viernes, 4 de julio de 2014

el gurú

- Necesito que me pases esto a máquina -dijo el jefe
- Será a ordenador -contestó doña Cornelia desde detrás de sus gruesas gafas.
- Como sea -contestó Esteban. Era un jefe deportivo, en su oficina todos se llamaban de "don" menos a él, lo tenía prohibido, tan prohibido como las corbatas de seda italiana, los pantalones grises y las camisas blancas. Pero sufría un anacronismo informático. "Esas máquinas las carga el diablo" le había dicho su abuela poco antes de morir. Y junto al paquete de "jefe de cuarenta años aparentando ser más joven, que muchas veces va a la oficina en cholas y fuma porros con el encargado de las fotocopias en el aparcamiento de debajo del inmenso edificio que, en pleno centro de Madrid, impresiona con su mole a propios y extraños" también estaba el de "alérgico a cualquier tipo de aparato informático", ya fuera este un frío ordenador de teclas oscuras y relucientes o un teléfono móvil de última generación delicado como un pájaro resfriado.
Doña Cornelia comenzó a pasar a ordenador los apuntes del jefe.
"Teniendo en cuenta los avatares que ha sufrido la economía en los últimos años... las cosas ya no son como eran y hay que estar preparados para el futuro... nos esperan tiempos de gloria, pero los hay que han nacido para quedarse en el anonimato, los hay que tienen vocación de grandeza..."
Las ideas dispersas siempre solían dar vueltas sobre lo mismo. Aquellos apuntes valían oro y muchos tenían a Esteban Rompeñuelas como uno de los últimos gurús de la economía del país. Los más sarcásticos opinaban que su éxito se debía a que nunca se comprometía demasiado con ninguna idea y que daba la sazón justa entre un optimismo restringido y la triste realidad de la economía del momento.
Y es que la economía del país era como una orquesta que siempre intentara tocar la misma melodía, pero que nunca acertara a dar con el ritmo adecuado. Y Esteban Rompeñuelas era el crítico eterno que, ora impulsaba a los músicos haciéndoles ver que su éxito no estaba tan lejos, ora se llevaba las manos a la cabeza. "Esto es imposible", decía entre dientes. Y todos desesperaban con él.
Aunque no tenía mucho pelo en la cabeza, sus lacia coleta llegaba hasta la cintura y arriba quedaba la coronación de una montaña blanca y pelada, reluciente al sol, un cráneo halopécico no por destino infausto, sino por decisión propia.
Pese a los esfuerzos de los gobernantes por gritar a los cuatro vientos "¡Todo va bien! Nos estamos salvando, ya veo los brotes verdes de nuestro futuro" Esteban Rompeñuelas hizo algo que valió más que todas sus palabras. Los periódicos se llenaron con su foto en primera portada y no hacía falta leer ningún titular para saber que la cosa iba mal, peor que nunca.
Porque Esteban Rompeñuelas se había cortado la coleta y ahora parecía un hombre más.
Como todos. Sin salvación.

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