domingo, 23 de marzo de 2014

el lenguaje de las piedras

Las piedras hablan entre sí. Esto es algo que pocos humanos saben, porque los humanos son gente apresurada que viven en apenas un suspiro para las piedras; cuando ellas terminan de decir una sola palabra, ya han pasado generaciones de humanos.
Pero, en una ocasión, había una piedra que tenía más prisa que las otras por hablar. Sobre todo tenía prisa proque le contestaran a una pregunta. Era algo que siempre le había preocupado:
- ¿Cómo morimos las piedras?
La piedra era joven y llena de aristas. Su madre había sido un tremendo meño que, de lo alto de una montaña, se despeñó con ocasión de unas fuertes lluvias. En su caída aplastó plantas e insectos, auyentó a efímeros seres con cuernos y... dio a luz a un montón de piedrecitas, a la vez que fecundó todas aquellas sobre las que cayó.
De entre aquellas piedrecitas destacaba nuestra piedra preguntona.
El problema surgió con el lenguaje, pues las piedras no tenían ninguna palabra para "morir", pues ninguna de ellas moría, o no en el sentido que los seres acuosos le dan al término. La vida de una piedra es un transmutarse continuamente en otras más pequeñas, o en amalgamarse con otras durante un tiempo.
Así que la piedra preguntona estuvo probando diferentes combinaciones de palabras y sonidos con las que expresar el sentido que quería a su frase. No fue una tarea fácil y le llevó más tiempo del que sería posible contar. Durante millones de años formuló su pregunta, pues cada palabra le costaba pronunciarla cien mil años. Y durante aquel tiempo el río cambio de curso, las montañas de forma, la vegetación de preferencias, el clima de estaciones.
Pero había dicho lo que quería decir. Se encontraba satisfecha. Las piedras a su alrededor que habían estado pendientes de sus palabras durante tanto tiempo se apresuraron a pasar el mensaje a las piedras vecinas para ver si alguna daba con la respuesta adecuada.
Tras muchísimo tiempo, cuando nuestra piedrecita vivía ahora en un desierto y no era más que un pequeño grano de arena -ella, de cuyo abuelo se decía que había estado en la cima de una montaña- le llegaron rumores de una respuesta. ¡ Una respuesta, por fin!
Y llegó, pero no de la forma que ella esperaba.
Un día la tierra comenzó a calentarse más de lo normal, y a partir de allí ya no cejó aquel continuo calentamiento. Y luego un terremoto como ninguno que había vivido la empujó hacia un enorme cráter de donde comenzó a surgir un volcán. La boca del volcán se abrió justo debajo de donde se encontraba la piedrecita, y fue así que el volcán se la tragó, la fundió y la mató. Para cuando la volvió a escupir era otro ser, otra piedra.
Y esta nueva piedra también tenía una pregunta, casi como una reminiscencia de una reencarnación anteiror. Y la pregunta era:
- ¿Cómo nacemos las piedras?

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