jueves, 17 de julio de 2014
El abusador
Cuando la camada empezó a jugar con el resto de perros del barrio, ya se sabía que allí había uno que era diferente. Ya había sido distinto entre sus hermanos. Él solo pedía más leche que cualquiera de los otros y monopolizaba las tetillas de su madre. Incluso al nacer, había sido diferente. Con aquel su madre había sentido un dolor especial, como si supiera que estaba dando al mundo algo demasiado pesado, demasiado grande. “Grandullón”, le llamaron desde el principio. Y el nombre le valía. Sin embargo, no era mucho más grande que los demás de su raza, pero sí lo suficiente como para infundir temor y, con sonoros rugidos y agudas dentellandas, marcar su territorio. Sus hermanos se aprovechaban de su tamaño y le incitaban a pelearse con otros perros. - Más te vale que te largues del barrio o mi hermano se encargará de ti. Y los perros intimidados ante la joven mafia miraban a “grandullón” con ojos desesperados, pues incluso los que se atrevían a plantar batalla sabían que esta estaba perdida desde el principio. Con mirar los ojos sangrientos de “grandullón” era más que suficiente. Un día “grandullón” se metió en una pelea que le tocaba ganar a uno de sus hermanos. Pero este se hizo a un lado y dejó que su gran hermano se llevara la mejor parte. Se trataba de luchar contra tres perros del tipo pastor alemán que estaban defendiendo su comida y su jardín contra la intrusión de los callejeros. Y no se dejaron intimidar ni por las maneras del chucho pequeño ni por el tamaño de su hermano. La lucha se convirtió en algo desesperado, en una huída hacia adelante o donde quiera qu ela supervivencia se encontrara. Presa del dios marte, “grandullón” peleó como nunca y uno de los perros murió bajo su dentellada. Aún cuando agonizaba “grandullón” le lanzó un zarpazo que le abrió las tripas al moribundo. Y, entonces sí, los otros perros huyeron del cmapo de batalla tras lanzar una atemorizada mirada hacia el gigante guerrero. Hasta su hermano estaba intimidado por la fuerza y la furia del “grandullón”, pero rápidamente se repuso: - Esta vez sí que le has dado, hermanito. Esos desgraciados no volverán por aquí y pronto todos sabrán que más vale no meterse contigo. “Grandullón” le miró con sus ojos grandes y sangrientos. Parecía no reconocerle en su furia guerrera y el otro se asustó: - Soy yo, hermanito!! -exclamó. “Grandullón” asintió y se alejó de allí lentamente, majestuoso. Aquella noche se fue al campo, lejos de la ciudad. Desde lo alto de un monte miró a la luna llena y ahulló como sus antepasados. Y luego sus ojos brillaron, casi parecía triste, casi parecía lloroso, casi decaído, como si el destino se hubiera confabuldado para cargarle con una labor que él nunca había pedido. Pero todo era un “casi”. Porque grandullón tenía ante sí un futuro de fuerza y poder. ¿Quién no le envidiaría?
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