablar como un subnormal... pero escribir, ¡déjenme escribir una carta!
Quedan cinco minutos.
Y aún no he tocado el tema que ayer, en un momento de máxima inspiración, se me ocurrió: aquello de pecar con las palabras que aquí escribo, o de encontrarme al límite del pecado, como quien cierra los ojos justo antes de que ocurra el desastre, se tapa los oídos y obliga a su mente a ocuparse de otras cosas. Pero hay que saber pecar para saber qué significa el deseo de amar y, de alguna forma, amar. Porque amar, lo que se dice amar, es algo de lo que resulta muy difícil darse cuenta. Uno vive preocupado por aquellos, ocupado en aquellos, y disfruta de una paz extraña cuando está en su compañía, como si por un momento se en el fondo le gustara el cuchillo que, entre omoplato y omoplato, tiene clavado en al espalda.
Quedan dos minutos. Reviso y... ¡a cagar!

lunes, 11 de noviembre de 2013

Quince minutos

Durante quince minutos habré de escribir. Diariamente. Son las nueve de la mañana. Miraré de cerca esta frase, pero antes plasmaré la idea de este blog (privado): el arte de la creación tiene mucho que ver con la imagen límpida que uno tiene de sí mismo en el mundo. No caben engaños, porque un engaño ensucia la burbuja de cristal. Al pan, pan... Cuando eras pequeño, pequeño invento, escribías para poner orden en tu cabeza.
Ahora no es muy diferente. Pero es el orden de tu vida. Las ideas... es tan fácil que sean ideas suministradas por otros, por el medio, por el afán de quedar bien... este bloc de notas digital hará de remedio y, también, de búsqueda de espacios negativos alrededor de mi imaginación.
Me resuenan las tripas. Quiero ir al baño a hacer caca, sentarme y sentir como se deslizan los pesos muertos de los residuos. Hay una separación eterna en algo tan simple como cagar. Y lo propio de los excrementos es que nunca más volver al cuerpo: su propia visión, su olor, parece que hubieran sido hechos a tal propósito. Pero el momento de la despedida es un dulce parir.
Por este tipo de expresiones es mejor que el blog sea privado.
Vamos con la frase que me llamó la atención -corta ya, te has pasado en un minuto revisando:
nueve de la mañana.
Pienso en dónde estaba ayer a las nueve de la mañana: haciendo un retiro en el ignacianski dom.
Pienso en el número nueve. Nos conocimos hace ya mucho tiempo, el número nueve y yo. Y pertenecía a la high class; los números por debajo de él tenían otro carácter. Por ejemplo, el siete tenía algo ácido, el ocho algo divertido... pero el nueve era como la reina en el tablero de ajedrez. Lo suficientemente grande como para no poder imaginarlo como pequeños puntitos, y con un toque misterioso. Precedía al diez, sí, pero con orgullo, autoestima. Se emparentaba con el siete y con el tres. El cinco era un primo lejano, el 4 un bobalicón, el dos un listillo y el seis un aliado neutral. El uno era el comienzo de todo y estaba... tan, tan lejos del nueve. Porque el descendiente del 1 es el 10, es un hijo suyo que le superó, tanto como a éste le superó el 100 y por fin, como un gigante diplodópico que apenas ve donde pisa y dónde juegan los pequeños dinosaurios... digo, allá arriba estaba el 1000. Ya no había nada por encima, porque a partir de ese número se volaba, pero ya no se iba por tierra, no se caminaba ni se arrastraba uno por los vericuetos de la imaginación. Los números que precedían al 1000 eran un mapa de tierras conocidas etiquetadas con justicia y simpleza, como el 250 o el 300, o de ténebres misterios, como el 294 o el 572. Pero cada uno, con su propia personalidad.
Quedan dos minutos.
Voto al oráculo: siempre tener al menos un par de minutos para revisar lo escrito.
mesatrice.