miércoles, 16 de julio de 2014
la gran ruleta
- Hagan juego, señores -dijo la gatita croupier que hacía de mesa. Era una gatita muy atractiva. “Sexy”, pensó para sus adentro el señor topo. Lo cierto es que no podía verla muy bien, pero le bastaba con adivinar los movimientos de la gata para saber que sí, que era un animal suave y atractivo. La voz de la gata era atercipelada. ¡Qué diferencia con la voz de la señora topa! Su voz era estridente y siempre estaba mandándole cosas. Pero la voz de la gata era toda suavidad; y no le obligaba a nada, sino que le invitaba a apostar. El señor topo llevaba allí tres horas. Había perdido mucho dinero, pero todo en pequeñas apuestas que disimulaban el caos al que se estaba enfrentando. Es más, las veces que ganaba sentía que aquello justificaba todas sus pérdidas. Y que la gatita le miraba con picardía. “Picardía, eso es lo que no tengo en casa” Y en su mente aparecía la gata vestida con atractiva ropa interior, ronroneando a su lado y susurrándole “tú, bobo”. Así que apostó otra vez al número que, una hora antes, le había reportado algún beneficio. “Esta vez ganaré”, se dijo. Pero su voz anterior ya no sonaba tan segura como quería. El autocontrol del que gustaba presumir, el mismo que le había impedido hacer grandes apuestas en la ruleta, iba pareciéndose cada vez más a una vocecilla desesperada como una rama que, cada vez más fina, crujiera y estuviera a punto de romperse por la fuerza del viento. En aquel momento oyó una voz conocida. - Germán, ¡tú por aquí! Era su hermano, su propio hermano, Rodolfo, el perdido de la familia. El señor topo le asintió con la cabeza. - He venido a ver cómo es esto de la suerte -le dijo, aparentando una seguridad que estaba lejos de sentir. Su hermano Rodolfo le miró otra vez y luego miró hacia le mesa, hacia las escasas fichas que su hermano aún poseía y hacia la gatita sexy. A Germán le había parecido el novamás de una gata, fina y pícara. Rodolfo, en cambio, que ya la conocía d emuchos años, solo vio la caricatura de una hermosa gata, oculta entre maquillajes y perfumes, sonriendo tontamente y preguntándose hasta cuándo le tocaría sonreír aquel día. - ¿Ahora tu mujer te manda a este lugar a recolectar dinero? -preguntó, con tono de sorna. Pero Germán no respondió. La mención de su mujer le parecía de muy mal gusto. ¿Quién se creía que era su hermano para moralizarle? Se había marchado de su casa siendo apenas un niño. Traía a su madre muerta de disgustos porque nunca daba señales de vida. Nunca había ayudado en el cultivo del huerto con el que todos se mantenían y hacía años que nadie sabía nada de él. Era la vergüenza de la familia. - 22 negro -cantó la gata La bolsa de Germán menguó un poco más. Al día siguiente, la madre de Rodolfo y Germán se levantó de madrugada, como todos los días, para comenzar las faenas del campo. Desde que su marido había muerto, vivía sola. Y sus hijos la visitaban lo mínimo para saludarla e irse. Sin embargo, los aperos no estaban en su lugar. Salió a la huerta un poco angustiada y vio que había alguien trabajando allí. Por el trabajo que llevaba hecho, la señora entendió que el intruso llevaba horas trabajando en su campo. Se acercó a la sombra que manejaba la azada. El viento le era contrario y no podía reconocerle por el olfato. - ¿Quién anda ahí? -preguntó por fin - Hola mamá -sonó la voz de Rodolfo, su hijo perdido. - ¡Has vuelto! -exclamó su madre y se abrazó a él, llorando de alegría.
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