viernes, 28 de febrero de 2014

la autopista en el desierto de cristal

- Dime qué quieres que haga y lo haré -lo dijo en tono serio. Tan serio, que sus antenas se tensaron como finas torres saliendo de su redoneada y brillante cabeza.
- No serás capaz -le respondió el otro
Por nacimiento, habían sido excluídos de cualquier posibilidad para copular con una hembra; por eso, como muchos otros similares a ellos, dedicaban sus esfuerzos a cultivar amistades a prueba de bomba. Eran románticos entre sí, pero era un romanticismo asexual. El mismo romanticismo que poseen las estrellas entre sí.
- No hay nada de lo que no sea capaz. Dime qué quieres que haga y lo haré -repitió
Lo intentaría y aquello sería la prueba de fuego de su amistad. Si volvían victoriosos, no habría nada que los detuviera. ¿Quién sabe? Tal vez la reina se fijara en ellos y pudieran participar en el rito de la copulación.
- Conoces el desierto de cristal -comenzó entonces a explicarle. El otro apenas se atrevía a moverse: ¡por fin tendría una prueba digna de su deseo de amistad!
- Sí -dijo, sintiendo la tensión del momento -lo he visto de lejos.
- Quiero que vayamos por uno de sus caminos
¡Así que era eso! Los caminos del desierto de cristal. Pocos habían ido y vuelto para contarlo. Decían que continuaban hasta el infinito y que no paraban de entrelazarse y enredarse, como si estuvieran vivos, como si no tuvieran más deseo que el de perder a los viandantes.
- Vamos -fue lo único que dijo. Le demostraría que estaba a la altura de sus palabras. ¿No había dicho que haría cualquier cosa? Era el momento de demostrarlo.
Los dos se pusieron en camino. En el desierto de cristal habían cuatro soles, pero los cuatro estaban apagados ahora. Tan solo les llegaba una tenue luz de un desierto cercano.
No fue difícil llegar a las inmediaciones de los caminos blancos. Cuatro grandes sendas se internaban en aquel infinito de reflejos.
- ¿Qué camino tomaremos? -quiso preguntar. Pero no dijo nada. Demostraría que sabía dónde se metía, que era el guía adecuado, el compañero firme, el buen amigo.
Apenas habían comenzado a andar cuando dos de los cuatro soles comenzaron a iluminar con fuerza, como si alguien los hubiera encendido.

***

- Encontré los palillos para los oídos. Estaban en el baño -le dijo la pequeña Lucía a su madre.
- ¿Y qué es eso que tienes en el dedo? -preguntó ella, extrañada
- Migas -respondió la pequeña.
La madre no la entendió, así que fue ella misma al cuarto de baño. Encendió las cuatro luces. La cabina de la ducha seguía siendo la reina del cuarto de baño, con sus limpias paredes de cristal y los trazados de blancas silueta simulando enredaderas que la cruzaban de un lado a otro. Por fin encontró lo que buscaba. Dos pequeñas manchitas negras estaban aplastadas sobre la silueta blanca. Una de ellas aún movía sus piernecitas en cuerpo cercenado por el tronco.
- ¡Ah, hormigas! -dijio la madre, entendiendo por fin lo que la pequeña le había dicho.

jueves, 27 de febrero de 2014

el catarro del señor conejo

El señor conejo siempre decía que había que cuidar del jardín con mucho cuidado. Que había que regar las zanahorias diariamente. Si el sol era demasiado fuerte, el señor conejo ponía un gran paraguas que le había regalado un topo que viajaba por allí y que no lo utilizaba demasiado. El señor conejo no tenía grandes zanahorias, ni eran famosas por nada en especial. Pero en el vecindario lo conocían como "el de las zanahorias, el señor conejo" y él mismo tenía esperanzas de, algún día, llegar a las competiciones internacionales de zanahorias.
- Pero lo importante es estar en la brecha. Trabajar -le había dicho no más hacía dos días a la señora cigueña, que pasaba por ahí.
Había días que llovía demasiado, y entonces el señor conejo cuidaba que no se formaran charcos en su pequeña huerta. Incluso echaba un ojo al riachuelo que había colindando su finquita, no fuera que se llenara demasiado y le inundara sus huertas.
El vecino el señor oso hormiguero, que tenía canónigos en su jardín, envidiaba al señor conejo por su dedicación.
- Usted sí que tiene vocación de jardinero -le decía.
Y el señor conejo sacaba pecho y se sentía a sus anchas.
Pero un día el señor conejo se levantó con catarro. Un catarro tonto, sin fiebre ni nada, pero con una moquera constante que le chorreaba las narices. Como no tenía ninguna gran enfermedad, decidió que había que trabajar. Salió al jardín. Pero en vez de ocuparse de sus preciosas zanahorias, el señor conejo se sentó a la sombra de un árbol.
- ¡Pero qué cansado estoy! -se dijo
Y allí se quedó, dormido. Fue en aquel momento que pasó algo inesperado y para lo que más le hubiera valido la pena estar despierto: un grupo de ratones campestres pasó por el huerto y, como tenían hambre, sacaron de allí algunas zanahorias. Al señor conejo lo vieron allí, durmiendo a la sombra del árbol, pero no les preocupó:
- Será un vagabundo como nosotros que también ha comido algunas zanahorias y ahora duerme la siesta. -se dijeron
Y luego se fueron. En silencio, claro, no fuera que el durmiente se despertara.
Pero el señor conejo se acabó despertando. Y lo primero que vio fue su precioso huerto con aire maltratado.
- ¿Pero qué ha pasado? -comenzó a lamentarse.
Corrió hacia la tierra removida y allí pudo contar los agujeros que ahora cercenaban su césped, allí donde antes había habido espléndidas zanahorias.
- ¡Cuatro zanahorias me han robado! ¡Cuatro soles que tenía aquí creciendo, cuatro campeonas, madres de futuras campeonas!
Y comenzó a llorar. Su vecino el señor oso hormiguero oyó sus lamentaciones y salío a preguntarle que pasaba.
- ¿Pues qué ha de pasar sino que algún desalmado me ha robado zanahorias? -se quejó el conejo, demasiado alterado para controlar la furia y la frustración que le dominaba.
El señor oso hormiguero se mosquó un tanto, pero decidió no darle importancia que, al fin y al cabo, el señor conejo había sufrido una gran desgracia.
- ¿Pero cómo ha podido pasarle a usted eso, usted que siempre están tan vigilante con sus zanahorias?
El conejo le explicó de su catarro y cómo se había quedado dormido bajo el árbol.
- ¡Pues qué! -dijo el oso hormiguero- Otra vez que se encuentre usted bajo de defensas, avíseme y váyase a descansar. Que hacer las cosas a medias con la excusa de la enfermedad es la mejor forma de deshacerlas.
Así habló el oso hormiguero y el conejo no pudo más que callarse, pues sentía que toda la razón la tenía aquel vecino.
El de los canónigos.

miércoles, 26 de febrero de 2014

el teléfono de la señora muerte II

En estas, Sebastián dió con uno al que convenció con su obsesión. Se llamaba Mario y tenía un cáncer terminal. Nadie iba a verle porque había sido una persona muy egoísta en su juventud, y ni siquiera era rico por lo que no había parientes que se interesaran por su salud.
- Sebastián, conmigo has tenido suerte. Ya verás que le saco el teléfono y, si hablas con ella, no te olvides de decirle algo para mí, que tal vez me puedas resucitar y todo.
Ante un acólito tan dispuesto, Sebastián le prometió el oro y el moro en el caso de que consiguiera el teléfono de la señora muerte.
Aconteció que a Mario le pasó lo que nadie esperaba que le pasara: tuvo un ataque cardiaco. Por suerte se encontraba en el hospital y en seguida tuvo encima a un médico, tres enfermeras y otro enfermo que, en ese momento, estaba de visita por los pasillos, amén de la señora de la limpieza que miraba toda la operación con la atención que solo merecen las buenas telenovelas.
- ¿Dónde está el señor Mario? -preguntó Sebastián cuando ese día se acercó  por el hospital. Aunque tenía prisa porque se muriera, también le gustaba hablar con el único que no le veía como un pájaro de mal agüero.
La enfermera de la entrada, que ya le conocía, le mandó con malas maneras a reanimación. Si no fuera porque el mismo Mario había dado instrucciones para considerar a Sebastián como a un familiar, no le hubiera dicho nada.
Cuando Sebastián entró de un golpe en la habitación, Mario le estaba mirando. Sus ojos le brillaban.
- ¡Lo tengo, lo tengo, Sebastián!
Sebastián estaba que no cabía en sí de gozo.
- Rápido, dímelo... ¿o lo has apuntado? ¿dónde lo tienes?
- No lo he apuntado, sino que lo guardo todo aquí -y con un dedo se señaló la cabeza.
Pero Sebastián, a pesar de la emoción que lo embargaba, no pudo dejar de notar que el dedo temblaba un poco y que la piel del moribundo estaba más pálida de lo normal.
- ¿Pero eso no es muy inseguro? -preguntó- ¿No puede ser que...?
No quería decir lo peor, así que atajó por otro lado:
- ¿y si lo olvidas?
- ¡Bah!, solo son nueve cifras. ¡Imagínate! Nueve cifras, y yo que he sido todo un campeón memorizando números. Pero, ¡oye, Sebastián!, yo apenas tuve tiempo para hablar con ella cuando ella me dio el recado para ti. Dice que ha oído mucho de ti por otros del hospital, y en parte por eso me mandó de vuelta.
- ¡Dímelos! -le interrumpió Sebastián, que veía que la piel de Mario tiznaba a un verde enfermizo y que su voz se hacía más etérea.
- Pues a eso voy, mira...
Y le fue dictando los números. Sin embargo, cuando solo faltaban dos se desmayó. Y al rato comenzó a sonar el aparato que tenía a su lado: ¡el corazón le había vuelto a fallar!
Sebastián salió de allí presa del nerviosismo. ¡Solo le faltaba un número! Valía la pena probar. ¿Cuántas posibilidades había, diez, once? Cuanto antes se pusiera a ello, mejor.
Sacó con manos temblorosas su móvil del bolsillo. Y marcó la primera de las combinaciones:
- Charcutería el donostiarra, ¿dígame? -respondió una voz
Sebastián lanzó un taco y marcó el siguiente número. Pero no hubo suerte; una oficina de brokers, un supermercado, un fontanero... todo un reino de gente viva y coleante que no hacía más que molestarle en su búsqueda. ¡Y por fin solo le quedaba un número por probar! ¿Tal vez se había equivocado Mario? ¿Y si le había gastado una broma? Pensaba con horror en esa posiblidad, cuando una voz le sobresaltó.
- No te gastó ninguna broma
Levantó la vista para ver quién le hablaba. Era un ser encapuchado al que no se le veía el rostro. Una mano la tenía oculta entre los pliegues del manto. La otra, esquelética, sujetaba una gran guadaña.
- No va a hacer falta que me llames, Sebastián. He venido en persona. ¿Qué te parece si vamos a buscar a Mario?
Sebastián no pudo responder. Sentía que su cuerpo no le respondía y solo le llegó en la lejanía, como si un mundo de aguas turbias se interpusiera entre ellos, la voz de una enfermera que pasaba por allí y se inclinaba sobre el trozo de carne que antes había contenido su ser, como un vaso frágil que, una vez roto, derramaba su alma por el suelo:
- ¡Que alguien llame a un médico! -gritaba la enfermera.
Entonces el encapuchado volvió a hablar y si sebastián hubiera sentido sus huesos, estos habrían vibrado con la voz del desconocido:
- Será mejor que nos vayamos ya, Sebastián. Seguro que hay muchas cosas de las que quieres hablar. Pero no te preocupes. Tenemos tiempo. Mucho tiempo.
"Tiempo" lanzó la conciencia de Sebastián como un último aleteo antes de sumergirse en el mar del olvido.

domingo, 23 de febrero de 2014

el teléfono de la señora muerte I

- La muerte no tiene teléfono -dijo el niño en la consulta del dentista. La madre se rió, la enfermera se rió, una anciana que estaba leyendo el "hola" también se rió. Pero había un niño que no se rió.
Era un niño moreno y con pelo rizado, granos en la cara, manos largas y huesudas, ojos grandes, gafas de pasta. A su lado estaba su madre, vestida toda de negro y toda huesos. Apretaba fuertemente su mandíbula mientras miraba con severidad a toda la gente de la consulta.
"La muerte no tiene teléfono", resonaban en la cabeza del niño aquellas palabras. Se llamaba Sebastián. Miró a su madre con intención de preguntarle más sobre aquella frase y por qué se habían reído tanto los otros. Pero no ella, no su madre, que nunca se reía. Y, como tantas otras veces, Sebastián reprimió el deseo que tenía de preguntarle nada. Demasiadas veces solo había recibido la respuesta "no preguntes tonterías", restallando en su conciencia como un látigo.
Pero no olvidó aquella frase casual.
Pasó el tiempo. Su madre murió cuando él aún era estudiante; su querida y odiada madre había desaparecido de la faz de la tierra.
"De mí no quedará nada. Hasta tu recuerdo se desvanecerá, Sebastián", le dijo en su lecho de muerte.
Pero Sebastián apenas podía escucharla. En la cercanía de la muerte que se cernía sobre su madre, sus oídos estaban llenos de aquella frase de su niñez: "la muerte no tiene teléfono".
En el cementerio a su madre solo la despidieron él, el sepulturero y una tía de su madre que venía en silla de ruedas y que parecía no entender cómo era posible que su sobrina se hubiera muerto antes que ella. No hubo servicio religioso por expreso deseo de la difunta. "De mí no quedará nada", había dicho.
Y fue allí cuando le llegó la idea a Sebastián, una idea que daría forma a su vida de aquel momento en adelante: "encontraré el teléfono de la muerte, la llamaré y hablaré con ella y no vendrá a por mi´".
Su tarea no era fácil; el mismo Hércules no hubiera sabido por dónde empezar. ¿Tal vez las páginas amarillas? ¿La base de datos de Hacienda? ¿La agenda de un organizador de concursos de la tele?
Sebastián se puso a ello. Y pasaron los años. Era especialista en visitar a los moribundos, de suerte que ya lo conocían en los hospitales y tanatorios como ave de mal agüero, pues solo visitaba los desahuciados.
A los moribundos los entrevistaba esperando sacar de la conversación alguno de los números malditos. Y a algunos incluso les encomendaba la tarea de darles el recado a la muerte en el momento en que esta apareciera: "Sebastián quiere hablar contigo" o "Sebastián quiere llamarte" o "Sebastián quiere tu teléfono".

viernes, 21 de febrero de 2014

el gigante cascadientes ii

solo que aquella estaba cerrada. ¿qué hacer? Sentía tanto miedo que le pareció que había enloquecido de repente. Aquel ser grande y terrible se acercaba a gran velocidad. ¿A dónde huir? Ya se agachaba y estiraba una mano con la que atraparlo. Cascadientes estaba tan aterrorizado que no podía ni moverse.
En aquel momento se oyó un pequeño grito. El gigante se volvió hacia aquel sonido, pero no pudo distinguir nada. Y es que se trataba del pequeño pitufo buenasfuentes que intentaba llamar la atención del megagigante. Solo que aquel podía oírle pero no verle.
- ¡Aquí, ven aquí! -le gritó buenasfuentes.
Cascadientes aprovechó la distracción para esconderse rápidamente. ¿Cómo haría para cruzar la puerta? ¡Pues con la llave, naturalmente, la misma que le habían dado antes de entrar en el laberinto! "Una buena llave siempre viene a mano", le había dicho el guardián del laberinto en su puerta. Entonces no le había dado importancia pero ahora, ¡qué diferencia tener esa llave de no tenerla!
Aprovechando que el megagigante aún estaba buscando a buenasfuentes, Cascadientes corrió hasta la puerta. Sacó la llave de su bolsillo y la metió allí.
- ¡Espérame! -oyó que le gritaban.
Era buenasfuentes que venía corriendo. Detrás venía el megagigante, incapaz de ver al pequeño buenasfuentes pero sin ningún problema para distinguir a cascadientes pegado junto a la pequeña puerta.
El miedo dio alas a cascadientes, que sin pensarlo dos veces abrió la puerta y se metió por ella. Luego comenzó a cerrarla.
- ¡No cierres, espérame! -le gritó buenasfuentes
¿Qué hacer? El megagigante podía alcanzarle en cualquier momento. ¿Cómo atreverse a esperar al pitufo? Un pitufo... como aquellos a los que despreciaba, de los que se creía mejor. Un pitufo que el megagigante parecía incapaz de encontrar. Pero un pitufo que se había arriesgado por él.
- ¡Espérame! -le gritaba el pitufo
Y entonces, Cascadientes, superando el miedo que le atenazaba, hizo algo muy valiente. Volvió a abrir la puerta y salió por ella. Allá venía buenasfuentes corriendo y el megagigante detrás.
- ¡De prisa! -le gritó al pitufo, y dejó que aquel entrara primero. Después se metió él rápidamente y, justo cuando la gran mano del megagigante les alcanzaba, cerró la puerta tras de sí. Pero en vez de oír la mano golpeando o destrozando la puerta. lo que les llegó a sus oídos fue una extraña frase
"los cisnes ya pueden volar", dijo el gigante. Y luego lo repitió otra vez.
"los cisnes ya pueden volar".
Cascadiente sy el pitufo buenasfuentes volvieron por dónde habían venido. Al llegar al otro lado, contaron su aventura al guardián, que les miraba con ojos pacíficos.
- ¿Y qué fue lo que dijo el gigante cuando os escapasteis? -preguntó
- Que los cisnes ya podían volar. ¿No es extraño? -respondió buenasfuentes
- No. Eso es el mayor elogio que podía hacer. Él es amigo de nuestra raza. Nunca os hubiera hecho nada. Habéis superado la prueba. Y con creces.

Y desde aquel día cascadientes no volvió a burlarse de los pitufos. Se convirtió en un respetable gigante e hizo amistad con buenasfuentes. Acabó teniendo una gran tienda de charcutería y allí, bajo el cartel, tenía un lema escrito: "La grandeza no se mide por el tamaño, sino por el corazón"

jueves, 20 de febrero de 2014

el gigante castadientes I

Le gustaba ser un gigante. Corría detrás de los enanos hasta que no quedaba ninguno a la vista.
- ¡Ja! -les gritaba para asustarles
Se sentía fuerte. Y joven, y lleno de vida.
- No deberías asustar a los pitufos -le reprochaba la nana.
Los pitufos eran la gente pequeña, la que apenas le llegaba a la rodilla. Vivían juntos en el pueblo, pero eran los gigantes los dueños de las tiendas de comestibles y los encargados de hacer la guerra a los gigantes vecinos. Los pitufos, en cambio, se dedicaban a la banca y a hacer vestidos para los gigantes. Ellos mismos se vestían solo con harapos. En cambio, los gigantes gustaban de adornarse con sofisticados trajes llenos de colorido.
Pero el gigante no hacía caso a la nana. Al fin y al cabo ella también era un pitufo. Cuando el gigante tenía siete años ya era más alto que ella. Y ahora le triplicaba en tamaño. Pero la respetaba por la fuerza de la costumbre.
En cambio los otros gigantes le dejaban hacer.
- Ya llegará su día en el laberinto -advertía su tío a tu madre, la única que se preocupaba por el comportamiento de su hijo.
El día del laberinto era el día en el que el gigante se haría mayor de edad. Después de eso se pondría al trabajaría en algún establecimiento de comida o de guerra. Y más tarde el pueblo entero aunaría fuerzas para que el gigante fuera el dueño de su propia tienda, nueva si no había ninguna vacante. Esto no era tan raro como pueda parecer, pues frecuentemente los gigantes salían a guerrear con los gigantes vecinos. Por su parte, los pitufos no gustaban de tener demasiados hijos y, aunque su población crecía más rápido que la de los gigantes, a nadie llegaba nunca a preocuparle.
"El laberinto debe de ser una gran prueba. Seré digno hijo de mi padre", pensaba nuestro gigante para sí. Y la madre tenía prisa porque llegara aquel día, pues los abusos de su hijo hacia los pitufos eran cada vez más graves. Incluso se había atrevido a quemarle la barba al gran pitufo, el jefe de todos los pequeños. A duras penas habían conseguido calmarle y evitar una rebelión que hubiera sido penosa para todos.
Por fin llegó el día del laberinto. Al gigante le pusieron al lado a un pitufo que también había de licenciarse aquel día.
"Este pobre pitufo va a quedar mal cuando vea lo que es tener un valiente gigante al lado suyo", pensó el joven gigante.
Así entraron en el laberinto, que comenzaba siendo una puerta en el palacio central. De allí arrancaba un túnel que seguía durante kilómetros.
"¿Será esta oscuridad todo lo que hay que temer?" Se preguntaba el joven gigante, confiado. Al pitufo no le oía más que la respiración; parecía nervioso.
"A este le va a dar un infarto antes de llegar al final", se dijo
Por fin apareció una luz en el fondo. Era una puerta. La abrieron con cuidado y fueron a parar a una gran sala. Una sala mayor que cualquiera que el gigante hubiera visto nunca. Delante de ellos había un gran arco de piedra, y por allí apareció ahora un ser que nuestra gigante nunca había creído posible que existiera. ¡Era un gigante aún mayor! Y decir "aún mayor" se queda corto, porque nuestro orgulloso gigante apenas llegaba al dedo meñique del pie de aquel tremendo ser.
Del susto que le dio se le escapó un grito. Entonces aquel megagigante reparó en él. Y castadientes comenzó a correr asustado hacia la puerta del túnel, solo que aquella estaba

miércoles, 19 de febrero de 2014

la cena en el pelo

- ¡Recógete el pelo para cenar! -volvió a decirle el padre.
- ¿Para qué? A mí me gusta llevarlo así, suelto
Y con un gesto femenino lo volteó hacia atrás. Luego se lo colocó tras las orejas. El pelo le caía hasta más abajo de los hombros.
El padre miró con cara desesperada a la madre, que estaba fregando. Su hija tenía 6 años, pero con modales pre-adolescentes del todo inesperados.
- ¿Tú también eras así de pequeña? -le preguntó el hombre a su mujer
- Yo estoy fregando -le respondió la otra, dándole la espalda
La pequeña lo miró con aire satisfecho.
- Si no te recoges el pelo, se te va a llenar de comida -insistió él
- ¿Y cuál es el problema con eso? -preguntó ella, testaruda -Si no paro de ducharme. ¡Me ducho más que tú!
La madre reprimió una carcajada desde el fregadero. Él se llevó dos dedos a los ojos y luego dijo:
- Cuando se te queda comida en el pelo, los animales vienen a cenar en tu pelo cuando estás durmiendo.
Aquello sí que interesó a la pequeña.
- ¿Y qué animales vienen? -preguntó
- Pues el gato del vecino, sin ir más lejos, vino anoche.
- ¿Y cómo es que no lo oí?
- Los gatos saben moverse en silencio. Yo le dejé hacer porque no quería molestarte. Bastante le era dificil comer sin hacer ruído.
- ¿Y se comió la comida de mi pelo?
- Toda, toda la comida. Y cuando terminó vino a la cocina para que le diéramos un tazón de leche.
La niña se rió con ganas.
Esa noche intentó aguantar despierta un poco más, pero no pudo con el sueño y acabó dormida en un santiamén. A la mañana siguiente, en el desayuno, le preguntó a su padre:
- ¿Anoche también vino el gato?
- No solo vino el gato sino que trajo compañía; ¿te acuerdas de ese otro gato que hay en la calle con el que a veces se echa a tomar el sol?
- Pero si ahora no hace sol, papá.
- Es verdad, pero con todo se sigue reuniendo con él. Pues se conoce que anoche le invitó a cenar a tu pelo, y así estaban los dos, comiendo ricamente todo lo que te habías dejado caer en el pelo y, de postre, lo que se cayó en tu camisa.
- Vamos, saliendo los dos que ya es hora de ir al colegio -dijo la mamá, echándolos de la casa.
Aquella noche, durante la cena, la pequeña tampoco se recogió el pelo.
- ¿No te vas a recoger el pelo? -le preguntó su papá. -Mira que después vienen los animales a comer en él.
- No me lo creo -dijo la pequeña con aire decidido
Aquella noche durmió y soñó que una gran rana verde con corona y todo venía a su cama a dormir. A la mañana siguiente preguntó a su padre:
- ¿Anoche han vuelto a venir los gatos?
El padre pareció reflexionar un poco antes de responder:
- ¿Quieres que te diga la verdad? -le preguntó
Ella asintió vehementemente con su cabecita.
- Anoche no vinieron los gatos -dijo él
La pequeña suspiró satisfecha, aunque no pudo evitar sentir algo de pena.
- No vinieron los gatos sino los monos del zoo. Por lo menos había cuatro monos en tu camita. ¡Cuatro monos sin hacer ni un ruído! No te creas que eso es algo fácil. Se ve que a los gatos se les ha soltado la lengua y están contando por ahí que aquí se puede cenar gratis.
Ella se rió
- ¡Vengan, vengan todos al restaurante de la niña que come sin recogerse el pelo! -exclamó el padre
Aunque la mamá no estaba porque ese día ella se había ido antes, el papá no quiso entretenerse más y al poco ya estaban en el coche, dirigiéndose al colegio y al trabajo.
Por la noche, cuando ya estaban en la mesa, fue la madre quien sacó el tema:
- Creo que ya es hora de dejarse de tonterías con lo del pelo. ¡Cuanta comida va a parar ahí!
- Mira que después vendrán los monos o quien sabe quién a comer en tu pelo.
- No digas tonterías, papá -respondió la pequeña
Otra vez intentó no dormir aquella noche. No quería creerse lo que le contaba su papá pero... ¿y si era verdad? Tenía ganas de ver a los monos o a los gatos. Pero no pudo resistir el sueño y acabó durmiendo, soñando con un pájaro que volaba tan alto que llegaba a la luna. Pero como tenía mucha sed se fue a una estrella a buscar agua.
Era la mañana del Sábado y sus papá aún estaban en la cama cuando ella fue a buscarle. Su papá todavía estaba dormido. La mamá estaba leyendo una revista en la cama.
- ¿Y quién ha venido anoche? ¿Quién? -le preguntó, zarandeándo a su padre.
El padre se tomó un momento para despertarse. Luego le dio un beso a su hijita y le preguntó a su mujer:
- ¿Crees que debo decírselo?
- ¡Dímelo, dímelo! -exclamaba la pequeña
- Será mejor que lo hagas. Así no puedo leer -respondió la mamá.
- Pues esta noche ha venido... no, no te lo vas a creer.
- ¿Quién, quién? -insistía la pequeña
- Aún no puedo creerme que se llegara a tu habitación sin hacer ruído. ¡Y todo por una simple cena! Debe de estar muy buena la comida de tu pelo.
- ¿Pero quién ha venido?
- El elefante del zoo, ese ha venido. ¿No te parece increíble?
La niña comenzó a reírse, imaginando a un elefante metido en su pequeño cuarto, con la trompa urgando entre su pela para comerse los restos de la cena mientras ella dormía. De buen humor se fue a su cuarto y se vistió. Su papá entonces le pidió que fuera a buscar el periódico al buzón. Ella salió, muy contenta, pero no habia más que dado un par de pasos afuera cuando volvió adentro toda asustada:
- ¿Qué te pasa, cariño? -le preguntó su mamá
- Ahí afuera, en el césped, ¡hay un huella de un animal enorme!
- Seguramente es del elefante. Ya entrar en silencio le costaría lo suyo, pero un animal tan grande por fuerza tenía que dejar alguna huella.

Y desde aquel día la pequeña siempre se recogió el pelo antes de sentarse a comer.
30 min

martes, 18 de febrero de 2014

a última hora

El lápiz estaba agotado. Todo el día lo habían tenido de un lado a otro.
"un buen artista no depende del medio", no paraba de repetir su dueño. Y allí estaba él, un lápiz dedicado a la guardería, sin más gloria prevista que le de dejarse morder por niños que aún no sabían hacer la o con un canuto. Pero llegó el estudiante y, voilá, todo cambió.
El hombre se había empeñado en ser dibujante y, encontrándose como por casualidad con el lapicillo, no paraba de usarlo. Lo llevaba constantemente consigo, aprovechando que era pequeño y manejable. Así que vivía en el bolsillo izquierdo del pantalón, al lado de las llaves y rodeado de monedas brillantes y juguetonas.
- Hagámosle la puñeta -se decían las llaves, y cada vez que podían le descascarillaban un poco de pintura con sus afilados dientes.
El estudiante más lo quería cuanto más lo gastaba.
"un buen artista no depende del medio", decía con satisfacción. Y dibujaba. A todas horas. Los papeles los sacaba de cualquier sitio. Pero lo que dibujaba era... malo.
El lápiz, que no por ser un lápiz pequeño e insignificante carecía de sentimientos, sentía frustración ante aquellos malos garabatos. ¿Es que el estudiante era incapaz de darse cuenta? Claro que la práctica es la madre de la virtud en las artes, pero al paso que iba el estudiante le harían falta más años de los que la vida podía ofrecerle.
¿Qué diría su madre si le viera perdiendo el tiempo en futilerías sin sentido? "A ti te saqué de una de mis mejores ramas para que fueras un honorable lápiz de guardería, no para que te perdieras pretendiendo ser lo que no eres" Su madre era un pino de montaña del que habían sacado numorosos lápices y que, si aún no la habian talado, daría más...
Decidió escaparse. Al abrigo de la noche se dejó caer del pantalón. Lentamente fue rodando en el suelo hasta quedarse debajo de la puerta. Le costaba decidirse a dar el paso y franquear el umbral. No habría marcha atrás.
Y cuando estaba allá, indeciso, descubrió a un papel que hablaba con una goma que había tirada en el suelo.
- ¡Y no se te ocurra acercarte! -le decía el papel a la goma en aquel momento, siseando un poco como hacen todos los papeles
- ¿Por qué? ¿Qué tienes encima que sea tan importante? -Le preguntó groseramente la goma, amenazando con tirársele encima.
- No lo sé, ¿cómo quieres que lo vea? Pero sí sé del esfuerzo que puso el estudiante cuando me cogió y dibujó algo en mi. ¿Sabes lo que estaba haciendo?
- No -respondió la otra, confundida
- Dándome vida -dijo el papel con un murmullo.
El lápiz ya no se movió más en toda la noche. Solo esperaba que el estudiante pudiera encontrarlo otra vez en la mañana.

lunes, 17 de febrero de 2014

la hipopótama blasa

la hipopótoma blasa quiere hacer su tarta de siete pisos y, peor aún, quiere comérsela. No puede resistirse, es su debilidad. Tiene el culo grande como la carpa de un circo, la barriga inmensa como una noche estrellada, la boca ancha como las cataratas del niágara.
- Debes resistir la tentación -le dice el Aveztruz pastel-en-garganta. ¡Si apenas puedes moverte! Y si deseas quedarta preñada, no es así como atrearás a los pretendientes.
- Entre los hipopótamos, cuanto más gordo, mejor -le recordó Blasa
Pero sabía que, incluso entre los hipopótamos, ella era famosa. Al principio creían que estaba preñada y por eso arrastraba un cuerpo tan enorme, pero luego se dieron cuenta de que no, de que aquello era no más grasa.
- Pero tienes razón, tengo que cuidar un poco la línea.
La conversación la presenciaba un pájaro carpintero que se había ido a refrescar entre los juncos. Al llegar a aquel punto, creyó necesario intervenir en la conversación. Voló hasta las dos y, posándose en un arbusto, dijo:
- Blasa, hasta yo me doy cuenta de que tienes el cuerpo grande, más grande de lo normal. Pero es algo hermoso, Blasa. No creo que haya un hipopótamo más hermoso que tú en muchos cientos de kilómetros a la redonda.
Blasa al principio no supo que responder. ¿Se estaba burlando de ella el pajarito? Era lenta en decidir cosas parecidas, pero fue Pastel-en-garganta quien habló el primero.
- Menudo pillo nos ha venido a espantar las plumas, Blasa. No hagas caso de este metomentodo. Y tú, alfeñique -se dirigió ahora hacia el pajarito- lárgate a darle tu opinión a quien tenga paciencia de escucharla. Es decir, a nadie.
El pájaro carpintero se marchó ofendido, mientras pastel-en-garganta estiraba el cuello con orgullo.
- A estos no hay que dejarles ni que hablen, créeme. Tengo experiencia con esos.
Quedaron entonces en que Blasa comenzaría su dieta ya mismo. El aveztruz le acompañaría durante los primeros días para ayudarle a no caer en la tentación.
- Tú sí que eres un buen amigo, pastel-en-garganta -le dijo Blasa con los ojos acuosos.
Aquella noche Blasa tenía hambre, ¡mucha hambre!. ¿Qué fue de la idea de hacer un pastel de siete pisos? Pues que creció y creció, y en su imaginación pesaba tanto como un pastel no de siete sino de setenta pisos, tal era el hambre que tenía. Los rugidos de su barriga no le dejaban dormir, pero no fueron ópice para que pastel-en-garganta cerrara los ojos y se durmiera.
Como su guardián dormía, Blasa aprovechó para colarse en el agua y llenarse la boca con cuantas plantas pudiera y así calmar su hambre. Poco a poco se deslizó, tan silenciosamente como se lo permitía su grueso cuerpo. Se metió en el agua y empezó a arramblar con todas las plantas que había a su alrededor.
Pero no era el único que andaba despierto aquella noche. El pájaro carpintero había vuelto y se disponía a darle la noche a pastel-en-garganta, que tan maleducado había sido con él. Y por eso, cuando Blasa estaba metida en el agua con la boca llena de hojas y tallos de los más sabrosos, comenzó a picotear en un árbol hueco que había tirado en la orilla.
El ruído despertó a pastel-en-garganta y sobresaltó a Blasa. El avestruz no supo reconocer el origen del ruído e hizo lo que hacían sus semejantes en situaciones comprometidas: rápidamente escarbó un poco en la arena y metió la cabeza en el agujero.
En Blasa, en cambio, el toqueteo del carpintero le tocó en un momento más delicado, porque sin quererlo ni beberlo, se atragantó. Entonces comenzó a toser con fuerza. La cosa podía haber terminado mal, que un tallo se le atoró en la garganta. Por fortuna lo pudo escupir.
- ¡Ay, que me muero! -gimoteaba. Y llorando fue hasta el avestruz que seguía con la cabeza enterrada. Como andaba despistada con sus propios males, no avistó al ave hasta que fue demasiado tarde y le pisó un pie, tras lo cual pastel-en-garganta huyó despavorido, dando saltos con el otro pie.
Indiferente a todo lo que había pasado a su alrededor, el pájaro carpintero levantó la cabeza del tronco y dijo:
- Realmente Blasa es una hipopótama hermosa.

viernes, 14 de febrero de 2014

la fiebre

Noté que me mareaba. Y me sentía cansado, como si hubiera corrido un maratón, como si me hubieran dado esa paliza que temía merecer. No tengo demasiados vicios, pero los que tengo son suficientes como para empujarme a un callejón, que me desnuden manos extrañas y agresivas, y luego recibir golpeas, patadas, puñetazos. Con el rostro ensangrentado pediría clemencia, llamaría a mi mamá, mis llantos en mi rostro adulto y amorfo por los golpes...
Mi cuerpo se sentía fatigado. Era la hora de le enfermedad. Me arrastré hasta la cama y allí le comuniqué a mi esposa el sino que me esperaba:
- Este catarro ha derivado en gripe. Me sube la fiebre.
Mi esposa, tras veinte años de convivencia, me puede odiar. Pero todo cae dentro del hábito, de la costumbre, de la vida marital que no quiere cambios, ni para bien ni para mal. Sus palabras no son cariñosas, sino exactas como exacto es el reloj que atrasa en cada hora siete minutos.
- Te traeré la caja
Sí, la caja. En una pequeña caja de zapatos guardo los hábitos del enfermo, todo aquello que a lo largo de los años he ido descubriendo que me gusta tener en la cabecera de mi cama en los momentos de dolor. Y allí está, algo raída por el tiempo, pintada de un gastado rojo y azul por un lado, cuando nuestro pequeño derramó allí sus pinturas... Y dentro la novela de woodehouse, el crucifijo de mamá, los boliches que gané en mi infancia, un Dar Vader manco y no sé qué más. Siempre hay algo que me sorprende en la caja. Y está el sobre.
El sobre es grande y verdoso. Lo abro con cuidado, ¿qué cosas habré escrito dentro? Sí, hay un fajo de papeles y un bolígrafo. De entre todos los folios hay uno de color rojo; está pidiendo atención.
Ya estoy tumbado cómodamente en la cama, sintiendo escalofríos a medida que me sube la fiebre. Pero hay una urgencia extraña en mí que me obliga a leer el papel rojo, el folio diferente del sobre verde, el sobre de la caja manchada por nuestro pequeño, años ha, de rojo y azul. Leo:
Ya lo has olvidado, pero cada vez que te sube la fiebre pierdes una parte de tu memoria. Escribe aquí las palabras y las frases que te ayudarán a recuperarla del laberinto del olvido.
Sin más que añadir, un saludo,
Tú mismo, a punto de caer enfermo
Y  en el fajo de papeles contemplo palabras que reavivan las brasas de un tiempo pasado que ya no volverá. Pero no me entretengo leyendo. La fiebre viene a apoderarse de mí, no tengo mucho tiempo. Comienzo a escribir palabras y frases conforme me llegan al pensamiento, acciones de mi niñez, mis primeros enamoramientos, fracasos, viajes y accidentes, tabaco, aquella fiesta en un lugar tan cerrado, la niña que esperaba al autobús jugando con los cristales de la parada, el anuncio...
Mi mano se habrá caído en medio del fervor de las letras. He dormido, he dormido mientras la fiebre hacía presa de mí, mientras los paracetamoles me atontaban, he dormido vencido por el sueño.
Y cuando me despierto me encuentro mejor, mucho mejor. ¡Tengo hambre! Ya es de día, he estado sudando toda la noche pero ya pasó lo peor.
Mi esposa está atareada en la cocina. Silba una canción y casi la encuentro bonita. Me gusta esta en su compañía.
A mi lado hay una caja con libros y cosas, y en ella un sobre verde. ¿Para qué será? No tengo tiempo para verlo. ¡Hay que vivir!

miércoles, 12 de febrero de 2014

catarro de ideas

ritmo ritmo ritmo... hacía tiempo que no escribía en mi dosis. Me la he estado administrando de otra forma, a base de cuentos diarios. Pero hoy, que no me apetecía nada escribir, está bien que vuelva a esta dosis, esta dosis privadas, estas palabras tontas que quedan entre yo, yo y yo... y algún otro yo que todavía quedará por ahí.
Bailan los dedos una tarantella sobre el teclado del ordenador.
Tiquitacatiquitacatiquitaca.
Y de las pulsaciones, letras -símbolos. Y de las letras, palabras -símbolos. Y de las palabras... ya se sabe.
Hoy tonteé con una acuarela que luego quería ser témpera y luego dibujo al ordenador. Todo un primor de indecisiones. ¡Tomi idiota! Quieres hacerlo... "bien", pon cara de débil idiota, "perdón es que yo no quiero molestar", pintura sin carácter, acobardada, "perdón, perdón, que no quiero molestar". Demonios, falta de carácter, mariquita. Y todavía te insultas esperando que eso te redima. ¡No hay redención! Solo trabajo. ¿No trabajas como debes?
Srecno, Renata -mateja habla con el volumen a tope, cuesta concentrarse.
¿No trabajas como debes? ¿Y para qué te quejas? Pierdes el tiempo en lamentaciones. ¡Continúa, ritmo, adelante, sigue, sigue, mulo inútil, déjate la piel! "Es que me cuesta levantarme... estoy tan cansado y mi cabeza no funciona bien cuando estoy cansado"
Desde el planeta Marte te están gritando algo. Utilizan un telescopio especial que les permite enviar sonidos allí donde enfocan la lente. ¿Los oyes?
¿PERO CUÁNDO DEMONIOS TE HA FUNCIONADO A TI BIEN LA CABEZA?
IDIOTA
Eso gritan desde Marte la colonia de Tomis que anda por ahí. Esos con los que no quieres comunicarte porque prefieres enterrar la cabeza bajo la arena.
"Perdón, que yo no quería molestar"
¿Por qué te preocupas tanto por tu cabeza? ¿Tan preciadas te son tus ideas? Dáselas a los cerdos, que se las coman y las destrozen.
Oink, oink.
De sus excrementos podrás llenarte las manos después y meterte en la boca la alianza con la Tierra. Algo pasará por la garganta a pesar de tus ascos, y esa porquería será la que, a pesar de estar contenida en tu débil forma, dará frutos que harán que uno olvide el jarrón que contiene las flores o el pincel con el que se pintó el cuadro.
"Uno" que olvide, "uno" que aprecie. ¿Quién? Momento dramático, silencio, acerca tu oído y óyeme murmurarte el gran secreto, hijo mío. ¿Quién es ese impersonal "uno"? Te lo diré poco a poco, tú lo sabes y lo imaginas pero necesitas que te lo deletree, que te lo diga con el sabor ácido de las verdades que no pueden tomarse por entero... la muerte. Ella es la que está mirando todo lo que haces, la que espera recoger frutos de tu mediocridad.
Corrije, animal.
fine.

martes, 11 de febrero de 2014

el árbol viejo

Aquel invierno fue muy duro. Todos los árboles del bosque sufrieron algún daño; unos más, otros menos. Algunos se partieron en dos, otros cayeron a tierra, desgarrandose sus raíces como amantes locos, dejando un boca negra de dolor. Los más afortunados solo perdieron algunas ramas.
Ramas finas, delicadas, donde colgaban hojas de terciopelo invernal, donde las arañas de hielo se tejían con delicadeza brillante e insonora. Ramas donde vivían hadas; y entre ellas, la sobrina...
- La tía ha salido, no sé cuándo volverá -le contó al búho que vino a encontrarse con la vieja. La señora tenía fama de curandera y, aunque un poco alocada, aunque dada más al vino que al agua... pero era de agradable compañía y, en sus estados sobrios, daba buenos consejos. Era, sin embargo, muy despistada. Y ahora que la casa donde vivían se había caído, algo inusual en la vida de las intémperos seres, la sobrina temía que no supiera encontrar el camino de vuelta.
- Y una parte de mí lo desea, no te creas -le dijo en confidencia a la ratoncita presumida que había venido a visitarla. Se había sentado a la mesa y mordisqueaba un queso, mirando a la dulce hada con ojos negros y vacuos. Lo mejor que ofrecía su amistad eran silencios llenos de tímidos mordizcos a la comida y un saber escuchar difícilmente comparable.
- Sí, la vieja loca me tiene harta. No paro de limpiar todo el desastre que ella hace. ¿Cuántas veces no habrá venido con las botas sucias y se habrá tumbado en el sillón, empinando el coro con vino de zarzaparrillas? Por cierto, que me han dicho que un primo tuyo trabaja allí, con los duendes que fabrican ese licor. ¡Te digo que está matando a nuestra juventud! ¿Qué hay de cierto en esas habladurías?
Pero la ratoncita presumida no dijo nada, solo la miró con los ojos inexpresivos y esperó a que el hada continuara antes de seguir comiendo.
En ese momento se abrió la puerta de la casa de par en par. ¡Era su tía! Y no parecía estar sobria.
- ¡Sobrina, sobrina queriiiida! -exclamó.
Su aliento quemaba a alcohol.
- ¿Pero dónde has estado, tiita? -exclamó la sobrina, preocupada. En realidad, lo que más sorprendida la tenía era el hecho de que hubiera sabido volver, y más en su estado. "El dios de los borrachos cuida de ella", murmuró para sí.
La ratoncita, en lo tanto, se escabulló por la puerta trasera. No le gustaba presenciar escenas tan tristes como la de una señora mayor totalmente borracha.
- ¡Y qué carruaje le he conseguido, sobrina! Sí, tenías que haberlo visto. Claro que al principio no encontraba la varita. ¡Pero en cuanto di con ella la magia me salió sola! Ha sido una gran noche y había que remojarla.
- ¿Pero de quién hablas? ¿Qué carruaje ni que porras? -le preguntó su sobrina
La vieja puso sobre la mesa sus pies. Se sacó el sombrero y lo puso a un lado. De una manga salió la varita mágica y la tiró descuidademente al suelo. Luego dijo con acento borracho:
- ¿Tú no has oído hablar de una tal cenicienta?
Y colorín colorado...

lunes, 10 de febrero de 2014

la ducha

El doctor me ha dicho que no debo preocuparme, que todo son imaginaciones mías. Pero no lo son.
"Ha sufrido usted una mala caída de la que no quiere decirme nada. Lo entiendo. Por eso tiene esas raspaduras en la piel. Pero no intente que me crea lo de la ducha. Es una broma de mal gusto"
Cuando me dijo eso, me hizo dudar de mí. ¿Me habría caído realmente? Toda la gente me hace dudar de mí mismo, pero no afecta mi autoconfianza. ¿Me equivoco, me habré equivocado? ¿Me equivocaré, no tengo razón, no la tuve y no la tendré? Me importa poco, me da igual. Y doy la razón a quienquiera que desee tenerla.
Pero no al doctor. ¿Cómo podría equivocarme cuando se trata de mi propia piel?
Aún así... tantas veces que me he equivocado me animan a meterme en la ducha con un espíritu diferente. Esta vez no pasará lo mismo, ni mejor ni peor. No pasará nada, simplemente; y me ducharé con el agua tibia como un buen ciudadano de la unión europea. Porque todas las heridas que tengo en el cuerpo son debidas a una caída de la que no deseo acordarme, me hago a mí mismo la mala broma de la que el doctor se quejaba. Mi subconciente es un guasón.
La mano me duele al meterla bajo el grifo mientras busco la temperatura conveniente. No quiero el agua muy caliente, y tampoco demasiado fría.
La mano me duele, debe de ser por la presión de la manguera. El agua sale con tanta fuerza que esta parece una serpiente metálica llena de vida, a la que solo agarrando la cabeza puedo sojuzgar. Domeñar. Así de fuerte es la presión.
Hago oídos sordos al dolor y, cuando la temperatura es la idónea, me meto bajo la ducha. ¡Qué buena está el agua! Es maravilloso ser ciudadano de la unión europea. ¡Bendito sea el doctor!
Pero... siento que el pelo comienza a caérseme como si fueran manojos de trigo desechados por la máquina cosechadora. Y del pecho que ahora es imberbe el color se desatura; yo nunca fui de piel rojiza sino más bien paliducha y enfermiza. Pero ahora la piel cobra tonos nuevos para mí, tonos que parecerían más propios de un difunto tras una semana en el ataúd.
De repente se me desprende el dedo meñique del pie izquierdo. Hago un intento por capturarlo, pero el agua corre rápida y antes de que me de cuenta ya ha desaparecido por el desagüe. Intento entonces apagar el agua, pero el cuerpo ya no me responde como quisiera.
Estoy en el suelo, hecho una salsa humana de huesos, miembros y nervios. Por ahí debe de funcionar aún mi cerebro, testigo de toda este sinsentido. Y puedo ver a la manguera del grifo, moviéndose nerviosa de un lado a otro, rociando con ese agua tibia, ese agua perfecta de temperatura, toda la cabina y el techo... el techo no está impermeabilizado y siento que esa imprevisión va a dolerme. Se formarán manchas de humedad y Dios sabe qué otras cosas.
Y entonces me fijo en la mano que aún está agarrada al grifo de la ducha, como si a la cabeza de la serpiente le hubiera surgido un adefesio, una mutación de última hora. ¡Que desfachatez de grifo!
Me siento desvanecer mientras pienso en la cara que pondría el doctor si me viera ahora mismo. "No intente que me crea lo de la ducha", me dijo. ¡Ja!. ¿Y qué diría ahora?
Floto hacia el desagüe. Es como un parque de atracciones. Luego todo es oscuridad.

viernes, 7 de febrero de 2014

cuenta atrás

- Otra vez llegas demasiado temprano. Si esto sigue así, se lo reportaré al superior y acabarás despedido.
- Lo siento, Pablo...
- Don Pablo -le interrumpió
- Don Pablo -dijo con acento humilde- es por esto del cambio universal del sistema horario.
- Siete años hemos tenido ya este sistema, y todos están más que acostumbrados. Tú eres el único que sigue en los viejos tiempos. Estás anclado como un barco encayado en un arrecife.
- Al que golpearan las olas, don Pablo, ya lo sé, me lo ha repetido ud. muchas veces. ¿Sabe que tiene usted algo de poeta? ¿Tal vez algún familiar?
- ¡No cambie de tema! El trabajo comienza a las 9 de la mañana, pero si otra vez vuelve usted a llegar antes de la hora, no habrá poesía que le salve.
Y así dejó don Pablo a su empleado más despistado, Ramírez, con cara de bobo. Seguramente tras la charla ajustaría otra vez las alarmas de su reloj; debía de ser uno de los únicos que aún necesitaban un conversor de pulsera para traducir las nuevas horas en el formato antiguo. ¿Tan difícil resultaba? Si el tiempo antes se medía para adelante, ahora se medía hacia atrás. Era una revuelta de la segunda revolución científica, de la segunda ilustración.
- Dos luces yuxtapuestas crean sombras aun más profundas -se dijo don Pablo, en un susurro, recordando el drama que le esperaba en casa: Su mujer no salía de su habitación desde hacía siete años. ¿Cómo no iba un hecho semejante teñir de mediocre poesía su alma, educada según los principios del optimismo y de la segunda ilustración?
En un pasillo se encontró con su superior. Aunque amenazara a Ramírez con denunciarle, lo cierto es que él mismo apenas aguantaba a aquel joven enchufado que le miraba con ojos bondadosos y que era incapaz de despedir a nadie para no teñirse de malos sentimientos. Era una tarea que le tocaba a otros. Las uñas del joven jefe debían permanecer limpias.
- Buenos días, Pablo -le dijo jovialmente.
¿Cuándo le había otorgado el título de amigo con el que aquel estúpido se complacía?
- Buenos días, don Armando.
- Armando, Armando a secar, Pablo, que me sacas más años de los que tengo.
- Como desees... Armando.
- Te buscaba para darte una buena noticia. Como he visto que has trabajado mucho últimamente, he pensado que hoy y ayer podrías quedarte en casa, a descansar y pasar tiempo con la familia.
- ¿Ayer tambien? -preguntó Pablo con cara desconsolada.
Fue así que Pablo acabó llendo a su casa con cara de pocos amigos. Tendría que estar con su mujer, entretenerla en su cuarto y contarle historias... historias de cómo era el mundo antes, el mundo antes de la segunda ilustración, el mundo que ella había conocido en su niñez. Porque su mujer Elva vivía en la zona de sombras, vivia oculta a cualquier foco de luz. No se la veía, no se dejaba ver. ¡Siete años en un cuarto! Menos mal que tenía una ventana que daba a la calle. A una calle llena de tráfico y edificios y contaminación... pero con más aire y espacio que el que la habitación le daba.
Abrió la puerta de su casa y su mujer, sintiéndolo llegar, le gritó:
- ¿Eres tú, Pablo? ¿Cómo es que llegas tan temprano?
Y Pablo, don Pablo para sus empleados, suspiró y con una tristeza que no tenía nada de optimista ni ilustrada, murmuró para sí:
- Temprano no, mujer. Lo que estoy es llegando... tarde. Muy tarde.

jueves, 6 de febrero de 2014

el antipalé

- Demonios, otra vez nos van a dar dinero -su tono era preocupado. Y no era para menos. En solo aquel mes habíamos recibido más de 10.000 euros, y aún estábamos lejos de gastarlo.
Miré por la ventana
- Los vecinos sí que tienen suerte. Apenas han recibido cien euros... y ni siquiera contaban con ello.
- ¿Cómo lo sabes? -me preguntó
Mi marido siempre había tenido esa coletilla. Desde que le conocí. "¿Y cómo lo sabes?". A veces me resultaba odioso, otra enternecedor y, las más, ni le oía decirlo, como un ronroneo constante en nuestra relación.
- Me lo dijo Pirula. Ya sabes que van al colegio con la hija del vecino.
- Sí, esa Débora
Le miré fijamente. "Esa Débora" era un auténtico bombón que, aún cuando contara con la edad de su propia hija, no podía dejar indiferente a mi marido.
- Sí, "esa". Le dijo a Pirula que su madre estaba hablando por teléfono cuando la paró la policía. La podía haber multado por exceso de velocidad y por estar hablando con el móvil, pero finalmente solo tuvo en cuenta lo del móvil. Débora dijo que fue gracias a ella, que estuvo... convincente.
Mi marido no dio ninguna muestra de haber entendido el eufemismo. Yo, en cambio, podía ver cómo Débora había hecho todo lo posible para airear su escote delante del policía.
- ¿Y por eso los cien euros? -me dijo él con aire indiferente
- Sí, además de que el policía no tenía cambio para un billete de quinientos. Así que les dio lo que llevaba en la cartera, unos cien euros.
- Carteras, carteras... ¡cómo me gustaría quemar la mía!
- Salvo que no importa que desaparezca el billete. Seguirán sabiendo que tienes ese dinero -le recordé
De su bolsillo sacó la abultada cartera. Los billetes apenas cabían en ella.
- ¿Cuánto llevas ahí? -le pregunté, sorprendida
- Unos cuatro mil... en billetes de veinte. Siempre tengo esperanzas de poder gastarlos, pero lo único que consigo es acumular más y más. Hasta para tomar un café no me atrevo, con cada café te llevas más de un euro, ¡más de un euro! Y encima es un café inmundo.
Le compadecí. Si hay algo que le gusta a mi marido más que las tetas de Débora, es el buen café.
- Podrías llevarme esta noche de cena -le dije.
- ¿Estás bromeando? Apenas llego en el trabajo a que me cogan dos mil euros mensuales, ya lo sabes. Y en cualquier restaurante de los que te gustan nos vamos con, como mínimo, cincuenta euros más en el bolsillo.
Encendí la tele, desilusionada. Había un telenoticias de hechos insólitos:
- ... y tras morir en la calle muerto de frío, esperaban que el vagabundo contara con millones de euros sin gastar. Pero, increíblemente, a su persona solo se asociaban cien euros. Un auténtico afortunada vivendo en las calles para que no le dieran más dinero.
Mi marido también estaba viendo las noticias. Sobre la mesa estaban los cuatro mil euros desparramados, junto con los cheques e impuestos que, una vez más, nos hacían desgraciadamente millonarios.
- ¡Cuánto me gustaría ser pobre! -suspiró

lunes, 3 de febrero de 2014

la vida de Deibid II

Daibid estaba en penumbras. La escalera no estaba iluminada. Apenas se atrevía a respirar para que no lo oyeran. Si hubieran sabido que estaba ahí, en ese momento, puede que las cosas no hubieran salido igual.
¿Cómo es que sus padres eran capaces de hablar una lengua extraña? ¿Y por qué estaban todos reunidos en torno a ese roído maletín negro?
Su hermana había estado cuchieando con su padre, mientras la madre de Daibid presentaba un rostro que le era totalmente ajeno. Un rictus estiraba su piel y tensaba sus labios, como si fuera la mueca de una sonrisa. Sin embargo, sus ojos eran totalmente contrarios a cualquier sentimiento de alegría. En ellos se podía leer una profunda angustia. ¿Por qué entonces aquel gesto ridículo?
Su hermana se levantó y se aproximó hacia la cartera negra. Los padres estaban tensos. Ahora también su padre mostraba el rictus de agonía que, en el caso de su esposa, se había hecho más patente y doloroso. Pero la niña solo miraba la cartera. Con cuidado la abrió y de allí fue sacando una foto grande y desenfocada en blanco y negro. Aunque Daivid apenas podía distinguirla, adivinó que se trataba del rostro de un niño. Un niño que se le parecía pero que estaba seguro de que no era él.
Las manos de su hermana posaron la foto sobre la mesa.
Una lágrima asomó por los ojos de su madre, mientras su padre y su hermana bajaban la cabeza y meditaban con los ojos cerrados.

Daibid había visto lo suficiente. Con mucho cuidado subió hasta su cuarto y se acostó. Apenas pudo dormir pensando en lo que había presenciado, ni siquiera cuando oyó que el resto de los habitantes se iba a la cama siguiendo la rutina habitual de cada día.
Pero, al día siguiente, se sentía bien. No terminaba de entender lo que había pasado, pero la extraña escena nocturna le había hecho sentirse más próximo a su familia. Más que nunca.
¿Quienes eran sus padres, quién era el niño de la foto? Aquellas preguntas, en lugar de llenarle de una natural incertidumbre, calmaron todas sus ansiedades.
Daibid, por fin, era un niño normal.