Este fin de semana no tuve mi receta diaria; durante un par de días me he sentido como un humano más, disfrutando de películas-libros-soledad, mateja en un curso casi todo el día. Y hace frío, llueve, tiempo nublado. Hoy la pequeña todavía no está de vuelta y aún tengo unas horas por la mañana.
Lo que escribí por aquí se me apareció como algo claro y evidente en mi subconsciente: que no soy de este planeta. Es algo que no debo olvidar, porque le da mucho más sentido a todo. Y no es una figura de hablar: realmente no lo soy. Posiblemente nadie lo sea, es mi razonamiento lógico (dado que todos nos sentimos de una forma parecida, o así lo imagino). Pero no puedo asegurarlo. Solo sé que yo no lo soy.
Mi planeta orbita por aquí cerca y se siente extrañamente atraído por la gravedad terrestre. La luz que nos llega allí es como la luna: solo nos llega la que refleja el planeta azul. Tal vez por eso haya una magia especial en contemplar la luna; es un reflejo dentro de un reflejo.
Este planeta no tiene un nombre especial; esas cosas solo ocurren en la Tierra. Pero sí que tiene muchos habitantes; menos que en otros, pero bastantes. ¿Quiénes? Todas las personas que habitan en mí.
¿Cómo continuar con esta locura? Una parte de mí me dice: "para el carro con la parábola. ¿Cómo vas a ser de otro planeta?". Pero no es tan solo una parábola. Claro que físicamente no lo veo tan claro, pero es lo más cercano que tengo a describir mi personalidad arrojada en este mundo.
Arrojada, dije, pero también mimada por Dios.
En mi planeta tenemos un templo dedicado a Dios; está torpemente construido con las manos de un niño, con las de un adolescente y con las de un loco que encontró la cordura. (fin de corrección)
El niño puso cimientos de juguetes, de palabras mediodichas, de historia inventadas entre machangos, de mentiras y mezquinos egoísmos... y de sueños para un futuro mejor; entre todo aquello debía de estar Dios pero... ¡tan escondido! El adolescente no lo hizo mucho mejor, pero tuvo quien le ayudara a poner un poco de orden, a rehacer algunas partes del edificio que estaban a punto de derrumbarse. Pero la construcción final vino con el loco.
El loco sintió la asfixia de sentirse diferente y extraterrestre sobre una colina del país llamado argentina. Pero entre vaivenes de sentimiento y sufrimiento, acabó encontrando un hueso, un hueso que Dios le había dejado en el camino, escondido tras los harapos de una vieja que, en una esquina de París, vivía rodeada por bolsas de basura.
El loco lo hubiera dejado todo por ese hueso, el mismo que hoy enterró en la base del altar del templo.
Estas letras lo desentierran y lo vuelven a enterrar.
Un templo para Dios en un mundo diferente, construído por tantas manos. Algunas de ellas ya han muerto, otras todavía no han llegado. Detrás del templo hay un cementerio: el cementerio de los olvidos.
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