No podía correr más, estaba cansado.
- ¡Vamos machote! -le gritaban desde las ventanas
Y, como tantas otras veces, se volvió hacia ellas. Pero su pequeño cuello de tortuga apenas le daba para levantar la vista por encima del suelo y las ventanas estaban fuera de su alcance. Sin embargo, tenía la impresión de que no habría nadie en ellas.
“Aunque me imagine las voces...” corrió su pensamiento
Y volvió a ponerse en marcha, pero cada dos pasos volvía a parar. Le parecía aquello la maldición de una pesadilla donde, por mucho que lo intentara, no podía moverse.
- Pero aún no estoy congelado -se dijo
Allí delante debía de estar la meta. ¿Dónde, exactamente? No sabía, pero creía que estaba más adelante. Y su fe le movió otra vez, mientras razonaba consigo mismo: “no tengo que dar pasos largos, lo importante es moverse y no perder el ritmo”.
No perder el ritmo era el mantra con el que había comenzado la carrera en solitario, siguiendo un impulso repentino.
Moviéndose, no podía sino acercarse a la meta, donde quiera que aquella estuviera. Además, sus patas se robustecían con el deporte y, aún estando cansado, se movía con mucha más rapidez que antes.
- ¡Adelante! -le gritaron otra vez desde las ventanas.
¿Pero quién le animaba? Cuando eran una tortuga pequeña, había ido de visita con sus padres a la playa. Era una playa salvaje de fuerte oleaje y desierta.
- Aquí es donde venimos a poner los huevos -le había dicho su madre.
- Yo no sé poner huevos -había respondido
- Pero recuerda que tu hogar siempre ha de orientarse hacia aquí -le observó su padre.
Sin embargo, aunque no lo animaba ninguna rebeldía, algo en su interior decidió contra el destino prefijado. Y deambulando de un lado a otro en el mundo había acabado en aquella carrera loca y soiltaria.
“Pero estoy tan cansado que no me importaría abandonarla... no, no me importaría nada”, dijo dentro él una parte de su alma.
El sol comenzó a meterse en el ocaso y él supo que ya era momento de descansar.
- ¡Pero no te pares todavía! -le gritaron desde arriba.
Esta vez ni se esforzó en mirar. Se echaría allí mismo, en aquella extraña ciudad desierta de gentes y automóbiles pero con edificios altos, grandes y misteriosos que albergaban aquellas ventanas como cuevas hacia un destino imposible para los vivientes.
Avanzó un poco más y por fin se dejó caer
- No puedo, no puedo más -susurró
Y, como si hubieran llegado al acuerdo de dejarle en paz, las voces de las ventanas también callaron. Y se hizo la noche, y durmió.
A la mañana siguiente se encontraba fresco.
- Pero no puedo correr sin mi oración
Y antes de comenzar rezó al Buen Dios, pidiéndole... ¿llegar a la meta? No, humildad para saber que solo era un caminante y que la meta está en manos más altas. Lo suyo es intentarlo.
Con una sonrisa.
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