-
¿Dónde lo habré metido?
-
Espero que no sea otra vez el zapato -respondió el rey, su marido.
-
Muy gracioso. Pero lo que quiero es encontrarlo.
“Dios
bendito, y todavía no le han diagnosticado el Alzheimer”, pensó
el rey. Luego, sabiendo que tenía un guardia a sus espaldas,
preguntó:
-
¿Puedo ayudarte en algo, cariño?
Ella
le miró un momento sorprendida ante el amoroso epíteto. Luego captó
la mirada también extrañada del soldado y respondió con sorna:
-
No, “amorcito”, será mejor que lo busque yo sola
Y
siguió revolviendolo todo. Al agacharse para rebuscar en el baúl,
su gran trasero se elevó por los aires. El rey imaginó un momento
que de allí escapaba algún gas y, aunque el pensamiento le resultó
desgradable, no pudo evitar sonreír ante el volcán humano que era
su esposa.
“Sobre
todo por las noches, cuando duerme”
En
unas horas tendrían la comida familiar y sus hijos vendrían a
verles. El mayor de ellos, el príncipe, haría lo de siempre antes
de la comida: se llevaría a su padre el rey aparte y le diría lo de
las deudas de juego que nunca paraban de aumentar.
La
puerta se abrió y el soldado dejó entrar a una señora muy anciana
pero de la que se desprendía un fuerte olor a brandy.
-
¿Qué has perdido esta vez? -le preguntó a la reina con acento
borracho y farragoso.
La
reina se volvió a ella.
-
¡Ah, eres tú!
Pero
luego vio u olió la embriaguez de la recién llegada:
-
¿Pero otra vez has estado bebiendo? La comida es en tres horas, ¡y
los niños no pueden verte así!
-
Ya no son tan niños -farfulló la otra- Y seguro que a ellos también
les ha pasado alguna vez.
La
reina se acercó a la vieja con intención de golpearla, pero el rey
se interpuso.
-
¿No tenías algo que encontrar? -le preguntó
Luego
se volvió a la borracha:
-
¿Ves esa silla? Pues allí has de sentarte. Mandaré pedir un jarro
de agua fría para que te remojes la cabeza con ella. Tal vez aquí
no tengamos magia, no en este palacio, pero intentamos conservar
siempre la dignidad.
-
Dignidad... -farfulló la vieja
-
Será mejor que le quites la varita. Si no, es capaz de transformar
la jarra de agua en una botella de whiskey. -espetó la reina.
Estaba
al borde de las lágrimas. El rey, al verla así, la cogió de la
mano y la llevó hasta la ventana. La reina se dejó guiar.
Su
esposo cogió sus manos regordetas y las besó con cariño.
-
Perdona a este viejo tonto -dijo
Y
ella le vio otra vez como aquella primera vez, como en aquel primer
baile donde había perdido un zapato de cristal. Pero ahora ya no
había música ni sueños, sino la dura realidad.
Pero
le gustaba. Soltó una lágrima y abrazó a su príncipe.
-
Cenicienta para siempre -murmuró
No hay comentarios:
Publicar un comentario