Allí no vivía nadie más que un par de cigueñas viejas. Hacían pareja, pero su edad avanzada les impedía tener más hijos. Sin embargo, compartían gustosas el nido en lo alto del viejo campanario.
El pueblo estaba en ruinas. De la iglesia, lo único que se tenía en pie era parte de la torre: una de sus fachadas ya estaba caída, echa un burruño de piedras, escombros y maderas en la base.
En el pueblo solo se oía un sonido: el viento sibilante de las tardes de otoño. El resto de estaciones aguardaba en silencio la sinfonía otoñal y las cigueñas también lo oían con gusto.
Donde mejor acústica había era en el extremo sur del pueblo, justo donde acababa una antigua calleja y comenzaba el bosquecillo de acacias.
- Aún recuerdo cuando don Diego plantó las primeras acacias -dijo una de las cigueñas.
Estaban ambas posadas en lo alto de uno de los árboles y se preparaban para escuchar aquel silencioso gemir de la naturaleza que, cada tarde de aquel otoño, les hacía volver sobre su memoria. Porque quien vive en la memoria vive la niñez imposible de los ancianos.
- Yo no conocí a don Diego. Tú y yo aún no nos conocíamos -le contestó la otra cigueña.
Y era verdad. Había venido de un pueblo cercano que, lejos de extinguirse a la vida, bullía de ella y ya tenía aspiraciones para que, en el catastro, lo llamaran "pequeña ciudad". Entonces había conocido a su marido; en aquel entonces todavía quedaba alguna vida en el pueblo, algún viejo que se resistía a morir bajo el imperio del sol. Y a ella le había encantado aquella paz.
Pero desde que se había mudado habían pasado muchos años.
- Me gustaría tener más noticias de nuestros hijos
- Ya les conoces. Tienen sus propios hijos. ¿Para qué querrían dar noticia a un par de vejetes como nosotros?
La madre no respondió. Había cosas que un padre no podría entender nunca; su carne estaba tan dividida como cada uno de sus pequeños. ¿Que ya eran madres, padres? Para ella siempre serían sus "pequeños", pues cada parte de su cuerpo era pequeña respecto al todo. Y sus hijos eran parte de ella. Sus "pequeños".
Se levantó un poco de tiempo.
- ¡Ya llega! -dijo la vieja cigueña a su compañera
Ella aún tenía el pensamiento en sus pequeños y en el tiempo futuro, ¿cuándo los vería otra vez? Mientras que él, poco a poco, había tornado tanto su vista en el pasado que el futuro inmediato no era más que la sombra del hábito. Pero ambos se encontraban en el presente del viento sibilino, de las tardes de otoño, de la espera bajo un acedal que don Diego, hacía ya tantos años, había plantado.
- Ahora parará un segundo y luego llegará.
Así era siempre; el viento era precedido por un pequeña ráfaga que movía las hojas de los acebos. Estas se regocijaban. Las bayas tintineaban, los insectos zumbaban con interés, la savia se detenía unos instantes.
- Me gustaría verles. Otra vez, al menos antes... antes de morir -dijo la vieja cigueña, pensando todavía en sus retoños. Apenas susurraba.
- Hoy el sol se está poniendo un poco más temprano. El invierno se adelanta, querida. ¡Pero escucha! ¿No lo oyes llegar?
Y sí, de la sierra castellana llegó el viento que bajaba por los barrancos, por los cauces abandonados, por las carreteras y ciudades llenas de bullicio y se internó por planicies de cultivos, por pedregales y ruinas de la historia... y llegó cargado de tiempo y destino al pueblo abandonado de las cigueña. Se metió por las callejuelas y silbó como un fantasma del mundo.
Entonces, notando un extraño sopor en los ojos, una cigueña le dijo a la otra:
- ¿No notas hoy algo diferente? Como si las campanas de la iglesia estuvieran tocando.
Y es que, en efecto, sonaban las campanas como un sueño distante, como una playa lejana, como un mundo aparte.
Pero cuando miró a su compañera, la cigueña vio que dormía.
- Duermes, querida -dijo, con cariño
Y sintió que sus ojos también se cerraban solos. Sonriendo, se durmió.
Y ninguno de los dos volvió a despertar.
El viento abandonó el pueblo donde ya no quedaba ninguna vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario