jueves, 9 de octubre de 2014

el estudiante

Le habían escondido su cartera, su ordenador y su cuaderno. Y él sabía que tenía un problema. Solo que, a diferencia del resto, no veía ninguna necesidad de resolverlo. O tal vez sí lo viera, pero no podía creer en la solución: aquella estaba a demasiada distancia y tocaba a alguien ideal, no a su propia persona.

Por eso se rió por lo bajo cuando pensó en las medidas que sus pobres padres estaban tomando. ¡Ya no estaban para tantos trotes! Porque ella ya había pasado los ochenta y el frizaba los ochenta y cinco. Y todavía no podían contenerlo.
- ¿Y por qué no podrá dejar de estudiar, como todo el mundo? -había espiado esa conversación 30 años antes. Se había levantado de la cama para ir al baño y sus padres estaban hablando en la cocina.
- ¡Si por lo menos fuera capaz de terminar algo! -se quejaba su padre.
Fue la primera vez que vio como los demás trataban de él como si fuera un problema más.
Pero no podía evitarlo. La sociedad al principio lo había alabado: un eterno estudiante, una persona que no hacía más que estudiar y a la que había que convencer para que, a regañadientes, saliera de su casa o de las aulas de la universidad. Incluso habían escrito un artículo sobre él en el periódico. "El eterno estudiante" y lo había enmarcado en su cuarto. Sus padres habían tirado a la basura el artículo; para entonces, ya sabían que allí había algo anormal.
Porque no había curso ni estudio que fuera que no lo atrajera. Invertía sus ahorros en pagar la formación y luego la comenzaba con gran interés. Pero, por desgracia, no era capaz de terminar ninguno de los cursos. Había algo interno que se lo impedía. Incluso en aquellos que duraban solo unas horas, no llegaba a la mitad del curso y ya él se ausentaba.
"Si por lo menos fuera capaz de terminar algo", ese era el reproche de su padre. Y, sin embargo, a base de comenzar tantas cosas diferentes era mucho y muy variado lo que había aprendido. Por ejemplo, podía recitar los números en chino del uno al diez, o saber los nombres de los matemáticos que habían intentado resolver el enigma de fourier, o el convento donde Cervantes había metido a su hija. Eran aquellos datos que habían fascinado a los que vinieron a hacerle la entrevista.
- ¿Pero no piensas dejar de estudiar algún día para aplicar a algún trabajo? -le habían preguntado entonces.
- Siento que me queda poco tiempo de vida, y antes... ¡hay tanto que saber!
El entrevistador le había mirado en aquel momento de una forma diferente, como si descubriera por qué sus padres no querían vanagloriarse de la sapiencia de su hijo y por qué se habían negado a aparecer en la entrevista.

Aquel día pensó en sus pobres padres, en lo viejos que estaban para dedicarse a la tarea de guardianes de un inmaduro de 50 años de edad. Llegó hasta el kiosko donde siempre había algún facsímil que le tentaba para una nueva formación.
- ¡Tenemos un nuevo curso para hacer maquetas! -le dijo el quiosquero en cuanto le vio

Y él, por primera vez en su vida, rechazó la oferta. Porque el sol estaba en lo alto, la vida dentro de él y sus padres prontos a morirse. Era hora de salir de la cueva.
Se estiró y se sintió un hombre nuevo. Sí, tenía un problema, lo había tenido y lo tendría. Pero ahora él era diferente.
Y todo era diferente.

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