martes, 22 de julio de 2014

Tarzan en Ljubljana

Le habían sacado por la fuerza de su pueblo natal. - En Europa tendrás nuevas oportunidades. Has tenido una suerte bárbara -le dijeron Pero, sin embargo, él no se sentía así. Su tía se había dado prisa en darle en adopción, pero temía que lo hubiera hecho para ganar un poco de dinero, para defenderse ante una vida que poco a poco la iba aplastando. - Ya me costaba con solo mis hijos. ¡y ahora los de mi hermana! Se quejaba una noche ante el hombre que la escuchaba. Éste, como tantos otros antes que él, solo estaría un tiempo con ella y luego un día se marcharía. Y no volvería. Como tantos otros. Pero había sido a él, de entre sus hermanos, al que los blancos habían escogido para darlo en adopción. ¡Y había tenido suerte! Eso decían, porque partiría... Y ya estaba allí. El tiempo para despedirse de su hogar, de su selva y de sus animales silenciosos (silenciosos y, al mismo tiempo, llenos de música natural, como gotas de lluvia en tierra baldía que resuenan con indiferencia, dando oportunidades a la que ya había perdido toda esperanza). Apenas tuvo tiempo de sorprenderse ante el pájaro volador. Porque hacía más ruído del que ninguna criatura viviente hubiera podido crear. “Es como una catástrofe prolongada por los aires”, pensó. De entre todas las ciudades s que podía haber caído en europa, fue a parar en una de las más pacíficas, de las más tranquilas: Ljubljana. Y, sin embargo, a él le parecía excesiva. “Me han arrancado del hogar”, soñó una vez. Arrancado, sí, como uno arranca las hierbas malas que crecen sin medida en el borde de la jungla y se internan en los cultivos de su tía. Y, sin embargo, aquellas malas hierbas les habían calmado el hambre en las peores ambrunas. “Me han arrancado del hogar”, les repitió a sus padres adoptivos, aquellos blancos como el culo de un mono. Un día se los dijos. Que el color de su piel no era del todo natural. Que les faltaba sol para crecer. Que les recordaba el culo de los monos. Y eso no le gustó. No lo entendió. La lluvia cae por igual en todo el campo, en los parajes yermos, en los riachuelos alegres, en los recovecos ocultos de las rocas. No hay nadie que puede contar cuántas gotas han caído, pero solo un sordo dejaría de oír el alegre martilleo de la lluvia. Y entonces se escapó de casa. Corrió primero, caminó después y, por último, se arrastró en la oscuridad. Quería volver a casa. Y una noche en la que tenía frío se atrevió a entrar en un pueblo y a sentarse en el fondo de una iglesia. Allí por lo menos se calentaría. cuando levantó la mirada vio al Crucificado. Y supo que había vuelto a casa. Al hogar.

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