miércoles, 26 de marzo de 2014

la presa

El joven lobo vio a su presa; era la primera vez que salía solo de caza. Sus hermanos le acompañaban o eso pensaba él. Pero después de cruzar el río, se dio cuenta de que estaba solo, no le estaban siguiendo.
Pero podría con aquella presa. Era un ciervo, un joven ciervo que, tal y como le pasaba a él, apenas había entrado en la madurez. Una pequeña cornamenta ya asomaba en su cráneo.
El lobo estaba contra el viento. Se movía silenciosamente; sus hermanos decían que parecía un gato montés por lo sigiloso. Y era verdad. Sabía que podía llegar a ser un gran cazador solo por eso.
Cuando el ciervo bajó otra vez la cabeza para arrancar unas hierbas, el lobo se lanzó y le cayó encima. Tenía que matarlo rápido antes de que se le escapara, pero su falta de práctica le hizo fallar el bocado. El ciervo aprovechó aquellos instantes para implorar piedad:
- ¡No me mates, lobo! No lo hagas y sabrás algo que te beneficiará toda tu vida.
El lobo sabía que no debía mirar a los ojos de la presa, pero sin querer sus miradas se cruzaron. Entonces gruñó y le dejó seguir hablando.
- Sé que soy tu primera presa. Lo puedo sentir. Tú yo tenemos la misma edad, lobo. Pero has de saber que, si salvas a tu primera presa, te asegurarás una vida longeva. Serás el que más viva de entre todos tus hermanos.
El lobo gruñó pero, finalmente, le dejó ir.
La profecía se cumplió. El lobo llegó a ser el jefe del clan y el cazador más temido de los contornos. Nunca más concedió clemencia a ninguna otra presa. Envejeció y, aunque su pelo se tornó a gris y su piel se arrugó, no perdió fuerza ni sufrieron sus dientes. Murieron sus padres, sus hermanos y su familia. El resto de la manada lo veía como una leyenda, pero no se atrevían a acercarse a él.
El lobo cazaba solo.
Y un día atacó a un gran ciervo que tenía una gran cornamenta. Era un ciervo noble y fuerte. Cuando iba a asestarle el golpe mortal, el ciervo exclamó:
- ¡Eres tú!
El lobo también pareció reconocerle. Y el ciervo continuó:
- Yo soy aquel joven ciervo con el qu eun día mostraste clemencia. Hazlo hoy también y te prometo que tu vida se alargará aún más, que siempre conservarás tu fuerza y que...
Pero el lobo no le dejó terminar. De un mordisco certero le cortó la yugular. No quería seguir oyéndolo, solo quería calmar su hambre.
Y morir en paz.

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