miércoles, 2 de julio de 2014

la telefon-librería

- No te oigo bien, espera un segundo -dijo mamá ratón, doña clotilde, con el teléfono en la oreja. La calle, sin ser del todo bulliciosa, le molestaba para poder tener una conversación. Y por eso entró en la librería que estaba a su espalda. Las vitrinas, brillantes y relucientes, mostraban todo tipo de libros expuestos a la calle: novelas clásicas y best-sellers, libros de autoayuda, de cocina, política y geografía, libros para niños, para bebés, libros coloridos unos, grandes y pesados otros.
- De acuerdo, dime ahora -dijo doña clotilde al entrar. Pero su interlocutor ya le había colgado.
"Miraré un poco los libros de por aquí mientras espero que me vuelva a llamar", se dijo doña Clotilde.
En la tienda había mucha gente pero la gran mayoría, al igual que ella hacía solo unos instantes, estaba con un móvil pegado a la oreja.
- ¿Y ese es tú último precio? -gritaba una vieja ratona por su teléfono a la par que ojeaba un libro sobre las alfombras del katmandú. -¿veintimil euros?
- Me gustó mucho lo que dijiste en la reunión, de verdad -decía una ratoncita mamá cuyo hijo correteaba entre los libros. Ella se había sentado en una silla y allí hablaba.
Los empleados tenían dificultades para oír a los clientes.
- ¿Y tiene más libros de este autor? -preguntaba un ratón de largos bigotes
- veintimil euros, caballero -le respondió el empleado.
El otro le miró con cara de sorpresa y el empleado rectificó rápidamente,
- Quiero decir veinte euros. No sé por qué me he equivocado, lo lamento -se disculpó
El viejo ratón carraspeó un poco
- Sí, eso está muy bien. ¿Pero tiene más libros de este autor? -volvió a preguntar
Doña Clotilde huyó como pudo de aquella zona. Se internó en una zona más solitaria habitada por grandes libros encuadernados en cuero y con letra muy pequeña. Entonces le sonó el teléfono, pero no quiso cogerlo. Le parecía que había algo repugnante en el hecho de hablar por teléfono en una librería y, sin saber precisar muy bien a qué se debía, prefirió no participar en ello.
- El diablo también ha entrado en las bibliotecas -le dijo un viejo que pasaba por allí y había visto como evitaba responder a la llamada.
Doña Clotilde le miró con atención. Podía haber pasado, a primera vista, por un mendigo, pues tenía un aspecto muy descuidado: su rostro estaba poblado por una espesa barba blanca y los pelos despeinados hacían que su cabeza pareciera un matojo.
Y entonces se cayó a sus pies, desmayado o muerto, ¿quién podía saberlo?
Doña Clotilde le tomó la cabeza entre sus manos y luego se puso a gritar auxilio, pero no pareciera que hubiera nadie para atenderla. Nadie la oía y todos estaban muy muy ocupados.
Así que hizo lo más lógico: sacó su teléfono y marcó el número de la ambulancia.
Y, mientras hablaba, notó que el rostro del desmayado se arrugaba aún más, como si sintiera un gran asco allá, en su subconciente.

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