- Creo que me he perdido -se dijo el conejito. Se habían alejado mucho de la madriguera y se habían metido por los "agujeros malditos", así se los había nombrado su madre dos semanas antes. "Si no quieres que me de un infarto, nunca te metas por ahí". Pero la curiosidad había sido más fuerte por lo que había estado explorándolos. ¿Hasta dónde llegarían?
Solo uno de sus hermanos le acompañaba, Benja, el más pequeño de todos.
- ¿Y no podemos volver? -le preguntó la vocecita de su hermanito. Janko sintió que estaba luchando contra el pánico, como él mismo. Solo que a él hablar en voz alta y plantear el problema al que se enfrentaban le tranquilizaban.
- Lo haremos, Benja, pero no sé cuándo. Solo nos queda seguir hacia adelante.
No podía verle la cara, pero imaginaba que Benja mostraría en ella tanto terror como él.
- De acuerdo -le oyó decir.
Y siguieron bajando por el agujero. Si no hubiera habido ningún derrumbamiento, todo habría sido mucho más fácil. Habrían vuelto, como siempre lo hacían, tras un rato de andar perdidos por los "agujeros malditos" pues Janko nunca perdía la orientación. Pero ahora la vuelta era imposible.
- Aquí llegamos a un agujero más grande -dijo.
Y, en efecto, la madriguera desembocaba en una antigua mina abandonada. Por un lado del camino olieron el agua y bebieron un poco.
- Este gran camino seguro que lleva a la salida. ¡Ya verás! -le aseguró Janko a su hermano pequeño.
De repente, una voz les sobresaltó:
- ¿Quién anda ahí? -exclamó alguien en la oscuridad.
Reencontrando una voz que ya le parecía perdida en el vacío de su miedo, Janko respondió:
- Dos conejos... perdidos -añadió con un hilo de voz.
- Eso habrá que verlo -dijo la voz
Se acercó, pero los conejos no solo no le veían sino que no lograban identificar su olor.
- ¿Quién eres? -preguntó por fin janko
Por toda respuesta, se oyó el frotar de un fósforo y, al poco, una lámpara ardía.
- ¡Señor topo! -exclamaron al unísono Janko y Benja.
- Así que sois vosotros. Hago bien en llevar esta lámpara siempre conmigo, aunque ya sabéis que a mí no me hace falta.
Los conejos recordaron cómo el señor topo se sentía muy orgulloso de su ceguera y de su capacidad para orientarse sin los ojos, "ese par de apéndices que no hacen más que engañar".
- ¿Puede usted indicarnos el camino para salir afuera? -preguntó Janko
- ¿Afuera? ¿Y para qué quieres ir afuera? Nunca ha salido nada bueno del exterior. Mejor haríais en quedaros aquí.
- Pero nosotros no podemos orientarnos tan bien como usted en el interior de la tierra -dijo Janko
El halago funcionó.
- Bueno, seguidme. ¡Pero no toquéis nada!
Después de eso se puso a guiarles. Por el camino pasaron por una sala que estaba llena de lámparas, todas apagadas y muchas de ellas rotas.
- ¿Qué es esto? -preguntó Benja, que ya se sentía mejor
- Mi hobby. ¡Pero no toques nada! -volvió a repetir
Al rato, se volvió hacia ellos
- Seguid por aquí y llegaréis a la salida. A mí no me apetece que me vea el cara amarilla.
- ¿Y ese quién es? -preguntó Benja
- El sol, Benja -le susurró Janko
- ¿Y por qué tiene todas esas lámparas ahí detrás?
- No es tu asunto. Ahora iros, tengo cosas que hacer.
Los conejos se fueron, contentos de poder regresar a la superficie.
En lo tanto, el señor topo volvió a la sala de lámparas. En una mesita estaba arreglando una de ellas. Se sentó y al poco prendió fuego en la mecha del quinqué. La lámpara comenzó a arder con suavidad. El señor topo apenas veía la lucecita pero sentía el calor que emanaba.
- Otra luz en la lejanía -se dijo
Y sonrió, satisfecho.
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