viernes, 31 de octubre de 2014

el gato panza arriba

- Deja de acariciarlo así, lo vas a malcriar
- Pero a él le gusta -se disculpó Anita
La madre no pudo evitar sonreír.
- No diré que no es gracioso con su barriguita al aire y todo ese pelo... pero para un gato, la barriga es la parte más delicada y lo puedes estar malacostumbrando
La niña hizo un mohín de enfado.
- Además, es hora de que hagas la tarea
- Si papá volviera a poner una televisión en casa, todo sería mucho más simple -rezongó Juan, el hermano mayor.
- Tu padre a veces tiene ideas peculiares. Pero esta es de las buenas. Ya lo verás cuando seas mayor -razonó la madre.
- Si le quitas toda la diversión a ser un niño, no sé en qué adulto me convertiré -refunfuñó
El padre bajó el libro:
- ¿Sabéis que Aníbal, de cuando pequeño, le tenía miedo a los elefantes? Y aquí explica como ese antiguo miedo infantil le dio la genial idea de conquistar Roma con esas bestias.
- ¿Se supone que debo encontrar un paralelismo entre los elefantes de Aníbal y la televisión hoy en día? -dijo Carolina, la mediana.
- No se supone nada. Simplemente lo comento.
Anita se sentó otra vez sobre la alfombra y volvió a acariciar al minino que, boca arriba, la invitaba a rascarle la barbilla y el pecho peludo.
- Papá, ¿por qué no tenemos televisión? -preguntó Anita
Los hermanos mayores suspiraron.
- No sé si quiero oírlo otra vez -dijo Juan
Pero el padre bajó el libro.
- Es verdad que tú estabas en la cama el día en el que os conté mi teoría. Tus hermanos no tienen razón al impacientarse; se trata de fortalezer la voluntad y no entorpecer el entendimiento.
- Creo que el gato entiende mejor lo que quieres decir que Anita -dijo Carolina
- En la televisión nunca dan nada interesante, por la sencilla razón de que tienen que poner algo que guste a todos. Lo cual es muy difícil porque todos somos muy diferentes, a menos que...
Dejo la frase en el aire.
- ¡Acaba, papá! -protestó Juan que, muy a su pesar, estaba interesado
- A menos que la televisión acuda a lo más básico en la especie humana: nuestros dramas reales e inventados, la risa fácil, el sexo...
- ¡Jorge! -le cortó su esposa
- No tener televisión nos obliga a planificar cada día y, por tanto, a hacer rendir el tiempo. Y eso, hija mía, es la voluntad.
Ella no dijo nada sino que siguió acariciando la barriguita del minino.
- ¿Lo has entendido? -preguntó el padre
Ella le miró con gesto dudoso. Luego volvió la vista al gato y dijo:
- A los gatos les gusta que les quieran
El padre suspiró, la madre sonrió, los hermanos se miraron entre sí y el gato... el gato ronroneó.

jueves, 30 de octubre de 2014

La cabeza de cenicienta



- ¿Dónde lo habré metido?
- Espero que no sea otra vez el zapato -respondió el rey, su marido.
- Muy gracioso. Pero lo que quiero es encontrarlo.
Dios bendito, y todavía no le han diagnosticado el Alzheimer”, pensó el rey. Luego, sabiendo que tenía un guardia a sus espaldas, preguntó:
- ¿Puedo ayudarte en algo, cariño?
Ella le miró un momento sorprendida ante el amoroso epíteto. Luego captó la mirada también extrañada del soldado y respondió con sorna:
- No, “amorcito”, será mejor que lo busque yo sola
Y siguió revolviendolo todo. Al agacharse para rebuscar en el baúl, su gran trasero se elevó por los aires. El rey imaginó un momento que de allí escapaba algún gas y, aunque el pensamiento le resultó desgradable, no pudo evitar sonreír ante el volcán humano que era su esposa.
Sobre todo por las noches, cuando duerme”
En unas horas tendrían la comida familiar y sus hijos vendrían a verles. El mayor de ellos, el príncipe, haría lo de siempre antes de la comida: se llevaría a su padre el rey aparte y le diría lo de las deudas de juego que nunca paraban de aumentar.
La puerta se abrió y el soldado dejó entrar a una señora muy anciana pero de la que se desprendía un fuerte olor a brandy.
- ¿Qué has perdido esta vez? -le preguntó a la reina con acento borracho y farragoso.
La reina se volvió a ella.
- ¡Ah, eres tú!
Pero luego vio u olió la embriaguez de la recién llegada:
- ¿Pero otra vez has estado bebiendo? La comida es en tres horas, ¡y los niños no pueden verte así!
- Ya no son tan niños -farfulló la otra- Y seguro que a ellos también les ha pasado alguna vez.
La reina se acercó a la vieja con intención de golpearla, pero el rey se interpuso.
- ¿No tenías algo que encontrar? -le preguntó
Luego se volvió a la borracha:
- ¿Ves esa silla? Pues allí has de sentarte. Mandaré pedir un jarro de agua fría para que te remojes la cabeza con ella. Tal vez aquí no tengamos magia, no en este palacio, pero intentamos conservar siempre la dignidad.
- Dignidad... -farfulló la vieja
- Será mejor que le quites la varita. Si no, es capaz de transformar la jarra de agua en una botella de whiskey. -espetó la reina.
Estaba al borde de las lágrimas. El rey, al verla así, la cogió de la mano y la llevó hasta la ventana. La reina se dejó guiar.
Su esposo cogió sus manos regordetas y las besó con cariño.
- Perdona a este viejo tonto -dijo
Y ella le vio otra vez como aquella primera vez, como en aquel primer baile donde había perdido un zapato de cristal. Pero ahora ya no había música ni sueños, sino la dura realidad.
Pero le gustaba. Soltó una lágrima y abrazó a su príncipe.

- Cenicienta para siempre -murmuró

miércoles, 29 de octubre de 2014

El pájaro solitario


La bandada de patos emigraba hacia el sur; el invierno se había adelantado dos semanas y habían partido antes de lo previsto. El amanecer a un lado, el ocaso al otro y todo de frente. Pararían en las charcas habituales.
- ¿No haríamos mejor partiendo antes del amanecer? Así no nos sorprenderían los truenos de los hombres.
El que preguntaba era un pato que apenas había cumplido la mayoría de edad para un pato. Y estaba interpelando a otro que, aunque no mucho mayor que él, ya todo consideraban un pato adulto por pleno derecho.
El pato adulto lo miró sorprendido, como si no acabara de entender la pregunta:
- ¿Qué es lo que quieres que hagamos?
El joven pato retiró su propuesta rápidamente, pero ya era tarde y el daño estaba hecho. Desde aquel día todos los patos lo miraron como un revolucionario y alguien que “no tiene el mismo pico que todos”, como decían cuando había alguno que se creía superior (o destacadamente inferior) al resto.
Al pato en cuestión, al que llamaremos colorín, le molestaba a la par que le agradaba su segregación del grupo. En realidad, no se veía bien con ellos.
- Pero no eres ningún patito feo, sino uno como todos nosotros -le recordaba su tío emanuel. La historia del patito feo que se había convertido en cisne era muy popular, aunque entre patos se contaba a la inversa: un pato criado entre cisnes hasta el día que descubre que es un pato y, por extensión, toda su patura.
- No quiero ser un patito feo -respondía él a su tío. Este formaba parte del comité dirigente del grupo y era uno de los que encabezaba la bandada en su migración anual.
Y no podía nombrar ninguna diferencia real con los otros; al igual que todos, tenía exquisito gusto culinario. Le gustaba cantar y reírse con una buena broma. Era de carácter machista, pero intentaba al mismo tiempo ser suave con el sexo opuesto. ¿Qué fallaba? Una pieza dentro de él andaba desarreglada. Una parte de su alma no dejaba de clamar “no eres de aquí, no eres de aquí”. Entonces movía nervioso una de sus patitas y esperaba que la angustia que por momento le inundaba pasara rápido y que nadie la notara. No quería ser un patito feo.
Un día, mientras volaban, una tormenta se abalanzó sobre ellos. El grupo aterrizó rápidamente y, tras recontarse, descubrieron la falta de colorín. ¿Dónde se habíai metido?
Entonces uno de sus hermanos señaló al cielo. Un rayo iluminó de repente la sombra de un pato que volaba desesperadamente, huyendo de la tormenta.
Y cuando al día siguiente amaneció, colorín se descubrió volando solo, alejado de todos los suyos, de sus parientes, de sus amigos... de sus ilusiones.

y se sintió libre.

lunes, 27 de octubre de 2014

las campanas del pueblo fantasma

Allí no vivía nadie más que un par de cigueñas viejas. Hacían pareja, pero su edad avanzada les impedía tener más hijos. Sin embargo, compartían gustosas el nido en lo alto del viejo campanario.
El pueblo estaba en ruinas. De la iglesia, lo único que se tenía en pie era parte de la torre: una de sus fachadas ya estaba caída, echa un burruño de piedras, escombros y maderas en la base.
En el pueblo solo se oía un sonido: el viento sibilante de las tardes de otoño. El resto de estaciones aguardaba en silencio la sinfonía otoñal y las cigueñas también lo oían con gusto.
Donde mejor acústica había era en el extremo sur del pueblo, justo donde acababa una antigua calleja y comenzaba el bosquecillo de acacias.
- Aún recuerdo cuando don Diego plantó las primeras acacias -dijo una de las cigueñas.
Estaban ambas posadas en lo alto de uno de los árboles y se preparaban para escuchar aquel silencioso gemir de la naturaleza que, cada tarde de aquel otoño, les hacía volver sobre su memoria. Porque quien vive en la memoria vive la niñez imposible de los ancianos.
- Yo no conocí a don Diego. Tú y yo aún no nos conocíamos -le contestó la otra cigueña.
Y era verdad. Había venido de un pueblo cercano que, lejos de extinguirse a la vida, bullía de ella y ya tenía aspiraciones para que, en el catastro, lo llamaran "pequeña ciudad". Entonces había conocido a su marido; en aquel entonces todavía quedaba alguna vida en el pueblo, algún viejo que se resistía a morir bajo el imperio del sol. Y a ella le había encantado aquella paz.
Pero desde que se había mudado habían pasado muchos años.
- Me gustaría tener más noticias de nuestros hijos
- Ya les conoces. Tienen sus propios hijos. ¿Para qué querrían dar noticia a un par de vejetes como nosotros?
La madre no respondió. Había cosas que un padre no podría entender nunca; su carne estaba tan dividida como cada uno de sus pequeños. ¿Que ya eran madres, padres? Para ella siempre serían sus "pequeños", pues cada parte de su cuerpo era pequeña respecto al todo. Y sus hijos eran parte de ella. Sus "pequeños".
Se levantó un poco de tiempo.
- ¡Ya llega! -dijo la vieja cigueña a su compañera
Ella aún tenía el pensamiento en sus pequeños y en el tiempo futuro, ¿cuándo los vería otra vez? Mientras que él, poco a poco, había tornado tanto su vista en el pasado que el futuro inmediato no era más que la sombra del hábito. Pero ambos se encontraban en el presente del viento sibilino, de las tardes de otoño, de la espera bajo un acedal que don Diego, hacía ya tantos años, había plantado.
- Ahora parará un segundo y luego llegará.
Así era siempre; el viento era precedido por un pequeña ráfaga que movía las hojas de los acebos. Estas se regocijaban. Las bayas tintineaban, los insectos zumbaban con interés, la savia se detenía unos instantes.
- Me gustaría verles. Otra vez, al menos antes... antes de morir -dijo la vieja cigueña, pensando todavía en sus retoños. Apenas susurraba.
-  Hoy el sol se está poniendo un poco más temprano. El invierno se adelanta, querida. ¡Pero escucha! ¿No lo oyes llegar?
Y sí, de la sierra castellana llegó el viento que bajaba por los barrancos, por los cauces abandonados, por las carreteras y ciudades llenas de bullicio y se internó por planicies de cultivos, por pedregales y ruinas de la historia... y llegó cargado de tiempo y destino al pueblo abandonado de las cigueña. Se metió por las callejuelas y silbó como un fantasma del mundo.
Entonces, notando un extraño sopor en los ojos, una cigueña le dijo a la otra:
- ¿No notas hoy algo diferente? Como si las campanas de la iglesia estuvieran tocando.
Y es que, en efecto, sonaban las campanas como un sueño distante, como una playa lejana, como un mundo aparte.
Pero cuando miró a su compañera, la cigueña vio que dormía.
- Duermes, querida -dijo, con cariño
Y sintió que sus ojos también se cerraban solos. Sonriendo, se durmió.
Y ninguno de los dos volvió a despertar.
El viento abandonó el pueblo donde ya no quedaba ninguna vida.

viernes, 24 de octubre de 2014

El fracasado ii

La pantera se relamió. Sabía que los otros cazadores vendrían a buscar a su compañero y debía llevarse el cuerpo de allí. ¡Pero hacía tanto que no comía! A duras penas resistió sus deseos y comenzó a arrastrar el cuerpo. Era muy pesado, pero por fin logró meterlo en una hondonada done, más tranquilamente, comió a su gusto.
A veces era interrumpida por la llegada de los carroñeros. Los buitres eran cada vez más osados.
- ¡Esta carne es mía! -gruñó
- Danos un poco, pantera -dijo un buitre. Y volando al raso casi le tocó con el ala. La pantera se dio la vuelta para desgarrarla en el aire, pero sin duda es lo que las aves estaban esperando, pues bastó para que se despistara un segundo y ya había otro buitre volando con una de las piernas.

- Carroñeros. Habéis tenido suerte con esa pierna, pero no contéis con llevaros nada más. Os daré un consejo: daros por satisfechas o esta carne os va a ser demasiado cara.
Pero los buitres no se amilanaron. Llevándose la pierna a lo alto de un árbol, comenzaron a devorarla. Por fin uno de ellos se volvió hacia la pantera y le espetó:
- ¿No sabes a quién estás comiendo, pantera?
- Un humano -dijo ella entre gruñidos
- Te comes al soñador -dijo el buitre
Y luego volvió a su festín. Al rato habían terminado y otra vez jugaron a despistar a la gran pantera. Por fin, y a costa de una herida en un ala, consiguieron llevarse una mano.
- La próxima vez será la última, os lo advierto -dijo la pantera
Pero los buitres no le prestaron atención y comieron sus restos. Entonces otro de los buitres se volvió hacia el felino:
- El soñador mira hacia el sol y hacia las estrellas. ¿Sabes qué hace, pantera?
La pantera no contestó. Intentaba tragar cuanto más mejor y en el menor tiempo posible, pues temía que le robaran más comida y también pensaba que los cazadores ya no tardarían en dar con su rastro.
Otro buitre contestó por ella:
- Pues pregunta, pantera. No para de preguntar. Una pregunta para la que solo tú diste respuesta.
Entonces todos los buitres, hartos ya de su comida, comenzaron a dar vueltas en torno a la pantera. A lo lejos, los cazadores que buscaban a su compañero los vieron volando y supieron lo que significaban.
- La pregunta es "¿cuándo? ¿cuándo nací, cuándo moriré?" Y tú respondiste a las dos preguntas, pantera -cantaba uno de los buitres
- ¿Cuándo, cuándo, cuándo? -graznaban los otros.
- ¿Cuándo moriré? -se preguntó entonces la pantera, sorprendida ante su propio pensamiento. El soñador estaba en ella.
En aquel momento, uno de los cazadores gritó y todas las lanzas apuntaron hacia la pantera. Una de ellas le atravesó la garganta mientras otra le dio en el costado.
Y así murió. 
Los buitres se fueron volando. El aire invisible era infinito. 

jueves, 23 de octubre de 2014

el fracasado

Salio de la cueva. Un nuevo amanecer. Había amainado el viento y solo una leve brisa movía los árboles.
- ¿Qué estás mirando? -le espetó su esposa, detrás de él.
- No sé- respondió
- Papa está soñando otra vez -dijo uno de los pequeños
- Siempre está soñando- dijo otro
La voz de su esposa tronó:
- ¡Suficiente!
Se hizo el silencio
- Hay cosas que aquí no se nombran
Y él se dio la vuelta un instante antes de, con un pequeño salto, salir de la cueva. La hierba aún estaba fresca por el rocío.
Su suegro y el resto del clan le esperaban para comenzar la caza. Un grupo de mamuts pasaba por allí en su migración anual.
- Hoy ganaremos al dios peludo -dijo su cuñado
La familia de su esposa era la gobernante. Y él se sentía muchas veces fuera de lugar, bien que no supiera darle nombre a sus sentimientos.
- ¿Cómo va tu invento, genio? -le preguntó Gontar, antiguo compañero de juegos y, hoy, casado con otra de las hijas del jefe. Otro cuñado, vamos, solo que este tenía además un nombre.
- Lento -respondió en un susurro
Lo cierto es que se sentía defraudado. Tenía ideas en la cabeza, pero ninguna parecía lo bastante buena como para cristalizar, lo bastante seria para que los demás pensaran de él algo más que "soñador sin ningún futuro"
"A mí me basta conque sepas cazar bien. Y aún eso te cuesta. No sé si sabrías desenvolverte si no estuviéramos los demás para ayudarte", le había dicho su suegro pocos días antes. Había sido malo, pero no inesperado. Si tan solo se hubiera parado ahí. "pero esas ideas que tienes no te llevarán a ninguna parte. No eres tan inteligente, y lo que puedas hacer solo te sirve a ti y a nadie más"
Aquello había sido deprimente, sobre todo porque se acercaba mucho a la verdad.
Salieron a cazar. Se movía silenciosamente: era lo único que sabía hacer bien. Su brazo no tenía tanta fuerza como el de sus compañeros e incluso había alguna mujer más fuerte que él. Sus tácticas no eran especiales ni brillantes, y pocos le hacían caso cuando se atrevía a proponer algo.
¿Por qué no podía conformarse con ser un simple cazador?
Pero no, tenía ese hambre interna, ese demonio que le obligaba a soñar despierto, a desear futuros que nunca llegarían.
- ¡Ahora! -gritó el jefe
Y todos se lanzaron a la carrera, gritando y ondeando en el aire grandes antorchas con las que los mamuts emprendieron una salvaje estampida.
Corría a la retaguardia de todos y por eso nadie vio como se cayó. Una raíz se había enredado en su piel. Voló por los aires y cuando chocó contra el suelo notó como se le rompía un pie. Había caído entre unos matorrales y tardarían en dar con él. Pero hubo otro que sí le descubrió.
Era una pantera y le miraba con sorpresa y rabia. Sabía el destino que le aguardaba. Pero no se asustó, o no tanto como esperaba.
- Así que esto es el fin de todas las ideas -dijo, y casi sonrió antes de que el felino se abalanzara sobre él.

miércoles, 22 de octubre de 2014

La puesta de sol



- ¿Y a dónde se va el sol? -preguntó la pequeña hormiga “huesuda”, siempre curiosa
- A dormir -le explicó el escarabajo Rintoncete.
Antes de que pudiera proseguir, el escarabajo la cortó:
- Y ya no me preguntes más por hoy, que estoy cansado y es hora de que ambos volvamos a la madriguera. Seguro que tus hermanos te están echando de menos.
Nada más decirlo, se arrepintió de haber soltado tamaña tontería. Los hermanos de huesuda se contaban por miles de miles, y ninguno iba a reparar en el destino de la más curiosa de las hormigas.
Pero a Huesuda no le molestó el comentario. Ya estaba acostumrada a que la gente no supiera nada sobre la vida de las hormigas. Muchos creían que, ante tal número de hermanos, no habría cariño fraternal entre ellos. Pero era al contrario y, cada vez que se topaban dos por el camino, se acariciaban con las antenas.
Se despidió de Rintoncete y se marchó hacia el hormiguero. No había podido soltar su última pregunta pero aún le bullía en la cabeza: ¿cómo eran las sábanas de la cama del sol? Le costaba imaginar que el sol tuviera frío, pero tampoco le cabía en la cabecita que alguien se acostara sin arroparse antes.
- ¿Cómo es tu cama, sol? -preguntó con su vocecita. Y alzó la vista hacia el horizonte, allá entre las ramas de las altas hierbas. Pero era tan pequeñita que no vio nada.
El hormiguero de “huesuda” estaba en un árbol. Comenzó a subir por el tronco, por la parte que estaba más iluminada. Y, cada vez que podía, alzaba su vocecita y le preguntaba al sol:
- ¿Y cómo es tu camita?
Las hojas del árbol se movieron un poco con el viento, y aunque el sol se adivinaba aún no era posible verlo en su plenitud. Y no hubo respuesta.
Su hormiguero estaba a la altura de las ramas más bajas, pero “Huesuda” siguió subiendo. La luz del sol había tornado a un naranja melancólico.
“Huesuda” llegó a lo más alto del árbol y desde allí miró hacia el sol. Pero su luz era tan fuerte, aún al atardecer, que quedó cegada por ellas. Sin embargo, no se asustó.
- ¿Quién te arropa a ti, solecito? -preguntó con voz tímida
Y, esta vez sí, el sol contestó con voz sauve pero potente; con voz profunda y cercana; con la voz llena de una vida que nunca deja de existir en plenitud, ni un solo instante.
- Las estrellas, hormiguita, las estrellas
Y en los ojos ciegos de huesuda ella vio estrellas en la noche.

Sonrió.

lunes, 20 de octubre de 2014

las lámparas de la mina

- Creo que me he perdido -se dijo el conejito. Se habían alejado mucho de la madriguera y se habían metido por los "agujeros malditos", así se los había nombrado su madre dos semanas antes. "Si no quieres que me de un infarto, nunca te metas por ahí". Pero la curiosidad había sido más fuerte por lo que había estado explorándolos. ¿Hasta dónde llegarían?
Solo uno de sus hermanos le acompañaba, Benja, el más pequeño de todos.
- ¿Y no podemos volver? -le preguntó la vocecita de su hermanito. Janko sintió que estaba luchando contra el pánico, como él mismo. Solo que a él hablar en voz alta y plantear el problema al que se enfrentaban le tranquilizaban.
- Lo haremos, Benja, pero no sé cuándo. Solo nos queda seguir hacia adelante.
No podía verle la cara, pero imaginaba que Benja mostraría en ella tanto terror como él.
- De acuerdo -le oyó decir.
Y siguieron bajando por el agujero. Si no hubiera habido ningún derrumbamiento, todo habría sido mucho más fácil. Habrían vuelto, como siempre lo hacían, tras un rato de andar perdidos por los "agujeros malditos" pues Janko nunca perdía la orientación. Pero ahora la vuelta era imposible.
- Aquí llegamos a un agujero más grande -dijo.
Y, en efecto, la madriguera desembocaba en una antigua mina abandonada. Por un lado del camino olieron el agua y bebieron un poco.
- Este gran camino seguro que lleva a la salida. ¡Ya verás! -le aseguró Janko a su hermano pequeño.
De repente, una voz les sobresaltó:
- ¿Quién anda ahí? -exclamó alguien en la oscuridad.
Reencontrando una voz que ya le parecía perdida en el vacío de su miedo, Janko respondió:
- Dos conejos... perdidos -añadió con un hilo de voz.
- Eso habrá que verlo -dijo la voz
Se acercó, pero los conejos no solo no le veían sino que no lograban identificar su olor.
- ¿Quién eres? -preguntó por fin janko
Por toda respuesta, se oyó el frotar de un fósforo y, al poco, una lámpara ardía.
- ¡Señor topo! -exclamaron al unísono Janko y Benja.
- Así que sois vosotros. Hago bien en llevar esta lámpara siempre conmigo, aunque ya sabéis que a mí no me hace falta.
Los conejos recordaron cómo el señor topo se sentía muy orgulloso de su ceguera y de su capacidad para orientarse sin los ojos, "ese par de apéndices que no hacen más que engañar".
- ¿Puede usted indicarnos el camino para salir afuera? -preguntó Janko
- ¿Afuera? ¿Y para qué quieres ir afuera? Nunca ha salido nada bueno del exterior. Mejor haríais en quedaros aquí.
- Pero nosotros no podemos orientarnos tan bien como usted en el interior de la tierra -dijo Janko
El halago funcionó.
- Bueno, seguidme. ¡Pero no toquéis nada!
Después de eso se puso a guiarles. Por el camino pasaron por una sala que estaba llena de lámparas, todas apagadas y muchas de ellas rotas.
- ¿Qué es esto? -preguntó Benja, que ya se sentía mejor
- Mi hobby. ¡Pero no toques nada! -volvió a repetir
Al rato, se volvió hacia ellos
- Seguid por aquí y llegaréis a la salida. A mí no me apetece que me vea el cara amarilla.
- ¿Y ese quién es? -preguntó Benja
- El sol, Benja -le susurró Janko
- ¿Y por qué tiene todas esas lámparas ahí detrás?
- No es tu asunto. Ahora iros, tengo cosas que hacer.
Los conejos se fueron, contentos de poder regresar a la superficie.
En lo tanto, el señor topo volvió a la sala de lámparas. En una mesita estaba arreglando una de ellas. Se sentó y al poco prendió fuego en la mecha del quinqué. La lámpara comenzó a arder con suavidad. El señor topo apenas veía la lucecita pero sentía el calor que emanaba.
- Otra luz en la lejanía -se dijo
Y sonrió, satisfecho.

sábado, 18 de octubre de 2014

la motero

- Mi moto no será grande. Pero será azul y hará mucho ruído. YA verás cómo se me ponen las orejas cuando vaya por la ciudad a toda velocidad.
Así le contaba la conejita mimi sus sueños a sus amigos. "Cuando sea mayor" era un capítulo interminable para los jóvenes conejos. Venían de tres camadas diferentes de tres conejas que habían parido en lo smismos días, como si los hados se hubieran puesto de acuerdo para crear, repentinamente, aquella joven comunidad. Todos sumaban casi treinta conejos y la líder, sin discusión, era Mimi. Ya su aspecto era diferente a los demás, pues sus manchas negras estaban colocadas de tal forma que parecía llevar un antifaz y las orejas negras encuadraban su rostro. Pero siempre había sido la líder también en sus juegos. Era la primera en curiosear todo lo que se ponía por delatne, y muchos en el barrio ya la llamaban "la atrevida". Cuando los zorros llegaban al barrio, era la última en buscar refugio. Y se decía que el señor lobo, amo de la ciudad, la miraba con buenos ojos. De lo que hubiera podido haber entre ellos no se decía nada y todo se dejaba a los silencios que se formaban entre frase y frase. Mayores barbaridades se habían visto en la ciudad.
- Dicen que el señor lobo ha hecho llamar a "la atrevida" a su casa en las montañas -decía la mofeta barbero
- Por Dios, ¡pero qué tiempos vivimos! -decía un perro sabueso, viejo y con muchos pliegues en la piel,  que siempre presumía de haber sido de los primeros que llegaron al barrio.
"Y entonces era un buen barrio. Éramos pobres, pero dignos", decía a menudo, olvidando toda lapodredumbre quegenera la relación entre pobres que se quieren buscar la vida y ricos que temen que les sea arrebatada. Y el mismo sabueso tenía en su más recóndita memoria escondida la caza que había dado a un conejo ladrón al que, en el instante de la captura, mató en un delirio de rabia y animalidad.
Mimi hacía oídos sordos a las habladurías. En efecto, el señor lobo la cortjaba.
- Pero es todo un caballero -se decía por las noches con voz infantil. En una semana ya enraría en edad de procrear y, aunque se sentía una niña, sabía que los demás ya estaban mirándola con otros ojos. Y también el señor lobo.
- Y no pasa nada porque me corteje -se dijo, haciendose eco de su tía que estaba encantada con el rumor.
Una semana antes de su cumpleaños, el señor lobo la invitó a una fiesta. mimi llegó y pronto se dio cuenta de que había muy pocos invitados y que estos se fueron rápido a sus casas, dejándola sola con el señor lobo.
- Debes probar este champán -dijo el señor lobo.
Un zorro era el secretario del lobo y Mimi no se atrevía a dejar la compañía del gran jefe.
"Pero no me tocará", se dijo.
Pero el señor lobo sí que la tocó y, si no se propasó, fue solo porque tenía algo más en mente.
- Mañana vente, tengo algo para ti -le dijo
- Pero si aún falta una semana para mi cumpleaños -dijo ella
Y aunque Mimi se prometió que no volvería y que no había lobo que la manoseara, lo cierto es que al diá siguiente volvió para no hacer esperar al chófer que el señor lobo le había mandado.
El señor lobo la recibió y la condujo hasta su regalo de cumpleaños: era una gran moto azul.
- ¡Es preciosa! -exclamó Mimi. Y, en aquel momento, el señor lobo supo que él había ganado un regalo mayor, aunque más breve, que el placer de una nueva motocicleta. Y se relamió, mientras Mimi le contemplaba con ternura.

viernes, 17 de octubre de 2014

el vendedor de suegras

Me llamó la atención el anuncio, por lo que llamé.
- Llamo por el anuncio -me presenté
- No es el primero que lo hace. ¿Cómo la quiere?
No me gustó su tono, pero me hice el boniato y le seguí la corriente:
- Aún no estoy decidido. No sé, una suegra no es algo que uno se compre todos los días.
- Llame cuando lo tenga claro -dijo. Y colgó.
No me habían tratado así de mal en mucho tiempo pero, cosa extraña, no me sentí del todo molesto.
"Tal vez sea masoquista" me dije mientras sacaba de la nevera un tetrabrik de leche desnatada. Y durante todo el día no pude quitarme el anuncio y la llamada de la cabeza. Por eso, a la vuelta de la oficina, volví a llamar.
- Creo que ya estoy decidido -dije, no bien respondió al teléfono.
- ¿Lo cree de verdad? ¿Cree estar decidido? -me dijo la voz con tono burlón
- Sí, lo creo -respondí con vehemencia
- Y si hubiera otra forma de minimizar el riesgo de una decisión, aunque fuera verbalmente, seguro que usted la utilizaría. ¿Me equivoco? -me preguntó
- No sé a qué se refiere. Yo llamo por el anuncio -dije
- ¿Es la primera vez que llama?
- Es la segunda, llamé antes.
- Eso quiere decir que no es la primera vez que llama. Le agradecería que respondiera a las preguntas que le dirijo. ¿Entendido?
- Tiene usted un tono que no me gusta -le dije con dificultad.
Y entonces volvió a colgarme el teléfono.
Las cosas debieran haberse quedado así, pero dormí mal. A la mañana siguiente, un hermoso sábado de septiembre, supe lo que debía hacer.
- Llamo por el anuncio -me presenté por tercera vez.
- No es el primero que lo hace. ¿Cómo la quiere? -dijo, repitiendo la tonadilla de ayer.
- No demasiado fea ni demasiado bonachona. Y tiene que ser excelente en la cocina. -respondí. Había apuntado en un cuaderno las palabras clave y ahora lo releía: "chata, fea, buena cocina, dulces".
- ¿Con esposa o sin esposa?
- ¿Se puede elegir?
- Responda a la pregunta -me dijo la voz del teléfono. Por un instante me entró el pánico de que me volviera a colgar otra vez.
- No sé qué responder a su pregunta -confesé- No sabía que se pudiera elegir a la esposa junto a la suegra.
- La esposa es un complemento, una delicatesse de nuestra empresa para fidelizar a los clientes. La esposa le puede cocinar de vez en cuando, darle hijos, compañía... claro que también requiere más trabajo.
- Entonces que sea sin esposa -respondí rápidamente.
Y supe que había hecho una gran compra. Al día siguiente llegaría el orden y la buena mesa a mi casa.

martes, 14 de octubre de 2014

El sustituto

- Hoy tengo que sustituir en la obra
- Podrían buscarse a otro. ¿Y quién va a llevar al niño a la guardería?
- Creí que tú podrías
- La señora quiere hacer limpieza general en la casa. Ya te lo había dicho, hoy entraré antes.
- Te explotan
- lo cual llevan haciéndolo unos cuantos años. Mientras que tú apenas sales de una obra para quedarte en paro, esperando a que te vuelvan a llamar.
- Deberíamos sentirnos afortunados de que los dos todavía estemos trabajando.
Ella sonrió y su rostro se suavizó. Por un momento a él le recordó la guapa chica que había dejado el instituto para irse con él, un don nadie y un buscavidas. Ni siquiera había estado embarazada entonces, no tenían ni aquella excusa.
Le besó en la mejilla.
- llamaré a mi madre -le dijo
Su rostro volvió a aguarse.
nunca perderá esos kilos”, se dijo él

Aquel debía de haber sido su día de descanso. pero cada vez que terminaba el turno o le tocaba un día libre, le llamaban para que fuera a sustituir a alguien.
- Ha caído enfermo en el último momento. ¿Te puedes acercar tú? Si no, puedo llamar a otro
El jefe de obra siempre le llamaba a él el primero.
- me caes bien, chaval.
Y con aquella corta frase sostenía las esperanzas del joven sustituto que, así, esperaba medrar en la empresa y no contar solo con trabajo en cuanto durara la obra.
- No llames a nadie, yo estaré ahí.
Así habían sido las últimas cinco sustituciones y ya hacía tres meses que el joven no pillaba día libre. Cuando volvía a casa estaba agotado, sin apenas aliento para hablar. Y en la noche, cuando hacían el amor, lo hacía como un animal que, en las últimas, diera el último coletazo antes de expirar. A su pequeño apenas lo veía y con su mujer solo hablaba cuatro frases por la mañana, el único momento en el que se sentía revivir otra vez.
- ¿Otra vez tú? -le dijo Román, el líder de entre los obreros. Era el único que tenía un contrato fijo con la empresa y, lejos de dárselas de crído, era el primero en acercarse a los nuevos y en ayudarles compartiendo todo lo que sabía.
- Un compañero que faltaba y me han llamado a mí...
- otra vez -respondió román por él.
El le miró sin responder. No quería quejarse y se disciplinaba para que de su boca no saliera nunca ninguna crítica.
- No hace falta que me digas nada, demasiado me las sé en esta empresa.

Pero el caso es que aquella misma noche Román se iría a beber con el capataz y tras la quinta cerveza le diría:

- Llámalo otra vez mañana. no quiero perder mi apuesta.

viernes, 10 de octubre de 2014

la negativa

- Esta va a ser la carta... veamos, sí. La carta 1232.
Quien así hablaba se dirigía a su perro. Era un perro pequeño y lanudo, de ojos pequeños e inocentes. Y el dueño era un joven regordete de pelo escaso, lacio y de color zanahoria.
- Es importante clasificarlas, ¿sabes? Creo que un día me van a dar el guiness por esto.
El perro aulló algo incomprensible.
- ¿La cerveza? No, no, el record guiness. Ya sabes, uno hace una tontería que nadie ha hecho nunca antes y gana un premio. Lo que me pregunto es si hay dinero por medio. Seguramente sí...
Mientras hablaba, habían salido -amo y perro- a la terraza. La gran ciudad se levantaba sobre ellos y la vista que podían ver era apenas la del edificio de enfrente.
- Allí vive esa vecina tan guapa. Cuando me ponga a trabajar, le compraré un ramo de rosas. Luego nos apostaremos aquí y veremos qué reacción tiene cuando reciba el paquete. Claro que tendremos que asegurarnos para que no coincida en el horario de trabajo. ¿Y tú cómo estarás? Hay que pasearte, no te preocupes que no lo voy a olvidar. Pero se los diré en la entrevista: "Tengo un perro", les diré. Y, si lo deseas, también mencionaré tu nombre. Pues es un nombre novelesco, ¿a que sí, Cervantón? ¿Quieres comer algo?
El perrito movió el rabo.
- A veces solo te falta ponerte a hablar. Vamos a la nevera.
De allí sacó un envase con carne picada y, afuera, una etiqueta.
- Veamos la etiqueta... esto lo compramos hace una semana en Mercadona. Fíjate, también escribí el nombre de la dependienta, "Dora".
Cada uno de los objetos de la casa tenía una etiqueta pegada. Al joven le gustaba catalogar y disfrutaba con ello.
- Por cierto que voy a tener que pedir dinero prestado otra vez a mis primos. No sé hasta cuándo van a aguantar el ritmo, pero esto del trabajo se alarga más de lo que habíamos planeado. ¿Qué te parece, Cervantón?
Pero el perro solo atendía a la comida que ahora tragaba.
- Sí, eso es lo mejor que se puede hacer. Comer ahora y no preocuparse por el mañana. Mientras tú comes, voy a revisar el correo.
Se sentó frente al ordenador y vio que le había llegado un nuevo correo electrónico. Lo abrió: "Estimado, señor. Agradecemos el interés que tiene en nuestra empresa. Desafortunadamente, actualmente no disponemos de plazas para su solicitud. Atentamente..."
- Mira, Cervantón, estos han sido muy simpáticos. Vamos a imprimrla y le pondré su número en un color diferente...
Sacó un rotulado azul del cubilete mientras imprimía el email.
- Eso es, y ahora lo marcamos bien al principio. "Negativa 1233".
Hizo una pausa en la que mordió un poco el rotulador. Luego se volvió al perro.
- ¿Sabes, Cervantón? Creo que esto de encontrar trabajo puede ser aún más largo de lo que planeábamos.
Pero Cervantón no le escuchaba y seguía comiendo.
- Tienes razón. Hay que comer hoy.
Dijo él con una sonrisa

jueves, 9 de octubre de 2014

el estudiante

Le habían escondido su cartera, su ordenador y su cuaderno. Y él sabía que tenía un problema. Solo que, a diferencia del resto, no veía ninguna necesidad de resolverlo. O tal vez sí lo viera, pero no podía creer en la solución: aquella estaba a demasiada distancia y tocaba a alguien ideal, no a su propia persona.

Por eso se rió por lo bajo cuando pensó en las medidas que sus pobres padres estaban tomando. ¡Ya no estaban para tantos trotes! Porque ella ya había pasado los ochenta y el frizaba los ochenta y cinco. Y todavía no podían contenerlo.
- ¿Y por qué no podrá dejar de estudiar, como todo el mundo? -había espiado esa conversación 30 años antes. Se había levantado de la cama para ir al baño y sus padres estaban hablando en la cocina.
- ¡Si por lo menos fuera capaz de terminar algo! -se quejaba su padre.
Fue la primera vez que vio como los demás trataban de él como si fuera un problema más.
Pero no podía evitarlo. La sociedad al principio lo había alabado: un eterno estudiante, una persona que no hacía más que estudiar y a la que había que convencer para que, a regañadientes, saliera de su casa o de las aulas de la universidad. Incluso habían escrito un artículo sobre él en el periódico. "El eterno estudiante" y lo había enmarcado en su cuarto. Sus padres habían tirado a la basura el artículo; para entonces, ya sabían que allí había algo anormal.
Porque no había curso ni estudio que fuera que no lo atrajera. Invertía sus ahorros en pagar la formación y luego la comenzaba con gran interés. Pero, por desgracia, no era capaz de terminar ninguno de los cursos. Había algo interno que se lo impedía. Incluso en aquellos que duraban solo unas horas, no llegaba a la mitad del curso y ya él se ausentaba.
"Si por lo menos fuera capaz de terminar algo", ese era el reproche de su padre. Y, sin embargo, a base de comenzar tantas cosas diferentes era mucho y muy variado lo que había aprendido. Por ejemplo, podía recitar los números en chino del uno al diez, o saber los nombres de los matemáticos que habían intentado resolver el enigma de fourier, o el convento donde Cervantes había metido a su hija. Eran aquellos datos que habían fascinado a los que vinieron a hacerle la entrevista.
- ¿Pero no piensas dejar de estudiar algún día para aplicar a algún trabajo? -le habían preguntado entonces.
- Siento que me queda poco tiempo de vida, y antes... ¡hay tanto que saber!
El entrevistador le había mirado en aquel momento de una forma diferente, como si descubriera por qué sus padres no querían vanagloriarse de la sapiencia de su hijo y por qué se habían negado a aparecer en la entrevista.

Aquel día pensó en sus pobres padres, en lo viejos que estaban para dedicarse a la tarea de guardianes de un inmaduro de 50 años de edad. Llegó hasta el kiosko donde siempre había algún facsímil que le tentaba para una nueva formación.
- ¡Tenemos un nuevo curso para hacer maquetas! -le dijo el quiosquero en cuanto le vio

Y él, por primera vez en su vida, rechazó la oferta. Porque el sol estaba en lo alto, la vida dentro de él y sus padres prontos a morirse. Era hora de salir de la cueva.
Se estiró y se sintió un hombre nuevo. Sí, tenía un problema, lo había tenido y lo tendría. Pero ahora él era diferente.
Y todo era diferente.

miércoles, 8 de octubre de 2014

el conejito

- No quiero animales en casa. Y es mi última palabra.

Papá se las hacía de duro, pero al final acabó cediendo. Los niños querían un conejito por navidad, era su único deseo. Y el conejito acabó entrando en casa.
Se llamaba Mimi y era una hembra. Su cuerpo era minúsculo, pero era tan peluda que parecía un pompón ambulante. Blanca como una oveja recién lavada, pero con manchitas negras repartidas y tres grandes manchones que eran los más graciosos: el hocico, los ojos y las dos orejitas.

- ¿No la vas a acariciar? -le preguntó su esposa un día
- No es mi animal. De hecho, no le pertenece a nadie...
- Sí, sí, ya te hemos oído antes. Pero no sigas ahora que lo va a oír -le dijo el más pequeño de sus hijos que, en aquel momento, tenía a la mínúscula Mimi en brazos y la acariciaba con ternura.
- Como si eso hiciera alguna diferencia -murmuró el padre. Pero no dijo más.

Por las mañanas trabajaba solo en casa. Entonces Mimi venía hasta él -dejaran que jugara por la casa en tanto no se hiciera pipi fuera de su cajita. Mimi venía y levantando sus dos patitas delanteras, las apoyaba en la pantorrilla. Y le miraba.
- ¿Te aburres? -refunfuñaba él. ¡Pues bienvenida al club! -le dijo con satisfacción
Mimi lo miraba sin entender. Al rato se fue y comenzó a olisquear sus pantalones y sus zapatillas, hasta que acabó mordiéndolas.

- ¿Sabes que Mimi es muy limpia? -le dijo su esposa un día
- ¿A qué te refieres? -preguntó él sin apartar la vista del libro que, en aquel momento, estaba leyendo.
- Todos los días se lava con su lenguita, y no hay parte del cuerpo que no cubra.
- Ya me había percatado -dijo él, sin lograr pasar de página y leyendo el mismo párrafo por tercera vez.
- Yo creo que le gustas, papá -dijo el otro de sus hijos
- ¿Y qué te hace pensar en eso?
- Siempre está alrededor tuyo. ¿No te has fijado?
"Sabe quién es el dueño", quiso responder, pero al final se abstuvo.

Un día se despertó notando un pequeño cosquilleo en la mano. Era sábado y se había quedado dormido. Su esposa y los dos niños le miraban conteniendo a duras penas la risa. Mimi le estaba lamiendo la mano. Era muy suave.
- Al menos alguien me cuida -dijo para quitarle hierro al asunto. Pero en cuanto pudo, se lavó la mano y, hasta entonces, no tocó nada.

Pero ni siquiera su esposa, que lo conocía tan bien, estaba preparada para lo que se encontró un día cuando, volviendo a casa de improviso y haciendo apenas ruído, encontró a su marido en el salón con Mimi en los brazos, acariciándola mientras le susurraba:
- ¿Y quién te quiere a ti, pequeña?

martes, 7 de octubre de 2014

Corriendo

No podía correr más, estaba cansado.
- ¡Vamos machote! -le gritaban desde las ventanas
Y, como tantas otras veces, se volvió hacia ellas. Pero su pequeño cuello de tortuga apenas le daba para levantar la vista por encima del suelo y las ventanas estaban fuera de su alcance. Sin embargo, tenía la impresión de que no habría nadie en ellas.
“Aunque me imagine las voces...” corrió su pensamiento
Y volvió a ponerse en marcha, pero cada dos pasos volvía a parar. Le parecía aquello la maldición de una pesadilla donde, por mucho que lo intentara, no podía moverse.
- Pero aún no estoy congelado -se dijo
Allí delante debía de estar la meta. ¿Dónde, exactamente? No sabía, pero creía que estaba más adelante. Y su fe le movió otra vez, mientras razonaba consigo mismo: “no tengo que dar pasos largos, lo importante es moverse y no perder el ritmo”.
No perder el ritmo era el mantra con el que había comenzado la carrera en solitario, siguiendo un impulso repentino.
Moviéndose, no podía sino acercarse a la meta, donde quiera que aquella estuviera. Además, sus patas se robustecían con el deporte y, aún estando cansado, se movía con mucha más rapidez que antes.
- ¡Adelante! -le gritaron otra vez desde las ventanas.
¿Pero quién le animaba? Cuando eran una tortuga pequeña, había ido de visita con sus padres a la playa. Era una playa salvaje de fuerte oleaje y desierta.
- Aquí es donde venimos a poner los huevos -le había dicho su madre.
- Yo no sé poner huevos -había respondido
- Pero recuerda que tu hogar siempre ha de orientarse hacia aquí -le observó su padre.
Sin embargo, aunque no lo animaba ninguna rebeldía, algo en su interior decidió contra el destino prefijado. Y deambulando de un lado a otro en el mundo había acabado en aquella carrera loca y soiltaria.
“Pero estoy tan cansado que no me importaría abandonarla... no, no me importaría nada”, dijo dentro él una parte de su alma.
El sol comenzó a meterse en el ocaso y él supo que ya era momento de descansar.
- ¡Pero no te pares todavía! -le gritaron desde arriba.
Esta vez ni se esforzó en mirar. Se echaría allí mismo, en aquella extraña ciudad desierta de gentes y automóbiles pero con edificios altos, grandes y misteriosos que albergaban aquellas ventanas como cuevas hacia un destino imposible para los vivientes.
Avanzó un poco más y por fin se dejó caer
- No puedo, no puedo más -susurró
Y, como si hubieran llegado al acuerdo de dejarle en paz, las voces de las ventanas también callaron. Y se hizo la noche, y durmió.
A la mañana siguiente se encontraba fresco.
- Pero no puedo correr sin mi oración
Y antes de comenzar rezó al Buen Dios, pidiéndole... ¿llegar a la meta? No, humildad para saber que solo era un caminante y que la meta está en manos más altas. Lo suyo es intentarlo.

Con una sonrisa.

lunes, 6 de octubre de 2014

el aspirante

Lo primero, es escribir una lista de objetivos: ¿qué quiero hacer? Lo segundo, el cómo.
Pero me miro en el espejo y no acabo de terminar ni con una ni con otra. ¿Qué es lo que veo? Que se me caen las plumas. Y mi pico está descolorido. ¿Cantaré en soledad? Proponérmelo así me parece ridículo; al igual que proponerse reír o llorar o enfadarse... forzarlo es romperlo y no alcanzarlo nunca.
Pero sé que hay días que canto. Así, sin darme cuenta.
“¿Acaso piensas cuando respiras?”, leí una vez en un libro. Y la frase se me quedó metida. ¿Y cómo darse cuenta de las cosas si uno no piensa en ellas? Es paradójico, imagino.
Me alejo del espejo, saco un cigarrillo y echo unas caladas mientras vuelo hacia la ventana. La ciudad se extiende a mis pies.
Lo primero, lo primero... la lista de objetivos.
Soy un cuervo viejo, ese es mi objetivo.
No, no, ahí naciste, sonámbulo. Espantavidas, friegacielos. Lo primero es ser viejo, cuervo, morirse.
Morirse es lo primero.
Lo segundo es el cómo. ¿Volando? ¿En la cama, tosiendo? Y solo, solo ha de ser. Solo me parió mi vieja, solo partiré.
Me lanzo a volar y no termino ninguna de mis listas. Una parte de mí tiene una gran idea mientras nota el viento frío que golpea el viejo pico, el mío, el que ya está descolorido. La idea es la siguiente: ¿y si me entreno para estudiar, aunque sea brevemente, las historias de otros, las mejores, las mejor contadas?
Pero mi cabeza nunca ha sido mi mejor aliada. Mejor volar, mejor vivir y morir.
Como un simple aspirante. Un muerto con ganas de resucitar.

domingo, 5 de octubre de 2014

la fiesta

- Y le hemos comprado un aparato de musica, le va a encantar
Asi hablaba la ciguena con el resto de pajaros. Alrededor de ella se amontonaban las aves que se preparaban para la gran fiesta.
- 5 años es una buena edad para una pardela. Cuando yo tenía su edad... -comenzó a explicar el tío de la festejanda Encarna Pérez.
Pero no le dejaron acabar. habían oído su historia demasiadas veces.
- ¡A ella le encanta bailar! -apuntó una golondrina que conocía a la familia de pardelas desde hacía ocho veranos.
Cuando por fin llegó la familia de Encarna Pérez, con ella en el centro, todos rompieron en un aplauso.
- ¡Felicidades, encarna! -se oía por todas partes
Y las aves se arremolinaban, batían las alas, cacareaban algunas, piaban, graznaban, chillaban excitadas.
Los padres también estaban encantados.
- ¡Fue un gran día aquel en el que naciste, Encarna!
Y sus hermanos también llegaron, cada cual portando un pescado al cual más flamante y directo a la fuente de la fiesta.
- ¿Habéis visto la tarta ya?
La tarta la había preparado la mujer de tío Enrico, aquel que no paraba de rememorar su quinto cumpleaños. Su mujer, la vieja Facundia González, miraba complacida a los recién llegados.
- ¿La puedes oler, Encarna?
y le pusieron la tarta bajo el pico. Era un pastel de tres pisos adornado con uvas, almejas y pequeños peces. La pasta la formaba un agregado de algas y cangrejitos pequeños, resultando en un color verde salpicado de puntos negros, como una gran piedra olivina. La humedad y el sol la hacían brillar y estaba muy apetitosa.
- Sí, la huelo -dijo la celebranda
Y todos comenzaron a comer.
Fue la cigüeña quien repartió los pedazos, el último de los cuales fue para Encarna:
- Para el sol que, aquí en la tierra, nos ha unido a tantas aves diferentes -dijo
- Cuando yo cumplí cinco años -comenzó a recitar el tío Enrico.
Pero no lo dejaron terminar, y esta vez él no pudo contener la risa:
- ¡Así no hay manera!
- Vamos, Enrico, como si no hubieras contado lo mismo un millón de veces -le dijo su esposa
En aquel momento a encarna se le cayó un gran pedazo de pastel al suelo, justo en el suelo.
- yo te lo recogeré, encanto -le dijo la gallina francisca.
- Gracias, Francisca -se lo agradeció la madre, alcanzándole el pedazo de pastel a encarna, quien no se había percatado del incidente.
Pero en cuanto le pusieron el pastel bajo el pico, reconoció el olor y enguyó otro pedazo. Y así, dándole la comida, la habían alimentado durante cinco años; el primero, muy largo. Los padres necesitaron tanta ayuda que Encarna se hizo conocida en la región, por lo que hoy su cumpleaños era casi una fiesta nacional.
y es que los padres de encarna se habían empeñado en que su hija, ciega de nacimiento, tuviera una buena vida. 

viernes, 3 de octubre de 2014

el espacio en blanco

- ¿Qué estás mirando? -le preguntó su madre
- Las estrellas -contestó su padre sin mirar
Él seguía con la cabeza alzada, mirando la noche.
- Pero hoy no hay estrellas -informó su hermano, el sabelo-todo
Era aquella una familia de búhos muy peculiar. El padre apenas salía a cazar, pues el resto de pájaros del bosque le traía comida a cambio de su consejo. Era muy sabio, sabio hasta entre los búhos.
- No hace falta que estén ahí para mirarlas -dijo su padre, sin apartar la vista de una hoja en la que había algunos dibujos grabados. Era la forma de escribir que tenían los búhos y en aquel momento papá-búho estaba leyendo los resultados que el sabio de un bosque lejano había tenido en sus experimentos con el fuego.
Pero el pequeño búho seguía sin contestar. Su hermano se equivocaba, pero también lo hacía su padre. El primero no veía más allá de lo que había delante de sus ojos; y el segundo, veía demasiado lejos.
- El espacio en blanco -murmuró
- ¿Dices algo, cariño? -le preguntó su madre, quien le miraba con cierto aire de preocupación. Blanquito Fernández siempre había sido su preferido, tal vez por su debilidad y aquella ala un poco torcida que le impedía volar grandes distancias.
- Papá, aparte de la noche y el día, ¿qué es lo que hay? -preguntó Blanquito con su vocecita.
- ¿Aparte de la noche y el día? -repitió su padre con aire distraído, levantando la vista de la hoja a sus pies -no sé qué más puede haber. La noche y el día, en todo caso, solo son nombres que damos a unos fenómenos, no son nada por sí mismos, creí que ya lo sabías.
- Es posible que sepa menos de lo que supones, padre -dijo él, ironizando
- ¿Sigues buscando estrellas? -se interpuso Rafadala, su hermano pequeño y, en todos los campos que se le ocurrían, su opuesto; si Blanquito tenía problemas para volar, Rafadala presumía de hacerlo mejor que nadie. Blanquito se quedaba, a menudo, ensimismado. Pero Rafadala siempre estaba atento y hablando. Blanquito era, como su nombre indicaba, blanco. Rafaldaba tenía colores pardos y oscuros repartidos por todo su pelaje.
- Nosotros somos búhos... -comenzó a explicarle su padre con calma
- O algo parecido -intervino Rafaldaba.
- Somos algo definido, ocurrimos continuamente y, aunque vivimos en el transcurso del tiempo -como una ramita que flota sobre un río, trascendemos al tiempo. Somos algo más que el fenómeno de nuestra existencia.
- ¿Y la noche y el día?
- Solo son nombres para los movimientos del río. Pero el sol es algo más que su movimiento y lo mismo la luna. Por eso no tiene sentido pensar en que haya algo más aparte de la noche y el día.
Tras soltar aquello no esperó para comprobar si su hijo lo había entendido. Dio por hecho que su explicación había sido más que suficiente y otra vez volvió a mirar a la hoja donde aquel lejano sabio le contaba sus experiencias con el fuego.
- Y, sin embargo... el espacio en blanco -volvió a murmurar Blanquito Fernández.
Pero lo que fuera que hubiera en aquellas palabras se desasió de ellas y se fue volando en la noche, hacia donde habitan los misterios que ninguna mente ha logrado jamás desentrañar. Y Blanquito no volvió a pensar nunca más en ello.

jueves, 2 de octubre de 2014

las manos del músico

El concierto había sido de sus mejores. O tal vez el mejor. Lo titularía "concierto para cigarra y orquesta en re mayor", y estaría a la par con los grandes conciertos de Teetoden, Kaisoski y Tententon, tres de los grandes en el mundo de las cigarras.
Pero le dolían las manos. Con cada concierto le dolían más y más. Tenía que ir al doctor, pero no se atrevía. ¿Y si le decía que no podía tocar más? ¿Y si era de todos conocido que él, el gran cigarra Formitura Méndez, sufría un dolor en las manos?
Lo importante era llegar a casa cuanto antes.
Se vistió su gabán de noche y salió a la calle.
- ¿Le pido un taxi, señor?
Ni siquiera contestó, sino que movió con desdén una de sus manos y se marchó por la calle oscura.
- ¡Un concierto magnífico, señor, si me permite la libertad! -oyó que le gritaba el portero desde detrás.
"Dirán que soy un cascarrabias, que a los genios han de aguantarnos. Pero necesito tiempo para pensar"
Se sacó las manos del bolsillo del babán. Es verdad que tenía tres pares de manos y el mal solo le afectaba a las dos que más utilizaba. Pero era preocupante. Se miró bien las pequeñas pinzas, buscando por fuera el fallo que, ay, sentía que se producía en su interior.
- Deme algo, caballero -quien lo decía era una vieja araña que, en una esquina, siempre pedía algún resto de comida. Todos sospechaban que la araña, en su juventud, se había zampado más de una cigarra. Pero aquella no era una raza rencorosa y en la senectud del arácnido le permitían mendigar en sus calles.
Formitura Méndez la miró un instante y luego siguió su camino. Pero se paró en seco cuando la araña dijo:
- La música no da para vivir toda la vida, Formitura.
Y entonces la cigarra se volvió.
- ¿Qué sabrás tú de la música? -espetó a la vieja araña.
Detrás de la araña había una pequeña tela que aquella había forjado en la pared. Sin contestar, la araña pulsó los hilos tirantes y...
- ¡Música! -exclamó Formitura, conmovido.
La araña asintió
- A esto me dedicaba antes. Las cigarras creéis que las arañas somos cazadoras de insectos. Pero no todas, Formitura, no todas.
- ¿Qué te pasó?
- Lo que a ti te comienza a pasar ahora. Lo llaman "el mal de la ambición" y ocurre cuando uno deja de lado la primera inspiración, el amor infantil hacia la música, y lo trastoca por los sueños del futuro. Nosotros los pequeños dependemos mucho de nuestra psique y lo que aqueja aquella baja a nuestros miembros.
- ¿Y no se puede parar? -preguntó Formitura
La araña la miró con pena y dijo
- Sí, pero no querrás pagar ese precio
- Pagaría lo que fuera
- Entonces has de abandonar la creación de la música y convertirte en expectador.
La cigarra la miró horrorizada
- ¡Eso nunca lo haré! Si no creo música, estoy perdido.
Y se fue por el callejón, deprisa y sin mirar atrás. Y no oyó a la araña que murmuraba por lo bajo, mientras la veía irse.
- Sí, estás perdido, Formitura.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Galletas inesperadas

Aquel día tenía ganas de dulce. En realidad, todos los días tenía ganas de algo dulce.
- Tú eres una mosca demasiado dulzona
Le decían las compañeras. Y es que una mosca como Dios manda no debe de hacer ascos a ninguna comida: por algo son moscas. Cuanto menos escrúpulo, mejor.
Pimplona era una mosca peculiar en muchas cosas. Para empezar, le gustaba estar tranquila y no andar molestando al prójimo. Así que mientras sus compañeras se arromelinaban en torno a los humanos que, del contenedor, sacaban la poca comida que podían, esperando así tomar parte, ella se abstenía. Cuando veía a los humanos moviendo las manos con grandes aspavientos para alejar las moscas y farfullando insultos como:
- Malditas moscas
Entonces ella se daba por aludida y abandonaba la caza.
“molestando así, no”, se decía en su interior. Y no es que aquello se lo hubiera enseñado ninguna madre, porque solo conocía a sus hermanas y su madre, después de haber puesto los huevos, se había desentendido de ellas.
Pimplona también era peculiar porque nunca se pegaba contra los cristales.
- ¡Quiero salir, quiero salir! -clamaban las otras, golpeándose repetidamente contra el cristal de una ventana.
¿qué cosa les impedía disfrutar de la vida al aire libre? Porque estaba enfrente de ellas. No había nada que se las impidiera y, sin embargo, no podian salir. En una ocasión, Pimplona había visto como una se volvía loca gritando,
- ¿Pero por qué? ¿por qué? ¿por qué?
Ella tampoco entendía qué pasaba, pero prefería no darse de cabeza contra el cristal. En su lugar, iba caminando poco a poco y se obligaba a no utilizar las alas. Y al final podía salir al jardín antes que nadie. Sospechaba que salir al jardín tenía que ver con la actitud de la mosca y que los dioses de las moscas las dejaban encerredas alí esperando a ver cuál de ellas se calmaba antes de darse cabezazos contra el cristal. Y entonces la premiaban.
Pimplona no quería conocer a otras moscas, y mucho menos las del sexo opuesto.
- Pero si ya estás en edad de poner huevos. Mira que te vas a morir antes de lo que esperas -le decía su única amiga, una mosca gorda de su edad que no paraba de comer y de poner huevos.
- Ya lo sé. Pero necesito más tiempo -respondía Pimplona
- Tiempo... justamente lo que todos quieren y nadie consigue -dijo su amiga, que se las daba de filósofa.
Y la filosofía fue aún más inmediata que lo previsto, porque al día siguiente de aquella conversación Pimplona estaba descansando sobre una pared cuando un muchacho curioso la atrapó con un vaso y se la dio a comer a una araña que también tenía encerrada.
No importó lo mucho que Pimplona suplicó. La araña no le contestó ni una sola vez pero, en cuanto estuvo lista, atrapó la cabecita de Pimplona y le sorbió los sesos y, por supuesto, la existencia.