martes, 12 de noviembre de 2013

El estrés de un orificio

Creo que está temática la voy repetir bastantes veces. Ayer no cumplí con la dosis, así que imagino que se acumuló un resto de socialidad enfermiza, justamente de lo que trato de escapar con esta receta diaria, estos quince minutos de vinagre de manzana a base de letras que, al final, habré de corregir con el tiempo que me sobre.
Por eso hoy me siento a la vuelta de la guardería, he llevado a la pequeña, y antes de ir al baño me propongo cumplir con este desagradable deber. ¿Por qué me obligo a pensar en el oficio del escritor como algo placentero? Más me valiera darme cuenta de la realidad: que estar a la altura me pesa y que lo más que puedo hacer es liberar las palabras. En este blog no caben sueños ni deseos incumplidos. ¡Que se desvelen los traumas! Que canten las debilidades, que canten como sirenas y que, esta vez, ulises no esté amarrado al palo mayor (r: ¿por qué me subraya la palabra ulises y no me da la opción de ponerla en mayúscula? uno de los dos tiene una gran laguna en ciencias homéricas, o yo o el ordenador). Diría que podrían sus compañeros darle un poco de cuerda para que se acercara a las ninfas de pecho desnudo y movimientos de cadera seductores (aunque las escamas de pescado tienen poco que hacer en este oficio). Así que ulises se lanzaría al agua e intentaría llegar a los sueños, pero la cuerda no más le permitiría acercarse un poco. Luego chapotearía, soltaría un par de palabrotas y se quedaría a merced del barco. Y el barco a merced de las velas, el rumbo a merced de la historia, las sirenas a merced del mismo viento que empuja al barco... ¡qué metáfora, campeón!
Mejor vayamos a la otra posibilidad, Ulises (r: y ahora con mayúscula, pero lo mismo me la señala como errónea, ¿y Aquiles? otro tanto) se tira al mar y se acaba ahogando entre insultos a sus compañeros e insultos a las ninfas. A sus compañeros por liarle con una cuerda de la que, en su afán por soltarse, acaba entrampándole y llevándole al ahogo, por así decir. Y de las ninfas porque bien podrían haber sido los peores adefesios del mundo, que la voz no es más que eso, una voz, algo desligado del cuerpo que lo pronuncia. Y él entonces, en el pánico a la muerte, se da cuenta de eso. Y también se insulta a sí mismos: ¡imbécil!
r: se acabó el tiempo
Soy el niño que nunco supo hablar bien. Y en mi pataleta, digo "sí, hablar como un subnormal... pero escribir, ¡déjenme escribir una carta!
Quedan cinco minutos.
Y aún no he tocado el tema que ayer, en un momento de máxima inspiración, se me ocurrió: aquello de pecar con las palabras que aquí escribo, o de encontrarme al límite del pecado, como quien cierra los ojos justo antes de que ocurra el desastre, se tapa los oídos y obliga a su mente a ocuparse de otras cosas. Pero hay que saber pecar para saber qué significa el deseo de amar y, de alguna forma, amar. Porque amar, lo que se dice amar, es algo de lo que resulta muy difícil darse cuenta. Uno vive preocupado por aquellos, ocupado en aquellos, y disfruta de una paz extraña cuando está en su compañía, como si por un momento se en el fondo le gustara el cuchillo que, entre omoplato y omoplato, tiene clavado en al espalda.
Quedan dos minutos. Reviso y... ¡a cagar!

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