En el bosque todo los pájaros cantaban, ¡llegaba la primavera! Todos, sí, menos uno. Era el pájaro tuerto. Uno hubiera dicho que para él siempre era invierno.
Las mamás amenazaban a sus pequeños con el pájaro tuerto para que se acabaran su comida o para que se durmieran a la hora.
- Si no te comes la comida, vendrá el pájaro tuerto a por ella.
Pero el pájaro tuerto no sabía nada de eso. Vivía solo, sí, pero no había elegido hacerlo. La vida le había llevado por ese camino. Y ahora, de alguna forma, parecía muy tarde para cambiar.
La gente le temía y no había nada que pudiera hacer para evitarlo. Uno de sus ojos había desaparecido tras un encuentro con un gato: él aún era pequeño cuando sucedió.
- No se te ocurra acercarte a ese jardín -le había dicho su madre
Pero él se olvidó de sus consejos. Y por eso curioseó en el jardín y la casa del final del pueblo. Allí había una niña que le silbaba y jugaba con él cuando el pajarito se posaba en el alfeizar de su ventana.
Pero un día el gato le saltó encima. No lo vio venir y aún se sintió afortunado de que solo se hubiera cobrado un ojo. Podía haber sido la vida.
- Así aprenderás -le había dicho uno de sus hermanos
Pero él todavía echaba de menos a la niña. Pensaba que todo había sido un accidente, y que la amistad con aquella encantadora humana bien valía un poco de riesgo.
Sin embargo, cuando volvió al alféizar de la ventana, tras asegurarse que el gato andaba bien lejos, la niña no solo no jugó con él, sino que lo ahuyentó; llamó llorando a su nana, quejándose del monstruo que se había posado en su ventana.
El accidente le había desfigurado.
Y no solo fue la niña la única que le rehuía, sino todos los pájaros. Sus familiares se esforzaban por disimular su malestar, pero los otros simplemente le evitaban. Así que se internó en partes del bosque donde había pocos pájaros y allí gastaba sus horas.
Un día que estaba cantando su soledad aparecieron unos niños de excursión por la zona. No la vieron, pero sí le oyeron.
- ¡Qué canto más bonito! -se dijeron. Y para oírle se quedaron allí sentados toda la tarde.
El pájaro tuerto se quedó sorprendido. ¡Tenía compañía! Les gustaba como cantaban. Y decidió cantar como nunca antes lo había hecho. En sus trinos relató la emoción con la que comenzó a vivir, la alegría de saberse amado y el gozo de la primavera. Luego su canto recayó en el accidente que tanto le había marcado, en el rechazo de la niña y de todos los seres que se encontraba. Lúgubremente, finalizó su tonada con la soledad que embargaba su corazón.
Los niños escuchaban maravillados. A uno de ellos se le resbalaban las lágrimas.
- Quedémonos aquí a dormir -propuso otro.
Y así durmieron. El pájaro tuerto les cantó nanas silvanas de tiempos inmemoriables bajo las que, uno a uno, fueron cayendo dormidos.
A la mañana siguiente despertaron. Todo el bosque estaba en silencio.
- ¿Dónde se habrá ido el pájaro que tan bien nos cantó ayer al atardecer? -se preguntó uno
Entonces dieron con el cadáver de un pajarito negro que había caído entre las piedras de la fogata del campamento.
- ¡Mira! -dijo uno- ¿no será este pobrecito? Habrá venido para calentarse al fuego
Pero otro lo movió con el palo y, viendo su cara desfigurada, dijo,
- Imposible. Este es un monstruo de un solo ojo. ¿Por qué no lo quemamos?
El resto de niños aplaudió a la idea. Solo el que lo había encontrado sintió pena, y se propuso guardar las cenizas que quedaran de aquel pájaro para siempre llevarlas consigo.
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