miércoles, 22 de octubre de 2014

La puesta de sol



- ¿Y a dónde se va el sol? -preguntó la pequeña hormiga “huesuda”, siempre curiosa
- A dormir -le explicó el escarabajo Rintoncete.
Antes de que pudiera proseguir, el escarabajo la cortó:
- Y ya no me preguntes más por hoy, que estoy cansado y es hora de que ambos volvamos a la madriguera. Seguro que tus hermanos te están echando de menos.
Nada más decirlo, se arrepintió de haber soltado tamaña tontería. Los hermanos de huesuda se contaban por miles de miles, y ninguno iba a reparar en el destino de la más curiosa de las hormigas.
Pero a Huesuda no le molestó el comentario. Ya estaba acostumrada a que la gente no supiera nada sobre la vida de las hormigas. Muchos creían que, ante tal número de hermanos, no habría cariño fraternal entre ellos. Pero era al contrario y, cada vez que se topaban dos por el camino, se acariciaban con las antenas.
Se despidió de Rintoncete y se marchó hacia el hormiguero. No había podido soltar su última pregunta pero aún le bullía en la cabeza: ¿cómo eran las sábanas de la cama del sol? Le costaba imaginar que el sol tuviera frío, pero tampoco le cabía en la cabecita que alguien se acostara sin arroparse antes.
- ¿Cómo es tu cama, sol? -preguntó con su vocecita. Y alzó la vista hacia el horizonte, allá entre las ramas de las altas hierbas. Pero era tan pequeñita que no vio nada.
El hormiguero de “huesuda” estaba en un árbol. Comenzó a subir por el tronco, por la parte que estaba más iluminada. Y, cada vez que podía, alzaba su vocecita y le preguntaba al sol:
- ¿Y cómo es tu camita?
Las hojas del árbol se movieron un poco con el viento, y aunque el sol se adivinaba aún no era posible verlo en su plenitud. Y no hubo respuesta.
Su hormiguero estaba a la altura de las ramas más bajas, pero “Huesuda” siguió subiendo. La luz del sol había tornado a un naranja melancólico.
“Huesuda” llegó a lo más alto del árbol y desde allí miró hacia el sol. Pero su luz era tan fuerte, aún al atardecer, que quedó cegada por ellas. Sin embargo, no se asustó.
- ¿Quién te arropa a ti, solecito? -preguntó con voz tímida
Y, esta vez sí, el sol contestó con voz sauve pero potente; con voz profunda y cercana; con la voz llena de una vida que nunca deja de existir en plenitud, ni un solo instante.
- Las estrellas, hormiguita, las estrellas
Y en los ojos ciegos de huesuda ella vio estrellas en la noche.

Sonrió.

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