- No quiero animales en casa. Y es mi última palabra.
Papá se las hacía de duro, pero al final acabó cediendo. Los niños querían un conejito por navidad, era su único deseo. Y el conejito acabó entrando en casa.
Se llamaba Mimi y era una hembra. Su cuerpo era minúsculo, pero era tan peluda que parecía un pompón ambulante. Blanca como una oveja recién lavada, pero con manchitas negras repartidas y tres grandes manchones que eran los más graciosos: el hocico, los ojos y las dos orejitas.
- ¿No la vas a acariciar? -le preguntó su esposa un día
- No es mi animal. De hecho, no le pertenece a nadie...
- Sí, sí, ya te hemos oído antes. Pero no sigas ahora que lo va a oír -le dijo el más pequeño de sus hijos que, en aquel momento, tenía a la mínúscula Mimi en brazos y la acariciaba con ternura.
- Como si eso hiciera alguna diferencia -murmuró el padre. Pero no dijo más.
Por las mañanas trabajaba solo en casa. Entonces Mimi venía hasta él -dejaran que jugara por la casa en tanto no se hiciera pipi fuera de su cajita. Mimi venía y levantando sus dos patitas delanteras, las apoyaba en la pantorrilla. Y le miraba.
- ¿Te aburres? -refunfuñaba él. ¡Pues bienvenida al club! -le dijo con satisfacción
Mimi lo miraba sin entender. Al rato se fue y comenzó a olisquear sus pantalones y sus zapatillas, hasta que acabó mordiéndolas.
- ¿Sabes que Mimi es muy limpia? -le dijo su esposa un día
- ¿A qué te refieres? -preguntó él sin apartar la vista del libro que, en aquel momento, estaba leyendo.
- Todos los días se lava con su lenguita, y no hay parte del cuerpo que no cubra.
- Ya me había percatado -dijo él, sin lograr pasar de página y leyendo el mismo párrafo por tercera vez.
- Yo creo que le gustas, papá -dijo el otro de sus hijos
- ¿Y qué te hace pensar en eso?
- Siempre está alrededor tuyo. ¿No te has fijado?
"Sabe quién es el dueño", quiso responder, pero al final se abstuvo.
Un día se despertó notando un pequeño cosquilleo en la mano. Era sábado y se había quedado dormido. Su esposa y los dos niños le miraban conteniendo a duras penas la risa. Mimi le estaba lamiendo la mano. Era muy suave.
- Al menos alguien me cuida -dijo para quitarle hierro al asunto. Pero en cuanto pudo, se lavó la mano y, hasta entonces, no tocó nada.
Pero ni siquiera su esposa, que lo conocía tan bien, estaba preparada para lo que se encontró un día cuando, volviendo a casa de improviso y haciendo apenas ruído, encontró a su marido en el salón con Mimi en los brazos, acariciándola mientras le susurraba:
- ¿Y quién te quiere a ti, pequeña?
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