viernes, 3 de octubre de 2014

el espacio en blanco

- ¿Qué estás mirando? -le preguntó su madre
- Las estrellas -contestó su padre sin mirar
Él seguía con la cabeza alzada, mirando la noche.
- Pero hoy no hay estrellas -informó su hermano, el sabelo-todo
Era aquella una familia de búhos muy peculiar. El padre apenas salía a cazar, pues el resto de pájaros del bosque le traía comida a cambio de su consejo. Era muy sabio, sabio hasta entre los búhos.
- No hace falta que estén ahí para mirarlas -dijo su padre, sin apartar la vista de una hoja en la que había algunos dibujos grabados. Era la forma de escribir que tenían los búhos y en aquel momento papá-búho estaba leyendo los resultados que el sabio de un bosque lejano había tenido en sus experimentos con el fuego.
Pero el pequeño búho seguía sin contestar. Su hermano se equivocaba, pero también lo hacía su padre. El primero no veía más allá de lo que había delante de sus ojos; y el segundo, veía demasiado lejos.
- El espacio en blanco -murmuró
- ¿Dices algo, cariño? -le preguntó su madre, quien le miraba con cierto aire de preocupación. Blanquito Fernández siempre había sido su preferido, tal vez por su debilidad y aquella ala un poco torcida que le impedía volar grandes distancias.
- Papá, aparte de la noche y el día, ¿qué es lo que hay? -preguntó Blanquito con su vocecita.
- ¿Aparte de la noche y el día? -repitió su padre con aire distraído, levantando la vista de la hoja a sus pies -no sé qué más puede haber. La noche y el día, en todo caso, solo son nombres que damos a unos fenómenos, no son nada por sí mismos, creí que ya lo sabías.
- Es posible que sepa menos de lo que supones, padre -dijo él, ironizando
- ¿Sigues buscando estrellas? -se interpuso Rafadala, su hermano pequeño y, en todos los campos que se le ocurrían, su opuesto; si Blanquito tenía problemas para volar, Rafadala presumía de hacerlo mejor que nadie. Blanquito se quedaba, a menudo, ensimismado. Pero Rafadala siempre estaba atento y hablando. Blanquito era, como su nombre indicaba, blanco. Rafaldaba tenía colores pardos y oscuros repartidos por todo su pelaje.
- Nosotros somos búhos... -comenzó a explicarle su padre con calma
- O algo parecido -intervino Rafaldaba.
- Somos algo definido, ocurrimos continuamente y, aunque vivimos en el transcurso del tiempo -como una ramita que flota sobre un río, trascendemos al tiempo. Somos algo más que el fenómeno de nuestra existencia.
- ¿Y la noche y el día?
- Solo son nombres para los movimientos del río. Pero el sol es algo más que su movimiento y lo mismo la luna. Por eso no tiene sentido pensar en que haya algo más aparte de la noche y el día.
Tras soltar aquello no esperó para comprobar si su hijo lo había entendido. Dio por hecho que su explicación había sido más que suficiente y otra vez volvió a mirar a la hoja donde aquel lejano sabio le contaba sus experiencias con el fuego.
- Y, sin embargo... el espacio en blanco -volvió a murmurar Blanquito Fernández.
Pero lo que fuera que hubiera en aquellas palabras se desasió de ellas y se fue volando en la noche, hacia donde habitan los misterios que ninguna mente ha logrado jamás desentrañar. Y Blanquito no volvió a pensar nunca más en ello.

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