lunes, 31 de marzo de 2014

el gordito

lo que Paco más quería era ser un poco más gordo. Siempre había sido el flaco de la clase, el flaco del barrio, el flaco de la ciudad.
- Oye, flaco, a ver cuándo te dan de comer
Y no sabían que su madre lo atiborraba de comida. Pero que tenía un problema hormonal, por eso no podía engordar. La piel se le arrugaba en torno al rostro y le caía fláccida en la barbilla. Tenía nueve años pero ya se le notaba la nuez. No era un monstruo, pero iba camino de serlo.
Un día un niño nuevo llegó al barrio. Vino con su familia, y ocuparon una casa vecina a la de Paco. Al día siguiente apareció por la escuela. Era un niño gordo. Su madre hubiera dicho regordete, rechoncho o feliz. Pero estaba gordo.
La maestra buscó un sitio donde sentarle, y muy a su pesar hubo de colocarlo al lado de Paco el flaco. En seguida comenzaron las risotadas del resto de la clase.
- ¡Pues no sé por qué os reís! -les reprendió la maestra. Pero en realidad sí que lo sabía y sería algo que comentaría después con sus compañeros durante el café, en la sala de profesores. "No tenía otra opción más que la de ponerlos juntos. Pero teníais que haberlos visto, ¡eran tan cómicos! A duras penas no me he reído yo también"
Paco el flaco intentó no intercambiar palabra con el gordito, al que llamaban Pepito. Sus padres habían intentado que su apodo al menos sonara a algo pequeño, ya que las grasas del infante decían lo contrario.
Pepito, en cambio, sí que tenía necesidad de hablar con alguien.
- ¿Y tú cómo lo haces para estar tan flaco?
Paco le miró sorprendido. ¿También lo iba a pisotear un recién llegado?
- ¿Y tú tan gordito? -le respondió con acidez
Pero Pepito no se molestó.
- No lo sé. Debe de ser un problema hormonal, porque yo no como tanto -dijo con sencillez
- No creo que esas grasas tengan mucho que ver con las hormonas. Yo, en cambio...
Y Pepito le entendió sin necesidad de que Paco tuviera que contar más.
- ¿Y se meten contigo por eso? -preguntó delicadamente el recién llegado
Paco asintió.
- Conmigo también. Pero, ¿sabes qué? Hagamos un pacto.
- ¿Un pacto? -preguntó incrédulo Paco
Pepito se puso serio:
- Un paco entre nosotros dos. Para que ya nadie mire nunca ni lo que a ti te falta ni lo que a mí me sobra. ¿Qué te parece?
A Paco le brillaban los ojos. ¿De dónde había salido aquel niño?
- ¿Qué se te ha ocurrido? -preguntó indeciso
- Cada vez que alguien se meta con nosotros, nos acordaremos del otro. Yo de ti, tú de mí. Y nos reíremos, ¡nos reíremos más que nadie!

Y desde aquel día se hicieron grandes amigos. No siempre consiguieron conservar la sangre fría como para reírse de todas las burlas, pero su amistad ganó todas las fases de la vida y no había nadie que viera a uno sin pensar en el otro. Entre ellos había algo tan especial que deslumbraba y no dejaba ver una nimiedad tan grande o tan pequeña como la cantidad de grasa que había en el cuerpo.
Y eso que era un problema hormonal.















domingo, 30 de marzo de 2014

la ciudad pijama ii

Pero nadie hizo mucho caso de los animales. La ingeniería genética estaba entonces tan avanzada que ya se habían creado especies de animales adaptadas a todas las necesidades humanas. Tenían un deje artificial, pero eran muy obedientes.
Para cuando el gran fundador murió, los pijamitas se habían extendido por todo el orbe. Pero en todo el planeta no había lugar más sagrado que la Gran Habitación de don Pepe, allí donde había comenzado su incansable labor. Esta era una sucia habitación de un hostal de tres al cuarto, regido por doña María Jiménez, una casera a la que la historia hubiera relegado al olvido si no hubiera sido por su encuentro con don Pepe. Fue ella la primera discípula del gran maestro.
Durante un siglo no se tocó nada en la habitación; el lugar se reverenciaba y solo un selecto grupo de personas tenía el privilegio de visitarla cada año. Pero al cabo del siglo había partes del cuarto que habían de ser remodeladas.
Fue así como descubrieron que, debajo de la cama en la que don Pepe se echaba sus siestas nocturnas, había un pequeño agujero tras un rodapie. Y al investigar, hallaron algo que nadie esperaba encontrar. Se trataba de una arrugada receta médica y un autógrafo de don Pepe.
La receta tenía prescrita unas drogas para dormir, las más poderosas que se usaban cien años antes. Y en el autógrafo del Fundador, estas líneas:
"El doctor ya no sabe qué darme para que concilie el sueño. Hoy me habló de ocupar mis horas de insomnio con algún trabajo. Menudo idiota, ¿a quién se le ocurre trabajar cuando lo que toca es dormir?. Y, sin embargo, su sugerencia me ha dado una idea. Mañana comenzaré a ponerla en práctica. Dejaré aquí este papel como testigo del principio del experimento"
Aquellas palabras soliviantaron a la alta cúpula de los pijamitas, que decidió ocultar las motivaciones que habían impulsado al fundador.
Pero ellos mismos, enterados del secreto, comenzaron a ponerse el pijama alguna que otra noche.
Por si acaso.

viernes, 28 de marzo de 2014

la ciudad pijama I

la ciudad pijama debía mucho a su fundador. Lo que comenzó siendo una extravagancia pronto se contagió a otras ciudades. Ya no solo era la fiebre del momento, sino algo más. Poblaciones enteras cambiando, cambió el país y las costumbres que lo regían, las leyes se adaptaron a los nuevos modos...
Pero en ningún lugar era tan fuerte el culto como en la ciudad donde había nacido y crecido el fundador, Pepe Rodríguez Cifuentes.
Fue don Pepe el primero en salir a la calle en pijama. Por las noches, se acostaba con la chaqueta y la corbata puesta y se levantaba de vez en cuando para trabajar.
"La realidad es un sueño", era su máxima. Y en su biografía se puede leer cómo le echaron de su antiguo trabajo y no sufrió más que incomprensión por parte de sus paisanos. Incluso le llegaron a encerrar en el manicomio; allí no solo no enfermó sino que ganó adeptos que sanaron de su locura con su máxima "La realidad es un sueño".
El pijama fue influyendo tanto en la vida de los "pijamitas", como se les llamaba, que muchas veces se quedaban trabajando de noche, perfectamente trajeados, mientras por el día se escondían del sol para pegarse unas grandes siestas.
Fueron justamente las siestas las que propagaron más el movimiento. A nadie le gusta trabajar cuando los otros están durmiendo. El gobierno, preocupado por dar una imagen progresista, se apresuró a promulgar leyes que defendieran a los pijamistas. Lo cual llevó a que muchos realizaran el rito de conversión, tras el que las organizaciones del culto los acogían y, por ende, las leyes proteccionistas del gobierno. Así, una empresa no podía echar a nadie en razón de su sexo, raza o pijamismo. Si alguien optaba por ir a trabajar en pijama y echarse grandes siestas sobre su escritorio... bien, estaba en su derecho.
Hubo empresas que se fueron al garete durante aquellos años solo porque más de la mitad de sus empleados se pasaban el tiempo durmiendo buena parte de la jornada laboral. Y aquella que se atrevía  a despedir a alguno de los pijamistas, se arriesgaba a un juicio, mala fama en la prensa, gastos de abogado, gastos de sobornos, etc.
Por eso las nuevas empresas que estaban más marcadas por el signo de los tiempos abrieron por la noche, cuando los pijamistas estaban obligados a trabajar o, a lo menos, a llevar chaqueta y corbata.
La única queja seria la plantearon los ecologistas ante aquel cambio de tornas: durante siglos, si no milenios, los animales se habían adaptado para comportarse como animales durante la noche, cuando el hombre dormía. Pero ahora todo se había vuelto del revés.
Una hermosa manifestación que recorrió el centro de la ciudad tenía a todos los animales de alrededor como protagonistas. Había caballos que llevaban orgullosos carteles de "dejadnos en paz", perros que en el collarín tenían una voz que decía "¿Pero es que nunca nos vais a dejar tranquilos?"

miércoles, 26 de marzo de 2014

la presa

El joven lobo vio a su presa; era la primera vez que salía solo de caza. Sus hermanos le acompañaban o eso pensaba él. Pero después de cruzar el río, se dio cuenta de que estaba solo, no le estaban siguiendo.
Pero podría con aquella presa. Era un ciervo, un joven ciervo que, tal y como le pasaba a él, apenas había entrado en la madurez. Una pequeña cornamenta ya asomaba en su cráneo.
El lobo estaba contra el viento. Se movía silenciosamente; sus hermanos decían que parecía un gato montés por lo sigiloso. Y era verdad. Sabía que podía llegar a ser un gran cazador solo por eso.
Cuando el ciervo bajó otra vez la cabeza para arrancar unas hierbas, el lobo se lanzó y le cayó encima. Tenía que matarlo rápido antes de que se le escapara, pero su falta de práctica le hizo fallar el bocado. El ciervo aprovechó aquellos instantes para implorar piedad:
- ¡No me mates, lobo! No lo hagas y sabrás algo que te beneficiará toda tu vida.
El lobo sabía que no debía mirar a los ojos de la presa, pero sin querer sus miradas se cruzaron. Entonces gruñó y le dejó seguir hablando.
- Sé que soy tu primera presa. Lo puedo sentir. Tú yo tenemos la misma edad, lobo. Pero has de saber que, si salvas a tu primera presa, te asegurarás una vida longeva. Serás el que más viva de entre todos tus hermanos.
El lobo gruñó pero, finalmente, le dejó ir.
La profecía se cumplió. El lobo llegó a ser el jefe del clan y el cazador más temido de los contornos. Nunca más concedió clemencia a ninguna otra presa. Envejeció y, aunque su pelo se tornó a gris y su piel se arrugó, no perdió fuerza ni sufrieron sus dientes. Murieron sus padres, sus hermanos y su familia. El resto de la manada lo veía como una leyenda, pero no se atrevían a acercarse a él.
El lobo cazaba solo.
Y un día atacó a un gran ciervo que tenía una gran cornamenta. Era un ciervo noble y fuerte. Cuando iba a asestarle el golpe mortal, el ciervo exclamó:
- ¡Eres tú!
El lobo también pareció reconocerle. Y el ciervo continuó:
- Yo soy aquel joven ciervo con el qu eun día mostraste clemencia. Hazlo hoy también y te prometo que tu vida se alargará aún más, que siempre conservarás tu fuerza y que...
Pero el lobo no le dejó terminar. De un mordisco certero le cortó la yugular. No quería seguir oyéndolo, solo quería calmar su hambre.
Y morir en paz.

lunes, 24 de marzo de 2014

el sol, la tierra, el tiempo

Comenzaba la primavera.
Los animales del bosque se habían reunido para un picnic. Unos habían traído ballas silvestres, otro moras, aquel unas hojas tiernas, el de más allá un confite de insectos...
También habían traído a sus pequeños consigo. Aquel día no habría nadie que les molestara. La paz era obligatoria en el primer día de la primavera.
Los pequeños saltaban y jugaban entre sí: cachorros castores con una liebre al "corre que te pillo" y cervatillos charlando con pequeños erizos con púas tiernas y flexibles.
Tras la comida, dieron el paseo habitual de todo el grupo.
"No me gustan las actividades de grupo", decía el jabalí, siempre un poco gruñón. Pero, con todo, también se apuntó, como cada año.
El camino era un antiguo sendero que subía hasta una colina que dominaba a las demás. Los pequeños caminaban en tropel alrededor del gran ciervo, pues en su cornamenta estaba posado el búho más viejo de todos, aquel a quien llamaban el gran anciano, que era un gran sabio. Y desde allí les hablaba, les contaba cuentos e historias de tiempos antiguos. En todas sus narraciones, siempre terminaba con la frase,
"y todo bajo este sol, sobre esta tierra y en este tiempo"
Los pequeños estaban demasiado concentrados en el meollo de la historia como para darse cuenta de que todas terminaban con aquella sentencia. Pero el pequeño urogallo se dio cuenta y la preguntó al búho:
- ¿Qué significa eso del sol, la tierra y el tempo?
- El tiempo, pequeño, no el tempo -le corrigió el búho- Pero no puedo explicarte bien qué es. Las palabras apenas llegan para rozar la superficie de... de una misteriosa fuerza que nos une a todos.
Los pequeños sintieron que allí se escondía algún misterio, pero antes de que pudieran preguntar nada más pasó algo inesperado. Desde las primeras filas de la procesión se fue creando el silencio, allí donde antes había habido un ininterrumpido barullo. Y es que en el camino se encontraba un viejo lobo mirando al horizonte, por donde el sol se ponía. Se quedaron callados pero ninguno sintió miedo del viejo lobo, que ni aún en un día normal hubiera logrado atemorizarles, tal era el aspecto de su vejez.

El sol teñía el inferior de las nubes de un color anaranjado, el mismo que limbaba las copas de los árboles, y parecía que se llevara en su puesta todos los recuerdos que se habían acumulado durante el día.
Con un silencioso respeto la procesión pasó por detrás del viejo lobo. Nadie se atrevió a interrumpirle. Cuando ya lo había dejado atrás, el pequeño urogallo murmuró
"bajo este sol, sobre esta tierra y en este tiempo"
El búho lo miro complacido y ya nadie se atrevió a preguntar más. Lo habían entendido.

domingo, 23 de marzo de 2014

el lenguaje de las piedras

Las piedras hablan entre sí. Esto es algo que pocos humanos saben, porque los humanos son gente apresurada que viven en apenas un suspiro para las piedras; cuando ellas terminan de decir una sola palabra, ya han pasado generaciones de humanos.
Pero, en una ocasión, había una piedra que tenía más prisa que las otras por hablar. Sobre todo tenía prisa proque le contestaran a una pregunta. Era algo que siempre le había preocupado:
- ¿Cómo morimos las piedras?
La piedra era joven y llena de aristas. Su madre había sido un tremendo meño que, de lo alto de una montaña, se despeñó con ocasión de unas fuertes lluvias. En su caída aplastó plantas e insectos, auyentó a efímeros seres con cuernos y... dio a luz a un montón de piedrecitas, a la vez que fecundó todas aquellas sobre las que cayó.
De entre aquellas piedrecitas destacaba nuestra piedra preguntona.
El problema surgió con el lenguaje, pues las piedras no tenían ninguna palabra para "morir", pues ninguna de ellas moría, o no en el sentido que los seres acuosos le dan al término. La vida de una piedra es un transmutarse continuamente en otras más pequeñas, o en amalgamarse con otras durante un tiempo.
Así que la piedra preguntona estuvo probando diferentes combinaciones de palabras y sonidos con las que expresar el sentido que quería a su frase. No fue una tarea fácil y le llevó más tiempo del que sería posible contar. Durante millones de años formuló su pregunta, pues cada palabra le costaba pronunciarla cien mil años. Y durante aquel tiempo el río cambio de curso, las montañas de forma, la vegetación de preferencias, el clima de estaciones.
Pero había dicho lo que quería decir. Se encontraba satisfecha. Las piedras a su alrededor que habían estado pendientes de sus palabras durante tanto tiempo se apresuraron a pasar el mensaje a las piedras vecinas para ver si alguna daba con la respuesta adecuada.
Tras muchísimo tiempo, cuando nuestra piedrecita vivía ahora en un desierto y no era más que un pequeño grano de arena -ella, de cuyo abuelo se decía que había estado en la cima de una montaña- le llegaron rumores de una respuesta. ¡ Una respuesta, por fin!
Y llegó, pero no de la forma que ella esperaba.
Un día la tierra comenzó a calentarse más de lo normal, y a partir de allí ya no cejó aquel continuo calentamiento. Y luego un terremoto como ninguno que había vivido la empujó hacia un enorme cráter de donde comenzó a surgir un volcán. La boca del volcán se abrió justo debajo de donde se encontraba la piedrecita, y fue así que el volcán se la tragó, la fundió y la mató. Para cuando la volvió a escupir era otro ser, otra piedra.
Y esta nueva piedra también tenía una pregunta, casi como una reminiscencia de una reencarnación anteiror. Y la pregunta era:
- ¿Cómo nacemos las piedras?

sábado, 22 de marzo de 2014

el pajaro tuerto

En el bosque todo los pájaros cantaban, ¡llegaba la primavera! Todos, sí, menos uno. Era el pájaro tuerto. Uno hubiera dicho que para él siempre era invierno.
Las mamás amenazaban a sus pequeños con el pájaro tuerto para que se acabaran su comida o para que se durmieran a la hora.
- Si no te comes la comida, vendrá el pájaro tuerto a por ella.
Pero el pájaro tuerto no sabía nada de eso. Vivía solo, sí, pero no había elegido hacerlo. La vida le había llevado por ese camino. Y ahora, de alguna forma, parecía muy tarde para cambiar.
La gente le temía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Uno de sus ojos había desaparecido tras un encuentro con un gato: él aún era pequeño cuando sucedió.
- No se te ocurra acercarte a ese jardín -le había dicho su madre
Pero él se olvidó de sus consejos. Y por eso curioseó en el jardín y la casa del final del pueblo. Allí había una niña que le silbaba y jugaba con él cuando el pajarito se posaba en el alfeizar de su ventana.
Pero un día el gato le saltó encima. No lo vio venir y aún se sintió afortunado de que solo se hubiera cobrado un ojo. Podía haber sido la vida.
- Así aprenderás -le había dicho uno de sus hermanos
Pero él todavía echaba de menos a la niña. Pensaba que todo había sido un accidente, y que la amistad con aquella encantadora humana bien valía un poco de riesgo.
Sin embargo, cuando volvió al alféizar de la ventana, tras asegurarse que el gato andaba bien lejos, la niña no solo no jugó con él, sino que lo ahuyentó; llamó llorando a su nana, quejándose del monstruo que se había posado en su ventana.
El accidente le había desfigurado.
Y no solo fue la niña la única que le rehuía, sino todos los pájaros. Sus familiares se esforzaban por disimular su malestar, pero los otros simplemente le evitaban. Así que se internó en partes del bosque donde había pocos pájaros y allí gastaba sus horas.
Un día que estaba cantando su soledad aparecieron unos niños de excursión por la zona. No la vieron, pero sí le oyeron.
- ¡Qué canto más bonito! -se dijeron. Y para oírle se quedaron allí sentados toda la tarde.
El pájaro tuerto se quedó sorprendido. ¡Tenía compañía! Les gustaba como cantaban. Y decidió cantar como nunca antes lo había hecho. En sus trinos relató la emoción con la que comenzó a vivir, la alegría de saberse amado y el gozo de la primavera. Luego su canto recayó en el accidente que tanto le había marcado, en el rechazo de la niña y de todos los seres que se encontraba. Lúgubremente, finalizó su tonada con la soledad que embargaba su corazón.
Los niños escuchaban maravillados. A uno de ellos se le resbalaban las lágrimas.
- Quedémonos aquí a dormir -propuso otro.
Y así durmieron. El pájaro tuerto les cantó nanas silvanas de tiempos inmemoriables bajo las que, uno a uno, fueron cayendo dormidos.
A la mañana siguiente despertaron. Todo el bosque estaba en silencio.
- ¿Dónde se habrá ido el pájaro que tan bien nos cantó ayer al atardecer? -se preguntó uno
Entonces dieron con el cadáver de un pajarito negro que había caído entre las piedras de la fogata del campamento.
- ¡Mira! -dijo uno- ¿no será este pobrecito? Habrá venido para calentarse al fuego
Pero otro lo movió con el palo y, viendo su cara desfigurada, dijo,
- Imposible. Este es un monstruo de un solo ojo. ¿Por qué no lo quemamos?
El resto de niños aplaudió a la idea. Solo el que lo había encontrado sintió pena, y se propuso guardar las cenizas que quedaran de aquel pájaro para siempre llevarlas consigo.

jueves, 20 de marzo de 2014

eugenio el seductor I

los dos gatitos estaba aún jugando, pero su madre los mandó a la cama:
- es hora de dormir para que mañana estéis otra vez en forma.
- y os podáis perseguir y morder y correr y subir por los árboles y...
- Basta, eugenio, que los pones nerviosos -le recriminó la madre
En realidad el papá de los gatitos rara vez pasaba por allí y, cuando lo hacía, más se portaba como un hermano mayor que como un padre. O ni siquiera como un hermano mayor.
Vivían en un solar abandonado, uno de los últimos terrenos vírgenes que quedaban en la pujante ciudad. Allí crecían en armonioso desorden todo tipo de arbustos, cañas, zarzas, un árbol que nunca esperó llegar a tanto, una palmerita, piedras de todo tipo, extrañas al lugar pero llevadas como vertedero de todas las bellas casas que rodeaban a la pequeña finca. También había, en algunos escondites, revistas con mujeres desnudas. Y suciedad, latas de cocacola, condones usados y trozos de cristal. Pero, salvo el cristal, nada humano interesaba demasiado a la familia de gatos.
- Papá, ¿te quedarás esta noche con nosotros? -preguntó uno de los pequeños luchando contra el sueño. El otro ya estaba acurrucado y durmiendo.
- Si a tu madre le apetece, yo estaría encantado -dijo Eugenio, mirando de reojo a la gata.
Pero ella no le prestó demasiada atención.
- Tú duérmete ya. Mira a tu hermano que ya está roncando.
Sobre el solar podían verse las estrellas. Era una noche de innumerables estrellas. A la gata le gustaba mirarlas. Cuando los pequeños estuvieron tranquilos en su sueño gatuno, ella se apartó un poco para mirar al cielo. En seguida tuvo compañía.
- ¿No te gustaría que pasara aquí la noche? -le preguntó Eugenio, rondándola
- No lo sé -respondió ella con sinceridad
Luego bajó la mirada y se enfrentó a la del gato.
- A veces me parece que vivimos en mundos diferentes, Eugenio. Yo espero a que llegue la noche y los pequeños estén dormidos para descansar un poco y ver las estrellas. Pero no sabría verlas si no he pasado el día con ellos. ¿Entiendes lo que digo?
- Entiendo lo que tú quieras que entienda, gatita -dijo él, haciéndose el seductor.
Ella resopló un poco
- No, vivimos en mundos diferentes. Y, sin embargo, todo parece tan igual. Debe de ser un espejismo compartido.
Luego le sonrió
 - Ven -le susurró
Eugenio notó una corriente de excitación como una descarga que le recorriera el cuerpo. Pero en ese momento oyeron otro ruído.
- ¡Gata, sé que estás aquí!
Era el gato negro del barrio, un gran gato que vivía en casa de los embajadores y que solo salía para saciar sus apetitos. Unas veces eran las ganas de pelear, otras las de encontrarse con alguna gata.
- La gata está conmigo -siseó Eugenio
Pero en su interior dudaba. Sabía que no había gato en la vecindad que, tras enfrentarse con el gato negro, no lo hubiera lamentado después.

martes, 18 de marzo de 2014

la serpiente triste

Un día el tonto del pueblo se encontró una pequeña culebrilla en el patio trasero de su casa. Normalmente, cualquiera del pueblo hubiera matado el bicho pensando que así protegería a los niños del lugar. Pero tontolote no lo hizo así; la culebrilla le hizo gracia con aquella mirada fría, su piel húmeda y el aire misterioso que tenía el reptil.
No solo no la mató, sino que hizo justo lo contrario: comenzó a alimentarla. Para empezar se la llevó a unas ruinas que había lejos del pueblo y allí le llevaba un poquito de leche, algún ratoncito vivo que había capturado, un montón de hormigas muertas... no todo se lo comía el bicho, pero en general no hacía ascos. Una dieta tan variada dio con un resultado sorprendente.
La culebra comenzó a crecer más de lo normal. Pronto ya no era una culebrita, sino una señora serpiente. La gente del lugar huía de aquellas ruinas donde muchos decían haber avistado a la bestia. Incluso llegó la guardia civil a investigar, pero tontolote se les adelantó y se llevó a su amiga a un pozo seco que había algo más cerca del pueblo.
Y la serpiente siguió creciendo. Ya ni siquiera era como una serpiente normal, sino que más se asemejaba a una inmensa boa que hubiera aterrizado en el desierto castellano.
Un día alguien vio a tontolote arrastrando a una oveja herida para alimentar al monstruo. Fue suficiente para que el pueblo se levantara en armas y se supiera toda la verdad tras interrogar a tontolote. El pobre no sabía mentir.
A tontolote y a su madre se les hizo insoportable vivir en un pueblo donde todos les odiaban y hablaban de ellos a sus espaldas. En realidad, era a la madre a quien se le hacía más insoportable, pues tontolote ya estaba más acostumbrado. El caso es que acabaron mudándose a la capital de la región, a casa de una tía de tontolote por parte de padre que vivía allí limpiando casas. "Pero vivir aquí es un asco, te aviso", le dijo a su cuñada antes de que se fueran para allá.
¿Y la gran serpiente del pueblo? No había nadie del pueblo que se atreviera a enfrentarse a ella. Tampoco la Guardia Civil que decía "ya la hemos buscado una vez y no la hemos encontrado. No vamos a estar con lo mismo cada vez que les parece a ustedes que hay una serpiente por ahí". La realidad es que el animal les daba un poco de miedo.
Y los del pueblo acabaron diciéndose: "al fin y al cabo, esta serpiente nunca ha hecho mal a nadie. No nos preocuparemos de alimentarla, pero si no hace daño a nadie no tenemos por qué hacerle daño nosotros". Al igual que la Guardia Civil, ellos disfrazaban el temor que el monstruo les inspiraba bajo una pátina de prudencia.
Pasaron los años y la serpiente, lejos de morirse, siguió creciendo. El pueblo se hizo famoso por ella, pues de la ciudad llegaban muchos a verla, a hacerse fotos. Científicos de otras partes del globo venían a estudiarla, pero nadie conseguía entender el arcano de su extraordinario desarrollo. "Deben de ser los nabos", decían los más eruditos, pues los nabos de la región siempre habían sido excepcionalmente buenos y sabrosos.
En aquel entonces la serpiente era tan grande como todo un campo de nabos.
Un día pasó algo que sorprendió a todos. La serpiente estaba llorando. De sus ojos salían gruesos lagrimones.
"Debe de ser que ha cambiado la piel", decían unos. "Tal vez ha comido demasiadas cebollas", decían otros.
Pero fue una llamada de teléfono desde la capital de la región la que les llevó a la verdad. Llamaba la madre de tontolote preguntando por su hijo. Decía que había vuelto al pueblo en una visita rápida para visitar a su antigua culebrilla, pero que no había llamado de vuelta. Su teléfono no funcionaba.
Tras investigar un poco, descubrieron cerca de la serpiente unos huesos humanos y ropa de tontolote.
Por eso lloraba. Y lloró tanto que acabó secándose y murió al fin.

lunes, 17 de marzo de 2014

el elefante en mi casa II

Así que salimos de paseo. Mi barrio es bastante tranquilo y en aquella hora apenas había nadie en la calle. Íbamos por la sombra de los árboles, y cada vez que nos encontrábamos con alguien, el elefante se sentaba a la sombra de un árbol y ponía gesto de estar investigando algo en el suelo, con la cabeza gacha y el sombrero tapando buena parte de su inmenso rostro. Lo hacía muy bien y yo andaba muy orgulloso, pensando que así no nos descubrirían nunca y que, ¿quién sabe?, podía conservar al elefante como mascota durante mucho tiempo.
- Te llamaré Mike Invisible -le dije, tras un rato.
El nombre pareció gustarle y sacó la trompa de la bufanda donde la tenía enrollada para manifestar su alegría.
En aquel momento un niño que cruzaba la calle se quedó mirándole, impresionado ante la vista de un elefante vestido de calle y con sombrero mexicano.
Y no fue el único.
Por la calle venían en aquel momento dos coches: por un lado, el señor Rodríguez tareando su canción preferida en la radio. Por el otro, el joven Juan sin prisas conduciendo como un loco la tartana con la que repartía las pizzas de la pizzería del barrio.
Y ellos también vieron como Mike Invisible dejaba de ser invisible para sacar su trompa y airearla al aire.
Y fue por eso que no vieron al pequeño que, en medio de la calle, se había quedado boquiabierto mirando al elefante.
Pero Mike Insible entendió la situación mejor que nadie y el peligro que amenazaba al pequeño. Moviéndose con rapidez y desgarrando los pantalones de mi padre que le había puesto, se lanzó hacia el pequeño, lo agarró con la trompa y lo elevó por los aires. Juan sin prisas frenó y desvió el coche en el último momento, pero el señor Rodríguez, que en ese momento estaba en el momento cumbre de la canción de la radio y al que la canción y la apareción del elefante le habían superado todas las expectativas que tenía para aquel día... pues solo logró mover el volante y desviar al elefante de la carretera cuando ya era demasiado tarde. Una parte del coche rozó al elefante, pero este no se movió. Sostenía en lo alto al pequeño y tan solo emitió un severo lamento de dolor.
En aquel momento entendí que no podía esconder por más tiempo a Mike Invisible. La policía se presentó y también la prensa. Al rato también estaba por allí el personal del zoo. Pero todo eso fue cosa minuta ante el último que se presentó: era un gran camión del zoo. Yo temía que allí iban a meter a Mike Invisible, pero me equivoqué en parte. No volveŕia solo. Del camión salió una gran elefante que, al ver a Mike Invisible, empezó a lanzar extraños gruñidos. Por su parte, Mike invisible, que en aquel momento estaba siendo atendido por los médicos, nada más oyó aquellos gruñidos que saltó corriendo hacia la recién llegada. Era su madre.
No fue el único que se llegó hasta la madre. Una señora que acababa de llegar también fue hasta los dos elefantes y, llorando, comenzó a besarles y abrazarles. Mike Invisible no prestaba mucha atención, pero su madre debió de entender qué estaba pasando porque comenzó a acariciar con su trompa a la recién llegada, y de tanto en tanto a su pequeño.
Era la madre del pequeño al que Mike Invisible había salvado.
Desde aquel día, Mike Invisible fue famoso. Nadie se enfadó con él porque se hubiera escapado del zoo. Incluso pusieron una placa donde explicaban su historia en su jardín del zoo.
Yo, en cambio, recibí una regañina histórica en cuanto llegué a casa.
No hay justicia en el mundo.

sábado, 15 de marzo de 2014

el elefante en mi casa I

mamá no podía verlo. Ella no sería capaz de entenderlo. Y habían hablado de él en las noticias, la policía lo buscaba, los bomberos, ¡hasta el ejército! Y yo lo tenía en el garaje de casa.
¿Cómo lo había atraído? Creo que se encontraba mal, que tenía miedo, ¿dónde estaba su mamá?
...
- Mira cariño, no te vas a creer lo que ha pasado -había dicho mi padre dos días antes.
- ¿Puedes sacar la basura, Jonás? -me había pedido mi madre
Pero yo me había quedado un momento viendo las noticias, y por eso no saqué la basura a tiempo y pasó lo que pasó. Cuando me encontré con él, yo ya sabía quién era pero él no sabía que yo lo sabía.
- Me pregunto por qué habrá tantos policías por la zona. Es el tercer coche que pasa por nuestra calle -dijo mi madre
- Si ves la tele, lo entenderás
- ¿Qué es lo que pasa? -preguntó ella
- Uno de los árboles que se han caído por congelación rompió una valla del zoo, y por allí se escapó un animal. Pero si te digo que todavía no lo han encontrado, nunca adivinarás de cuál se trata.
- ¿Qué animal es papá? -pregunté yo, curioso.
- ¡De un elefante! Bueno, uno pequeño, o eso dicen, pero elefante al fin y al cabo. Estaba separado de su madre por una cosa de no sé qué enfermedad y cuarentena. Y sospechan que se ha escapado para buscarla. Este gobierno...
En ese momento había salido a tirar la basura. Mi padre, cuando se ponía a hablar del gobierno, era bastante aburrido: siempre decía lo mismo.
Tiré la basura y oí un ruído en el cuarto-trastero del jardín. Este es un desván para herramientas, con una puerta herrumbrosa y podrida que casi nunca cerramos. Me acerqué a ver qué era y... ¡sorpresa! allí, mirándome con ojos asustados, quietecito en la sombra, estaba el pequeño elefante del que hablaban las noticias.
Aunque yo también estaba asustado, me acerqué a él y conseguí acariciarle la trompa. Aquello le gustó. Entonces le dije:
- Espera que te conseguiré algo de leche.
Supuse que bebería leche porque tenía todo el aspecto de un niño perdido.
Al rato salí con un cubo donde había metido mucha leche. El elefante se la bebió ansiosamente... luego vi que se le cerraban los ojos, que se adormecía, así que le conseguí una manta para que se cubriera y por fin, tras oir como mi madre me buscaba, me metí en la casa, demasiado excitado para dormir.
Al día siguiente no tenía colegio.
- ¿Sales hoy con la bicicleta? -me preguntó mi madre
Cada sábado solía ir con la bicicleta. Pero no aquel. En cambio, conseguí que mis padres se fueran.
- Tenéis que dedicar tiempo a la pareja. ¿Por qué no os vais de paseo? -les pregunté
Y allá se fueron. Rápidamente fui hasta el elefante.
- ¿Quieres que juguemos a algo? -le pregunté
Nuestro jardín tenía un seto bastante alto, así que no habría vecinos que nos molestaran. El elefante demostró ser un gran compañero para jugar al fútbol. Pero temía que mis padres lo descubrieran a la vuelta. Parecía una crueldad, de alguna forma, meterlo otra vez en el oscuro trastero.
Así que lo disfracé como si fuera un señor muy grande que tuviera muchos abrigos encima. Teníamos que andar con cuidado y el elefante había de sentarse cada vez que viéramos a alguien, no fuera que lo descubrieran.

viernes, 14 de marzo de 2014

el borracho

- ¿dónde estabas? ¿dónde te habías metido? -le preguntó la ratoncita a su marido, el señor ratón.
Pero él no contestó. En su silencio había muchas cosas escritas. Pero, sobre todo, era el silencio con el que quería cubrir sus hazañas de los últimos días.
- Vive cada día como si fuera el último. Nunca sabes cuando te puede atrapar el águila, entrampar la serpiente o caerte el zorro encima- le había dicho el viejo hurón al que todos los ratones iban a visitar una vez al decenio.
Cuando volvía a casa se había derramado wisky por encima, el wisky barato que vendían las lagartijas. Las mismas lagartijas a las que ningún ratón con un mínimo de buena estampa quería ver. Pero él se había acercado a ellas con aire humilde y les había comprado una botella de wisky. Y luego, cuando ya no estaba a la vista de nadie, se la había echado por encima antes de volver a casa.
- ¿Y qué es ese olor? ¡Puah, apestas a wisky! -le decía la ratita en aquel momento
- Y wisky del malo -farfulló él.
Pero la ratita no se dejaba engañar. En los ojos de su marido no veía la mirada perdida de un borracho, sino la huella oscura de la tristeza y del arrepintimiento.
- Siéntate aquí. Enseguida te traeré una toalla mojada en agua para que te laves un poo. ¡Ese olor es apestoso!
Y le dejó allí, solo. Porque ella sabía que él todavía quería estar solo, pero no se atrevía a pedirlo. No después de dos días sin aparecer por casa. ¿Y los niños? Había escogido la hora en la que estaban todavía en el colegio.
Dos días sin hacer nada, dos dias perdido. Ni siquiera con la buena excusa de emborracharse, de tener algo que olvidar.
- Ya no tengo ninguna esperanza. ¿Qué tal estará morirse? -quería decirle a su esposa no bien volviera al cuarto con la toalla húmeda.
Y entrenaba las palabras en la boca, las calentaba. Y se quedaba quieto, como suspendido, en el "morirse", y la repetía en un murmullo suave, un mantra vital, un canto al futuro: "morirse, morirse, morirse..."
Pasaron los minutos. Afuera brillaba el sol. Una suave brisa llevaba hasta la casa el perfume de las flores del jardín.
- Ninguna esperanza -repetía el señor ratón.
Dos días perdido, dos días fuera de casa.
Entró su esposa:
- Aquí tienes la toalla. Espera, no te muevas, ya te limpiaré yo -y comenzó a friccionarla con cariño la espalda y el pecho.
- ¿Te encuentras mejor? -le preguntó
Pero antes de que tuviera tiempo de responder sacó un papelito del delantal.
- Se me olvidaba. Los niños han pintado esto para ti.
Era un cartoncito con un dibujo de la madriguera, las flores inmensas del jardín y ellos cinco, toda la familia. De entre todas las figuritas que asemejaban ratones, una destacaba sobre todas las demás. Y debajo, con un texto torpe de palos torcidos y rectas intenciones, estaba escrito: "para papá, el más grande"
Sintió que se le humedecían los ojos.
- Estoy mejor -contestó a su mujer
Había vuelto

domingo, 9 de marzo de 2014

seguro de sí mismo II

- Entiendo -dijo el doctor con mirada profesional, ojeando al niño como si lo viera por primera vez. ¿Y ese es, según ustedes, el origen del problema?
- Bueno, no estamos seguro pero... -comenzó a decir la madre, pero luego no supo continuar
- Sí, sí, la entiendo -dijo el médico. ¡Todo influye! ¿no es cierto? Incluso esos locos del horóscopo, pronosticando el futuro por la configuración estelar del nacimiento. ¿Y quién sabe? Al cabo, se trata de configuraciones energéticas, campos de energía en el momento del nacimiento. ¡Campos de energía! ¿Me entienden ustedes? Y, por cierto, ¿de qué signo es el pequeño?
- Capricornio como... -comenzó a decir el padre
Pero una rápida mirada de su esposa le cortó. Pero el corte fue tan evidente que enseguida bajó la cabeza y terminó lo que su marido había comenzado:
- Capricornio, como mi padre, doctor.
El doctor le dio unas amables palmaditas en la espalda
- Claro, claro. No se preocupe usted más. Han dado con un médico que les entiende perfectamente.
Mientras toda esta conversación tenía lugar, Juan Sabelotodo les miraba con cierto desdén desde al lado de la ventana:
- ¿Y no querría usted saber cuáles son mis problemas, doctor? -le dijo
El doctor se había sacado un pañuelo del bolsillo y se lo había alcanzado a la madre de Juan, quien se sonó ruidosamente.
- Claro, jovencito. Nada mejor que ir a las cosas prácticas. Díganme, señores, cuáles son los síntomas del... ¿cómo diríamos?... de este caso de capricornismo sietemesino.
Aquellas palabras sonaban tan científicas que todos los adultos de la sala se sintieron mejor al momento, como si un gigantesco e invisible alcazeilser les hubiera bajado por la garganta.
- Juan Sabelotodo tiene un exceso de confianza, doctor -dijo el padre
- Tiene razón hasta cuando se equivoca -dijo la madre
- No sabemos que será de él
Aquí la madre no aguantó más y fue corriendo hasta su hijo.
- ¡Mi pequeño Juan! -y comenzó a llorar otra vez
El doctor sacó otro pañuelo de un paquete que había sobre la mesa y se lo dio a la madre.
- ¿Y tú qué dices, Juan? -preguntó el doctor
- Yo no digo nada, señor. Yo simplemente espero.
- ¿Y qué esperas? Eso sería una buena pregunta, ¿no te parece?
- No lo sé señor. A decir verdad, tampoco me importa. ¿Quiere usted recetarme algo o vamos a hablar un poco más?
El doctor no le miró más sino que se dirigió con aire decidido al padre.
- Lo que su pequeño necesita es un hobby. Fíjense en mi hobby, la fotografía... algo en lo que aspirar a la perfección.
- Tiene usted un bonito despacho -dijo la mujer, mirando las fotos en derredor.
- Son unas fotos excelentes -corroboró el padre
El doctor, instintivamente, miró a Juan esperando que este también dijera algo. Demasiado tarde se dio cuenta de su error.
- No querrá oír lo que tengo que decir -dijo el pequeño
Un escalofrío recorrió la espalda del doctor.
- Bueno, les acompañaré hasta la puerta y la enfermera les cobrará lo debido. No quiero entretenerlos más.
Con cierta brusquedad los acompañó hasta la puerta y los empujó hacia la enfermera. Luego volvió a su despacho y cerró la puerta con llave. Rápidamente fue hasta la mesa para sacar un pañuelo del paquete. Sentía que le temblaban los pies y que los ojos se le llenaban de lágrimas.

viernes, 7 de marzo de 2014

seguro de sí mismo I

En la sala de espera de la consulta, el niño parecía haber estado allí durante los últimos diez años. Su mirada seria y confiada recorría al resto de pacientes que esperaban su turno. La señora ojeaba nerviosa las revistas de corazón, aquel flaco de allá echaba de menos el cigarro, la presumida no cejaba de mesarse los cabellos. Y él mismo, rodeado por sus padres que parecían más enfermos que él mismo. Por fin les llegó el turno:
- ¡Cómo estoy contento de verles, mis queridos pacientes! -don Luis era un médico muy jovial, y para que no se le fuera clientela había desarrollado unas dotes de marketing envidiables.
- Gracias por recibirnos, don Luis -le dijo el padre del niño con mirada nerviosa. Era la primera vez que lo veía pero el méidco le trataba como si le conociera de toda la vida. "Me pregunto si no estaré tratando de apagar el incendio con más fuego", se dijo. Intercambió una rápida mirada con su timorata esposa y esta mostró en sus ojos la misma preocupación.
- ¿Han venido por el niño?
Los padres asintieron mientras el hijo recorría con su vista los cuadros que había en la sala. En lugar de los clásicos títulos universitarios colgados en las paredes o de los posters explicativos del cuerpo humano, como si fuera algo en lo que un profano se interesaría en la consulta, había fotografías. El médico era aficionado a la cámara y mostraba a sus pacientes sus mejores especímenes.
- ¿Te gustan las fotos? -le preguntó el médico al pequeño. Aquel tenía ocho años, pero su mirada parecía más cansada de lo normal.
- No le gustará oír mi respuesta -le dijo el pequeño
El médico se sobresaltó pero no perdió su sonrisa. Miró interrogativamente a los padres y estos acudieron en su ayuda:
- Justamente por eso lo hemos traído, doctor -aclaró la madre
- ¿Por mis fotos? ¿Son ustedes de alguna revista?
Ella se sonrojó y el padre se apresuró a responder:
- No, no, no es por sus fotos. Las fotografías son... interesantes, se lo aseguro -añadió con convicción
- Bueno, es un pequeño hobby que tengo. Así la sala queda más alegre, ¿no les parece?
La pareja le aseguró que así era. Pero el niño interrumpió las galanterías de los adultos:
- Estábais a punto de decirle porqué hemos venido antes de que os interrumpiera -dijo con voz agria
El doctor se sobresaltó otra vez. Ahora sí que perdió la sonrisa, pero con lo que esperaba que fuera un tono profesional se dirigió al padre:
- Claro, claro. No debemos perdernos en mis tonterías. Díganme qué les preocupa y veré cómo puedo ayudarles.
- Es por Juan sabelotodo, doctor -dijo el padre
- Sí, por Juan se trata -aseveró la madre
El doctor se quedó confuso unos momentos:
- ¿Debería saber de qué Juan me hablan? -preguntó por fin
- Pero doctor, lo tiene usted delante. Así es como le llaman en el colegio y al final se nos ha pegado también a nosotros.
El niño carraspeó. Y el doctor le miró con nuevos ojos.
- Juan sabelotodo.... -murmuró- ¿y qué le pasa a Juan sabelotodo, que supongo que será hijo suyo?
- Oh, sí, doctor, yo lo llevé en la barriga -dijo la madre
- Aunque menos tiempo que el corriente -aclaró el padre
- Ya entonces apuntaba maneras -dijo ella.
El doctor puso otra vez cara de incomprensión.
- Sietemesino -explicó el padre.