Llegó a la cafetería con su gorra de color naranja, su camiseta caqui desgastada y sus pantalones cortos de un color azul oscuro... solo que sucios, cagados por el tiempo, apenas resistentes a la intemperie.
- ¿Dónde puedo enchufar el ordenador? -preguntó en el idioma local
- ¿Qué ha dicho? -preguntó Roberta la de las gafas de pasta. Era la hija de bonifacio y, en aquellos lares, toda una beldad. Nada queda mejor a una jovencita que la ropa de camarero, y más si esta es de hombre.
El intruso se fijó en la pequeña talla de la camarera y, como tantos en aquel pueblucho, la encontró apetecible. Pero el idioma siempre se le retorcía cuando necesitaba algo con urgencia. Con dos dedos teatralizó un enchufe y dijo la palabra clave:
- Energía
Roberta la de las gafas de pasta le señaló la mesa del rincón. El recién llegado entendió que ya había perdido todo el interés que la camarera invertía en todo recién llegado, en toda cara nueva en Valdemesas de Abajo. La única pregunta que aún le seguía bailando en la cabeza era: "¿Y cómo habrá llegado este inglés aquí?"
El inglés estaba tostado como un cangrejo. El sol castellano había sido una herida inclemente sobre su lechosa piel. Le dolían las ingles sudorosas y los sobacos peludos y chorreantes. Una gran marcad de humedad apestaba en su camisa en desagradable simetría.
Enchufó el ordenador a la corriente, se conectó a internet y se desconectó de todo lo demás. Roberta la de las gafas de pasta le miró una sola vez con un dejo de melancolía. "Este tampoco será", se dijo. Y volvió a sus fregadero, a sus cañas, a las miradas aviesas de los mozos que, tras enfrentarse a los toros en las fiestas del pueblo, le tocaban el culo con descaro gritando "¡Ay, roberta!".
El inglés llevaba una semana perdido en un casa rural con un grupo de españoles que le habían invitado a pasar el fin de semana. No eran amigos suyos; no hay español que pueda hacer amistad con un inglés idiota venido como erasmus a españa. Lo único que deseaban era emborracharse o recibir una milagrosa inyección de auto-confianza. Por eso lo llevaron al campo como una extravagancia, como un trofeo arrancado de la capital, como una liebre extranjera de grandes orejas, pecas y ojos acuosos y de gesto caído.
Le pegaban, le mandaban a comprar más bebida al supermercado, le humillaban delante de las chicas. Y al final todos tenían fiesta menos él.
¡Pero eso se había acabado! Se había arrancado de su compañía y, tras un viaje de autostop, había acabado en aquel pueblo de mala muerte. ¡Tenía que conectarse!
Durante horas estuvo allí, fijo en la pantalla, escribiendo emails, consultando facebook, twitter, instagram y cualquie cosa donde pudiera sentirse un poco más lejos de Valdemesas de Abajo, un poco más cerca de ese mundo virtual de habla inglesa que, desde su más tierna infancia, le había acompañado.
roberta la de las gafas de pasta pasó cerca suyo limpiando mesas. Y sin querer su palo de la fregona arrancó el cable de la pared donde estaba enchufado el ordenador. Pero ni ella se dio cuenta, en medio de sus tareas de esclava soñadora, ni él tampoco, enfrascado en un vídeo de youtube en el que un perro aplaude las acrobacias de un ratón.
Así que el ordenador siguió corriendo con la batería y, al tiempo, hibernó. el inglés no se movió.
Cuando fue la hora de cerrar, roberta la de las gafas de pasta le tocó el hombro y le dijo (pasmada ante lka mirada del guiri clavada en la pantalla oscura)
Pero el inglés no se movió.
Cuando llegó el médico, todos se sorprendieron al oír su pronóstico:
- Ha entrado en coma
El inglés estaba hivernando.
"Este no será", se volvió a repetir Roberta la de las gafas de pasta.
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