domingo, 30 de marzo de 2014

la ciudad pijama ii

Pero nadie hizo mucho caso de los animales. La ingeniería genética estaba entonces tan avanzada que ya se habían creado especies de animales adaptadas a todas las necesidades humanas. Tenían un deje artificial, pero eran muy obedientes.
Para cuando el gran fundador murió, los pijamitas se habían extendido por todo el orbe. Pero en todo el planeta no había lugar más sagrado que la Gran Habitación de don Pepe, allí donde había comenzado su incansable labor. Esta era una sucia habitación de un hostal de tres al cuarto, regido por doña María Jiménez, una casera a la que la historia hubiera relegado al olvido si no hubiera sido por su encuentro con don Pepe. Fue ella la primera discípula del gran maestro.
Durante un siglo no se tocó nada en la habitación; el lugar se reverenciaba y solo un selecto grupo de personas tenía el privilegio de visitarla cada año. Pero al cabo del siglo había partes del cuarto que habían de ser remodeladas.
Fue así como descubrieron que, debajo de la cama en la que don Pepe se echaba sus siestas nocturnas, había un pequeño agujero tras un rodapie. Y al investigar, hallaron algo que nadie esperaba encontrar. Se trataba de una arrugada receta médica y un autógrafo de don Pepe.
La receta tenía prescrita unas drogas para dormir, las más poderosas que se usaban cien años antes. Y en el autógrafo del Fundador, estas líneas:
"El doctor ya no sabe qué darme para que concilie el sueño. Hoy me habló de ocupar mis horas de insomnio con algún trabajo. Menudo idiota, ¿a quién se le ocurre trabajar cuando lo que toca es dormir?. Y, sin embargo, su sugerencia me ha dado una idea. Mañana comenzaré a ponerla en práctica. Dejaré aquí este papel como testigo del principio del experimento"
Aquellas palabras soliviantaron a la alta cúpula de los pijamitas, que decidió ocultar las motivaciones que habían impulsado al fundador.
Pero ellos mismos, enterados del secreto, comenzaron a ponerse el pijama alguna que otra noche.
Por si acaso.

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