Aquel día tenía ganas de dulce. En realidad, todos los días tenía ganas de algo dulce.
- Tú eres una mosca demasiado dulzona
Le decían las compañeras. Y es que una mosca como Dios manda no debe de hacer ascos a ninguna comida: por algo son moscas. Cuanto menos escrúpulo, mejor.
Pimplona era una mosca peculiar en muchas cosas. Para empezar, le gustaba estar tranquila y no andar molestando al prójimo. Así que mientras sus compañeras se arromelinaban en torno a los humanos que, del contenedor, sacaban la poca comida que podían, esperando así tomar parte, ella se abstenía. Cuando veía a los humanos moviendo las manos con grandes aspavientos para alejar las moscas y farfullando insultos como:
- Malditas moscas
Entonces ella se daba por aludida y abandonaba la caza.
“molestando así, no”, se decía en su interior. Y no es que aquello se lo hubiera enseñado ninguna madre, porque solo conocía a sus hermanas y su madre, después de haber puesto los huevos, se había desentendido de ellas.
Pimplona también era peculiar porque nunca se pegaba contra los cristales.
- ¡Quiero salir, quiero salir! -clamaban las otras, golpeándose repetidamente contra el cristal de una ventana.
¿qué cosa les impedía disfrutar de la vida al aire libre? Porque estaba enfrente de ellas. No había nada que se las impidiera y, sin embargo, no podian salir. En una ocasión, Pimplona había visto como una se volvía loca gritando,
- ¿Pero por qué? ¿por qué? ¿por qué?
Ella tampoco entendía qué pasaba, pero prefería no darse de cabeza contra el cristal. En su lugar, iba caminando poco a poco y se obligaba a no utilizar las alas. Y al final podía salir al jardín antes que nadie. Sospechaba que salir al jardín tenía que ver con la actitud de la mosca y que los dioses de las moscas las dejaban encerredas alí esperando a ver cuál de ellas se calmaba antes de darse cabezazos contra el cristal. Y entonces la premiaban.
Pimplona no quería conocer a otras moscas, y mucho menos las del sexo opuesto.
- Pero si ya estás en edad de poner huevos. Mira que te vas a morir antes de lo que esperas -le decía su única amiga, una mosca gorda de su edad que no paraba de comer y de poner huevos.
- Ya lo sé. Pero necesito más tiempo -respondía Pimplona
- Tiempo... justamente lo que todos quieren y nadie consigue -dijo su amiga, que se las daba de filósofa.
Y la filosofía fue aún más inmediata que lo previsto, porque al día siguiente de aquella conversación Pimplona estaba descansando sobre una pared cuando un muchacho curioso la atrapó con un vaso y se la dio a comer a una araña que también tenía encerrada.
No importó lo mucho que Pimplona suplicó. La araña no le contestó ni una sola vez pero, en cuanto estuvo lista, atrapó la cabecita de Pimplona y le sorbió los sesos y, por supuesto, la existencia.
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