jueves, 24 de julio de 2014

el monje

Caminaba sin hacer ruído entre la multitud. Y no veía rostros alrededor suyo, sino... Antes de decirlo, ubiquémosnos: en el centro de la ciudad europea hay una gran multitud de turistas, de tenderos y de locales. También hay ladronzuelos disfrazados, mendigos (también disfrazados), prostitutas (disfrazadas) y policías (disfrazados). Y entre todos aquellos caminaba él. Llevaba una campera con capucha que escondía sus facciones: pero aquellas eran jóvenes y hermosas. Tenía una nariz cesárea y unos marcados y masculinos pómulos, ojos finos hundidos allá en lo hondo, cejas como arcos triunfales ante la caverna de un misterio. - ¿Quieres follar? -le preguntó una joven eslava de pelo negro y no más de veinte años. “Posiblemente ni siquiera dieciocho”, pensó él durante un instante. Negó con la cabeza e iba a seguir su camino cuando la otra le interpeló otra vez. - ¿Y por qué no? -insistió La pregunta debía de ser buena, porque por un momento se quedó confundido, sin saber qué decir. - No quiero -acertó a decir Y siguió su camino. Ella le siguió con la mirada y pronto olvidó al joven. Debía de buscar nuevos clientes. Pero él no la olvidó a ella. ¿Y por qué no? “No puedo ponerlo en palabras”, se dijo Porque en la interpelación de la joven, en su franqueza para tener sexo, había algo desgarrado. ¿Se puede desgarrar la realidad? Miró con ojos curiosos la calle que se extendía a sus pies, miró a los turistas sonrientes en las terrazas, a los siempre trágicos mendigos, miró los escaparates relucientes con fotos de tatuajes, miró al joven que, sobre un alto tahurete, hacía de guadia frente a una puerta osbrillante. ¿Adónde llevaría esa puerta? “Será una discoteca o cualquier otro antro parecido” En realidad, no tenía tanta curiosidad, porque sabía cómo eran esos locales por dentro. Durante mucho tiempo los había frecuentado. Pero no hoy. Aquel día hacía sol y, sobre todo, reinaba el silencio. Se metió por una pequeña calle y le llamó la atención un mendigo solitario que pedía ante dos grandes puertas. Levantó la vista. Era una iglesia alta y antigua encajada entre modernos edificios. “Posiblemente sea el edificio más antiguo de la zona”, se dijo Y entró. Aunque solo fuera para contemplarlo. Dentro estaban diciendo misa ante una decena de feligreses. Olía a limpio. Y se sintió en casa.

miércoles, 23 de julio de 2014

El profesor

- Para mañana sin falta quiero esta tarea -les dijo con gesto serio. Y, sin embargo, no había nadie escuchando. - ¡Pasaré lista y quien no la tenga hecha se va a acordar! -advirtió Los niños se tiraban entre sí aviones de papel. Esto, los más avispados. Otros tantos estaban sentados en corrillo y ni siquiera levantaban la mirada para mirar al único adulto de la sala. En la esquina de más allá había otros tantos enfrascados en sus móviles, escribiendo mensajes o leyendo complacidos lo que otros les enviaban. - ¡Mira, mira esto que me acaba de llegar! -decía aquel mientras agarraba de la manga a su compañero. El profesor sabía que, de toda aquella banda de salvajes, solo uno le escuchaba, solo uno le miraba con atención y haría la tarea en el plazo previso. Pero, precisamente porque contaba con ello, no quería desviar la mirada hacia él. Hubiera sido el colmo de la humillación: que de entre los veintiycuatro alumnos solo se pudiera enfocar en uno. Bastaba con que lo hiciera una vez para que los niños ya perdieran el poco respeto que le tenian o, tal vez, temía perdérselo él mismo. Siempre había querido ser profesor. - Transmitir el saber. ¿Qué puede haber más hermoso? -decía en sus primeros años de carrera. Por ello preparó las oposiciones conciencudamente y, si bien no pudo sacarlas en la primera convocatoria, sí lo hizo en la tercera. En medio los años se habían corrido como un confeti de fin de año que todavía, tras siete horas en las que la fiesta ya había terminado, seguía cayendo. Y en medio ejerció todo tipo de trabajos, pero ninguno le acercó a la tan querida enseñanza: pintor de brocha gorda, dependiente en un mac donalds, sepulturero... Y cuando por fin había logrado la plaza, encontraba que sus ilusiones habían volado más que las leyes y costumbres del país. Las costumbres de los niños eran bárbaras, desobedientes, libérrimas. Y las leyes estaban hechas de tal forma que el profesor no podía hacer gala ni de las más mínima autoridad, bajo riesgo de cuantiosa multa, expulsión o incluso cárcel. - Pues hasta mañana, entonces -se despidió por fin de su clase. Con un silencioso suspiro cogió su cartera y se marchó. Pero no había avanzado ni dos pasos cuando alguien lo llamó: - Profesor, ha dicho la página pero no qué ejercicios quiere que hagamos. ¿Los hacemos todos? Y a él no le hacía falta darse la vuelta para saber quién era el que le estaba hablando. Pero lo hizo. Solo que no enfocó en el pequeño sino en un punto lejano situado a espaldas de aquel, como si en realidad le interesara algo que ocurría a sus espaldas y no el interés del único estudiante con el que contaba. Aquella tarde llegó a su casa y se tumbó vestido en el sofá. Tenía ganas de llorar, pero no sabía cómo empezar. ¿Tal vez podría comenzar a beber? Fue hasta la alacena y se sirvió un whisky. Sería el primero de una parsimoniosa pero constante carrera hacia la desesperación que, diez años después, acabaría con su vida. Aquella tarde el niño también llegó a su casa. Después de recoger sus libros, saludó a su hermano enfermo y ayudó a su madre a recoger la casa. Cuando llegó su padre del trabajo, negro por la grasa de los automóbiles, fue él quien le alcanzó un cerveza. - Siéntate un poco conmigo, anda- le animó su padre Tenía el rostro cansado pero cariñoso. - ¿Qué tal el colegio hoy? - El profesor no sabe dar la clase. Aún sigue esperando que alguien la de por él.- contestó

martes, 22 de julio de 2014

Tarzan en Ljubljana

Le habían sacado por la fuerza de su pueblo natal. - En Europa tendrás nuevas oportunidades. Has tenido una suerte bárbara -le dijeron Pero, sin embargo, él no se sentía así. Su tía se había dado prisa en darle en adopción, pero temía que lo hubiera hecho para ganar un poco de dinero, para defenderse ante una vida que poco a poco la iba aplastando. - Ya me costaba con solo mis hijos. ¡y ahora los de mi hermana! Se quejaba una noche ante el hombre que la escuchaba. Éste, como tantos otros antes que él, solo estaría un tiempo con ella y luego un día se marcharía. Y no volvería. Como tantos otros. Pero había sido a él, de entre sus hermanos, al que los blancos habían escogido para darlo en adopción. ¡Y había tenido suerte! Eso decían, porque partiría... Y ya estaba allí. El tiempo para despedirse de su hogar, de su selva y de sus animales silenciosos (silenciosos y, al mismo tiempo, llenos de música natural, como gotas de lluvia en tierra baldía que resuenan con indiferencia, dando oportunidades a la que ya había perdido toda esperanza). Apenas tuvo tiempo de sorprenderse ante el pájaro volador. Porque hacía más ruído del que ninguna criatura viviente hubiera podido crear. “Es como una catástrofe prolongada por los aires”, pensó. De entre todas las ciudades s que podía haber caído en europa, fue a parar en una de las más pacíficas, de las más tranquilas: Ljubljana. Y, sin embargo, a él le parecía excesiva. “Me han arrancado del hogar”, soñó una vez. Arrancado, sí, como uno arranca las hierbas malas que crecen sin medida en el borde de la jungla y se internan en los cultivos de su tía. Y, sin embargo, aquellas malas hierbas les habían calmado el hambre en las peores ambrunas. “Me han arrancado del hogar”, les repitió a sus padres adoptivos, aquellos blancos como el culo de un mono. Un día se los dijos. Que el color de su piel no era del todo natural. Que les faltaba sol para crecer. Que les recordaba el culo de los monos. Y eso no le gustó. No lo entendió. La lluvia cae por igual en todo el campo, en los parajes yermos, en los riachuelos alegres, en los recovecos ocultos de las rocas. No hay nadie que puede contar cuántas gotas han caído, pero solo un sordo dejaría de oír el alegre martilleo de la lluvia. Y entonces se escapó de casa. Corrió primero, caminó después y, por último, se arrastró en la oscuridad. Quería volver a casa. Y una noche en la que tenía frío se atrevió a entrar en un pueblo y a sentarse en el fondo de una iglesia. Allí por lo menos se calentaría. cuando levantó la mirada vio al Crucificado. Y supo que había vuelto a casa. Al hogar.

lunes, 21 de julio de 2014

El rododendro

- ¿Qué árbol es ese, tío Jose? Le preguntaba un pajarillo a su tío. Aquel era el vividor de la familia que decía haber recorrido medio mundo volando y, lo que es más importante, había vuelto para contarlo. - Ese es... sin duda... - ¿cuál es tío? -preguntó de nuevo del pajarito - ¡un rododendro! -exlamó tío Jose, acordándose de una extraña palabra que una vez había oído. Porque, en realidad, no sabía de qué árbol se trataba. - ¿Y hay muchos por aquí? El tío los había llevado de excursión a un bosquecillo que estaba al más al sur de su territorio habitual. Mamá le había mirado con aprensión antes de partir y le había rogado que no tardaran más de un día en volver: - Les puedes contar las historias que quieras. Pero no te los lleves lejos -le dijo al despedirse. Así que los árboles que había por allí no diferían mucho de los que podían encontrar en su propio bosque. Salvo aquel que sus sobrinos habían identificado. - ¡no verás más que este en todo este continente! yo recuerdo en mis viajes por la isla haber encontrado muchos en una pequeña isla, la única donde crecen en estado natural. Éste, por supuesto, fue traído y plantado aquí. -sentenció - ¿y quién lo trajo y lo plantó aquí? -le preguntó el mayor de sus sobrinos y, también, el único que albergaba dudas sobre la veracidad de todo lo que tío Jose contaba. - Pues el viejo pelícano, ¿quién va a ser? -respondió él, como si fuera evidente - ¿El mismo que nos contaste que había escondido tesoros en las cuevas más altas de la montaña? Cerca de su bosque comenzaba una imponente cadena montañosa. En la distancia, presentaba manchurrones que parecían cuevas. - El mismo -confirmó su tío, acordándose unos instantes del único pelícano que había conocido, viejo y moribun do, a la orilla d eun riachuelo, perdido y desvariando sobre mundos perdidos. - ¿Con el que tu viajaste a muchas partes del globo? -le preguntó otro de sus sobrinos. - El mismo, el que me enseñó todo lo que sé y la única ave que me consta que ha recorrido más mundo que yo. Pero, tratándose del viejo pelícano, es algo que no me molesta. - ¿Y por qué plantaría aquí un rododendro tu amigo el pelícano? -preguntó el más escéptica de sus sobrinos. - Para señalar un punto. ¡No creeríais lo que se esconde bajo las raíces de ese magnífico rododentro! Era tal el aire de misterio que tenía el tío jose que todos sus sobrinos, incluyendo al escéptico, le miraron con atencioón, esperando las palabras que pareciera se derramaran con lentitud de su boca. - ¡Los huesos del gigange polimorfo! -les dijo Mientras tanto, a cierta distancia y cerca del susodicho árbol, dos leñadores hablaban entre sí. - El patrón quiere que aquí hagamos un claro. Creo que tiene intención de construir un hotel. - ¿También aquel árbol? -le preguntó su joven compañero señalando al que había originado nuevas historias del tío josé. - ¡Quiá! ¿Estás loco? Ese árbol no se puede tocar. ¿Acaso no ves que se trata de una especie diferente? - ¿Qué especie? nunca había visto uno igual - Ni nunca lo verás. Ese debe de ser el único rododendro de todo el país. ¡Y bien hermoso que es! Moraleja: en toda mentira siempre se esconde alguna verdad

viernes, 18 de julio de 2014

El educador

- No quiero ir a la escuela. ¡No quiero! ¡¡No quiero!! - Tienes que ir. Don Alfonso te está esperando y ya llegas tarde -le respondió mamá ardilla al más pequeño de su prole, Estebanito, rebelde como ninguno de sus hermanos. - ¡No! -insistió - Y cuando vuelvas no te distraigas demasiado, la última vez me tuviste preocupada. - Don Alfonso me da miedo... -confesó el pequeño La madre le miró con atención - ¿Qué te ha hecho para que te de miedo? Y Estebanito le contó: de cómo el día anterior don Alfonso se había enfadado tanto con él que apenas se contuvo para pegarle. Pero que su rabia era tal que partió de un solo manotazo, con aquellas grandes zarpas de oso, una gruesa rama de un árbol. - ¿Había algún nido en el árbol? -le preguntó mamá ardilla - No -confesó el pequeño Pero luego le había rugido en la cara. Y le había obligado a sentarse aparte en un tronco caído, mientras los demás continuaban la clase y, lo peor, fue obligado a quedarse allí sentado durante el recreo. - ¿Y por eso te da miedo? - Todos estuvieron jugando y yo no pude participar. Y él me miraba de vez en cuando y me sonreía, como feliz de que yo estuviera allí quieto. Pero yo no me estuve quieto... Estebanito se había escapado durante unos minutos. Aprovechó un descuido del viejo oso y se escabulló entre los árboles. - ¡Ya sé que a ti no te gusta que me escabulla! -se excusó de repente, temeroso de que aquella confesión pudiera acarrearle algún problema. Pero don Alfonso... La madre no pareció enfadarse ante la confesión y escuchó la continuación. - Lo peor fue cuando volví. Él me miró cuando bajé del árbol. ¡Y no dijo nada! Y yo tampoco lo hice. Pero me pareció que estaba planeando alguna venganza. Y creo que hoy la llevará a cabo. ¡No quiero ir al colegio, mamá! La madre siguió empaquetando la mochila del pequeño como si no le afectara nada d elo que le hubiera dicho. Lo despidió con un beso y le dejó marchar. Al atardecer, cuando ya toda su prole había vuelto y estaban durmiendo la siesta, Estebanito entre ellos, ella bajo hasta la base del árbol para la cita que había convenido. - ¿Duermen? -preguntó don Alfonso con su voz grave y cascada - Duermen -respondió la madre - Hoy fue ejemplar. Lo que tiene dentro Estebanito es algo muy hermoso, pero sacarlo requiere mucha energía. De los que estamos alrededor y, sobre todo, de la suya propia. - Lo sé. Gracias, Don Alfonso. Todo ha salido como predijo -dijo la madre

jueves, 17 de julio de 2014

El abusador

Cuando la camada empezó a jugar con el resto de perros del barrio, ya se sabía que allí había uno que era diferente. Ya había sido distinto entre sus hermanos. Él solo pedía más leche que cualquiera de los otros y monopolizaba las tetillas de su madre. Incluso al nacer, había sido diferente. Con aquel su madre había sentido un dolor especial, como si supiera que estaba dando al mundo algo demasiado pesado, demasiado grande. “Grandullón”, le llamaron desde el principio. Y el nombre le valía. Sin embargo, no era mucho más grande que los demás de su raza, pero sí lo suficiente como para infundir temor y, con sonoros rugidos y agudas dentellandas, marcar su territorio. Sus hermanos se aprovechaban de su tamaño y le incitaban a pelearse con otros perros. - Más te vale que te largues del barrio o mi hermano se encargará de ti. Y los perros intimidados ante la joven mafia miraban a “grandullón” con ojos desesperados, pues incluso los que se atrevían a plantar batalla sabían que esta estaba perdida desde el principio. Con mirar los ojos sangrientos de “grandullón” era más que suficiente. Un día “grandullón” se metió en una pelea que le tocaba ganar a uno de sus hermanos. Pero este se hizo a un lado y dejó que su gran hermano se llevara la mejor parte. Se trataba de luchar contra tres perros del tipo pastor alemán que estaban defendiendo su comida y su jardín contra la intrusión de los callejeros. Y no se dejaron intimidar ni por las maneras del chucho pequeño ni por el tamaño de su hermano. La lucha se convirtió en algo desesperado, en una huída hacia adelante o donde quiera qu ela supervivencia se encontrara. Presa del dios marte, “grandullón” peleó como nunca y uno de los perros murió bajo su dentellada. Aún cuando agonizaba “grandullón” le lanzó un zarpazo que le abrió las tripas al moribundo. Y, entonces sí, los otros perros huyeron del cmapo de batalla tras lanzar una atemorizada mirada hacia el gigante guerrero. Hasta su hermano estaba intimidado por la fuerza y la furia del “grandullón”, pero rápidamente se repuso: - Esta vez sí que le has dado, hermanito. Esos desgraciados no volverán por aquí y pronto todos sabrán que más vale no meterse contigo. “Grandullón” le miró con sus ojos grandes y sangrientos. Parecía no reconocerle en su furia guerrera y el otro se asustó: - Soy yo, hermanito!! -exclamó. “Grandullón” asintió y se alejó de allí lentamente, majestuoso. Aquella noche se fue al campo, lejos de la ciudad. Desde lo alto de un monte miró a la luna llena y ahulló como sus antepasados. Y luego sus ojos brillaron, casi parecía triste, casi parecía lloroso, casi decaído, como si el destino se hubiera confabuldado para cargarle con una labor que él nunca había pedido. Pero todo era un “casi”. Porque grandullón tenía ante sí un futuro de fuerza y poder. ¿Quién no le envidiaría?

miércoles, 16 de julio de 2014

la gran ruleta

- Hagan juego, señores -dijo la gatita croupier que hacía de mesa. Era una gatita muy atractiva. “Sexy”, pensó para sus adentro el señor topo. Lo cierto es que no podía verla muy bien, pero le bastaba con adivinar los movimientos de la gata para saber que sí, que era un animal suave y atractivo. La voz de la gata era atercipelada. ¡Qué diferencia con la voz de la señora topa! Su voz era estridente y siempre estaba mandándole cosas. Pero la voz de la gata era toda suavidad; y no le obligaba a nada, sino que le invitaba a apostar. El señor topo llevaba allí tres horas. Había perdido mucho dinero, pero todo en pequeñas apuestas que disimulaban el caos al que se estaba enfrentando. Es más, las veces que ganaba sentía que aquello justificaba todas sus pérdidas. Y que la gatita le miraba con picardía. “Picardía, eso es lo que no tengo en casa” Y en su mente aparecía la gata vestida con atractiva ropa interior, ronroneando a su lado y susurrándole “tú, bobo”. Así que apostó otra vez al número que, una hora antes, le había reportado algún beneficio. “Esta vez ganaré”, se dijo. Pero su voz anterior ya no sonaba tan segura como quería. El autocontrol del que gustaba presumir, el mismo que le había impedido hacer grandes apuestas en la ruleta, iba pareciéndose cada vez más a una vocecilla desesperada como una rama que, cada vez más fina, crujiera y estuviera a punto de romperse por la fuerza del viento. En aquel momento oyó una voz conocida. - Germán, ¡tú por aquí! Era su hermano, su propio hermano, Rodolfo, el perdido de la familia. El señor topo le asintió con la cabeza. - He venido a ver cómo es esto de la suerte -le dijo, aparentando una seguridad que estaba lejos de sentir. Su hermano Rodolfo le miró otra vez y luego miró hacia le mesa, hacia las escasas fichas que su hermano aún poseía y hacia la gatita sexy. A Germán le había parecido el novamás de una gata, fina y pícara. Rodolfo, en cambio, que ya la conocía d emuchos años, solo vio la caricatura de una hermosa gata, oculta entre maquillajes y perfumes, sonriendo tontamente y preguntándose hasta cuándo le tocaría sonreír aquel día. - ¿Ahora tu mujer te manda a este lugar a recolectar dinero? -preguntó, con tono de sorna. Pero Germán no respondió. La mención de su mujer le parecía de muy mal gusto. ¿Quién se creía que era su hermano para moralizarle? Se había marchado de su casa siendo apenas un niño. Traía a su madre muerta de disgustos porque nunca daba señales de vida. Nunca había ayudado en el cultivo del huerto con el que todos se mantenían y hacía años que nadie sabía nada de él. Era la vergüenza de la familia. - 22 negro -cantó la gata La bolsa de Germán menguó un poco más. Al día siguiente, la madre de Rodolfo y Germán se levantó de madrugada, como todos los días, para comenzar las faenas del campo. Desde que su marido había muerto, vivía sola. Y sus hijos la visitaban lo mínimo para saludarla e irse. Sin embargo, los aperos no estaban en su lugar. Salió a la huerta un poco angustiada y vio que había alguien trabajando allí. Por el trabajo que llevaba hecho, la señora entendió que el intruso llevaba horas trabajando en su campo. Se acercó a la sombra que manejaba la azada. El viento le era contrario y no podía reconocerle por el olfato. - ¿Quién anda ahí? -preguntó por fin - Hola mamá -sonó la voz de Rodolfo, su hijo perdido. - ¡Has vuelto! -exclamó su madre y se abrazó a él, llorando de alegría.

martes, 15 de julio de 2014

el amante de la burocracia

- Tiene usted que pagar los impuestos de este año -le dijeron en la ventanilla. - Pero si ya no tengo el coche por el que me cobran los impuestos -replicó el joven - ¿Ya no lo usa? Eso es curioso - No, no es que ya no lo use. Es que hace quince años que me deshize de él... - No me diga más -le interrumpió el burócrata- olvidó rellenar el informe 28-A y el coche no llegó a darse de baja. - En aquella época no era el 28-A, sino tenía otro nombre. Algo así como Rub-X.331. Supongo que casaba con la época. Las películas de James Bond, ya sabe. - Me hago a la idea -era un burócrata muy comprensivo - claro que luego el susodicho anexo ha tenido distintos nombres. usted todavía no estaría en la administración, claro. Pero desde que vengo batallando este asunto, me han ido faltando veintisiete impresos. A veces lo conseguía y volvía a tiempo con el informe en regla, pero para entonces ya habían cambiado otra vez el nombre y tenía que volver a empezar. - No habrá tenido usted tiempo de aburrirse -le dijo el otro En aquel momento se acercó una señora que había estado esperando estoicamente en la fila. - ¿Les importaría darse un poco de prisa? Tengo que dejar aquí le anexo 333-B y me gustaría estar en casa a tiempo para la cena. Eran las nueve de la mañana. - ¿El 333-B? -la miró sorprendido el joven cuyo coche seguía virtualmente operativo- ¡Qué casualidad! Yo, la semana pasada, tuve que dejar el 333-A. No puede ser una mera casualidad. - No sabría decirle. ¿Sobre qué trata ese anexo? -le preguntó la señora - No recuerdo del todo bien, pero ... sí, creo que hacía referencia al informe 45 - AC. - ¡Ahora soy yo la sorprendida! Mi anexo 333 - B es para terminar de presentar el informe 46 - AC. - El mundo es un pañuelo, ¿no le parece? -respondió el joven En aquel momento el burócrata se sonó. Era un hombre sensible. - Si le parece bien, podríamos proceder al pago de sus impuestos por el coche -recordó amablemente - ¡Es verdad! Recuérdeme la cantidad, por favor. - 250 euros Aquella noche, nuestro joven protagonista volvió a casa con una gran sonrisa. Abrió la puerta y dio un beso a su esposa. - ¿Sabes, cariño? Me encanta este país. ¡Todos tenemos tanto en común!

jueves, 10 de julio de 2014

El peine mágico

Una vez un gato se encontró con una cosa que... bueno, el gato en cuestión era un gato más peludo. En la mayoría de los gatos, eso no es un problema, pues les gusta acicalarse y pasarse la lengua por todas las partes de su peluda piel, sin importar el tiempo que pudiera llevar. Pero con este gato era diferente. Le llamaban “el salvaje”, pues más parecía un gato bajado de las montañas que un minino urbano. Nunca se peinaba. Y menos aún se limpiaba con la lengua. Así que las mudas de pelo se iban acumulando en una gran pelusa que contenía desde las ramas de los árboles a los que el gato había escalado hasta la tierra por la que se había arrastrado. Era un gato muy sucio y, además, indiferente hacia el efecto que su suciedad pudiera causar en los demás. La madre de “el salvaje” ya era una gata vieja y, en su tiempo, había sido una preciosa gatita de la alta sociedad gatuna. Pero aquello era agua pasada y el tiempo no había sido misericorde con ella; le faltaba un ojo y cojeaba. La sarna había hecho presa en parte de su piel y se antiguo pelaje hermoso presentaba claros inesperados. Pero ella la que más insistía para que “el salvaje” tuviera un aspecto más presentable. Pero ni siquiera a ella, ni siquiera a su propia madre, hacía caso “el salvaje”. Comenzábamos la historia con algo que se encontró el salvaje. ¿el qué? Ya podéis ir adivinándolo: ¡un peine! Era un peine dorado y con aspecto de nuevo. De hecho, parecí aestar invitándo al que lo cogiera a que lo usara. Pero el salvaje no se dejó tentar; en su lugar, se lo llevó a su madre - Este no es un peine cualquiera, chiquitín. Esto es un peine mágico. ¿No quieres usarlo? Serás el gato más apuesto de todo el vecindario. Pero el salvaje la miró con gesto insolente. - hace falta algo más que un peine mágico para que cambie mis costumbres- sentenció. Así que fue su madre quien acabó con el peine mágico. Y, ¡oh, milagro!, al poco le desapareció la sarna y su pelaje volvió a ser suave y lustroso. Y también la cojera fue desapareciendo, como si nunca hubiera estado allí. ¡Hasta el ojo tuerto comenzaba a sanar! Ella misma se sentía rejuvenecer. Los gatos, incluso los jóvenes, le maullaban tantas serenatas nocturnas que los vecinos tuvieron que llamar tres veces a la policía en una sola semana. El hijo, aunque enterado de lo bien que le parecía ir ahora a su madre, no expresó ninguna opinión más que un indiferente: - Ya es mayor para hacer lo que le gusta fue todo lo que le dijo a su tío, quien andaba preocupado por la nueva adolescencia que parecía haber invadido a su hermana. Y, sin embargo, todo aquel milagro se esfumó en apenas un instante cuando un coche atropelló a la madre del salvaje. El golpe la lanzó hacia la cuneta, y allí, a la vista de todos, se podía ver a la madre del salvaje en su estado más natural: tuerta, coja, la piel sarnosa...la muerte igualaba a todos y no había magia que pudiera con ella. Pero algo si cambió: en el entierro de su madre, apareció unj gato guapo y joven, acicalado y emperifollado. Las gatitas se sintieron inmediatamente atraídas hacia él, pero el gato solo tenía ojos para la difunta. Porque era el salvaje, que por fin había abandonado sus costumbres. Aunque solo fuera por una tuerta, coja y sarnosa gata que fue enterrada junto a un peine dorado.

miércoles, 9 de julio de 2014

El túnel

Había una vez una habitación oscura donde la familia de ratoncitos se refugiaba y dormía. Era una habitación grande y siempre sumergida en penumbra. - Pero no siempre ha sido así -les explicaba el abuelo ratón a sus inquietos nietos. - ¡Cuéntanos la historia del gigantón quesarius otra vez, abuelo! -le gritaron los pequeños ratoncillos. El viejo carraspeó un poco y se arrancó un pelo blanco que le salía sobre el morro. - ¡Ay, este todavía no estaba maduro! -dijo el abuelo con el pelo en la mano. Los pequeños se rieron - El gigantón quesarius era un gigante que siempre vivía en la oscuridad y perseguía a los ratones perdidos. Por eso no es bueno que os separéis de vuestra madre, ya lo sabéis. - ¿Es muy malo el gigantón quesarious? -preguntó uno de los ratoncitos por enésima vez. - No es tan malo como pretende, pero es grande, torpe y, sobre todo, no ve bien. Por eso nuestro rey hizo que todos nuestros pasillos estuvieran iluminados, hasta la despensa más olvidada. Y por eso, desde hace generaciones, hay un cargo especial entre los ratones de este reino: el de iluminador jefe de las cámaras. Como sabéis, yo mismo ocupé el cargo durante mucho tiempo. - ¿Cuándo te vas a morir, abuelo? -preguntó el ratoncito más pequeño de todos. El abuelo rió con voz cascada antes de responder: - Más pronto de lo que quisiera y más tarde de lo que tú imaginas. Pero, ¿queréis que siga contando la historia? Todos gritaron un gran “sí”, como era de esperar. - El gigantón no podía soportar la luz y, por eso, todas las salas de la ratonera real estaban iluminadas. Todas menos una, pues el rey dispuso que allí donde íbamos a dormir no había de haber ninguna luz... y ningún gigante. En cuanto el gigantón quesarius se atreviera a entrar en esa sala, entonces habría más luz que en ninguna otra. Y yo, aunque no he visto al gigantón, os confieso que sí he visto en una ocasión como la sala se iluminaba de repente, despertándonos a todos. - ¿Y el gigantón no estaba? -preguntó temeroso uno de sus nietos. - Se había ido corriendo antes de que pudiéramos echarle ni siquiera una ojeada. Y, creéme, yo que era joven e imprudente, bien me entristecí de no poderlo ver. Pero uno no puede tener todo lo que desea en esta vida. Más arriba, justo encima de la habitación en penumbras, había una vieja granja. Y, en el salón, una vieja mesa que nadie había movido nunca. Hasta que llegó la nuera, jovencita rubia de nariz respingona y con ganas de adecentar la vieja casa de su joven esposo - Vamos a limpiar bajo la mesa -dijo con una sonrisa. Y antes de qu esu marido pudiera rechistar, ya la estaba empujando. - Te ayudaré -le dijo el joven, temeroso de que su madre los encontrara revolviendo una casa que más tenía por museo que por vivienda. Y, entonces, al mover la mesa, un agujero quedó al aire libre. Por allí entró la luz como un rayo de esperanza. - ¡Abuelo, mira, la habitación se ha llenado de luz! -exclamó uno de los ratoncillos.

martes, 8 de julio de 2014

El instalador

- Le hemos llamado porque, otra vez, tenemos una infección. - Todavía no ha pasado un año desde la última vez que vine. Y dejé el lugar bien limpito -dijo él con severidad - Ha sido todo culpa nuestra -se apresuró a responder el gerente de la empresa “Basuras espaciales”. - Han sido ustedes descuidados. Esto es lo que pasa al ser descuidado. El otro no respondió, sino que miró al suelo en señal de humildad. - No se haga el humilde. Ya me los conozco a todos. Pero no perdamos más tiempo en palabras. Enséñeme la fuente del problema. El insectívoro asintió. Entre los suyos, era un enano; pero al lado del instalador era casi un gigante. El instalador era un hombre fornido, uno de los pocos que quedaban de la raza humana. Era bajito y musculoso, y su pelo largo le caía sobre los hombros. Y, al mismo tiempo, tenía una barriga cervecera oronda. El gerente le llevó por los pasillos putrefactos de la instalación. Todo lo que podía estar sucio, estaba sucio: las tuberías grasientas, telearañas espaciales y un aire fétido. - Por aquí todo parece en orden -dijo el instalador - El problema ha surgido donde menos lo esperábamos, justo en las letrinas. Los insectívoros llevaban años viviendo en aquella base espacial. Si había algo que a un insectívoro le gustaba más que darle gas a las motos espaciales era hacer aguas. Por ello las letrinas ocupaban un lugar especial en todas las bases donde se habían instalado. Estas desembocaban en un gran pozo negro desde donde se bombeaba la pobredumbre a las principales redes fluviales del planeta. La labor de los insectívoros era la de destruir planetas. Era un trabajo importante. Pero hasta que conocieron a los humanos, habían sido lentos. “Descuidados” habría dicho el instalador. Los humanos eran mucho más metódicos y eficaces, en lo que a contaminar se trataba. Y sí, allí estaba el problema. - Es mucho peor de lo que me había imaginado -confesó el inspector - ¿Pero podrá usted arreglarlo? - Llevará más tiempo, pero todo se andará -pero, al tiempo que pronunciaba las palabras, se preguntó por un momento si de verdad valía la pena aquel trabajo. Era una pequeña voz, aquella que los antiguos llamaban “conciencia” y que desde la autoaniquilación del planeta tierra era cada vez más débil. - Todo se andará -repitió el instalador con un deje de agresividad. Porque estaba decidido a acabar con aquella infección, por muy grande que fuera. y es que delante de él, sobre una letrina, sobrevolaban las hadas del planeta, hadas dulces y delicadas de cuerpos infantiles y miradas inocentes, plantando flores por doquier, riéndose en medio d esu desgracia. Luchando contra lo inevitable.

el dibujante

- Cuando me creó a mí, apenas estaba empezando -dijo la mandrágora En realidad no era una mandrágora, sino un ser informe que se había dado a sí mismo el nombre de “mandrágora” porque, decía, “suena bien”. - Yo fui su primera chica, la primera que puede llevar ese nombre -dijo una ninfa que, aunque un poco cargada de caderas, era de buen ver. Tras decir esto, miró despectivamente a la casa de las locas. Allí estaban todos los intentos que el dibujante había hecho por captar la femeneidad, todos espantosos, todos monstruos de piel suave pero asimetrías aberrantes: una con la nariz muy alta, otra sin nariz, todas con los ojos descolocados, aquella con la mandíbula saliente, la de más allá ... ¿para qué seguir? Y todas, a pesar de ello, femeninas, mujeres ideales que el dibujante había querido crear pensando en lo más hermoso de las mujeres. - Siempre os preocupáis demasiado por el aspecto -dijo un pequeño caracol. Era la más antigua de las creaciones que se atrevía a pasear y hablar directamente con los últimos personajes. En estos, aunque aún existían anomalías, las proporciones estaban mejor medidas. Se encontraban en la gran sala. Allí se reunían una vez al año todos los dibujos que habían salido de la mano del joven creador. El sueño de ser dibujante le llegó tarde y progresaba muy lentamente. Pero, aunque fuera poco a poco, lo hacía. Y sus creaciones se veían una vez al año para tomar decisiones, pues sabían que aún podían influir en la capacidad de creación del joven artista. ¿Cómo? En el mundo de los sueños. Aquellas creaciones que estaban más frescas en la mente del creador tenían colores vivos y una energía inusitada, que al tiempo se iba gastando como un color brillante expuesto al sol. Y así se iban transformando poco a poco; si el recuerdo de su creador cambiaba, también lo hacían ellas, embelleciendo a las más antiguas y palideciendo las más emocionales de la adolescencia. - ¿Y ese quién es? -preguntó un niño reciénllegado, de ojoos grandes y sonriente que había protagonina reicente tira cómica del autor. Se refería a un ciego que, con el bastón, iba tanteando aquí y allá, sin saber muy bien a dónde iba. No era una creación hermosa, de hecho era de las peores pues vestía con harapos verde-grisáceos.Nadie le hacía mucho caso, ni siquiera cuando su bastón identificaba una presencia y él se paraba para tocarla con las manos, tanteándola, buscando identificar al recién encontrado. Pero nadie le hablaba.Le dejaban hacer, le dejaban estar, y eso ya era mucho para ellos, o así lo parecía. - ¿Ese? -respondió el dibujo de un tendero. Ese es el creador, que así vive entre nosotros.

lunes, 7 de julio de 2014

don orejas se escapa

Don orejas era el conejo de la guardería. Lo habían comprado algunos profesores en una granja cercana, y les había gustado porque parecía muy pacífico. Y era verdad. Don orejas era un conejo muy pacífico; le gustaba tener cada comida a sus horas, dormir la siesta cuando se presentaba la ocasión y mordisquear las hojas frescas que los niños de la guardería le traían de vez en cuando. - Que no se os ocurra abrirle la jaula al conejo -decía el guardián de los niños, preocupado porque don Orejas se escapara. Pero don orejas no tenía ganas de salir a recorrer el mundo o, al menos, no se lo había planteado. Ya le era bastante divertir a los niños en sus recreos: por la mañana, dos recreos cortos, uno por cada grupo. Y por la tarde, mientras los niños esperaban que los vinieran a recoger sus papás. Así que incluso aunque los niños juguetearan con el candado y la puerta se abriera en ocasiones, don Orejas no salía. Pero, en una ocasión, los niños se dejaron la puerta abierta... ¡un viernes! Sí, un mismísimo señor viernes-por-la-tarde, de esos calurosos en los primeros días del verano, de esos en los que todos están pensando más en el fin de semana que en los días de la semana, de esos en los que muchos se van corriendo lo más cerca posible del mar, insensibles a muchedumbres, colas u olores a gasolina, porque sienten que el mar les llama. Pero don orejas no se dio cuenta de que tenía la jaula abierta hasta el día siguiente, el sábado. Era un sábado tan tranquilo que si lo describiera con palabras, estas se quedarían dormidas o se estirarían como gatitos perezosos tomando una nueva postura en el sofá de casa. ¡La puerta abierta! Y nadie alrededor. ¿Y no había un matorral de frescas hojas a poca distancia? Don orejas salió cautelosamente de la jaula, ¡ya volvería un poco más tarde! Fue hasta el matorral y rápidamente se puso a mordisquear las hojas más frescas. ¡Qué ricas estaban! El matorral nacía en el exterior de la valla que rodeaba el jardín de la guardería, así que don orejas quiso probar las hojas que estaban al otro lado que, como suele suceder con lo que parece inalcanzable, parecían más apetitosas. Y aquí el conejo tuvo suerte, porque bajo la valla corría un pequeño agujero que rápidamente don conejo supo agrandar. Pero una vez fuera no le apeteció tanto comer hojas como seguir explorando los alrededores. Y así fueron pasando las horas, hasta que llegó la hora de comer y don orejas sintió la necesidad de volver. “mejor después, aprovechemos el día hasta el final”, se dijo La tarde dio lugar a la noche. Don orejas aún veía la guardería en la distancia, pero no sabía qué hacer. En estas, se encontró con un topo que asomó la cabeza por un pequeño agujero. - hola -le dijo el topo- ¿eres nuevo por aquí? -preguntó amablemente - Vengo de aquella casa, donde me dan de comer cada día, y se cuidan de que lo tenga todo. A cambio, solo tengo que jugar y dejarme sobar un poco cada día por los niños. Pero muchas veces es divertido. En la voz de don orejas había algo de nostalgia, así que el señor topo le preguntó: - ¿Y por qué no vuelves? Parece que tenías una buena vida allí - ¡Ay! -se quejó don orejas- Y tanto que me gustaría. Pero, de alguna forma, ya no puedo hacerlo. Mis músculos no me obedecerían. No me queda otra que seguir correteando por aquí y por allá. - Pero este mundo es muy peligroso para un conejo -le advirtió el topo- cualquiera puede capturarte, por no hablar de los gatos callejeros o de los perros que no respetan a sus dueños. El conejo suspiró aún más fuerte: - Lo sé, lo imagino. ¿Crees que no tengo miedo? Pero ya no me queda otra: debo vivir como me manda el sol, la tierra y la angustia de la existencia. Solo así podré morir tras haber vivido. Y el topo le dejó solo.

El intruso

Llegó a la cafetería con su gorra de color naranja, su camiseta caqui desgastada y sus pantalones cortos de un color azul oscuro... solo que sucios, cagados por el tiempo, apenas resistentes a la intemperie.
- ¿Dónde puedo enchufar el ordenador? -preguntó  en el idioma local
- ¿Qué ha dicho? -preguntó Roberta la de las gafas de pasta. Era la hija de bonifacio y, en aquellos lares, toda una beldad. Nada queda mejor a una jovencita que la ropa de camarero, y más si esta es de hombre.
El intruso se fijó en la pequeña talla de la camarera y, como tantos en aquel pueblucho, la encontró apetecible. Pero el idioma siempre se le retorcía cuando necesitaba algo con urgencia. Con dos dedos teatralizó un enchufe y dijo la palabra clave:
- Energía
Roberta la de las gafas de pasta le señaló la mesa del rincón. El recién  llegado entendió que ya había perdido todo el interés que la camarera invertía en todo recién llegado, en toda cara nueva en Valdemesas de Abajo. La única pregunta que aún le seguía bailando en la cabeza era: "¿Y cómo habrá llegado este inglés aquí?"
El inglés estaba tostado como un cangrejo. El sol castellano había sido una herida inclemente sobre su lechosa piel. Le dolían las ingles sudorosas y los sobacos peludos y chorreantes. Una gran marcad de humedad apestaba en su camisa en desagradable simetría.
Enchufó el ordenador a la corriente, se conectó a internet y se desconectó de todo lo demás. Roberta la de las gafas de pasta le miró una sola vez con un dejo de melancolía. "Este tampoco será", se dijo. Y volvió a sus fregadero, a sus cañas, a las miradas aviesas de los mozos que, tras enfrentarse a los toros en las fiestas del pueblo, le tocaban el culo con descaro gritando "¡Ay, roberta!".
El inglés llevaba una semana perdido en un casa rural con un grupo de españoles que le habían invitado a pasar el fin de semana. No eran amigos suyos; no hay español que pueda hacer amistad con un inglés idiota venido como erasmus a españa. Lo único que deseaban era emborracharse o recibir una milagrosa inyección de auto-confianza. Por eso lo llevaron al campo como una extravagancia, como un trofeo arrancado de la capital, como una liebre extranjera de grandes orejas, pecas y ojos acuosos y de gesto caído.
Le pegaban, le mandaban a comprar más bebida al supermercado, le humillaban delante de las chicas. Y al final todos tenían fiesta menos él.
¡Pero eso se había acabado! Se había arrancado de su compañía y, tras un viaje de autostop, había acabado en aquel pueblo de mala muerte. ¡Tenía que conectarse!
Durante horas estuvo allí, fijo en la pantalla, escribiendo emails, consultando facebook, twitter, instagram y cualquie cosa donde pudiera sentirse un poco más lejos de Valdemesas de Abajo, un poco más cerca de ese mundo virtual de habla inglesa que, desde su más tierna infancia, le había acompañado.
roberta la de las gafas de pasta pasó cerca suyo limpiando mesas. Y sin querer su palo de la fregona arrancó el cable de la pared donde estaba enchufado el ordenador. Pero ni ella se dio cuenta, en medio de sus tareas de esclava soñadora, ni él tampoco, enfrascado en un vídeo de youtube en el que un perro aplaude las acrobacias de un ratón.
Así que el ordenador siguió corriendo con la batería y, al tiempo, hibernó. el inglés no se movió.
Cuando fue la hora de cerrar, roberta la de las gafas de pasta le tocó el hombro y le dijo (pasmada ante lka mirada del guiri clavada en la pantalla oscura)
Pero el inglés no se movió.
Cuando llegó el médico, todos se sorprendieron al oír su pronóstico:
- Ha entrado en coma
El inglés estaba hivernando.
"Este no será", se volvió a repetir Roberta la de las gafas de pasta.

domingo, 6 de julio de 2014

café con leche y dos noches sin dormir

El café humeaba. Tras él se sentaba un ojeroso señor búho; a sus ya de por sí grandes ojos se sumaban bolsas de cansancio y un ribete oscuro de falta de sueño. - Una semana dura, ¿no es cierto? -le preguntó el colibrí que le había servido el café - No lo sabes tú bien -murmuró el búho En aquel momento llegaron parloteando un ruidoso grupo de golondrinas. - ¡Cerveza, cerveza para todos! -dijo la primera de ellas. - ¿Pero es que saben lo que es la cerveza, aquí en el norte? El colibrí puso comenzó a tirar la cerveza para los recién llegados. Le molestaba el comentario, bien que no fuera la primera vez que lo escuchaba. - No se moleste con nosotros -le dijo una golondrina que se había apartado más del grupo. Venimos de un viaje largo y nuestros modales aún no han aterrizado. El colibrí sirvió el resto de cervezas. - ¿Venís del sur? -preguntó - Sí, somos las primeras en volver, pero ya era tiempo -dijo la golondrina que había hablado con él. Pero nos hemos topado con una nube de polvo poco antes de llegar aquí, ¡por poco no vemos el bar! - ¡Un bar bien hallado! -terció otra y de un trago de bebió la mitad de su cerveza - ¿Quién dijo que en el norte ya no sabían hacer cerveza? -gritó alegre otra más. ¡Qué lo confiese, que le rociaré con esta estupenda cerveza! - ¡Hurra por el colibri! Y dieron hurras por el colibrí. En aquel momento llegó una cigüeña. - ¡Ah! Veo que la juventud se me ha adelantado -dijo al posarse. - ¿Café a estas horas, viejo? -le preguntó una golondrina al señor búho. Este seguía con la mirada a las revoltosas recién llegadas. No contestó. El café seguía humeando. El búho lo bebía poco a poco y la negra superficie tenía tiempo de calmarse. Reflejaba el pico del búho y su cabeza hinchada hacia atrás. Y, como una bóveda que estuviera por caer sobre todos ellos, desafiante, las ramas del bar, el arco del cielo, las hojas que, en prikmavera, comenzaban a brotar, flores y frutos. Un edén en un taza de café. De repente el búho alzó las alas y se fue. Nadie le prestó atención. “Dos noches sin dormir y ahora esto. Maldita sea” Había llegado la primavera.

viernes, 4 de julio de 2014

el gurú

- Necesito que me pases esto a máquina -dijo el jefe
- Será a ordenador -contestó doña Cornelia desde detrás de sus gruesas gafas.
- Como sea -contestó Esteban. Era un jefe deportivo, en su oficina todos se llamaban de "don" menos a él, lo tenía prohibido, tan prohibido como las corbatas de seda italiana, los pantalones grises y las camisas blancas. Pero sufría un anacronismo informático. "Esas máquinas las carga el diablo" le había dicho su abuela poco antes de morir. Y junto al paquete de "jefe de cuarenta años aparentando ser más joven, que muchas veces va a la oficina en cholas y fuma porros con el encargado de las fotocopias en el aparcamiento de debajo del inmenso edificio que, en pleno centro de Madrid, impresiona con su mole a propios y extraños" también estaba el de "alérgico a cualquier tipo de aparato informático", ya fuera este un frío ordenador de teclas oscuras y relucientes o un teléfono móvil de última generación delicado como un pájaro resfriado.
Doña Cornelia comenzó a pasar a ordenador los apuntes del jefe.
"Teniendo en cuenta los avatares que ha sufrido la economía en los últimos años... las cosas ya no son como eran y hay que estar preparados para el futuro... nos esperan tiempos de gloria, pero los hay que han nacido para quedarse en el anonimato, los hay que tienen vocación de grandeza..."
Las ideas dispersas siempre solían dar vueltas sobre lo mismo. Aquellos apuntes valían oro y muchos tenían a Esteban Rompeñuelas como uno de los últimos gurús de la economía del país. Los más sarcásticos opinaban que su éxito se debía a que nunca se comprometía demasiado con ninguna idea y que daba la sazón justa entre un optimismo restringido y la triste realidad de la economía del momento.
Y es que la economía del país era como una orquesta que siempre intentara tocar la misma melodía, pero que nunca acertara a dar con el ritmo adecuado. Y Esteban Rompeñuelas era el crítico eterno que, ora impulsaba a los músicos haciéndoles ver que su éxito no estaba tan lejos, ora se llevaba las manos a la cabeza. "Esto es imposible", decía entre dientes. Y todos desesperaban con él.
Aunque no tenía mucho pelo en la cabeza, sus lacia coleta llegaba hasta la cintura y arriba quedaba la coronación de una montaña blanca y pelada, reluciente al sol, un cráneo halopécico no por destino infausto, sino por decisión propia.
Pese a los esfuerzos de los gobernantes por gritar a los cuatro vientos "¡Todo va bien! Nos estamos salvando, ya veo los brotes verdes de nuestro futuro" Esteban Rompeñuelas hizo algo que valió más que todas sus palabras. Los periódicos se llenaron con su foto en primera portada y no hacía falta leer ningún titular para saber que la cosa iba mal, peor que nunca.
Porque Esteban Rompeñuelas se había cortado la coleta y ahora parecía un hombre más.
Como todos. Sin salvación.

miércoles, 2 de julio de 2014

la telefon-librería

- No te oigo bien, espera un segundo -dijo mamá ratón, doña clotilde, con el teléfono en la oreja. La calle, sin ser del todo bulliciosa, le molestaba para poder tener una conversación. Y por eso entró en la librería que estaba a su espalda. Las vitrinas, brillantes y relucientes, mostraban todo tipo de libros expuestos a la calle: novelas clásicas y best-sellers, libros de autoayuda, de cocina, política y geografía, libros para niños, para bebés, libros coloridos unos, grandes y pesados otros.
- De acuerdo, dime ahora -dijo doña clotilde al entrar. Pero su interlocutor ya le había colgado.
"Miraré un poco los libros de por aquí mientras espero que me vuelva a llamar", se dijo doña Clotilde.
En la tienda había mucha gente pero la gran mayoría, al igual que ella hacía solo unos instantes, estaba con un móvil pegado a la oreja.
- ¿Y ese es tú último precio? -gritaba una vieja ratona por su teléfono a la par que ojeaba un libro sobre las alfombras del katmandú. -¿veintimil euros?
- Me gustó mucho lo que dijiste en la reunión, de verdad -decía una ratoncita mamá cuyo hijo correteaba entre los libros. Ella se había sentado en una silla y allí hablaba.
Los empleados tenían dificultades para oír a los clientes.
- ¿Y tiene más libros de este autor? -preguntaba un ratón de largos bigotes
- veintimil euros, caballero -le respondió el empleado.
El otro le miró con cara de sorpresa y el empleado rectificó rápidamente,
- Quiero decir veinte euros. No sé por qué me he equivocado, lo lamento -se disculpó
El viejo ratón carraspeó un poco
- Sí, eso está muy bien. ¿Pero tiene más libros de este autor? -volvió a preguntar
Doña Clotilde huyó como pudo de aquella zona. Se internó en una zona más solitaria habitada por grandes libros encuadernados en cuero y con letra muy pequeña. Entonces le sonó el teléfono, pero no quiso cogerlo. Le parecía que había algo repugnante en el hecho de hablar por teléfono en una librería y, sin saber precisar muy bien a qué se debía, prefirió no participar en ello.
- El diablo también ha entrado en las bibliotecas -le dijo un viejo que pasaba por allí y había visto como evitaba responder a la llamada.
Doña Clotilde le miró con atención. Podía haber pasado, a primera vista, por un mendigo, pues tenía un aspecto muy descuidado: su rostro estaba poblado por una espesa barba blanca y los pelos despeinados hacían que su cabeza pareciera un matojo.
Y entonces se cayó a sus pies, desmayado o muerto, ¿quién podía saberlo?
Doña Clotilde le tomó la cabeza entre sus manos y luego se puso a gritar auxilio, pero no pareciera que hubiera nadie para atenderla. Nadie la oía y todos estaban muy muy ocupados.
Así que hizo lo más lógico: sacó su teléfono y marcó el número de la ambulancia.
Y, mientras hablaba, notó que el rostro del desmayado se arrugaba aún más, como si sintiera un gran asco allá, en su subconciente.