Un día el tonto del pueblo se encontró una pequeña culebrilla en el patio trasero de su casa. Normalmente, cualquiera del pueblo hubiera matado el bicho pensando que así protegería a los niños del lugar. Pero tontolote no lo hizo así; la culebrilla le hizo gracia con aquella mirada fría, su piel húmeda y el aire misterioso que tenía el reptil.
No solo no la mató, sino que hizo justo lo contrario: comenzó a alimentarla. Para empezar se la llevó a unas ruinas que había lejos del pueblo y allí le llevaba un poquito de leche, algún ratoncito vivo que había capturado, un montón de hormigas muertas... no todo se lo comía el bicho, pero en general no hacía ascos. Una dieta tan variada dio con un resultado sorprendente.
La culebra comenzó a crecer más de lo normal. Pronto ya no era una culebrita, sino una señora serpiente. La gente del lugar huía de aquellas ruinas donde muchos decían haber avistado a la bestia. Incluso llegó la guardia civil a investigar, pero tontolote se les adelantó y se llevó a su amiga a un pozo seco que había algo más cerca del pueblo.
Y la serpiente siguió creciendo. Ya ni siquiera era como una serpiente normal, sino que más se asemejaba a una inmensa boa que hubiera aterrizado en el desierto castellano.
Un día alguien vio a tontolote arrastrando a una oveja herida para alimentar al monstruo. Fue suficiente para que el pueblo se levantara en armas y se supiera toda la verdad tras interrogar a tontolote. El pobre no sabía mentir.
A tontolote y a su madre se les hizo insoportable vivir en un pueblo donde todos les odiaban y hablaban de ellos a sus espaldas. En realidad, era a la madre a quien se le hacía más insoportable, pues tontolote ya estaba más acostumbrado. El caso es que acabaron mudándose a la capital de la región, a casa de una tía de tontolote por parte de padre que vivía allí limpiando casas. "Pero vivir aquí es un asco, te aviso", le dijo a su cuñada antes de que se fueran para allá.
¿Y la gran serpiente del pueblo? No había nadie del pueblo que se atreviera a enfrentarse a ella. Tampoco la Guardia Civil que decía "ya la hemos buscado una vez y no la hemos encontrado. No vamos a estar con lo mismo cada vez que les parece a ustedes que hay una serpiente por ahí". La realidad es que el animal les daba un poco de miedo.
Y los del pueblo acabaron diciéndose: "al fin y al cabo, esta serpiente nunca ha hecho mal a nadie. No nos preocuparemos de alimentarla, pero si no hace daño a nadie no tenemos por qué hacerle daño nosotros". Al igual que la Guardia Civil, ellos disfrazaban el temor que el monstruo les inspiraba bajo una pátina de prudencia.
Pasaron los años y la serpiente, lejos de morirse, siguió creciendo. El pueblo se hizo famoso por ella, pues de la ciudad llegaban muchos a verla, a hacerse fotos. Científicos de otras partes del globo venían a estudiarla, pero nadie conseguía entender el arcano de su extraordinario desarrollo. "Deben de ser los nabos", decían los más eruditos, pues los nabos de la región siempre habían sido excepcionalmente buenos y sabrosos.
En aquel entonces la serpiente era tan grande como todo un campo de nabos.
Un día pasó algo que sorprendió a todos. La serpiente estaba llorando. De sus ojos salían gruesos lagrimones.
"Debe de ser que ha cambiado la piel", decían unos. "Tal vez ha comido demasiadas cebollas", decían otros.
Pero fue una llamada de teléfono desde la capital de la región la que les llevó a la verdad. Llamaba la madre de tontolote preguntando por su hijo. Decía que había vuelto al pueblo en una visita rápida para visitar a su antigua culebrilla, pero que no había llamado de vuelta. Su teléfono no funcionaba.
Tras investigar un poco, descubrieron cerca de la serpiente unos huesos humanos y ropa de tontolote.
Por eso lloraba. Y lloró tanto que acabó secándose y murió al fin.
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