- Deja de acariciarlo así, lo vas a malcriar
- Pero a él le gusta -se disculpó Anita
La madre no pudo evitar sonreír.
- No diré que no es gracioso con su barriguita al aire y todo ese pelo... pero para un gato, la barriga es la parte más delicada y lo puedes estar malacostumbrando
La niña hizo un mohín de enfado.
- Además, es hora de que hagas la tarea
- Si papá volviera a poner una televisión en casa, todo sería mucho más simple -rezongó Juan, el hermano mayor.
- Tu padre a veces tiene ideas peculiares. Pero esta es de las buenas. Ya lo verás cuando seas mayor -razonó la madre.
- Si le quitas toda la diversión a ser un niño, no sé en qué adulto me convertiré -refunfuñó
El padre bajó el libro:
- ¿Sabéis que Aníbal, de cuando pequeño, le tenía miedo a los elefantes? Y aquí explica como ese antiguo miedo infantil le dio la genial idea de conquistar Roma con esas bestias.
- ¿Se supone que debo encontrar un paralelismo entre los elefantes de Aníbal y la televisión hoy en día? -dijo Carolina, la mediana.
- No se supone nada. Simplemente lo comento.
Anita se sentó otra vez sobre la alfombra y volvió a acariciar al minino que, boca arriba, la invitaba a rascarle la barbilla y el pecho peludo.
- Papá, ¿por qué no tenemos televisión? -preguntó Anita
Los hermanos mayores suspiraron.
- No sé si quiero oírlo otra vez -dijo Juan
Pero el padre bajó el libro.
- Es verdad que tú estabas en la cama el día en el que os conté mi teoría. Tus hermanos no tienen razón al impacientarse; se trata de fortalezer la voluntad y no entorpecer el entendimiento.
- Creo que el gato entiende mejor lo que quieres decir que Anita -dijo Carolina
- En la televisión nunca dan nada interesante, por la sencilla razón de que tienen que poner algo que guste a todos. Lo cual es muy difícil porque todos somos muy diferentes, a menos que...
Dejo la frase en el aire.
- ¡Acaba, papá! -protestó Juan que, muy a su pesar, estaba interesado
- A menos que la televisión acuda a lo más básico en la especie humana: nuestros dramas reales e inventados, la risa fácil, el sexo...
- ¡Jorge! -le cortó su esposa
- No tener televisión nos obliga a planificar cada día y, por tanto, a hacer rendir el tiempo. Y eso, hija mía, es la voluntad.
Ella no dijo nada sino que siguió acariciando la barriguita del minino.
- ¿Lo has entendido? -preguntó el padre
Ella le miró con gesto dudoso. Luego volvió la vista al gato y dijo:
- A los gatos les gusta que les quieran
El padre suspiró, la madre sonrió, los hermanos se miraron entre sí y el gato... el gato ronroneó.
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