viernes, 14 de marzo de 2014

el borracho

- ¿dónde estabas? ¿dónde te habías metido? -le preguntó la ratoncita a su marido, el señor ratón.
Pero él no contestó. En su silencio había muchas cosas escritas. Pero, sobre todo, era el silencio con el que quería cubrir sus hazañas de los últimos días.
- Vive cada día como si fuera el último. Nunca sabes cuando te puede atrapar el águila, entrampar la serpiente o caerte el zorro encima- le había dicho el viejo hurón al que todos los ratones iban a visitar una vez al decenio.
Cuando volvía a casa se había derramado wisky por encima, el wisky barato que vendían las lagartijas. Las mismas lagartijas a las que ningún ratón con un mínimo de buena estampa quería ver. Pero él se había acercado a ellas con aire humilde y les había comprado una botella de wisky. Y luego, cuando ya no estaba a la vista de nadie, se la había echado por encima antes de volver a casa.
- ¿Y qué es ese olor? ¡Puah, apestas a wisky! -le decía la ratita en aquel momento
- Y wisky del malo -farfulló él.
Pero la ratita no se dejaba engañar. En los ojos de su marido no veía la mirada perdida de un borracho, sino la huella oscura de la tristeza y del arrepintimiento.
- Siéntate aquí. Enseguida te traeré una toalla mojada en agua para que te laves un poo. ¡Ese olor es apestoso!
Y le dejó allí, solo. Porque ella sabía que él todavía quería estar solo, pero no se atrevía a pedirlo. No después de dos días sin aparecer por casa. ¿Y los niños? Había escogido la hora en la que estaban todavía en el colegio.
Dos días sin hacer nada, dos dias perdido. Ni siquiera con la buena excusa de emborracharse, de tener algo que olvidar.
- Ya no tengo ninguna esperanza. ¿Qué tal estará morirse? -quería decirle a su esposa no bien volviera al cuarto con la toalla húmeda.
Y entrenaba las palabras en la boca, las calentaba. Y se quedaba quieto, como suspendido, en el "morirse", y la repetía en un murmullo suave, un mantra vital, un canto al futuro: "morirse, morirse, morirse..."
Pasaron los minutos. Afuera brillaba el sol. Una suave brisa llevaba hasta la casa el perfume de las flores del jardín.
- Ninguna esperanza -repetía el señor ratón.
Dos días perdido, dos días fuera de casa.
Entró su esposa:
- Aquí tienes la toalla. Espera, no te muevas, ya te limpiaré yo -y comenzó a friccionarla con cariño la espalda y el pecho.
- ¿Te encuentras mejor? -le preguntó
Pero antes de que tuviera tiempo de responder sacó un papelito del delantal.
- Se me olvidaba. Los niños han pintado esto para ti.
Era un cartoncito con un dibujo de la madriguera, las flores inmensas del jardín y ellos cinco, toda la familia. De entre todas las figuritas que asemejaban ratones, una destacaba sobre todas las demás. Y debajo, con un texto torpe de palos torcidos y rectas intenciones, estaba escrito: "para papá, el más grande"
Sintió que se le humedecían los ojos.
- Estoy mejor -contestó a su mujer
Había vuelto

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