lunes, 6 de octubre de 2014

el aspirante

Lo primero, es escribir una lista de objetivos: ¿qué quiero hacer? Lo segundo, el cómo.
Pero me miro en el espejo y no acabo de terminar ni con una ni con otra. ¿Qué es lo que veo? Que se me caen las plumas. Y mi pico está descolorido. ¿Cantaré en soledad? Proponérmelo así me parece ridículo; al igual que proponerse reír o llorar o enfadarse... forzarlo es romperlo y no alcanzarlo nunca.
Pero sé que hay días que canto. Así, sin darme cuenta.
“¿Acaso piensas cuando respiras?”, leí una vez en un libro. Y la frase se me quedó metida. ¿Y cómo darse cuenta de las cosas si uno no piensa en ellas? Es paradójico, imagino.
Me alejo del espejo, saco un cigarrillo y echo unas caladas mientras vuelo hacia la ventana. La ciudad se extiende a mis pies.
Lo primero, lo primero... la lista de objetivos.
Soy un cuervo viejo, ese es mi objetivo.
No, no, ahí naciste, sonámbulo. Espantavidas, friegacielos. Lo primero es ser viejo, cuervo, morirse.
Morirse es lo primero.
Lo segundo es el cómo. ¿Volando? ¿En la cama, tosiendo? Y solo, solo ha de ser. Solo me parió mi vieja, solo partiré.
Me lanzo a volar y no termino ninguna de mis listas. Una parte de mí tiene una gran idea mientras nota el viento frío que golpea el viejo pico, el mío, el que ya está descolorido. La idea es la siguiente: ¿y si me entreno para estudiar, aunque sea brevemente, las historias de otros, las mejores, las mejor contadas?
Pero mi cabeza nunca ha sido mi mejor aliada. Mejor volar, mejor vivir y morir.
Como un simple aspirante. Un muerto con ganas de resucitar.

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