viernes, 29 de agosto de 2014

café hirviendo

- El café, negro
- ¿Cómo dice, señor?
- Que el café lo quiero bien negro... pero sin llegar a italiano, ¿entendido?
El camarero adoptó una actitud fría. Los demás cazadores rieron la gracia de Jeffry.
- No me gusta demasiado lo italiano. Tal vez la pasta, de vez en cuando, pero poco más. Gorgonzola, magnifico, pane... ¡estoy harto de los italianos!
Los demás siguieron riendo sus gracias.
El camarero se marchó.
- ¿Crees que conseguiremos cazar algo hoy, Jef? -preguntó Oscar, un chico latino que recién se había unido a la banda de hombres maruros.
Llovía a cántaros y le preocupaba estropear su primer día.
- Tú tal vez logres cazar algún perro en tu primer día, chico. Los demás vamos a por algo grande.
- El chico tiene razón en una cosa, Jef: llueve como si fuera el día del juicio -apuntó otro
- Va a ser difícil hacer blanco -dijo otro
- ¡Pues entonces busquemos lo negro! -rió jef. Los demás, en cuanto entendieron la broma, le corearon. Oscar reía tímidamente.
- ¿No te gustan mis bromas, chico? -le espetó Jef
- En mi barrio una broma así nos hubiera costado el pellejo, Jef.
- Pues entonces es hora de que ocupes el puesto que te corresponde, chico. Creéme: en este mundo se trata de comer o de ser comido. ¿Tú quieres acabar en alguna gran barriga?
- No, señor
- Eso me parecía a mí. Tú eres un buen chico, Oscar. Cuida de que nadie se quede con tu parte.

Salieron de la cafetería y se distribuyeron por el monte. Pasaron las horas. Seguía cayendo un torrente de agua. Oscar se había perdido del grupo principal, pero tampoco estaba muy preocupado.
“con esta lluvia, todos andarmos como perdidos”, se dijo
Y entonces lo vio, allí parado frente a él. Era un animal grande pero no terminaba de verle bien.
“Esta es mi oportunidad”
Se caló la escopeta, apuntó y disparó.

Cuando se acercó horrorizado descubrió que no era ningún animal. Era Jeff. Gemía en el suelo. Su sangre oscura se mezclaba con la lluvia.
- Lo siento, lo siento, señor -dijo Oscar -me pareció usted un animal.
- ¿Qué viste, Oscar? -preguntó el otro entre dientes
- me pareció ver a un ser oscuro que, plantado bajo la lluvia, solo esperaba a que lo disparasen. Pensé que era mi caza, mi día, mi venado.
- Es irónico -dijo por fin Jeff en el último estertor- pero tengo miedo.
Y murió

sábado, 23 de agosto de 2014

Knowledge gap promise La pantalla

Cada vez pasaba más tiempo en el cuarto. Pero mientras que todo el mobiliario recogía polvo y las ropas se extendían por los lugares más inusitados, la pantalla del ordenador siempre permanecía limpia. - ¿cuándo vas a recoger tu cuarto? -le preguntaba su madre - Mañana, mañana... -respondía él, invariablemente Y así pasaban los días, las semanas, los meses. - No quiero violentarle. Aún está digiriendo mi divorcio con su padre -se excusaba su madre ante sus amigas, al mismo tiempo que fumaba nerviosa un cigarrillo. Y no se daba cuenta de que el local contaba con una cámara de seguridad que, en aquel momento, la enfocaba a ella. El padre tampoco hacía mucho caso. Los viernes se iba a buscar compañía a la casa de campo y se lllevaba las putas al mismo cochambroso hotel. Donde también había cámaras de seguridad. - ¿Sales hoy? -le preguntó en una ocasión Daniel, quien hasta el día del divorcio de sus padres había sido su mejor amigo. Pero Rafael se había ido distanciando de todo y de todos. - Tengo trabajo que hacer -y luego colgó el teléfono y se quedó otra vez mirando a la pantalla del ordenador. Su amigo Daniel tenía una web cam en su ordenador. Cuando el piloto de la misma estaba apagado, Daniel suponía que la cámara no estaba funcionando. Otra vez llamaron desde el colegio. - Me gustaría que habláramos sobre su hijo -le dijo doña Mercedes a la madre de Rafael. La conversación tuvo lugar a puerta cerrada. No había nadie más que ellas dos en el cuartito. Sobre el despacho que las separaba, el ordenador parecía apagado. - Las notas de su hijo han empeorado sensiblemente -le informó la profesora - ¿Puedo fumar aquí? -preguntó la madre - Me temo que no está permitido. - Es por culpa del divorcio... -comenzó a explicar la otra. Rafael apenas salía del cuarto. No lo recogía ni limpiaba. Hacía la tarea de clase rápido para sentarse otra vez frente al ordenador. - Está flipado con internet -decía una antigua novia La pantalla del ordenador no tenía ni una mota de polvo. Antes de encenderla, Rafael la limpiaba religiosamente con un trapito y un poco de agua. Y todas aquellas cámaras que se comunicaban con él a través de internet, todo ese espionaje silencioso que hacía sobre las vidas de los demás (pues había pirateado todos los sistemas informáticos ligados a la vida de sus conocidos), todo aquel mundo digital le hacía sentirse, cuando se sentaba frente a su gran pantalla-sin-una-mota-de-polvo, le hacían sentirse como un Dios escondido. Todo un dios. Y se sabía miserable.

viernes, 22 de agosto de 2014

Knowledge gap action and writing La cárcel

Knowledge gap action and writing La cárcel Oía como, en el cuarto de al lado, los niños gritaban. Bastaba conque uno lo hiciera para que el resto le siguiera la corriente. Afuera el tiempo seguía nublado, menudo Agosto estaban teniendo. En la mesa había plantas de interior, tantas como para que ya no fuera tanto una mesa como un reposa-plantas. Había limpiado culitos, secado moquitos, cambiado pequeños calcetines. Pequeñas caras le habían sonreído, le habían llorado. Rostros inocentes e instintivos, el hombre como un animal indefenso. “¿Me ayudas?” decían los ojos de los mudos, de los que absorvían cada día palabras, conocimiento y, sobre todo, sentimientos. Aquel no sabía andar y se agarraba a tus pantorrillas como si fueran las columnas de hércules, para acá el conocido mediterráneo, más allá el fiero y desconocido atlántico. De repente se abrió la puerta. ¿Es que no podían dejarle en paz ni siquiera un momento? - Estás aquí -dijo una voz conocida. Era su compañera, la más joven del equipo, apenas 30 años y un cuerpo tentador. Pero no había más que hablar un rato con ella para olvidar su atractivo. - Tomándome un café -respondió, sonriéndole. Ella sonrió a su vez - Es una suerte para nosotros tenerte aquí ¿Pero cómo podían decirle cosas así? ¡Soy un monstruo! Eso era lo que su interior le gritaba. Pero de alguna forma las palabras nunca llegaban a coger aire, tropezaban con la lengua, con los dientes o con los pensamientos. Al final nadie sabía lo que pensaba. Tal vez ni siquiera él mismo. - ¿Qué planes tienes para el fin de semana? -preguntó, apartando con pretendida humildad el tema de “qué gran suerte que estés quí, con nosotras, que todo somos chicas desquiciadas, madres que no tienen solo que cuidar de sus pequeños cachorros sino también de estos” - Aún no lo sé. ¿Qué harás tú? -preguntó ella ¿Era posible que estuviera ligando con él? Entonces era el momento de soltar la declaración que había estado preparando. - Hay algo que quería decirte hace tiempo. Cuando te hablé de las mujeres que había conocido en Singapur, en realidad no eran mujeres. Eran hombres. Silencio tenso. ¿Se lo tragará? Le está mirando con incredulidad y por las comisuras de sus labios parece que asoma una sonrisa. Por fin traga saliva y dice lo esperado: - Eso no parece una gran noticia. Supongo que hacía tiempo que tenía que haberme dado cuenta. Luego recogió algo más en la habitación y salió. Tenía el corazón roto. - ¿Sales de su habitación ahora? - Cada vez aguanto menos a ese viejo verde. En esta residencia solo nos traen a los locos. - ¿Qué ha hecho esta vez? - nada, lo de siempre. Se me queda mirando mientras recogo sus pañales y parece disfrutar con cada uno de mis movimientos, como si estuviéramos amigablemente hablando. - No te quejes. A ver cómo llegamos nosotras a los ochenta.

jueves, 21 de agosto de 2014

action and writing gaps El sabio gran conejo

Escapó corriendo de la madriguera: los oía llegar. Debían de ser la jauría de jóvenes galgos, rápidos y hambrientos, que el nuevo conde había hecho traer. El gran conejo tenía razón. También tendría razón en sus consejos, así que se metió en el agua y caminó con dificultad por el lecho del riachuelo, a veces saltando entre pequeñas piedras que sobresalían un poco, a veces mojándose y moviéndose con dificultad, con solo la cabeza para respirar. Unos 20 metros aguas abajo volvió a salir. Se sentía exausto, pero corrió hacia la madriguera del gran conejo. Aún estaba a unos cien metros cuando se enredó con unos tallos sin hojas ni flores que rodeaban la casa del sabio. Al mismo tiempo sonaron unos golpes opacos, extraños en el bosque. ¿Podría ser que estuviera relacionado con su intento por desenredarse? Como quiera que fuera, el gran conejo supo de su presencia y se acercó a él mientras luchaba por quitarse el último de los tallos muertos de sus pies. - ¿Vienes de visita? En la lejanía se oían los perros, pero esta vez ya no se acercaban y, como siempre le pasaba en presencia del gran conejo, sentía una extraña paz. No podrían llegar hasta allí. Estaba a salvo. - Hacía tiempo que quería venir. Hoy me ha parecido que hacía un tiempo excelente para pasear -dijo a medio resuello- - Yo mismo estaba pensando en ir a tu madriguera. Me aburro en este agujero. Pero así he de pasar los días de mi maldición, ¿no es cierto? La maldición. Todos los animales de aquella parte del bosque respetaban al gran conejo y por eso mismo le mentían piadosamente cuando trataba el tema de la maldición, el único tema loco en un conejo, por lo demás, tan cuerdo. - Claro, la maldición. Debe de ser difícil -le contestó el joven conejo. Y el gran conejo le miró con ironía. Adivinaba que la fe de sus amigos no era más que una vacía cáscara caricativa. ¿Y qué más le daba? Ellos no se daban cuenta, pero las diferencias entre aquella parte del bosque donde habitaba y las demás era abismal. Sin darse cuenta, los animales que convivían con él habían aprendido infinidad de cosas. - Justo ahora iba a dormir mi siesta. Pero considérate en tu casa -dijo el gran conejo con suavidad. Se durmió con mucha paz. PAra desencantarle no había más que esperar a que una niña se acercara por aquellos lares. Había una con la que solía jugar y que había, poco a poco, atraído hacia su madriguera. Para una niña dar un beso a un conejo sería algo de lo más natural. Le despertó el joven conejo con un empujón. ¡Estaba nervioso! - ¡Gran conejo, despierta! No te vas a creer lo que me ha pasado. Mientras tú dormías ha venido una niña humana. Yo no quería dejarte solo así que me he puesto a tu lado, dispuesto a defenderte. Pero ella solo tenía ojos para mí. De repente me ha cogido y ha comenzado a acariciarme. ¡Se sentía tan bien! Pero luego ha hecho una cosa muy desagradable. El gran conejo ya estaba totalmente despierto. - ¡Continúa! -le exigió - Pues ha pegado su boca a mi piel, ¡qué asco! Así que le he dado un mordisco en la nariz como respuesta y se ha ido corriendo. ¡Ya ha pasado el peligro! Pero confieso que aún estoy asustado. ¿No te alegra que te haya defendido tan bien? Es lo menos que podía hacer con todo lo que me has enseñado, gran conejo. El gran conejo no respondió sino que se fue a su madriguera cabizbajo. Y no por última vez, deseó que los conejos pudieran llorar.

martes, 12 de agosto de 2014

El bañador de la vaca

La señora vaca fue a comprarse un bañador. Se acercaba el verano y tenía pensado ir a un lago en la montaña donde, además de buenos pastos, podría bañarse en una agua purísima. - Nada como el agua para quitarse las moscas de encima -le decía su tía Facunda. Aquel año estaban de moda, otra vez, los biquinis de colores violetas y amarillos. - Pero quiero que me cubra bien las ubres -le dijo la vaca al dependiente, un monito con un bigote blanco muy peludo. El mono sacó un traje de baño muy elástico. Los estiró con sus manitas para mostrárselo a la señora vaca y le dijo, - Esto no hay quien lo rompa Y, en efecto, la señora vaca fue al probador y se lo probó. Como le gustaba que las ubres también tomaran aire, había un pequeño orificio en el bañador para que se sintiera más cómoda. El bañador le quedaba como guante al dedo. Se miró en el espejo satisfecha. - ¡Cuidado con ese ropero! -exclamó el mono, pues la señora vaca, sin querer, había tumbado con su trasero la colección de verano para gatos, armiños y murciélagos atrevidos. - ¿Dónde puedo pagar esto? -preguntó un erizo que había comprado un sombrero gris muy elegante que le pegaba muy bien con la pipa. El monito dejó de resoplar mientras recogía la ropa que la señora vaca había tirado para indicarle el cajero, un poco más adelante. - ¿Dónde está ese ratón de gafas grandes? -preguntó el erizo El mono asintió - ¿Ese que ahora está leyendo crucigramas? El monito volvió a asentir. - ¿El que juguetea con su cola? -insistió el erizo El monito dejó lo que tenía en las manos y se volvió nervioso al erizo: - ¿Y por qué no se va usted a molestar a otro empleado? El erizo se marchó muy dolido y no llegó a comprar el sombrero. Ni siquiera lo puso en su sitio. - Estos erizos... -murmuró el monito Y entonces se encontró cara a cara con la señora vaca, que le miraba con ojos muy enfadados y con aquel bañador violeta tan ajustado. - ¿Le estoy molestando? -preguntó con un mugido ronco - No, no, señora, no me estaba dirigiendo a usted. - De todas formas no quiero comprar nada aquí. No me parece que sean ustedes amables con los clientes. Y antes de que el erizo pudiera responder, ya la señora vaca había dado media vuelta y se dirigía al vestuario. Todavía estaba el monito rascándose la cabeza, intentando hacer sentido de todo lo que le acababa de pasar, cuando oyó que alguien pedía ayuda - ¡socorro, socorro! -sonaba una voz desde el vestuario El monito corrió hacia allá. ¡Era la señora vaca la que pedía socorro y, al mismo tiempo! No podía quitarse sola el bañador y, en sus intentos, estaba rompiendo todo el vestuario. - ¡Pero estése quieta para que la pueda ayudar, señora! Aún a regañadientes, la señora vaca se quedó quieta el tiempo suficiente para que el monito pudiera quitarle el bañador. - Pero haga usted el favor de cerrar los ojos -le rogó la vaca cuando le quitaba el mono la parte de abajo. Por fin terminó el monito, aunque una de las patas del animal había desgarrado la tela. - Ya no iré a la montaña -le dijo esa misma tarde la vaca a su tía Facunda- me quedaré tranquila en casa, que en verano se está muy bien porque todos se van. - Lo mejor que haces -le respondió la otra. Yo también me quedaré. Así podremos ir al cine juntas. ¿Y el monito? Después de rascarse la cabeza mucho rato, cogió el bañador desgarrado y, en el jardín de su casa, construyó una hamaca para, en los días de descanso, dormir al sol. Tranquilamente

lunes, 11 de agosto de 2014

El hotel espacial

- Ya nadie viene por aquí, lo sabes muy bien, ratatún - Algo está fallando, solo que no logro saber muy bien de qué se trata -respondió Ratatún, la pulga mayor del barco. Se encontraban cerca de la nuca. Su nave aún estaba pegada a un pelo allá en lo alto. Brillaba a la luz, mientras que la cabaña que habían construído para los turistas estaba más en la penumbra, casi casi en el cuero cabelludo del Cromagnon que, sin saberlo, las portaba. - Ellos se llevan casi todo el negocio. A nosotros solo nos llega, y muy esporádicamente, gente que viene por la otra ruta. - Esa ciudad tiene menos futuro que nosotros -dijo Ratatún. Al cromagnon se le había comenzado a caer el pelo a solo unos centímetros de donde estaba emplazada la ciudad. Incluso había partes de ella que estaban permanentemente iluminadas. En cuanto el portador las descubriera, morirían. La emigración de la ciudad les había favorecido inicialmente, pues muchos paraban allí antes de continuar viaje hacia tierras más frondosas. Y Farancio, el pesimista compañero de negocios de Ratatún, quedaba encandilado con los modelos de naves que traían los urbanitas: brillantes, grasientas y aerodinámicas. Pero ya ni siquiera llegaban muchos de la ciudad, el flujo se había ido acabando. Sin embargo, aún llegaban muchos turistas por el camino, pues aquella zona decía tener la mejor sangre de toda la cabeza y en el bar la extraían a bastante profundidad gracias a unos aparatos que sondeaban a gran profundidad sin causar apenas picor que les pusiera en peligro por parte del Portador. - ¿No viene gente por ahí? En efecto, por el viejo camino llegaban saltando unos turistas. Con señas los atrajeron al local y les invitaron a tomar algo. - Vienen tan poquitos hoy en día que nos gustaría invitarles -ofreció Farancio Farancio era todo sonrisas, pero Ratatún aún les miraba con cierta desconfianza. - No sabíamos que había un bar por aquí -explicaron los recién llegados- Ya hemos comido antes en el bar que hay más abajo - ¡Malditos! -exclamó entre dientes Ratatún - ¿Pero no han visto uds. nuestra lista de precios? -inquirió Farancio - Sí, pero creíamos que era la del otro bar -respondieron los turistas- Y por eso nos pareció extraño que todo estaba más caro que lo anunciado por la lista de precios - ¡Son nuestros precios! Así se llevan todo el negocio - ¡Malditos! -rezongó otra vez Ratatún - ¿Y por qué no lo ponen ustedes más claro? Que se sepa que hay otra cabaña más arriba con esta sangre estupenda que, por cierto, sabe mejor que ahí abajo - ¡Pues no podía ser de otra manera! -exclamó Farancio Cuando los turistas se fueron, Farancio preguntó a Ratatún: - ¿Y no deberíamos arreglaro el cartel ahí abajo para que supieran que estamos aquí? - ¿Y de qué serviría? -preguntó Ratatún con desdén. No... algo está fallando y no sé muy bien de qué se trata -dijo, sin querer ver otra cosa que no fuera su propio hundimiento

domingo, 10 de agosto de 2014

El error de la ardilla

Era uno de los bosques más antiguos del continente europeo. Allí estaban algunos de los árboles más viejos, descendientes directos de los primeros que habían colonizado europa. Sus cortezas se vestían de un musgo verde muy suave. Sus raíces bebían de la tierra como gusanos de cuello hercúleo congelados el enterrar la cabeza. Y a sus pies corrían ratoncillos silvestres. En lo alto del follaje, entre las ramas, pájaros de mil especies diferentes entonaban sus trinos, construían sus trinos y enseñaban a sus pequeños a mirar al cielo, no a la tierra. Y también había ardillas. Eran más oscuras de lo normal, grandes y peludas. En aquel lugar eran pocos los que sabían del homo-sapiens. Era aquel un valle perdido dentro de un gran parque natural donde solo había algunos pueblos aislados. Los únicos que sabían bien de la existencia del bosque eran los satélites. Pero a éstos les interesaba más la contención de incendios en valles vecinos y las tropas militares que estaba moviendo el país de al lado. De vez en cuando aparecía un biólogo por allí. Nunca venían en grupos de más de 3 personas. Entre ellos el bosque se intentaba mantener en secreto: “Cuanto menos lo sepan, mejor”, decían los que habían descubierto lo añejo del lugar y su condición aislada. Los animales los confundían con ardillas sobrecrecidas y no les hacían mucho caso. También las ardillas les tomaban por compatriotas de tamaño imponente. Les evitaban por instinto antiguo, pero no por pavor. Una joven ardilla, sin embargo, siguió en una ocasión a un grupo de biólogos donde también viajaba una joven de grandes gafas y mirada curiosa. Siempre iba a la cola del grupo y la ardilla no tardó en jugar con ella. La joven, encantada, le ofreció un poco de pan. Ofrecer comida a los animales de aquel bosque estaba prohibido por la pequeña comunidad de biólogos que conocía el lugar, pero la joven acababa de llegar y, la verdad, se sentía sola. Cuando volvieron, ya no eran cuatro en el coche, sino cuatro bioólogos y una ardilla que había hecho amistad con una chica de gafas grandes. La ardilla fue la mascota querida de la chica. Y la joven por fin decidió ponerse lentillas en lugar de aquellas tremendas gafas de pasta negra, tal vez movida por autoconfianza que le brindaba la ardilla. Los chicos comenzaron a interesarse por ella y consiguió un buen novio que trabajaba en la administración. Un día la joven fue a verle a la oficina con la ardilla en su hombro. Un oficial administrativo, al ver al animal, se interesó por su origen. Como aquel era jefe de su novio, la joven no se atrevió a esconderle los detalles. Y así fue como el bosquecillo acabó bajo el peso y la proteción de la todopoderosa administración: a su entrada se instaló un centro de visitantes y, cada año, venían cientos y miles y cientos de miles de turistas de todas partes para ver al último de los bosques de europa. También se creó un restaurante. Los residuos que generaba toda aquella actividad se llevaban a otra parte, o así debía de haber sido. Pero la falta de un pequeño papelito administrativo provocó que se acumularan “in situ” durante años, hasta que ya fue costumbre. Y los animales del bosque aprendieron a conocer al “homo-turista” que les daba de comer a cambio de una fotos. Era un bosque moderno. Lo triste de esta historia es que nuestra joven de grandes gafas rompió con su novio cuando descubrió que aquel se veía también con otra chica que poseía una bella serpiente amaestrada.

miércoles, 6 de agosto de 2014

El camping fantasma

No sabría decir cómo llegué allí. Tal vez lo buscaba. Tal vez necesitaba creer que existía un lugar donde podía vivir de la forma más simple posible. Y sin renunciar a los caprichos culturales del higiene; había de ser un camping. Y, sin embargo, fue algo inconsciente porque en ningún momento me paré a decidirlo. La vida urbana me fue desgastando poco a poco y, sin proponérmelo ni demasiado en serio ni demasiado en broma, acordé conmigo mismo en largarme. El plazo de dos meses que me di me sirvió para buscar el lugar. Y repito que no sabría decir exactamente cómo llegué allí. En el mapa no aparecía; pero después de encontrarme cerrado aquel al que me había propuesto ir, comencé a preguntar. ¿Un camping? Nadie sabía nada. Y en aquella gasolinera un niño se me acercó, un niño inocente salido de quien sabe dónde, y me dio aquella pista: - Si sigue buscando un camping, ha de seguir la carretera del noroeste y desviarse en la fábrica abandonada, en dirección a la playa. Fueron datos precisos. Le agradecí al pequeño su insolicitada ayuda y le compré un helado. Cuando me volví hacia él para dárselo, ya no estaba allí y, lo más extraño, nadie parecía haber reparado en él. La fábrica abandonada era fácil de reconocer: enorme, mausolónica, esperpéntica. Era una herencia del pasado comunista del país y hoy se oxidaba en medio de una carretera que conducía a los pueblos perdidos de las montañas. Pueblos a los que nunca llegó el viento de la historia, ni de las guerras mundiales ni de las ideologías anti-humanas que arrasaron con el país. La carretera se suponía que había de comunicarlos con el resto del país. Pero no querían industralizarse. Cuando la carretera llegó al pueblo, movieron al pueblo aún más al interior para que no los contaminara el hombre del valle. La bifurcación de la vieja fábrica también parecía adentrarse en aquel territorio salvaje dentro de un país de salvajes, solo que corría hacia la costa como buscando suicidarse cayendo por uno de los famosos acantilados del país. - No hace falta ir al Amazonas para buscar a los salvajes -murmuré para mí cuando descubrí unos pastores y un rebaño de ovejas a contraluz en lo alto de una colina. Y tal vez fueran imaginaciones mías, pero me pareció que, tras avistar mi vehículo, se apresuraron a desaparecer de mi vista. Y así llegué al final de la carretera. Un cartel caído anunciaba un camping. “No aparcar, no haga fuego”, decían las señales. Dentro los árboles estaban caídos, los matorrales colonizaban lo que antes debía de ser la zona de acampada. El bar tenía el techo derrumbado sobre la barra, los muros estaban cubiertos de un tipo de hiedra salvaje. Los baños estaban deshechos. Y yo me sentí, por fin, en casa. Solo había que esperar a la noche para comenzar la fiesta de bienvenida. Una fiesta que yo daba para todos los que, como yo, eran fantasmas.