- Demonios, otra vez nos van a dar dinero -su tono era preocupado. Y no era para menos. En solo aquel mes habíamos recibido más de 10.000 euros, y aún estábamos lejos de gastarlo.
Miré por la ventana
- Los vecinos sí que tienen suerte. Apenas han recibido cien euros... y ni siquiera contaban con ello.
- ¿Cómo lo sabes? -me preguntó
Mi marido siempre había tenido esa coletilla. Desde que le conocí. "¿Y cómo lo sabes?". A veces me resultaba odioso, otra enternecedor y, las más, ni le oía decirlo, como un ronroneo constante en nuestra relación.
- Me lo dijo Pirula. Ya sabes que van al colegio con la hija del vecino.
- Sí, esa Débora
Le miré fijamente. "Esa Débora" era un auténtico bombón que, aún cuando contara con la edad de su propia hija, no podía dejar indiferente a mi marido.
- Sí, "esa". Le dijo a Pirula que su madre estaba hablando por teléfono cuando la paró la policía. La podía haber multado por exceso de velocidad y por estar hablando con el móvil, pero finalmente solo tuvo en cuenta lo del móvil. Débora dijo que fue gracias a ella, que estuvo... convincente.
Mi marido no dio ninguna muestra de haber entendido el eufemismo. Yo, en cambio, podía ver cómo Débora había hecho todo lo posible para airear su escote delante del policía.
- ¿Y por eso los cien euros? -me dijo él con aire indiferente
- Sí, además de que el policía no tenía cambio para un billete de quinientos. Así que les dio lo que llevaba en la cartera, unos cien euros.
- Carteras, carteras... ¡cómo me gustaría quemar la mía!
- Salvo que no importa que desaparezca el billete. Seguirán sabiendo que tienes ese dinero -le recordé
De su bolsillo sacó la abultada cartera. Los billetes apenas cabían en ella.
- ¿Cuánto llevas ahí? -le pregunté, sorprendida
- Unos cuatro mil... en billetes de veinte. Siempre tengo esperanzas de poder gastarlos, pero lo único que consigo es acumular más y más. Hasta para tomar un café no me atrevo, con cada café te llevas más de un euro, ¡más de un euro! Y encima es un café inmundo.
Le compadecí. Si hay algo que le gusta a mi marido más que las tetas de Débora, es el buen café.
- Podrías llevarme esta noche de cena -le dije.
- ¿Estás bromeando? Apenas llego en el trabajo a que me cogan dos mil euros mensuales, ya lo sabes. Y en cualquier restaurante de los que te gustan nos vamos con, como mínimo, cincuenta euros más en el bolsillo.
Encendí la tele, desilusionada. Había un telenoticias de hechos insólitos:
- ... y tras morir en la calle muerto de frío, esperaban que el vagabundo contara con millones de euros sin gastar. Pero, increíblemente, a su persona solo se asociaban cien euros. Un auténtico afortunada vivendo en las calles para que no le dieran más dinero.
Mi marido también estaba viendo las noticias. Sobre la mesa estaban los cuatro mil euros desparramados, junto con los cheques e impuestos que, una vez más, nos hacían desgraciadamente millonarios.
- ¡Cuánto me gustaría ser pobre! -suspiró
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