miércoles, 26 de febrero de 2014

el teléfono de la señora muerte II

En estas, Sebastián dió con uno al que convenció con su obsesión. Se llamaba Mario y tenía un cáncer terminal. Nadie iba a verle porque había sido una persona muy egoísta en su juventud, y ni siquiera era rico por lo que no había parientes que se interesaran por su salud.
- Sebastián, conmigo has tenido suerte. Ya verás que le saco el teléfono y, si hablas con ella, no te olvides de decirle algo para mí, que tal vez me puedas resucitar y todo.
Ante un acólito tan dispuesto, Sebastián le prometió el oro y el moro en el caso de que consiguiera el teléfono de la señora muerte.
Aconteció que a Mario le pasó lo que nadie esperaba que le pasara: tuvo un ataque cardiaco. Por suerte se encontraba en el hospital y en seguida tuvo encima a un médico, tres enfermeras y otro enfermo que, en ese momento, estaba de visita por los pasillos, amén de la señora de la limpieza que miraba toda la operación con la atención que solo merecen las buenas telenovelas.
- ¿Dónde está el señor Mario? -preguntó Sebastián cuando ese día se acercó  por el hospital. Aunque tenía prisa porque se muriera, también le gustaba hablar con el único que no le veía como un pájaro de mal agüero.
La enfermera de la entrada, que ya le conocía, le mandó con malas maneras a reanimación. Si no fuera porque el mismo Mario había dado instrucciones para considerar a Sebastián como a un familiar, no le hubiera dicho nada.
Cuando Sebastián entró de un golpe en la habitación, Mario le estaba mirando. Sus ojos le brillaban.
- ¡Lo tengo, lo tengo, Sebastián!
Sebastián estaba que no cabía en sí de gozo.
- Rápido, dímelo... ¿o lo has apuntado? ¿dónde lo tienes?
- No lo he apuntado, sino que lo guardo todo aquí -y con un dedo se señaló la cabeza.
Pero Sebastián, a pesar de la emoción que lo embargaba, no pudo dejar de notar que el dedo temblaba un poco y que la piel del moribundo estaba más pálida de lo normal.
- ¿Pero eso no es muy inseguro? -preguntó- ¿No puede ser que...?
No quería decir lo peor, así que atajó por otro lado:
- ¿y si lo olvidas?
- ¡Bah!, solo son nueve cifras. ¡Imagínate! Nueve cifras, y yo que he sido todo un campeón memorizando números. Pero, ¡oye, Sebastián!, yo apenas tuve tiempo para hablar con ella cuando ella me dio el recado para ti. Dice que ha oído mucho de ti por otros del hospital, y en parte por eso me mandó de vuelta.
- ¡Dímelos! -le interrumpió Sebastián, que veía que la piel de Mario tiznaba a un verde enfermizo y que su voz se hacía más etérea.
- Pues a eso voy, mira...
Y le fue dictando los números. Sin embargo, cuando solo faltaban dos se desmayó. Y al rato comenzó a sonar el aparato que tenía a su lado: ¡el corazón le había vuelto a fallar!
Sebastián salió de allí presa del nerviosismo. ¡Solo le faltaba un número! Valía la pena probar. ¿Cuántas posibilidades había, diez, once? Cuanto antes se pusiera a ello, mejor.
Sacó con manos temblorosas su móvil del bolsillo. Y marcó la primera de las combinaciones:
- Charcutería el donostiarra, ¿dígame? -respondió una voz
Sebastián lanzó un taco y marcó el siguiente número. Pero no hubo suerte; una oficina de brokers, un supermercado, un fontanero... todo un reino de gente viva y coleante que no hacía más que molestarle en su búsqueda. ¡Y por fin solo le quedaba un número por probar! ¿Tal vez se había equivocado Mario? ¿Y si le había gastado una broma? Pensaba con horror en esa posiblidad, cuando una voz le sobresaltó.
- No te gastó ninguna broma
Levantó la vista para ver quién le hablaba. Era un ser encapuchado al que no se le veía el rostro. Una mano la tenía oculta entre los pliegues del manto. La otra, esquelética, sujetaba una gran guadaña.
- No va a hacer falta que me llames, Sebastián. He venido en persona. ¿Qué te parece si vamos a buscar a Mario?
Sebastián no pudo responder. Sentía que su cuerpo no le respondía y solo le llegó en la lejanía, como si un mundo de aguas turbias se interpusiera entre ellos, la voz de una enfermera que pasaba por allí y se inclinaba sobre el trozo de carne que antes había contenido su ser, como un vaso frágil que, una vez roto, derramaba su alma por el suelo:
- ¡Que alguien llame a un médico! -gritaba la enfermera.
Entonces el encapuchado volvió a hablar y si sebastián hubiera sentido sus huesos, estos habrían vibrado con la voz del desconocido:
- Será mejor que nos vayamos ya, Sebastián. Seguro que hay muchas cosas de las que quieres hablar. Pero no te preocupes. Tenemos tiempo. Mucho tiempo.
"Tiempo" lanzó la conciencia de Sebastián como un último aleteo antes de sumergirse en el mar del olvido.

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